viernes, 24 de diciembre de 2010

Una identidad reasumida


I. La revista es una forma de acogida

Una noche de verano un hombre estaba parado en una colina baja, que dominaba una amplia expansión de foresta y campo. Por la luna llena que colgaba baja en el oeste, sabía lo que no podía haber sabido de otro modo: que estaba cerca la hora del alba. Una niebla ligera yacía a lo largo de la tierra, velando parcialmente los rasgos más bajos del paisaje, pero por arriba de ésta, los árboles más altos se mostraban en masas bien definidas contra un cielo claro. Dos o tres casas de granja eran visibles a través de la bruma, pero en ninguna de éstas, naturalmente, había una luz. En ningún lugar, en efecto, había algún signo o sugerencia de vida, excepto el ladrido de un perro lejano que, repetido con mecánica iteración, servía más bien para acentuar que disipar la soledad de la escena.
El hombre miró con curiosidad a su alrededor, por todos lados, como uno que entre unos alrededores familiares, es incapaz de determinar su lugar y parte exactos en el esquema de cosas. Es así, acaso, que vamos a actuar cuando, levantados de entre los muertos, esperemos la llamada del juicio.
A unas cien yardas de distancia había un camino recto, que se mostraba blancuzco a la luz de la luna. Intentando orientarse, como un agrimensor o un navegante podrían decir, el hombre movió sus ojos con lentitud a lo largo de su longitud visible, y a un cuarto de milla hacia el sur de su posta vio, vago y grisáceo en la bruma, un grupo de jinetes cabalgando hacia el norte. Detrás de éstos había hombres a pie marchando en una columna, con rifles que brillaban vagamente, oblicuos encima de sus hombros. Se movían con lentitud y en silencio. Otro grupo de jinetes, otro regimiento de infantería, otro y otro, todo en un incesante movimiento hacia el punto de vista del hombre, pasado éste y más allá. Una batería de artillería seguía, los artilleros cabalgando con los brazos cruzados, flexibles y en cajón. Y aún la procesión interminable salía de la oscuridad hacia el sur, y pasaba a la oscuridad hacia el norte, nunca con un sonido de voz, de casco o de rueda.
El hombre no podía entender de forma correcta: se creyó sordo; dijo eso y oyó su propia voz, aunque ésta tenía una cualidad no familiar que casi lo alarmó; ésta decepcionó la expectativa de sus oídos en el asunto del timbre y la resonancia. Pero él no estaba sordo y eso por el momento era suficiente.
Entonces recordó que había fenómenos naturales, a los que alguien había dado el nombre de “sombras acústicas”. Si usted estaba parado en una sombra acústica, había una dirección desde la que no iba a oír nada. En la batalla de Mill Gaines, uno de los conflictos más feroces de la guerra civil, con un centenar de cañones en juego, los espectadores a una milla y media de distancia, en el lado opuesto del valle Chickahominy, no oían nada de lo que veían con claridad. El bombardeo de Port Royal, oído y sentido en St. Augustine ciento cincuenta millas al sur, era inaudible dos millas al norte en una atmósfera en calma. Unos pocos días antes de la rendición en Appomattox, un tronante tropiezo entre los comandos de Sheridan y Pickett, era desconocido por el comandante último, a una milla en la retaguardia de su propia línea.
Esas instancias no eran conocidas por el hombre de quien escribimos, pero unas menos llamativas del mismo carácter no habían escapado a su observación. Estaba inquieto de modo profundo, pero por otra razón que el extraño silencio de esa marcha a la luz de la luna.
"¡Buen Señor! -se dijo a sí mismo, y de nuevo fue como si otro hubiera manifestado su pensamiento-, ¡si esas gentes son lo que yo pienso que son, nosotros hemos perdido la batalla y ellos se están moviendo a Nashville!
Entonces le vino un pensamiento de sí mismo -una aprensión-, una fuerte sensación de peligro personal, esa que de otra forma llamamos miedo. Caminó apurado hacia la sombra de un árbol. Y aún los batallones silenciosos avanzaban en la bruma con lentitud.
El fresco de una brisa súbita atrás de su cuello, atrajo su atención hacia la parte de donde ésta venía, y volviéndose hacia el este vio una débil luz grisácea a lo largo del horizonte, el primer signo del día que retornaba. Eso aumentó su aprensión.
"Yo tengo que irme de aquí -pensó-, o voy a ser descubierto y apresado."
Se movió fuera de la sombra, caminó con rapidez hacia el este grisáceo. Desde el aislamiento seguro de un boscaje de cedros, miró hacia atrás. La columna entera había pasado y se había perdido de vista: ¡el recto camino blancuzco yacía pelado y desolado a la luz de la luna!
Perplejo antes, ahora estaba indeciblemente atónito. ¡Un pasar tan veloz de un ejército tan lento!, no lo podía entender. Minuto tras minuto pasaban sin ser notados, había perdido el sentido del tiempo. Buscó con una seriedad terrible una solución del misterio, pero buscó en vano. Cuando por último se despertó de su abstracción, el borde del sol era visible por encima de las colinas; pero en las nuevas condiciones, él no encontró otra luz que la del día, su entender estaba envuelto en la duda de modo tan oscuro como antes.
Por todos lados había campos cultivados, que no mostraban signos de la guerra ni de los estragos de la guerra. Desde las chimeneas de las casas de granjas, las delgadas columnas de humo azulado señalaban los preparativos para un día de trabajo apacible. Habiendo aquietado su inmemorial alocución a la luna, un perro guardián ayudaba a un negro que, fijando una yunta de mulas al arado, estaba adulador y agudamente contento en su tarea. El héroe de este relato se quedó mirando de forma estúpida la pintura pastoral, como si nunca hubiera visto una cosa así en toda su vida; entonces se puso la mano en la cabeza, se la pasó por el cabello y, retirándola, consideró la palma atentamente, una cosa singular que hacer. Al parecer calmado por el acto, caminó confiado hacia el camino.

