jueves, 14 de octubre de 2010

Un tipo de oficial

I
De los usos de la civilidad

-Capitán Ransome, a usted no se le permite saber algo. Es suficiente que obedezca mi orden, que permítame repetirle. Si percibe algún movimiento de tropas en su frente, usted va a abrir fuego, y si es atacado, mantenga esa posición tanto tiempo como pueda. ¿Yo me hago entender, señor?
-Nada podría ser más llano. Teniente Price -esto a un oficial de su propia batería, que había cabalgado a tiempo para oír la orden-, la idea del general está clara, ¿no es así?
-Perfectamente.
El teniente pasó a su puesto. Por un momento, el general Cameron y el comandante de la batería se quedaron sentados en sus monturas, mirándose el uno al otro en silencio. No había más que decir, al parecer, ya se había dicho demasiado. Entonces el oficial superior asintió con la cabeza fríamente, y volvió su caballo para cabalgar lejos. El artillero saludó con lentitud, gravedad, y con extrema formalidad. Uno que conociera las sutilezas de la etiqueta militar habría dicho que, por su manera, éste atestiguó una sensación de la reprensión en que había incurrido. Era uno de los importantes usos de la civilidad para expresar el resentimiento.
Cuando el general se había unido a su personal y escolta, que lo aguardaba a una pequeña distancia, toda la cabalgata se movió hacia la derecha de los cañones, y se desvaneció en la niebla. El capitán Ransome estaba solo, en silencio, inmóvil como una estatua ecuestre. La niebla gris, que se espesaba a cada momento, se cerraba a su alrededor como una condena visible.
II
Bajo qué circunstancias los hombres no desean que les disparen

La lucha del día anterior había sido inconexa e indecisa. En los puntos de colisión, el humo de la batalla había colgado en láminas azuladas entre las ramas de los árboles, hasta ser abatido a nada por la lluvia que caía. En la tierra ablandada, las ruedas de los cañones y las carretas de municiones cortaban surcos profundos, escabrosos, y los movimientos de la infantería parecían impedidos por un fango, que se pegaba a los pies de los soldados, mientras que con las prendas empapadas, y los rifles protegidos de modo imperfecto con los capotes de los sobretodos, éstos se iban arrastrando en líneas sinuosas aquí y allá, a través de la foresta goteante y el campo inundado. Los oficiales montados, sus cabezas sobresaliendo de los ponchos de hule que brillaban como armaduras negras, les abrían camino solos y en grupos sueltos entre los hombres, yendo y viniendo sin un objetivo aparente, y al comando de la atención de nadie más que uno de otro. Aquí y allá un hombre muerto, su ropa manchada de tierra, su rostro cubierto con una manta o luciendo amarillo y barroso en la lluvia, agregaba su influencia de desánimo a la de los otros rasgos lúgubres de la escena, y aumentaba la incomodidad general con un desaliento particular. Muy repulsivos lucían esos despojos no del todo heroicos, y nadie era accesible a la infección de su ejemplo patriótico. Muertos en el campo de honor, sí, ¡pero el campo de honor estaba tan mojado! Eso hacía una diferencia.
La contienda general que todos esperaban no ocurrió, ninguna de las menudas ventajas acumuladas, ahora para este lado y ahora para ese, en las colisiones aisladas y accidentales, fueron seguidas. Los ataques sin corazón provocaban una resistencia huraña, que se satisfacía con el mero rechazo. Las órdenes eran obedecidas con una fidelidad mecánica, nadie hacía algo más que su deber.
-El ejército está cobarde hoy -dijo el general Cameron, el comandante de la brigada federal, a su ayudante general.
-El ejército tiene frío -replicó el oficial abordado-, y sí, no desea estar así.
Apuntó a uno de los cuerpos muertos, yaciente en un delgado charco de agua amarilla, su rostro y ropa salpicados de fango por los cascos y las ruedas.
Las armas del ejército parecían compartir su delincuencia militar. El tableteo de los rifles sonaba plano y despectivo. Éste no tenía sentido, y apenas despertaba la atención y la expectativa de las partes desocupadas en la línea de batalla, y de las reservas en espera. Oídos a pequeña distancia, los estruendos de los cañones eran débiles en volumen y timbre: carecían de ardor y resonancia. Los fusiles parecían ser disparados con cargas ligeras, sin balas. Y así el día fútil llegaba a su lóbrego término, y luego de una noche incómoda sucedía un día de aprensión.
Un ejército tenía una personalidad. Debajo de los pensamientos y las emociones individuales de sus partes componentes, éste pensaba y sentía como una unidad. Y en ese gran sentido inclusivo de las cosas, yacía una sabiduría más sabia que la mera suma de todo lo que sabía. Esa mañana lúgubre esa gran fuerza bruta, andando a tientas en el fondo de un océano de niebla blancuzco, entre árboles que parecían algas marinas, tenía la sorda conciencia de que no todo estaba bien; de que las maniobras del día habían resultado en una defectuosa disposición de sus partes, en una ciega difusión de su fuerza. Los hombres se sentían inseguros y hablaban entre sí de los errores tácticos, que eran capaces de nombrar con su magro vocabulario militar. Los oficiales de campo y de línea se reunían en grupos, y hablaban de forma más enterada de lo que percibían sin mayor claridad. Los comandantes de brigadas y de divisiones miraban con ansiedad sus conexiones a la derecha y a la izquierda, enviaban a los oficiales del personal con encargos de pesquisa, y mandaban líneas de escaramuza en silencio y con cautela, hacia la región dudosa entre lo conocido y lo desconocido. En algunos puntos de la línea las tropas, al parecer por su propia voluntad, construían las defensas que podían sin la pala silenciosa y el hacha ruidosa.
Uno de esos puntos era mantenido por la batería del capitán Ransome de seis cañones. Provistos siempre de utensilios de trinchera, sus hombres habían laborado con diligencia durante la noche, y ahora sus cañones sacaban sus hocicos negros por las troneras de un terraplén, realmente, formidable. Éste coronaba un leve ascenso desprovisto de maleza, y proveía un fuego no obstruido que barrería el terreno en una distancia desconocida al frente. La posición apenas podía haber sido mejor elegida. Tenía esa peculiaridad que el capitán Ransome, quien era muy adicto al uso de la brújula, no había dejado de observar: estaba de frente al norte, mientras él sabía que la línea general del ejército debía estar de frente al este. De hecho, esa parte de la línea estaba “rechazada”, que es decir, inclinada atrás, lejos del enemigo. Eso implicaba que la batería del capitán Ransome estaba en algún lugar, cerca del flanco izquierdo del ejército; pues un ejército en línea de batalla retiraba sus flancos si la naturaleza del terreno lo permitía, siendo esos sus puntos vulnerables. Realmente, el capitán Ransome parecía mantener el extremo izquierdo de la línea, no habiendo tropas visibles en esa dirección más allá de la suya propia. Inmediato detrás de sus cañones, ocurrió esa conversación entre él y su comandante de brigada, cuya parte conclusiva y más pintoresca se reporta arriba.

