viernes, 7 de enero de 2011

El cuento del Mayor


En los días de la guerra civil la broma pesada no había caído, pienso yo, en ese descrédito que la caracteriza ahora. Eso, sin dudas, era debido a nuestra extrema juventud, los hombres eran mucho más jóvenes que ahora, y vuestro hombre muy joven tenía eternamente un espíritu bullicioso, que tendía con facilidad al juego violento. ¡Ustedes no pueden pensar cuán jóvenes eran los hombres a principios de los sesenta! Pues, la edad promedio del ejército federal entero no era más de veinticinco, dudo de que fuera más de veintitrés, pero no teniendo las estadísticas sobre ese punto (si hay alguna), quiero ser moderado: vamos a decir que veinticinco. Es verdad que un hombre de veinticinco, en ese tiempo heroico, en una buena porción, era más un hombre de lo que uno de esa edad es ahora, usted podía ver eso al mirarlo. Su rostro no tenía nada de esa inmadurez que es tan conspicua en su sucesor. Yo nunca he visto un tipo joven ahora sin observar, cuán desagradablemente joven en realidad es, pero durante la guerra nosotros no pensábamos en la edad de un hombre en absoluto, a menos que le ocurriera estar bastante bien a lo largo de la vida. En ese caso uno no podía evitarlo, pues la no amabilidad de la edad asaltaba al semblante humano entonces, mucho más temprano que ahora; resultado, supongo, del duro servicio; acaso, en cierta medida, del beber fuerte pues, ¡bendice mi alma!, nosotros vertíamos la sangre de la uva y el grano en abundancia durante la guerra. Yo recuerdo haber pensado que el general Grant, quien no podía haber tenido más de cuarenta, era un tipo viejo bastante bien conservado, al considerar sus hábitos. En cuanto a los hombres de edad mediana -digamos de cincuenta a sesenta- pues, todos parecían adecuados para personificar al último de los hititas, o al Matusalén de Madagascar en un museo. Dependiendo de eso, amigos míos, los hombres de ese tiempo eran bastante más jóvenes, de lo que los hombres son hoy en día, pero parecían mucho más viejos. El cambio es harto notable.
Yo dije que la broma pesada, entonces, no había pasado de moda. Ésta no había pasado, al menos, en el ejército, aunque posiblemente en la vida más seria de los civiles no tenía lugar, excepto en la forma del embreado y emplumado del ocasional “cabeza-cobriza1”. Todos ustedes saben, supongo, lo que era un “cabeza cobriza”, así que iré directo a mi historia sin un comentario introductorio, como es mi manera.
Fue unos pocos días antes de la batalla de Nashville. El enemigo nos había conducido fuera de la Georgia y la Alabama norteñas. En Nashville nos habíamos volteado a distancia y fortificado, mientras el viejo Pap Thomas, nuestro comandante, se apuraba a mandarnos refuerzos y suministros de Louisville. Mientras tanto Hood, el comandante confederado, nos había sitiado parcialmente, y estaba lo suficiente cerca para haber lanzado obuses al corazón del pueblo. Por regla se abstenía, tenía miedo de matar a las familias de sus propios soldados, supongo, gran parte de quienes había vivido allí. Yo a veces me preguntaba cuáles serían las sensaciones de esos tipos, mirando por encima de nuestras cabezas sus propias viviendas, donde sus esposas e hijos o sus padres ancianos estaban, acaso, sufriendo por las necesidades de la vida, y ciertamente (a lo que su razonar tendía) apocados bajo la tiranía y el poder de los bárbaros yankees.
Para empezar entonces por el principio, yo estaba sirviendo en ese tiempo en el personal de un comandante de división, cuyo nombre no voy a descubrir, pues estoy relatando hechos, y la persona a la que éstos conducen con dificultad puede tener parientes que sobreviven, a quienes no les importaría que lo hubieran rastreado. Nuestros cuarteles generales estaban en una gran vivienda, que se alzaba justo detrás de nuestra línea de terraplén. Esta había sido abandonada de modo apresurado por los ocupantes civiles, que habían dejado todas las cosas bastante como estaban, no teniendo lugar para guardarlas, probablemente, y confiando en que el cielo las preservaría de la codicia federal y la artillería confederada. Con respecto a la última nosotros fuimos tan solícitos como ellos.