II. Cuando haya perdido la vida consulte a un médico

El dr. Stilling Malson, de Murfreesboro, habiendo visitado a un paciente a seis o siete millas de distancia, en el camino de Nashville, se había quedado con él toda la noche. Al amanecer se puso en marcha al hogar montado a caballo, como era la costumbre de los doctores del tiempo y la región. Había pasado a la vecindad del campo de batalla de Stone River, cuando un hombre se le aproximó desde el borde del camino y lo saludó al estilo militar, con un movimiento de la mano derecha hacia el ala del sombrero. Pero el sombrero no era un sombrero militar, el hombre no estaba de uniforme y no tenía un porte marcial. El doctor asintió con la cabeza civilmente, medio pensando que el saludo extraño, poco común era, acaso, en deferencia a los alrededores históricos. Como el extraño, evidentemente, deseaba hablarle, frenó las riendas de su caballo con cortesía y esperó.
-Señor -dijo el extraño-, aunque usted es un civil, acaso es un enemigo.
-Yo soy un médico -fue la réplica sin compromiso.
-Gracias -dijo el otro-. Yo soy un teniente, del personal del general Hazen -hizo una pausa un momento, miró con agudeza a la persona a quien se dirigía, entonces agregó-, del ejército federal.
El médico, meramente, asintió con la cabeza.
-Sea amable, dígame -continuó el otro- qué ha sucedido aquí. ¿Dónde están los ejércitos? ¿Quién ha ganado la batalla?
El médico observó a su interrogador con curiosidad, con los ojos medio cerrados. Después de un escrutinio profesional, prolongado hasta el límite de la educación. -Perdóneme -dijo-, uno que pide información, debe estar dispuesto a impartirla. ¿Usted está herido? -agregó, sonriendo.
-No seriamente, parece.
El hombre se quitó el sombrero no militar, se puso la mano en la cabeza, se la pasó por el cabello y, retirándola, consideró la palma atentamente.
-Me pegó una bala y he estado inconsciente. Debe haber sido un golpe ligero, de refilón: yo no encuentro sangre y no siento dolor. No lo voy a molestar con un tratamiento, pero ¿sería tan amable de dirigirme a mi comando, a cualquier parte del ejército federal, si usted sabe?
De nuevo el doctor no replicó de inmediato: estaba recordando muchas cosas que se registraban en los libros de su profesión, algo sobre la identidad perdida y el efecto de las escenas familiares en restaurar ésta. Por último miró al hombre a la cara, sonrió y dijo:
-Teniente, usted no está usando el uniforme de su rango y servicio.
Ante eso, el hombre miró abajo a su atuendo civil, levantó los ojos y dijo con vacilación:
-Eso es verdad. Yo, yo no entiendo muy bien.
Aún observando con agudeza, pero no sin simpatía, el hombre de ciencia inquirió rotundo:
-¿Qué edad tiene usted?
-Veintitrés, si eso tiene algo que ver con esto.
-Usted no lo parece, yo apenas podría haber adivinado, que tiene sólo eso.
El hombre se estaba poniendo impaciente. -No necesitamos discutir eso -dijo-, yo quiero saber del ejército. No hace dos horas, vi una columna de tropas moviéndose hacia el norte, por este camino. Usted debe haberla encontrado. Sea lo bastante bueno, para decirme el color de su ropa, que yo fui incapaz de descubrir, y no lo voy a molestar más.
-¿Usted está muy seguro de que las vio?
-¿Seguro? ¡Dios mío, señor, yo las podría haber contado!
-Por que, realmente -dijo el médico, con una divertida conciencia de su propia semejanza, al locuaz barbero de Las mil y una noches-, esto es muy interesante. Yo no encontré tropas.
El hombre lo miró con frialdad, como si él mismo hubiera observado el parecido con el barbero-. Está claro -dijo-, que a usted no le importa ayudarme. ¡Señor, puede irse al diablo!
Se volteó y se alejó a zancadas, muy al azar, a través de los campos llenos de rocío, su medio-penitente torturador mirándolo tranquilo, desde su punto de ventaja en la montura, hasta que desapareció más allá de un conjunto de árboles.

III. El peligro de mirar en un charco de agua

Después de dejar el camino, el hombre aflojó el paso y fue ahora adelante, más bien desviado, con una distinta sensación de fatiga. No podía darse cuenta de eso, aunque en verdad la interminable locuacidad de ese doctor rural, ofrecía en sí una explicación. Sentándose en una roca, puso una mano sobre la rodilla, el dorso hacia arriba, y la miró casualmente. Estaba enjuta y marchita. Levantó ambas manos hacia su rostro. Éste estaba arrugado y surcado, podía rastrear las líneas con las puntas de los dedos. ¡Qué extraño!, un mero golpe de bala y una breve inconsciencia, no debían hacerlo a uno un despojo físico.
-Yo debo haber estado largo tiempo en el hospital -dijo en voz alta-. ¡Por que, qué estúpido soy! ¡La batalla fue en diciembre, y ahora es verano! -se rió-. No es extraño que ese tipo pensara, que yo era un lunático escapado. Estaba errado: yo sólo soy un paciente escapado.
A poca distancia una pequeña parcela de terreno, rodeada por un muro de piedra, atrajo su atención. Sin una intención muy definida, se levantó y fue a ésta. En el centro había una plaza, un sólido monumento de piedra labrada. Estaba marrón por la edad, con los ángulos gastados por el tiempo, manchado de musgo y líquenes. Entre los bloques macizos había franjas de hierba, la palanca de cuyas raíces los había empujado aparte. En respuesta al desafío de esa ambiciosa estructura, el tiempo había puesto su mano destructiva sobre ésta, y pronto sería “una con Nínive y Tiro.” En una inscripción a un costado, sus ojos captaron un nombre familiar. Temblando de excitación, estiró el cuerpo a través del muro y leyó:

La brigada de Hazen,
a la memoria de sus soldados
caídos en
Stone River, el 31 de dic. de 1862.

El hombre se cayó del muro, débil y enfermo. Casi en la longitud de un brazo, había una pequeña depresión en la tierra; ésta había sido llenada por una lluvia reciente, un charco de agua clara. Se arrastró hacia éste para reavivarse, levantó la parte superior de su cuerpo sobre los brazos trémulos, empujó la cabeza hacia adelante y vio el reflejo de su rostro, como en un espejo. Lanzó un grito terrible. Sus brazos cedieron, cayó con el rostro hacia abajo, en el charco, y entregó la vida que había abarcado otra vida.