III
Cómo tocar un cañón sin notas

El capitán Ransome estaba montado a caballo inmóvil y en silencio. A unas pocas yardas de distancia, sus hombres estaban parados ante sus cañones. En algún lugar -en todas partes a unas pocas millas- había cien mil hombres, amigos y enemigos. Pero él estaba solo. La bruma lo había aislado de modo tan completo, como si estuviera en el corazón de un desierto. Su mundo era unas pocas yardas cuadradas de tierra mojada, y pisoteada alrededor de las patas de su caballo. Sus camaradas en ese dominio fantasmal eran invisibles e inaudibles. Estas eran unas condiciones favorables para el pensamiento, y él estaba pensando. De la naturaleza de sus pensamientos, sus facciones hermosas, cortadas con claridad, no rendían un signo que lo atestiguara. Su rostro era tan inescrutable como el de una esfinge. ¿Por qué debía haber hecho un registro, cuando no había nadie que lo observara? Ante el sonido de una pisada él, meramente, volvió los ojos en la dirección de donde ésta venía; uno de sus sargentos, luciendo un gigante de estatura en la falsa perspectiva de la niebla, se aproximó, y cuando estuvo definido con claridad, y reducido a su verdadera dimensión por la propincuidad, saludó y se paró en atención.
-Bueno, Morris -dijo el oficial, devolviendo el saludo del subordinado.
-El teniente Price me mandó a decirle, señor, que la mayoría de la infantería ha sido retirada. No tenemos el apoyo suficiente.
-Sí, lo sé.
-Yo le voy a decir que algunos de nuestros hombres, han estado afuera del terraplén unas cien yardas, y reportan que nuestro frente no está piqueteado.
-Sí.
-Ellos llegaron tan lejos adelante, que oyeron al enemigo.
-Sí.
-Ellos oyeron el traqueteo de las ruedas de la artillería y los comandos de los oficiales.
-Sí.
-El enemigo se está moviendo hacia nuestro terraplén.
El capitán Ransome, que había estado de frente a la retaguardia de su línea, hacia el punto donde el comandante de brigada y su cabalgata habían sido tragados por la niebla, tiró de las riendas de su caballo en redondo y se puso de frente al otro lado. Entonces se quedó sentado inmóvil como antes.
-¿Quiénes son los hombres que hicieron esa declaración? -inquirió sin mirar al sargento, sus ojos estaban dirigidos directo a la niebla, por encima de la cabeza de su caballo.
-El cabo Hassman y el artillero Manning.
El capitán Ransome estuvo un momento en silencio. Una leve palidez le vino al rostro, una leve compresión afectó las líneas de sus labios, pero se hubiera requerido un observador más cercano que el sargento Morris, para notar el cambio. No había ninguno en la voz.
-Sargento, preséntele mis cumplidos al teniente Price, y mándelo a abrir fuego con todos los cañones. Metralla.
El sargento saludó y se desvaneció en la niebla.
IV
Para introducir al general Masterson