Revolviendo en algunas de las cámaras y los armarios una noche, algunos de nosotros hallaron un abundante suministro de bártulos de dama: vestidos, mantones, bonetes, sombreros, faldas y el Señor sabe qué, yo no podría haber nombrado la mitad de éstos en ese tiempo. La visión de todo ese bello botín inspiró a uno de nosotros, con lo que él se complació en llamar una “idea” que, cuando fue sometida a los otros truhanes y bribones del personal, encontró una aprobación instantánea y entusiasta. Nosotros procedimos de una vez a actuar así, para la perdición de uno de nuestros camaradas.
Nuestra víctima selecta era un aide, el teniente Harberton, por llamarlo así. Era un buen soldado, un tipo galante que siempre llevaba espuelas, pero que tenía una debilidad intolerable: era un matador-de-damas, y como la mayoría de su clase, incluso en esos días, estaba ansioso de que todos lo supieran. Nunca se cansaba de relatar sus hazañas amatorias, y yo no necesito decir cuán lúgubre es ese tipo de narración para todos, excepto el narrador. Ésta sería lúgubre incluso si fuera animada y vivaz, pues todos los hombres son rivales en el favor de la mujer, y relatar sus éxitos a otro hombre es despertar en éste un resentimiento insulso, temperado por la descreencia. Usted no lo va a convencer de que le cuenta el cuento para su distracción, él no oirá nada en éste, excepto una expresión de su propia vanidad. Además, como la mayoría de los hombres, sean calaveras o no, están deseosos de ser tomados por calaveras, es muy probable que se resienta por la inferencia estúpida e injusta, que él sospecha usted ha sacado de su reticencia en el asunto de sus propias aventuras, a saber, que no ha tenido ninguna. Si, por otra parte, él no ha tenido escrúpulo en el asunto, y su reticencia es debido a la carencia de oportunidad de hablar, o a la destreza de sacar ventaja de eso, pues entonces será áspero, por que usted “tenía la palabra” cuando él la quería para sí mismo. No hay, en resumen, unas circunstancias bajo las que un hombre, incluso con los mejores motivos, o sin motivo en absoluto, pueda relatar sus proezas amorosas sin rebajarse a sí mismo, claramente, en la estima de su auditor masculino; y ahí yace un justo castigo para eso de besar y contar. En mis días jóvenes, yo no estaba por entero fuera del favor de las damas, y tengo guardados recuerdos de muchas cosas que les conciernen a ellas, que sin dudas podría poner en una narración aceptable, si no hubiera emprendido otro cuento, y si no fuera mi práctica relatar una cosa a la vez, yendo directo hacia el final, sin digresión.
El teniente Harberton era, se debe confesar, un hombre singularmente apuesto y de maneras corteses. Era, supongo, juzgando desde el punto de vista imperfecto de mi sexo, lo que las mujeres llamaban “fascinante”. Ahora, las cualidades que hacen a un hombre atractivo para las damas, implican una doble desventaja. Primero, son de una clase fácilmente discernida por los otros hombres, y por nadie más fácilmente que por esos que carecen de éstas. Su poseedor, siendo temido por todo eso, es calumniado por éstos de forma habitual en defensa propia. A todas las damas, por cuyo bienestar éstos se consideran con derecho a voz e interés, les insinúan los vicios y lo indigno en general del “hombre de damas” en términos no inciertos, y a sus esposas les relatan sin vergüenza las falsedades más monstruosas sobre él. No están refrenados por la consideración de que él es su amigo; las cualidades que han ocupado su propia admiración, hacen necesario advertir a esas, para quienes el halago sería un peligro. Así que el hombre de personalidad encantadora, mientras que amado por todas las damas que lo conocen bien, pero no demasiado bien, debe soportar con la fortaleza que pueda la conciencia de que esos otros, que lo conocen sólo “por la reputación”, lo consideran un réprobo sin vergüenza, un hombre vicioso e indigno, un tipo y un ejemplo de depravación moral. Para nombrar la segunda desventaja implicada por sus encantos: él comúnmente lo es.