Título original: A Resumed Identity, publicado por primera vez en Cosmopolitan, septiembre de 1908, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Lee Takes Command, XX.

domingo, 19 de diciembre de 2010

George Thurston


George Thurston era primer teniente y aide-de-camp en el personal del coronel Brough, que comandaba una brigada federal. El coronel Brough estaba al comando sólo de modo temporal, como coronel senior, habiendo sido el brigadier general herido de gravedad, y recibido una licencia de ausencia para recobrarse. El teniente Thurston era, yo creo, del regimiento del coronel Brough al que, con su jefe, habría sido naturalmente relegado, de haber vivido hasta el recobro de nuestro comandante de brigada. Al aide, cuyo lugar Thurston tomó, lo habían matado en batalla; la venida de Thurston con nosotros, fue el único cambio en la plantilla de nuestro personal, como consecuencia del cambio de comandantes. No nos gustaba, era insociable. Eso, sin embargo, fue más observado por los otros que por mí. Ya fuera en el campo o la marcha, en las barracas, las tiendas o el bivouac, mis deberes como ingeniero topográfico me mantenían trabajando como un castor, todo el día en la montura y la mitad de la noche en mi mesa de dibujo, trazando mis mensuras. Era un trabajo arriesgado, mientras más cerca yo pudiera penetrar de las líneas enemigas, más valiosas eran mis notas de campo y los mapas resultantes. Era un negocio en que las vidas de los hombres no contaban nada, contra la posibilidad de definir un camino o esbozar un puente. Escuadras enteras de la escolta de caballería debían ser enviadas a veces tronando, contra un poderoso puesto de avanzada de infantería, en orden de que el breve tiempo entre la carga y la inevitable retirada, pudiera ser utilizado en sondear un vado, o en determinar el punto de intersección de dos caminos.
En algunos de los oscuros rincones de Inglaterra y Gales, tienen la costumbre inmemorial de “pasar los lindes” de la parroquia. En cierto día del año, toda la población sale y viaja en procesión, desde una marca de tierra a la otra de la línea limítrofe. En los puntos más importantes, los muchachos son golpeados con varas cabalmente, para hacerles recordar el lugar en la vida posterior. Éstos se convierten en autoridades. Nuestros frecuentes tropiezos con los puestos de avanzada, las patrullas y las partidas de exploración confederados, tenían de forma incidental el mismo valor educativo; éstos fijaban en mi memoria una pintura vívida y, al parecer, imperecedera de la localidad, una pintura que servía en lugar de las cuidadas notas de campo que, en efecto, no siempre era conveniente tomar con estrépito de carabinas, choques de sables y caballos cayendo a todo alrededor. Esos encuentros espiritosos eran observaciones inscritas en rojo.
Una mañana, mientras yo me ponía a la cabeza de mi escolta, en una expedición de más riesgo que el usual, el teniente Thurston cabalgó hasta mi lado, y me preguntó si tenía alguna objeción a su compañía a mí, el coronel que comandaba habiéndole dado el permiso.
-De ningún modo -repliqué con bastante aspereza-, ¿pero en qué calidad va a ir? Usted no es un ingeniero topográfico, y el capitán Burling comanda mi escolta.
-Yo iré como espectador -dijo. Safando su cinturón de espada y tomando las pistolas de sus fundas, se los entregó a su sirviente, que los llevó de vuelta a los cuarteles generales. Me percaté de la brutalidad de mi comentario, pero no viendo claramente mi manera de disculpa, no dije nada.
Esa tarde encontramos todo un regimiento de caballería del enemigo en línea, y una pieza de campo que dominaba una milla recta de la carretera, por la que nos habíamos aproximado. Mi escolta luchó desplegada en el bosque a ambos lados, pero Thurston permaneció en el centro del camino que, en un intervalo de pocos segundos, fue barrido por ráfagas de metralla y botes, que rasgaron el aire con bastante amplitud mientras pasaban. Él había soltado las riendas sobre el cuello del caballo, y estaba sentado muy derecho en la montura, con los brazos cruzados. Pronto fue tumbado, su caballo hecho pedazos. Desde un lado del camino, mi lápiz y cuaderno de campo ociosos, mi deber olvidado, lo miré desatarse del despojo con lentitud y levantarse. En ese instante, el cañón habiendo cesado de disparar, un fornido soldado montado confederado, en un caballo espiritoso, se lanzó como un rayo camino abajo, con el sable desenvainado. Thurston lo vio venir, se irguió en toda su estatura y cruzó los brazos de nuevo. Era muy valiente para retirarse antes de la palabra, y mis palabras inciviles lo habían desarmado. Era un espectador. Otro momento y habría sido rajado como una caballa, pero una bala bendita tumbó a su asaltante al camino polvoriento tan cerca, que el ímpetu envió el cuerpo rodando a los pies de Thurston. Esa noche, mientras trazaba mi apurada mensura, encontré tiempo para enmarcar una disculpa, que creo tomó la forma ruda, primitiva de la confesión, de que yo había hablado como un idiota malicioso.
