lunes, 29 de noviembre de 2010

La historia de una conciencia

I

El capitán Parrol Hartroy estaba parado en el puesto de avanzada de su piquete de guardia, hablando en voz baja con el centinela. Ese puesto estaba en una carretera que dividía el campamento del capitán, a una media milla en la retaguardia, aunque el campamento no estaba a la vista desde ese punto. El oficial, al parecer, estaba dando al soldado ciertas instrucciones, acaso estaba inquiriendo, meramente, si todo estaba tranquilo en el frente. Mientras los dos estaban parados hablando, un hombre se les aproximó desde la dirección del campamento, silbando con descuido, y pronto el soldado le dio el alto. Era evidentemente un civil, una persona alta, vestida de forma grosera con ese material amarillo-grisáceo hecho en casa, llamado “calabaza”, que era la única ropa de los hombres en los últimos días de la Confederación. En su cabeza había un combado sombrero de fieltro, alguna vez blanco, debajo del cual colgaban unas masas de cabello desigual, que parecían desconocer tanto las tijeras como el peine. El rostro del hombre era bastante llamativo, una frente ancha, una nariz recta, unas mejillas delgadas, la boca era invisible en la oscura barba completa, que parecía tan descuidada como el cabello. Los ojos eran grandes y tenían esa firmeza y fijeza de atención, que tan frecuente marca una inteligencia considerable y una voluntad no fácil de apartar de su propósito, así dicen los fisonomistas que tienen ese tipo de ojos. En suma, era un hombre a quien uno estaría gustoso de observar y ser observado por. Llevaba un palo de andar recién cortado en la foresta, y sus dolientes botas de piel vacuna estaban blancas de polvo.
-Muestre su pase -dijo el soldado federal un poco más imperioso, acaso, de lo que hubiera pensado necesario, si no hubiera estado bajo el ojo de su comandante, que con los brazos cruzados miraba desde el borde del camino.
-Pensé que me había reconocido, general -dijo el caminante de modo tranquilo, mientras sacaba un papel del bolsillo de su chaqueta. Había algo en su tono, acaso una leve sugerencia de ironía, que hizo la elevación de su obstructor a un alto rango, menos agradable a ese digno guerrero de lo que una promoción, comúnmente, pudiera ser-. Ustedes todos tienen que ser muy exigentes, yo creo -agregó en un tono más conciliador, como una media disculpa por que le dieran el alto.
Habiendo leído el pase, con su rifle en reposo en el terreno, el soldado le entregó el documento de vuelta sin una palabra, se llevó el arma al hombro y retornó a su comandante. El civil pasó por el medio del camino, y cuando había penetrado en la circunvecina Confederación unas pocas yardas, retomó su silbido y pronto se perdió de vista, más allá de un ángulo del camino, que en ese punto entraba a una foresta escasa. Súbitamente, el oficial soltó los brazos de su pecho, sacó un revólver de su cinturón y saltó hacia adelante en una carrera en la misma dirección, dejando a su centinela boquiabierto y asombrado en su puesto. Después de hacer, a las variadas formas visibles de la naturaleza, la promesa solemne de ser condenado, el caballero retomó el aire de estolidez, que se suponía era apropiado para un estado de atención militar alerta.