En orden de seguir adelante con nuestra atareada historia (y en mi juicio una historia, una vez empezada, no debe sufrir impedimento), es necesario explicar que había un tipo joven, destacado en nuestros cuarteles generales como ordenanza, que era afeminado de rostro y figura de modo notable. Éste no tenía más de diecisiete años, y tenía un rostro perfectamente terso y unos grandes ojos lustrosos, que debieron haber sido la envidia de muchas mujeres bonitas en esos días. ¡Y cuán bonitas eran las mujeres de esos días, y cuán graciosas! Las del sur mostraban en su conducta hacia nosotros los yankees, algo de altivez pero, por mi parte, yo encuentro ésta menos insoportable que la estudiada indiferencia, con que la atención de uno es recibida por las damas de esta nueva generación, a quienes ciertamente creo desprovistas de sentimiento y sensibilidad.
A este joven ordenanza, cuyo nombre era Arman, nosotros lo persuadimos -no estoy obligado a decir con qué argumentos- a vestirse con unos atuendos femeninos y personificar a una dama. Cuando lo habíamos ataviado para nuestra satisfacción -parecía una muchacha encantadora-, fue conducido a un sofá en la oficina del ayudante general. Ese oficial estaba en el secreto, como en efecto estaban todos con excepción de Harberton y el general; dentro de la tremenda dignidad que envolvía al último, yacían unas posibilidades de desaprobación que nosotros no estábamos deseosos de confrontar.
Cuando todo estuvo listo, fui hacia Harberton y le dije: -Teniente, hay una mujer joven en la oficina del ayudante general. Es la hija del caballero insurgente, que es dueño de esta casa, y ha llamado, creo, para ver sobre su presente ocupación. Ninguno de nosotros sabe cómo, justamente, hablarle a ella, pero creemos que, acaso, usted le diría la cosa correcta, al menos, va a decir las cosas de la manera correcta. ¿A usted le importaría venir abajo?
Al teniente no le importó; hizo un toilet apresurado y se unió a mí. Mientras íbamos a lo largo del pasillo hacia la presencia, encontramos un obstáculo formidable: el general.
-Yo digo, Broadwood -dijo, dirigiéndose a mí de una manera familiar, que significaba estaba de excelente humor-, hay una dama en la oficina de Lawson. Parece una muchacha diabólicamente buena, vino con algún encargo de misericordia o justicia, sin dudas. Tenga la bondad de conducirla a mis cuarteles. Yo no los voy a ensillar a ustedes, los más jóvenes, con todo el negocio de esta división-, agregó en broma.
Eso era torpe, había que hacer algo.
-General -dije-, yo no creo que el negocio de la dama, sea de suficiente importancia para que usted se moleste. Es una de las enfermeras de la Comisión sanitaria, y meramente quiere ver sobre algunos suministros, para el hospital de viruela donde ella está de servicio. Yo la voy a enviar de una vez.
-Usted no necesita ocuparse -dijo el general, moviéndose adelante-, yo me atrevo a decir, que Lawson va a atender el asunto.
¡Ah, el galante general!, ¡yo no podía pensar, mientras miraba después su figura en retirada, y me reía con el éxito de mi treta, que dentro de una semana estaría “muerto en el campo de honor”! Tampoco era el único de nuestra pequeña casa militar, sobre el que se abatiría la sombra del ángel de la muerte, y que casi podría haber oído “el batir de sus alas”. Esa desolada mañana de diciembre, unos pocos días después, cuando, desde una hora antes del alba, hasta las diez, estuvimos montados a caballo en las colinas heladas, esperando que el general Smith abriera la batalla, a unas millas de distancia a la derecha, había ocho de nosotros. Al cierre de la lucha había tres. Ahora había uno. Pórtense con él siquiera por un rato pequeño, oh, generación ahorrativa; él es sólo uno de los horrores de la guerra, extraviado desde su era en la vuestra. Es sólo un esqueleto inofensivo en vuestro festín y baile de paz, que responde a vuestra risa y proeza de pies, chasqueando los dedos y sacudiendo el cráneo, aunque en la ocasión apropiada, con una pareja de su elección, podría hacer su pequeño baile con lo mejor de ustedes.
Al entrar a la oficina del ayudante general, observamos que el personal entero estaba allí. El mismo ayudante general estaba excesivamente ocupado en su escritorio. El comisario de subsistencia jugaba a las cartas con el cirujano en una ventana distante. El resto estaba en varias partes de la habitación, leyendo o conversando en voz baja. En un sofá, en un rincón medio iluminado de la habitación, a cierta distancia de cualquiera de los grupos, estaba sentada la “dama” cubierta por un velo, sus ojos fijos con modestia en sus pies.