Unas pocas semanas después, una parte de nuestro ejército hizo un asalto a la izquierda del enemigo. El ataque, que fue hecho a una posición no conocida y por un terreno no familiar, fue liderado por nuestra brigada. El terreno estaba tan quebrado y la maleza tan tupida, que todos los oficiales montados y los hombres fueron compelidos a luchar a pie, el comandante de brigada y su personal incluidos. En el mêlée Thurston se separó del resto de nosotros, y lo hallamos herido de modo horrible, sólo cuando habíamos tomado la última defensa del enemigo. Estuvo algunos meses en el hospital de Nashville, en Tennessee, pero finalmente se reunió con nosotros. Dijo poco sobre su desventura, excepto que había estado aturdido, se había perdido en las líneas enemigas y fue tumbado de un disparo; pero por uno de sus captores, a quien nosotros en turno habíamos capturado, nos enteramos de los particulares. -Él llegó caminando derecho hacia nosotros, mientras yacíamos en la línea -dijo ese hombre-. Toda una compañía de nosotros se levantó al instante, y niveló sus rifles en su pecho, algunos de éstos casi lo tocaban. ¡Tire abajo esa espada y ríndase, maldito yanqui!-, gritó alguien de autoridad. El tipo pasó los ojos a lo largo de la línea de cañones de rifles, cruzó los brazos sobre su pecho, su mano derecha aún agarrando la espada, y replicó de forma deliberada: -No lo haré-. Si todos hubiéramos disparado, se hubiera convertido en girones. Algunos de nosotros no lo hicimos. Yo no lo hice por uno, nada me hubiera podido inducir.
Cuando uno está tranquilo mirando a la muerte a los ojos, y rehusando cualquier concesión de ésta, uno, naturalmente, tiene una buena opinión de sí mismo. Yo no sé si esa era la sensación que en Thurston hallaba una expresión, en una actitud atiesada y unos brazos cruzados; en una mesa revuelta un día, en su ausencia, otra explicación fue sugerida por nuestro intendente, un tartamudo incorregible cuando había vino: -Es su-su ma-manera de do-do-minar una ten-tendencia co-co-consti-ti-tu-cional a hu-huir.
-¿Qué? -me inflamé yo, levantándome indignado-, ¿usted insinúa que Thurston es un cobarde, y en su ausencia?
-Si él fue-fuera un co-bar-barde, no tra-tra-taría de do-do-minar eso, y si él estu-viera pre-presente, yo no me a-a-trevería a dis-dis-discutir eso -fue la réplica apacible.
Ese hombre intrépido, George Thurston, murió de una muerte innoble. La brigada estaba en un campamento, con los cuarteles generales en un boscaje de árboles inmensos. A la rama superior de uno de éstos, un venturoso escalador había amarrado los dos extremos de una soga larga, y hecho un columpio con una longitud de no menos de cien pies. Cayendo hacia abajo desde una altura de cincuenta pies, a lo largo del arco de un círculo con tal radio, volando a una igual altitud, haciendo una pausa por un instante jadeante, luego barriendo hacia atrás de modo vertiginoso, nadie que no hubiera tratado, podía concebir los terrores de ese deporte para un novicio. Thurston salió de su tienda un día, y pidió instrucción sobre el misterio de impulsar el columpio, el arte de elevarse y sentarse que cada chico ha dominado. En unos pocos momentos había adquirido el truco, y se balanceaba más alto, de lo que el más experto de nosotros se hubiera atrevido. Nos estremecía mirar sus vuelos temerosos.
-Pa-pa-párenlo -dijo el intendente, saliendo con pereza de la tienda revuelta, donde había estado almorzando-, e-él no-no sabe que si le-le pa-pa-pasa por arriba del to-todo, va a-a en-enrollar el co-columpio.
Con tal energía ese hombre fuerte se cañoneaba a través del aire, que en cada extremo de su arco creciente su cuerpo, parado en el columpio, era casi horizontal. Si pasara una vez por arriba del nivel del amarre de la soga, estaría perdido; la soga se aflojaría y él caería de forma vertical, a un punto tan lejano abajo como había ido arriba, y entonces la súbita tensión de la soga se la arrancaría de las manos. Todos veían el peligro, todos le gritaban que desistiera, y le gesticulaban cuando él, indistinto y con un ruido como de ráfaga de disparo de cañón en vuelo, nos barría de pasada en los alcances más bajos de su horrenda oscilación. Una mujer parada a poca distancia se desmayó y cayó sin ser observada. Los hombres del campamento de un regimiento cercano, corrieron en multitud a verlo, todos gritando. Súbitamente, mientras Thurston estaba en su curva hacia arriba, todos los gritos cesaron.
Thurston y el columpio se habían separado, eso era todo lo que podía saberse, ambas manos habían soltado la soga de golpe. El ímpetu del ligero columpio se extinguió, éste estaba cayendo de vuelta, el impulso del hombre lo estaba llevando, casi erguido, hacia arriba y hacia adelante, no más en su arco, sino en una curva hacia afuera. Pudo haber sido sólo un instante, pero pareció un siglo. Yo grité, o creí que grité: “¡Mi Dios!, ¿nunca va a dejar de subir?” Pasó cerca de la rama de un árbol. Recuerdo una sensación de placer, mientras pensaba que se agarraría de ésta y se salvaría. Especulé con la posibilidad de que sostuviera su peso. Él pasó por arriba de ésta y, desde mi punto de vista, se delineó agudamente contra el azul. A esta distancia de muchos años, puedo recordar con distinción esa imagen de un hombre en el cielo, con la cabeza erguida, los pies muy juntos, las manos… no veo sus manos. Todo de golpe, con asombrosa brusquedad y rapidez, se volteó por entero con claridad, y se lanzó hacia abajo. Hubo otro grito de la multitud, que se había apurado por instinto hacia adelante. El hombre se había convertido, meramente, en un objeto girador, sobre todo las piernas. Entonces hubo un sonido indescriptible, el sonido de un impacto que sacude la tierra, y esos hombres, familiarizados con la muerte en sus aspectos más horrendos, se pusieron enfermos. Muchos caminaron inestables lejos del sitio, otros se apoyaron en los troncos de los árboles o se sentaron en las raíces. La muerte había tomado una ventaja injusta, había golpeado con un arma no familiar, había ejecutado una estratagema nueva e inquietante. No sabíamos que tuviera esos recursos tan tétricos, las posibilidades de un terror tan lúgubre.
El cuerpo de Thurston yacía tendido de espalda. Una pierna, doblada debajo, estaba partida arriba de la rodilla y el hueso impelido en la tierra. El abdomen se había reventado, las entrañas sobresalido. El cuello estaba roto.
Los brazos estaban cruzados, apretados sobre el pecho.