II

El capitán Hartroy mantenía un comando independiente. Su fuerza consistía de una compañía de infantería, un escuadrón de caballería y una sección de artillería, separados del ejército al que pertenecían, para defender un importante desfiladero en las montañas de Cumberland, en Tennessee. Era un comando de oficial de campo mantenido por un oficial de línea, promovido de las filas, donde había servido tranquilo hasta ser “descubierto”. Su puesto era uno de peligro excepcional, su defensa implicaba una pesada responsabilidad, y se le habían dado, sabiamente, los correspondientes poderes discrecionales, tanto más necesarios debido a su distancia del ejército principal, la naturaleza precaria de sus comunicaciones y el carácter ilícito de las tropas irregulares del enemigo, que infestaban la región. Había fortificado bastante su pequeño campamento, que abarcaba una villa de media docena de viviendas y una tienda rural, y había reunido una considerable cantidad de suministros. A unos pocos civiles residentes de conocida lealtad, con quienes era deseable comerciar, y de cuyos servicios se aprovechó algunas veces de diversas maneras, les había dado pases escritos y los admitía dentro de sus líneas. Era fácil entender que un abuso de ese privilegio, en el interés del enemigo, podía acarrear graves consecuencias. El capitán Hartroy había hecho una orden, al efecto de que todo aquel que abusara de eso, fuera fusilado sumariamente.
Mientras el centinela estaba examinando el pase del civil, el capitán le echó el ojo al último en cercanía. Pensaba que su apariencia era familiar, y en un principio no tuvo duda de haberle dado el pase, que había satisfecho al centinela. No fue hasta que el hombre se había perdido de vista y oído, que su identidad fue descubierta por una luz reveladora de la memoria. Con la prontitud de decisión de un soldado, el oficial había actuado por la revelación.

III

Para cualquier otro hombre, singularmente, dueño de sí mismo, la aparición de un oficial de las fuerzas militares, vestido de modo formidable, teniendo en una mano una espada envainada y en la otra un revólver montado, y lanzado en una persecución furiosa, sería sin dudas inquietante en grado sumo; en el hombre, al que la persecución se dirigía en esta instancia, ésta pareció no tener otro efecto que intensificar un tanto su tranquilidad. Éste podría haber escapado con suficiente facilidad hacia la foresta, a la derecha o a la izquierda, pero eligió otro curso de acción, se volvió y enfrentó al capitán tranquilo, diciendo mientras éste venía: -Yo creo, que usted debe tener algo que decirme, que no recordó. ¿Qué puede ser, vecino?
Pero el “vecino” no respondió, estando ocupado en el acto no vecinal de apuntarle con una pistola montada.
-Ríndase -dijo el capitán tan calmado, como el leve desaliento del esfuerzo se lo permitió-, o muere.
No había amenaza en la manera de esa demanda, todo estaba en el asunto y los medios para forzarla. Había también algo no por completo alentador en los fríos ojos grises, que miraban a lo largo del cañón del arma. Por un momento los dos hombres se quedaron parados, mirándose el uno al otro en silencio; luego el civil, sin apariencia de miedo, con tan gran aparente descuido, como cuando cumplía con la demanda menos austera del centinela, jaló con lentitud de su bolsillo el papel, que había satisfecho al humilde funcionario, y se lo tendió, diciendo:
-Yo creo, éste era el pase del señor Hartroy…
-El pase es una falsificación -dijo el oficial, interrumpiendo-. Yo soy el capitán Hartroy, y usted es Dramer Brune.
Se habría requerido un ojo agudo, para observar la leve palidez en el rostro del civil ante esas palabras, y la única otra manifestación que atestiguó su significado, fue una voluntaria relajación del pulgar y los dedos que sostenían el papel deshonroso, que cayendo al camino, desatendido, fue rodado por un viento suave y luego yació quieto, con una capa de polvo, como una humillación por la mentira que portaba. Un momento después el civil, aún mirando inmóvil hacia el cañón de la pistola, dijo:
-Sí, yo soy Dramer Brune, un espía confederado, y su prisionero. Tengo en mi persona, como usted pronto va a descubrir, un plano de su fuerte y su armamento, una declaración de la distribución de sus hombres y su número, un mapa de los aproches, que muestra las posiciones de todos sus puestos de avanzada. Mi vida es suya en justicia, pero si usted desea tomarla de una manera más formal, que por su propia mano, y si está dispuesto a dispensarme la indignidad de marchar al campamento, ante la boca de su pistola, yo le prometo que no me voy a resistir, ni escapar, ni protestar, sino me voy a someter a cualquier pena que pueda ser impuesta.
El oficial bajó la pistola, la desmontó y la metió en su lugar en el cinturón. Brune avanzó un paso, tendiendo su mano derecha.
-Es la mano de un traidor y un espía -dijo el oficial con frialdad, y no la tomó. El otro se inclinó.
-Venga -dijo el capitán-, vamos a ir al campamento, usted no va a morir hasta mañana por la mañana.
Le dio la espalda a su prisionero, y los dos hombres enigmáticos volvieron sobre sus pasos y pronto pasaron al centinela, que expresó su sentido general de las cosas con un no necesario y exagerado saludo a su comandante.
IV