-Señora -dije, avanzando con Harberton-, este oficial se va a complacer en servirle, si eso está en su poder. Yo confío en que es así.
Con una reverencia me retiré a la esquina más lejana de la habitación, y tomé parte en la conversación que andaba allí, aunque yo no tenía la más vaga noción de qué se trataba, y mis comentarios no tenían relevancia para ninguna cosa bajo el cielo. Un observador cercano habría notado, que todos estábamos vigilando a Harberton con intención, y sólo “hacíamos creer” que hacíamos alguna otra cosa.
Él era digno de ver también, el tipo era, simplemente, una édition de luxe de Turveydrop on Deportment. Mientras la “dama” desplegaba con lentitud su cuento de agravios en contra de nuestra soldadesca sin ley, y mencionaba ciertas instancias de un perverso desprecio de los derechos de propiedad -entre éstas, en cuanto al inminente peligro de reventar nuestros lados, alcanzamos a oír parcialmente el saqueo de su propio ropero-, la mirada de agonía simpática en el apuesto rostro de Harberton, era la misma flor y nata del arte histriónico. El deferente asentir con la cabeza de él, y las variadas declaraciones de ella eran realizados de una forma tan exquisita, que uno no podía evitar lamentar su naturaleza insustancial, y la imposibilidad de conservarlos bajo un cristal para instrucción y deleite de la posteridad. Y todo el tiempo el miserable arrastraba su silla más y más cerca. Una o dos veces miró alrededor para ver si lo estábamos observando, pero nosotros estábamos en un aparente blanco olvido de todo, excepto el uno del otro y de nuestras variadas diversiones. El rumor bajo de nuestra conversación, el gentil toc-toc de las cartas mientras caían en el juego, y el rasguño furioso de la pluma del ayudante general, mientras llenaba incontables páginas de palabras sin sentido, eran los únicos sonidos que se oían. No, había otro: con largos intervalos, el boom distante de un cañón pesado, seguido por la cercana ráfaga del disparo. El enemigo se divertía.
En esas ocasiones la dama no era, acaso, el único miembro de la partida que se asustaba, pero se asustaba más que los otros, a veces levantándose del sofá y parándose con las manos cerradas, como un auténtico retrato del terror y la irresolución. Nada más natural que Harberton debiera, en esos momentos, sentarla con infinita ternura, afirmándole sobre su seguridad y lamentando su peligro con el mismo aliento. Acaso fue correcto que, finalmente, debiera apoderarse de su mano enguantada, y se sentara a su lado en el sofá, pero ciertamente fue muy impropio para él, estar en el mismo acto de apoderarse de ambas manos, cuando ¡boom, whiz, bang!
Todos nos pusimos en pie de un salto. Un obús se había estrellado contra la casa, y explotado en la habitación encima de nosotros. Fanegas de yeso caían sobre nosotros. La joven dama modesta, parlante, saltó erguida.
-¡Santo Jee-rusalén! -gritó.
Harberton, que se había levantado también, se quedó parado como uno petrificado, como una estatua de sí mismo, erigida en el sitio de su asesinato. Ni habló, ni se movió, ni una vez apartó los ojos del rostro del ordenanza Arman, que ahora estaba arrojando sus bártulos de muchacha a derecha e izquierda, exponiendo sus encantos del modo más desvergonzado; ¡mientras, las olas de nuestra risa inagotable rodaban en la noche y la distancia, por encima de los campamentos iluminados, hacia los espacios negros entre las líneas hostiles! ¡Ah, qué vida feliz fue en los viejos días heroicos, cuando los hombres no habían olvidado cómo reír!
Harberton volvió en sí con lentitud. Miró alrededor de la habitación menos que en blanco, entonces, por grados, acomodó su faz en una mueca lánguida que nunca difamó a todos los sonrientes. Sacudió la cabeza y miró sabiendo.
-¡Ustedes no me pueden engañar! -dijo.

Título original: A Practical Joke: Major Broadwood Recalls the Heroic Past, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Richard Guy, Journey Through Hallowed Ground, XX.