Título original: George Thurston, publicado por primera vez en Wasp, septiembre de 1883, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Sheridan's men, 1982.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El sinsonte


El tiempo, una agradable tarde de domingo en el temprano otoño de 1861. El lugar, el corazón de una foresta en la región montañosa del suroeste de Virginia. El soldado raso Grayrock del ejército federal, es descubierto sentado cómodamente en la raíz de un pino grande, contra el que se recuesta, sus piernas tendidas derecho a lo largo del terreno, su rifle yaciendo a través de sus muslos, sus manos (apretadas en orden de que no puedan caerse a los costados) reposan sobre el cañón del arma. El contacto de la parte trasera de su cabeza con el árbol, ha empujado su gorra hacia abajo sobre sus ojos, casi ocultándolos, uno que lo viera diría que está dormido.
El soldado Grayrock no dormía, haber hecho eso habría puesto en peligro los intereses de los Estados Unidos, pues estaba muy lejos afuera de las líneas, y sujeto a la captura o la muerte a manos del enemigo. Además, estaba en un marco mental no favorable para el reposo. La causa de su perturbación de espíritu era esta: durante la noche previa había servido en el piquete de guardia, y había sido apostado como centinela en esa misma foresta. La noche era clara, aunque sin luna, pero en la tiniebla del bosque la oscuridad era profunda. El puesto de Grayrock estaba a una distancia considerable de la derecha y la izquierda, pues los piquetes habían sido expelidos a una no necesaria distancia del campamento, haciendo la línea demasiado larga para la fuerza destacada con vista a ocuparla. La guerra era joven, y los campamentos militares abrigaban el error de pensar, que mientras dormían estarían mejor protegidos por unas líneas escasas muy lejos afuera, hacia el enemigo, que por unas tupidas cerca adentro. Y seguro necesitaban las mayores noticias posibles de la aproximación del enemigo, pues por ese tiempo eran adictos a la práctica de desvestirse, nada podía ser más poco soldadesco que eso. En la mañana del memorable 6 de abril, en Shiloh, muchos de los hombres de Grant, cuando fueron espetados por las bayonetas confederadas, estaban tan desnudos como los civiles, pero se debe admitir que eso no fue por algún defecto en su línea de piquete. Su error fue de otra clase: ellos no tenían piquetes. Esto es acaso una vana digresión. No me importaría pretender interesar al lector en el destino de un ejército, el que tenemos aquí para considerar es el del soldado Grayrock.
Por dos horas, después que lo dejaron en su puesto solitario esa noche de sábado, se quedó inmóvil por completo, recostado contra el tronco del árbol grande, mirando hacia la oscuridad en su frente y tratando de reconocer los objetos conocidos, pues había sido apostado en el mismo sitio durante el día. Pero ahora todo era diferente, no veía nada en detalle, sólo grupos de cosas cuyas formas, no observadas cuando hubo allí algo más que observar, eran ahora no familiares. Éstas parecían no haber estado allí antes. Un paisaje que era todo árboles y maleza, además, carecía de definición, era confuso y sin puntos acentuados, en que la atención pudiera obtener un punto de apoyo. Agregue la tiniebla de una noche sin luna, y se requería algo más que una gran inteligencia natural, y una educación de ciudad para conservar un sentido de la dirección. Y así es como ocurrió que el soldado Grayrock, después de mirar vigilante los espacios en su frente, y luego, de modo imprudente, ejecutar una circunspección de todo su entorno vagamente visible (andando en silencio alrededor de su árbol para lograrlo), perdió la orientación y empeoró seriamente su utilidad como centinela. Perdido en su puesto, incapaz de decir en cuál dirección buscar una aproximación del enemigo, y en cuál estaba el campamento dormido, por cuya seguridad respondía con su vida; consciente también de otros muchos rasgos incómodos de la situación, y de las consideraciones que afectaban su propia seguridad, el soldado Grayrock estaba profundamente inquieto. Tampoco tuvo tiempo para recobrar su serenidad, pues casi en el momento que se percataba de su aprieto incómodo, oyó un revuelo de hojas y un crujido de ramitas caídas, se volvió con el corazón inmóvil en la dirección de donde venían, y vio en la tiniebla los indistintos contornos de una figura humana.
-¡Alto! -gritó el soldado Grayrock de forma perentoria, como con un deber resuelto, apoyando su comando con el agudo chasquido metálico de su rifle montado-, ¿quién va ahí?
No hubo respuesta; al menos hubo la vacilación de un instante, y la respuesta, si llegó, se perdió en el estruendo del rifle del centinela. En el silencio de la noche y la foresta el sonido fue ensordecedor, y apenas éste se había extinguido, cuando fue repetido por las piezas de los piquetes a derecha e izquierda, en una simpatizante descarga de fusilería. Por dos horas cada civil no convertido de éstos, había estado creándose enemigos en su imaginación, y poblando los bosques de su frente con éstos, y el disparo de Grayrock había arrojado a toda esa multitud invasora a la existencia visible. Habiendo disparado, todos se retiraron jadeando a las reservas, todos menos Grayrock, que no sabía en qué dirección retirarse. Cuando, al no aparecer un enemigo, el campamento despierto a dos millas de distancia, se había desvestido y metido en la cama de nuevo, y la línea del piquete restablecido con cautela, él fue descubierto manteniendo su terreno con valentía, y fue elogiado por el oficial de la guardia como el único soldado de esa banda de devotos, que podía ser considerado, justamente, el equivalente moral de esa poco común unidad de valor, “un aullido en el infierno.”
En el entre tiempo, sin embargo, Grayrock había hecho una búsqueda cercana, pero ineficaz de la parte mortal del intruso a quien había disparado, y a quien había tenido la intuitiva sensación de tirador de haberle pegado, pues era uno de esos expertos de nacimiento que disparaban sin apuntar, por un instintivo sentido de la dirección, y eran casi tan peligrosos de noche como de día. Durante una buena mitad de sus veinticuatro años, había sido el terror de las dianas de todas las galerías de tiro en tres ciudades. Incapaz ahora de producir su juego de muerte, tuvo la discreción de morderse la lengua, y se alegró al observar en su oficial y camaradas la suposición natural, de que no había huido porque no había visto nada hostil. Su “mención honorífica” había sido ganada por no huir de algún modo.
No obstante, el soldado Grayrock estaba lejos de estar satisfecho con la aventura nocturna, y cuando al día siguiente inventó un pretexto lo bastante justo, para solicitar un pase con vista a ir afuera de las líneas, y el comandante general se lo concedió con prontitud, en reconocimiento a su valentía de la noche anterior, pasó por el punto donde ésta se había desplegado. Diciendo al centinela en deber allí que había perdido algo -lo que era bastante cierto-, reanudó la búsqueda de la persona a quien suponía haber disparado, y a quien si sólo herido esperaba rastrear por la sangre. No fue más exitoso a la luz del día de lo que había sido en la oscuridad, y después de cubrir una zona amplia, y penetrar audazmente una larga distancia en “la Confederación”, abandonó la búsqueda un tanto fatigado, se sentó en la raíz del pino grande, donde lo hemos visto, y se entregó a su decepción.