Temprano en la mañana después de estos sucesos, los dos hombres, el captor y el cautivo, se sentaron en la tienda del anterior. Había una mesa entre ellos, en la que yacían, entre un número de cartas oficiales y privadas, que el capitán había escrito durante la noche, los papeles incriminatorios hallados en el espía. El caballero había dormido toda la noche en una tienda contigua, no cuidada. Ambos, habiendo desayunado, estaban ahora fumando.
-Sr. Brune -dijo el capitán Hartroy-, usted, probablemente, no entiende por qué yo lo reconocí con su disfraz, ni cómo estaba enterado de su nombre.
-Yo no he buscado saberlo, capitán -dijo el prisionero con tranquila dignidad.
-No obstante, me gustaría que lo supiera, si la historia no lo ofende. Usted va a percibir, que mi conocimiento de su ser se remonta al otoño de 1861. En ese tiempo, usted era un soldado raso en un regimiento de Ohio, un soldado valiente y confiable. Para sorpresa y dolor de sus oficiales y camaradas, desertó y se fue con el enemigo. Poco después fue capturado en una escaramuza, reconocido, juzgado por una corte marcial y sentenciado a ser fusilado. En espera de la ejecución de la sentencia, fue confinado sin grilletes en un vagón de carga, que estaba parado en una línea lateral de la vía férrea.
-En Grafton, Virginia -dijo Brune, sacudiendo la ceniza de su puro con el dedo meñique de la mano que lo sostenía, y sin levantar la vista.
-En Grafton, Virginia -repitió el capitán-. Una noche oscura y tormentosa, un soldado que acababa de retornar de una marcha larga, fatigosa, le fue puesto de guardia a usted. Éste se sentó en una caja de petardos adentro del vagón, cerca de la puerta, con el rifle cargado y la bayoneta calada. Usted se sentó en una esquina, y sus órdenes eran matarlo si trataba de levantarse.
-Pero si yo pedía para levantarme, él podía llamar al cabo de la guardia.
-Sí. Mientras las largas horas silenciosas se consumían, el soldado cedió a las demandas de la naturaleza: él mismo incurrió en la pena de muerte, al dormirse en su puesto de deber.
-Usted lo hizo.
-¡Qué!, ¿usted me reconoce?, ¿me ha conocido todo el tiempo?
El capitán se había levantado y estaba andando por el suelo de su tienda, visiblemente excitado. Su rostro estaba sonrojado, sus ojos grises habían perdido la mirada fría y despiadada, que habían mostrado cuando Brune los había visto arriba del cañón de la pistola, éstos se habían suavizado de forma maravillosa.
-Yo lo conocí -dijo el espía con su tranquilidad habitual-, en el momento que me enfrentó, exigiendo que me rindiera. En esas circunstancias, habría sido apenas apropiado para mí recordar esas cosas. Yo soy acaso un traidor, ciertamente un espía, pero no desearía parecer un suplicante.
El capitán había hecho una pausa en su andar, y enfrentaba a su prisionero. Había una ronquera singular en su voz cuando habló de nuevo.
-Sr. Brune, cualquier cosa que su conciencia le permita ser, usted me salvó la vida, al que debió haber creído el precio de la suya propia. Hasta que yo lo vi ayer, cuando mi centinela le dio el alto, creía que estaba muerto, pensaba que había sufrido la suerte, de la que, a través de mi propio crimen, podría haber escapado con facilidad. Usted tenía sólo que apearse del vagón, y dejar que yo tomara su lugar ante al pelotón de fusilamiento. Tuvo una compasión divina. Se apiadó de mi fatiga. Me dejó dormir, me vigiló, y como se hacía más cerca el tiempo, para que el guardia de relevo viniera, y me detectara en mi crimen, me despertó con gentileza. Ah, Brune, Brune, eso estuvo bien hecho, eso fue grande, eso…