No se debe inferir que la de Grayrock era la desazón de una naturaleza cruel, impedida en su acción sangrienta. En los grandes ojos claros, los labios forjados finamente y la frente amplia de ese hombre joven, uno podía leer una muy otra historia, y en el punto del hecho, su carácter era un compuesto singularmente dichoso de audacia y sensibilidad, de coraje y conciencia.
“Yo me encuentro decepcionado -se dijo a sí mismo, sentado en el fondo de una neblina dorada, que anegaba la foresta como un mar sutil-, ¡decepcionado al no descubrir un prójimo muerto por mi mano! ¿Yo deseo entonces, realmente, que hubiera tomado una vida en cumplimiento de un deber, tan bien cumplido sin eso? ¿Qué más podría desear? Si algún peligro amenazó, mi disparo lo previno, para hacer eso es que estaba yo allí. No, me alegro en efecto si ninguna vida humana fue, de forma no necesaria, extinguida por mí. Pero estoy en una falsa posición. Yo he sufrido para ser elogiado por mis oficiales, y envidiado por mis camaradas. El campamento está vibrando con la alabanza de mi coraje. Eso no es justo; yo me sé corajudo, pero esa alabanza es por unos actos específicos, que yo no realicé o realicé de otro modo. Se cree que yo permanecí en mi puesto con valentía, sin disparar, mientras que fui yo quien empezó la descarga de fusilería, y no me retiré en la alarma general porque estaba aturdido. ¿Qué voy a hacer entonces? ¿Explicar que vi a un enemigo y disparé? Todos han dicho eso de sí mismos, aunque nadie lo cree. ¿Voy a decir una verdad que, al desacreditar mi coraje, tendrá el efecto de una mentira? ¡Uf!, es un feo negocio por completo. ¡Le pido a Dios que pueda encontrar a mi hombre!"
Y deseando eso, el soldado Grayrock, superado en lo último por la languidez de la tarde, y arrullado por los serenos sonidos de los insectos, que zumbaban y se posaban en ciertos arbustos fragantes, olvidó tanto los intereses de los Estados Unidos, como para quedarse dormido y exponerse a la captura. Y al dormir soñó.
Se vio a sí mismo de chico, viviendo en una tierra muy lejana, en la rivera de un río grande, por el que los altos barcos de vapor se movían a lo grande, arriba y abajo, debajo de sus evolutivas columnas de humo negro, que los anunciaban mucho antes de que doblaran los meandros, y marcaban sus movimientos cuando estaban a millas fuera de vista. Con él, siempre a su lado mientras los miraba, había uno a quien le entregó el corazón y el alma por amor: un hermano gemelo. Juntos paseaban por los bancos de la corriente, juntos exploraban los campos yacientes muy lejos de ésta, y recogían mentas picantes y palitos de fragante sasafrás en las colinas que dominaban todo, más allá de lo cual yacía el Reino de la conjetura, y desde el que, mirando hacia el sur, a través del río grande, tenían vislumbres de la Tierra encantada. Mano con mano y corazón con corazón los dos, los únicos hijos de una madre viuda, anduvieron por senderos de luz y valles de paz, viendo cosas nuevas bajo un sol nuevo. Y a través de todos los días dorados flotaba un sonido incesante: la rica, emotiva melodía de un sinsonte en una jaula junto a la puerta de la cabaña. Éste invadía y poseía todos los intervalos espirituales del sueño, como una bendición musical. El pájaro jubiloso siempre estaba cantando; sus infinitas, variadas notas parecían fluir de su garganta sin esfuerzo, en burbujas y riachuelos a cada latido del corazón, como las aguas de un manantial pulsante. Esa melodía fresca, clara parecía, en efecto, el espíritu de la escena, el significado y la interpretación del sentido de los misterios de la vida y el amor.
Pero llegó un tiempo cuando los días del sueño se volvieron oscuros con la tristeza, en una lluvia de lágrimas. La buena madre había muerto, el hogar al lado de la pradera, junto al río grande, se destrozó, y los hermanos fueron repartidos entre dos de sus parientes. William (el soñador) fue a vivir en una ciudad populosa en el Reino de la conjetura, y John, cruzando el río hacia la Tierra encantada, fue llevado a una región distante, cuyas gentes, en sus vidas y maneras, se decía eran extrañas y malvadas. A él, en la distribución de los bienes de la madre muerta, le había tocado todo lo que juzgaba de valor: un sinsonte. Ellos podían ser divididos, pero éste no podía serlo, así que fue llevado lejos al país extraño, y el mundo de William no supo más nunca de él. Aunque, a través del tiempo venidero de su soledad, su canto llenó todo el sueño, y siempre pareció resonar en sus oídos y su corazón.
Los parientes que habían adoptado a los chicos eran enemigos, no mantenían una comunicación. Por un tiempo, las cartas llenas de bravatas juveniles y narraciones jactanciosas, de la nueva y grande experiencia -descripciones grotescas de sus vidas ampliadas y los nuevos mundos que habían conquistado-, pasaron entre ellos, pero gradualmente se hicieron menos frecuentes, y con la mudanza de William a otra ciudad mayor cesó por completo. Pero siempre, a través de todo corrió el canto del sinsonte, y cuando el soñador abrió los ojos, y miró a través de las vistas del bosque de pinos, la primera cesación de su música le informó que estaba despierto.
El sol estaba bajo y rojizo en el oeste, sus rayos planos proyectaban desde el tronco de cada pino gigante, un muro de sombra que atravesaba la bruma dorada hacia el este, hasta que la luz y la sombra se mezclaban en un azul indistinguible.
El soldado Grayrock se puso de pie, miró a su alrededor con cautela, se echó el rifle al hombro y se puso en marcha hacia el campamento. Había ido acaso media milla, y estaba pasando por un matorral de laurel, cuando un pájaro se levantó de en medio de éste y, posándose en la rama de un árbol arriba, vertió de su pecho jubiloso ese inagotable diluvio de canto, que sólo una de todas las criaturas de Dios puede emitir en su alabanza. Había poco en eso, era sólo abrir el pico y espirar, pero el hombre se detuvo como golpeado, ¡se detuvo y dejó caer su rifle, miró hacia arriba al pájaro, se cubrió los ojos con las manos y lloró como un niño! Por un momento fue, en efecto, un niño en el espíritu y el recuerdo, viviendo de nuevo junto al río grande, ¡otra vez enfrente de la Tierra encantada! Entonces, con un esfuerzo de voluntad, recobró la calma, recogió su arma y, tras maldecirse por idiota audiblemente, fue a zancadas. Pasando una abertura que conducía al corazón del pequeño matorral, miró adentro, y allí, supino sobre la tierra, los brazos todo abiertos, el uniforme gris manchado con un único punto de sangre en el pecho, el rostro blanco vuelto hacia arriba, y atrás agudamente, ¡yacía la imagen de él mismo!, ¡el cuerpo de John Grayrock muerto por la herida de un disparo, y aún tibio! Había hallado a su hombre.
Mientras el soldado infortunado se arrodillaba junto a esa obra maestra de la guerra civil, el pájaro trinador en la rama encima de su cabeza acalló su canto y, enrojado por la gloria carmesí del poniente, planeó en silencio por los solemnes espacios del bosque. En el pase de lista esa noche en el campamento federal, el nombre William Grayrock no tuvo respuesta, ni nunca más después de eso.

Título original: The Mocking-Bird, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, mayo de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Lord of the Valley, XX.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Un oficial, un hombre


El capitán Graffenreid estaba a la cabeza de su compañía. El regimiento no estaba ocupado. Éste formaba parte de la línea del frente de batalla, que se expandía hacia la derecha con una visible longitud de casi dos millas, a través del terreno abierto. El flanco izquierdo estaba velado por los bosques, a la derecha asimismo la línea se perdía de vista, pero se extendía muchas millas. A unas cien yardas en la retaguardia había una segunda línea, detrás de ésta las brigadas de reserva y las divisiones en columnas. Las baterías de artillería ocupaban los espacios entre y coronaban las colinas bajas. Grupos de jinetes -los generales con su personal y las escoltas, y los oficiales de campo de los regimientos detrás de las banderas- rompían la regularidad de las líneas y las columnas. Un número de estas figuras de interés tenían anteojos de campo en los ojos, y estaban sentadas inmóviles, escrutando impasibles la comarca de enfrente; otras iban y venían con un trote lento, llevando órdenes. Había escuadras de camilleros, ambulancias, trenes de furgones con municiones, y los sirvientes de los oficiales a la retaguardia de todo -de todo lo que era visible-, pues aún a la retaguardia de eso, a lo largo de los caminos, se extendía por muchas millas toda esa vasta multitud de no combatientes, que con su variada impedimenta era asignada al deber inglorioso pero importante, de satisfacer las muchas necesidades de los luchadores.
Un ejército en línea de batalla, aguardando un ataque o preparado para librarlo, presentaba extraños contrastes. En el frente era la precisión, la formalidad, la fijeza y el silencio. Hacia la retaguardia esas características eran menos y menos conspicuas, y finalmente, en un punto del espacio, se perdían por completo en la confusión, el movimiento y el ruido. Lo homogéneo se convertía en heterogéneo. La definición era carente, el reposo era sustituido por una aparente actividad sin propósito, la armonía se desvanecía en el alboroto, la forma en el desorden. La conmoción en todas partes y la inquietud incesante. Los hombres que no luchaban nunca estaban listos.
Desde su posición a la derecha de su compañía en la fila del frente, el capitán Graffenreid tenía una vista no obstruida hacia el enemigo. Una media milla de terreno abierto y casi nivelado yacía ante él, y más allá de éste un bosque irregular, que cubría un ascenso ligero; ni un ser humano era visible en ningún lugar. Él no podía imaginar nada más pacífico que la apariencia de ese paisaje agradable, con sus largas expansiones de campos marrones, sobre los que la atmósfera empezaba a temblar con el calor del sol matutino. Ni un sonido venía de la foresta o el campo, ni incluso el ladrido de un perro o el canto de un gallo, de la casa de plantación vista a medias en una cresta entre los árboles. Aunque cada hombre en esas millas de hombres, sabía que él y la muerte estaban cara a cara.
El capitán Graffenreid nunca en su vida había visto a un enemigo armado, y la guerra en la que su regimiento fue uno de los primeros en salir al campo, tenía dos años de edad. Había tenido la rara ventaja de una educación militar, y cuando sus camaradas marcharon al frente, había sido separado para el servicio administrativo en la capital de su Estado, donde se pensó que podía ser más útil. Como un mal soldado protestó, y como uno bueno obedeció. En estrecha relación oficial y personal con el gobernador de su Estado, y disfrutando de su confianza y favor, había rechazado con firmeza la promoción, y visto a sus juniors elevados por encima de él. La muerte había estado ocupada en su distante regimiento; las vacantes entre los oficiales de campo habían ocurrido una y otra vez, pero con el sentimiento caballeresco, de que las recompensas de la guerra pertenecían por derecho a esos, que cargaban con la tormenta y la tensión de la batalla, había mantenido su rango humilde y avanzado de modo generoso las fortunas de los otros. Su devoción silenciosa al principio había triunfado por último: había sido relevado de sus odiosos deberes y ordenado al frente, y ahora, no probado en el fuego, estaba en la vanguardia de la batalla, al comando de una compañía de rudos veteranos, para quienes él había sido sólo un nombre, y ese nombre una palabra trillada. Nadie -ni incluso esos de sus oficiales hermanos, en cuyo favor había renunciado a sus derechos- entendía su devoción al deber. Estaban demasiado ocupados para ser justos, era mirado como uno que había eludido su deber, hasta ser forzado de mala gana al campo. Demasiado orgulloso para explicar, aunque no demasiado insensible para sentir, sólo podía soportar y esperar.
En todo el ejército federal esa mañana de verano, nadie había aceptado la batalla con más júbilo que Anderton Graffenreid. Su espíritu estaba boyante, sus facultades estaban disolutas. Se hallaba en un estado de exaltación mental, y apenas podía soportar la tardanza del enemigo en avanzar al ataque. Para él era una oportunidad, el resultado no le importaba nada. La victoria o la derrota, como Dios quisiera; en una o en otra debía probarse como un soldado y un héroe, debía vindicar su derecho al respeto de sus hombres, al compañerismo de sus hermanos oficiales y a la consideración de sus superiores. ¡Cómo le saltaba el corazón en el pecho, mientras el corneta tocaba las emotivas notas de la “asamblea”! ¡Con qué paso ligero, apenas consciente de la tierra bajo sus pies, dio zancadas hacia adelante, a la cabeza de su compañía, y de qué forma exultante notó las disposiciones tácticas, que situaron a su regimiento en la línea del frente! Y si por ventura le venía alguna memoria, de un par de ojos oscuros que podrían cobrar una luz tierna, al leer un recuento de los hechos de ese día, ¿quién lo iba a culpar por la idea inmarcial, o considerarlo una degradación del ardor soldadesco?
Súbitamente, desde la foresta media milla al frente -al parecer, de entre las ramas más altas de los árboles, pero en realidad de la cima más allá- se levantó una alta columna de humo blanco. Un momento después vino una explosión profunda, sacudida, seguida, casi asistida por un horrendo sonido de ráfaga, que pareció saltar hacia adelante, a través del espacio intermedio con rapidez inconcebible, subiendo de susurro a rugido con una gradación demasiado veloz, ¡para que la atención notara las etapas sucesivas de su progresión horrible! Un temblor visible corrió a lo largo de las líneas de hombres, todos se asustaron y movieron. El capitán Graffenreid esquivó y lanzó sus manos arriba, a un lado de la cabeza, las palmas hacia afuera.
Mientras hacía eso oyó un estruendo aguzado, vibrante, y vio en la ladera de la colina, detrás de la línea, un feroz remolino de humo y polvo, la explosión de un obús. ¡Éste había pasado a un centenar de pies a su izquierda! Oyó, o se figuró que oyó una risa baja y burlona, y volviéndose en la dirección de donde había venido, vio los ojos de su primer teniente fijos en él, con una inconfundible mirada de diversión. Miró a lo largo de la línea de rostros en las filas del frente. Los hombres se estaban riendo. ¿De él? La idea restauró el color en su rostro exangüe, restauró demasiado en éste. Sus mejillas ardieron con una fiebre de vergüenza.