La voz del capitán le falló, las lágrimas estaban corriendo por su rostro, y brillaban en su barba y su pecho. Retomando su asiento en la mesa, enterró el rostro en sus brazos y sollozó. Todo lo demás fue silencio.
Súbitamente, el claro trino de una corneta se oyó, tocando a “asamblea”. El capitán se espantó y levantó el rostro mojado de sus brazos, éste se había vuelto de un pálido fantasmal. Afuera, a la luz del sol, se oía el revuelo de los hombres cayendo en línea, las voces de los sargentos pasando lista, el redoblar de los tamboreros mientras tensaban sus tambores. El capitán habló de nuevo:
-Yo debí haber confesado mi falta, en orden de relatar la historia de su magnanimidad, eso podría haberle procurado un perdón. Cien veces resolví hacer eso, pero la vergüenza me previno. Además, su sentencia fue justa y de rectitud. ¡Bueno, que el Cielo me perdone! Yo no dije nada, y mi regimiento poco después fue ordenado a Tennessee, y nunca oí de usted.
-Todo estuvo bien, señor -dijo Brune sin visible emoción-, yo me escapé y retorné a mis banderas, las banderas confederadas. Me gustaría agregar que, antes de desertar del servicio federal, había pedido seriamente una licencia, en el terreno de las convicciones alteradas. Se me respondió con un castigo.
-Ah, pero si yo hubiera sufrido la pena de mi crimen, si usted no me hubiera dado, de modo generoso, la vida que yo acepté sin gratitud, usted no estaría de nuevo en la sombra, y en la inminencia de la muerte.
El prisionero se espantó levemente, y una mirada de ansiedad vino a su rostro. Uno hubiera dicho también, que estaba sorprendido. En ese momento un teniente, el ayudante, apareció en la abertura de la tienda y saludó. –Capitán -dijo-, el batallón está formado.
El capitán Hartroy había recobrado la compostura. Se volvió hacia el oficial y dijo: -Teniente, vaya donde el capitán Graham, y dígale que yo lo mando a asumir el comando del batallón, y hacer una parada afuera del parapeto. Este caballero es un desertor y un espía, va a ser fusilado en presencia de las tropas. Él lo va a acompañar, desatado y no cuidado.
Mientras el ayudante esperaba en la puerta, los dos hombres adentro de la tienda se levantaron y cambiaron unas inclinaciones ceremoniosas, Brune se retiró de inmediato.
Media hora más tarde un viejo cocinero negro, la única persona que quedaba en el campamento, excepto el comandante, se espantó tanto con el sonido de la descarga de mosquetería, que se le cayó la tetera que estaba alzando del fuego. A no ser por su consternación, y el zumbido que el contenido de la tetera hizo entre las brasas, podría haber oído asimismo, casi a la mano, el único disparo de pistola con que el capitán Hartroy renunció a una vida, que en conciencia ya no podía mantener.
En cumplimiento de los términos de una nota, que éste dejó para el oficial que le sucedió en el comando, fue enterrado como el desertor y espía, sin honores militares; y en la solemne sombra de la montaña, que no conoce más de la guerra, los dos duermen bien en tumbas largo tiempo olvidadas.

Título original: The Story of a Conscience, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: XX.