El disparo del enemigo no fue respondido: el oficial al comando en esa parte expuesta de la línea, evidentemente, no tenía deseo de provocar un cañoneo. Por la tolerancia, el capitán Graffenreid fue consciente de una sensación de gratitud. No sabía que el vuelo de un proyectil, fuera un fenómeno de carácter tan aterrador. Su concepción de la guerra ya había sufrido un cambio profundo, y fue consciente de que su nuevo sentimiento se manifestaba en una visible perturbación. La sangre le estaba hirviendo en las venas, tenía una sensación asfixiante, y sentía que si hubiera tenido que dar un comando, éste sería inaudible o al menos ininteligible. La mano en la que mantenía la espada le temblaba, la otra se movía de modo automático, agarrándose a las diversas partes de su ropa. Encontraba una dificultad en quedarse parado, y se figuraba que sus hombres lo observaban. ¿Era miedo eso? Temía que lo era.
Desde algún lugar lejano a la derecha vino, al compás del viento, un murmullo bajo, intermitente, como el del océano en la tormenta, como el de un distante tren en la vía férrea, como el del viento entre los pinos, tres sonidos tan parecidos que el oído, sin la ayuda del juicio, no podía distinguir uno de otro. Los ojos de las tropas fueron atraidos en esa dirección, los oficiales montados volvieron sus anteojos de campo de esa manera. Mezclada con el sonido había una pulsación irregular. Él pensó, al principio, que era el palpitar de su sangre febril en sus oídos, luego, el distante redoblar de un tambor-bombo.
-El baile está abierto en el flanco derecho -dijo un oficial.
El capitán Graffenreid entendió: los sonidos eran los mosquetes y la artillería. Asintió con la cabeza y trató de sonreír. Al parecer, no había nada infeccioso en la sonrisa.
De repente, una línea luminosa de bocanadas de humo azul, estalló a lo largo del linde del bosque al frente, sucedida por un crepitar de rifles. Hubo silbidos aguzados, agudos en el aire, que terminaron abruptamente con un golpazo en la cercanía. El hombre al lado del capitán Graffenreid dejó caer su rifle, sus rodillas cedieron y se lanzó hacia adelante con torpeza, cayendo sobre su rostro. Alguien gritó “¡Al suelo!”, y el hombre muerto apenas se distinguió de los vivos. Parecía como si esos pocos disparos de rifle hubieran matado a diez mil hombres. Sólo los oficiales de campo se quedaron erguidos, su concesión a la emergencia consistía en desmontar y enviar sus caballos al refugio de las colinas bajas, inmediato en la retaguardia.
El capitán Graffenreid yacía al lado del hombre muerto, debajo de cuyo pecho fluía un pequeño arroyuelo de sangre. Éste tenía un tenue olor dulzón que lo enfermaba. El rostro estaba aplastado contra la tierra, y aplanado. Ya lucía amarillento, y era repulsivo. Nada sugería la gloria de la muerte de un soldado, ni mitigaba lo aborrecible del incidente. No podía darle la espalda al cuerpo, sin volverle el rostro a su compañía.
Fijó sus ojos en la foresta, donde todo era silencio otra vez. Trataba de imaginar qué estaba pasando allí, las líneas de tropas formando para atacar, los cañones siendo empujados a mano hacia adelante, hacia el linde del campo abierto. Se figuró que podía ver sus hocicos negros, sobresaliendo de la maleza, listos para entregar su tormenta de misiles, unos misiles como ése, cuyo aullido le había alterado tanto los nervios. La distensión de sus ojos se tornaba dolorosa, una niebla parecía reunirse delante de éstos; no podía ver más a través del campo, aunque no hubiera retirado su mirada, para no ver al hombre muerto a su lado.
El fuego de la batalla no estaba ardiendo muy brillante ahora, en esta alma de guerrero. De la inacción había venido la introspección. Buscaba más bien analizar sus sensaciones, que distinguirse por el coraje y la devoción. El resultado fue una profunda decepción. Se cubrió el rostro con las manos y gimió en voz alta.
El ronco murmullo de la batalla se hacía más y más distinto hacia la derecha; el murmullo, en efecto, se había convertido en un rugido, una pulsación, un trueno. Los sonidos se habían volteado de forma oblicua hacia el frente; evidentemente, la izquierda del enemigo era conducida de vuelta, y el momento propicio para moverse contra el ángulo saliente de su línea, pronto llegaría. El silencio y el misterio del frente era ominoso, todos sentían que éstos auguraban mal para los asaltantes.
Detrás de las líneas postradas, resonó un golpeteo de cascos de caballos al galope, los hombres se volvieron a mirar. Una docena de oficiales del personal, cabalgaban hacia los diversos comandantes de brigada y regimiento, que se habían remontado. Un momento más y hubo un coro de voces, todas emitiendo fuera de tiempo las mismas palabras: “¡Atención, batallón!” Los hombres se pusieron en pie de un salto, y fueron alineados por los comandantes de compañía. Aguardaron la palabra “adelante”, aguardaron también, con los corazones palpitantes y los dientes apretados, las ráfagas de plomo y de hierro que los golpearían, en su primer movimiento de obediencia a esa palabra. La palabra no fue dada, la tempestad no estalló. ¡La dilación fue horrenda, demencial! Enervaba como un respiro en la guillotina.
El capitán Graffenreid estaba a la cabeza de su compañía, el hombre muerto a sus pies. Oía la batalla a la derecha, el traqueteo y el estrépito de los mosquetes, el incesante trueno del cañón, los vítores desganados de los combatientes invisibles. Advertía las nubes de humo que ascendían de las forestas distantes. Notaba el silencio siniestro de la foresta de enfrente. Estos extremos en contraste afectaban todo el rango de su sensibilidad. La tensión en su sistema nervioso era insoportable. Se ponía caliente y frío por turnos. Jadeaba como un perro, y luego se olvidaba de respirar, hasta que el vértigo se lo recordaba.
Súbitamente, se calmó. Mirando hacia abajo, sus ojos habían caído sobre su espada desnuda, como él la mantenía, apuntando a la tierra. Escorzada a su vista, ésta parecía un tanto, pensó, la corta hoja pesada de un antiguo romano. ¡La fantasía estaba llena de sugestión maligna, fatal, heroica!
El sargento en la fila anterior, inmediato detrás del capitán Graffenreid, tuvo ahora una extraña visión. Su atención fue atraída por un movimiento poco común hecho por el capitán -un súbito alargue de las manos hacia adelante, y su enérgica retirada lanzando los codos afuera, como tirando de un remo-, vio surgir de entre los hombros del oficial una brillante punta de metal, que se prolongó hacia afuera, casi en una longitud de medio brazo, ¡una hoja de espada! Ésta estaba levemente manchada de carmesí, y su punta se aproximó tanto al pecho del sargento, y con un movimiento tan veloz, que éste se contrajo hacia atrás con alarma. En ese momento, el capitán Graffenreid se lanzó hacia adelante con pesadez, sobre el hombre muerto, y murió.
Una semana después, el mayor general que comandaba el cuerpo izquierdo del ejército federal, sometió el siguiente reporte oficial:
“Señor: Tengo el honor de reportar, con respecto a la acción del 19 corriente, que debido a la retirada del enemigo de mi frente para reforzar su golpeada izquierda, mi comando no estuvo seriamente ocupado. Mi pérdida fue la siguiente: Muerto, un oficial, un hombre.”

Título original: One Officer, One Man, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, febrero de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Expecting a Battle, XX.