Buscando a su comandante de división, el general Cameron y su escolta habían seguido la línea de batalla, por cerca de una milla a la derecha de la batería de Ransome, y allí se enteró de que el comandante de división se había ido, en busca del comandante de cuerpo. Parecía que todo el mundo estaba buscando a su superior inmediato, una circunstancia ominosa. Eso significaba que nadie estaba tranquilo y cómodo. Así el general Cameron cabalgó otra media milla, donde por buena suerte encontró al general Masterson, el comandante de división, que retornaba.
-Ah, Cameron -dijo el oficial mayor tirando de las riendas, y lanzando su pierna derecha sobre el pomo de la montura, de la manera más poco militar-, ¿hay algo? Encontró una buena posición para su batería, yo espero, si un lugar es mejor que otro en la niebla.
-Sí, general -dijo el otro, con la mayor dignidad apropiada para su rango menos elevado-, mi batería está muy bien situada. Yo desearía poder decir, que está tan bien comandada.
-Eh, ¿qué es eso? ¿Ransome? Yo creo que él es un buen colega. En el ejército deberíamos estar orgullosos de él.
Era una costumbre de los oficiales del ejército regular, hablar de éste como “el ejército”. Así como las grandes ciudades eran las más provincianas, así la auto-complacencia de las aristocracias era la más francamente plebeya.
-Él está muy ufano de su opinión. Por cierto, en orden de ocupar la colina que él mantiene, yo tuve que extender mi línea de forma peligrosa. La colina está a mi izquierda, lo que es decir, el flanco izquierdo del ejército.
-Oh no, la brigada de Hart está más allá. Fue ordenada desde Drytown durante la noche, y mandada a engancharse a usted. Mejor vaya y…
La sentencia no fue terminada: un animado cañoneo había estallado a la izquierda, y ambos oficiales, seguidos por su séquito de aides y ordenanzas, con un gran retintín y rechinar, cabalgaron hacia el sitio con rapidez. Pero pronto se vieron impedidos, pues fueron compelidos por la niebla a mantener la vista en la línea de batalla, detrás de la que había enjambres de hombres, todos en movimiento por su camino. En todas partes la línea iba asumiendo una definición más aguda y ardua, mientras los hombres saltaban a las armas y los oficiales, con las espadas desenvainadas, “vestían” las filas. Los portadores de color desplegaban las banderas, los cornetas tocaban a “asamblea”, los ayudantes de hospital aparecían con las camillas. Los oficiales de campo montaban y enviaban su impedimenta a la retaguardia, en cuidado de los negros sirvientes. Atrás, en los fantasmales espacios de la foresta, podía oírse el susurro y el murmullo de las reservas, al ponerse en conjunto.
No toda esta preparación era vana, pues apenas habían pasado cinco minutos, desde que los cañones del capitán Ransome habían roto la tregua de la duda, antes de que toda la región fuera un rugido: el enemigo había atacado casi por todas partes.

V

Cómo los sonidos pueden luchar contra las sombras

El capitán Ransome caminaba de arriba abajo detrás de sus cañones, que estaban disparando con rapidez pero de modo asentado. Los artilleros trabajaban alertados, pero sin prisa o excitación aparente. No había realmente una razón para la excitación, no era mucho apuntar un cañón a la niebla y dispararle. Cualquiera podía hacer tanto como eso.
Los hombres sonreían ante su trabajo ruidoso, realizándolo con alacridad disminuida. Lanzaban saludos curiosos a su capitán, que se había montado ahora en la banqueta de la fortificación, y estaba mirando por el parapeto, como si observara el efecto de su fuego. Pero el único efecto visible, era la sustitución de las láminas de humo anchas, yacientes abajo, por su bulto de niebla. Súbitamente, fuera de la oscuridad estalló un gran sonido de vítores, ¡que llenó los intervalos entre los estruendos de los cañones con una distinción alarmante! Para los pocos con ocio y oportunidad de observar, el sonido era indeciblemente extraño, tan fuerte, tan cercano, tan amenazador, ¡aunque no se veía nada! Los hombres que habían sonreído ante su trabajo, no sonreían más, sino lo realizaban con una actividad seria y febril.
Desde su posta en el parapeto, el capitán Ransome veía ahora una gran multitud de tenues figuras grises, tomando forma en la bruma debajo de él, y subiendo en enjambre la ladera. Pero el trabajo de los cañones era ahora rápido y furioso. Éstos barrían el declive poblado con ráfagas de metralla y botes, cuyo zumbido podía oírse a través del trueno de las explosiones. En esa terrible tempestad de hierro, los asaltantes luchaban hacia adelante, paso a paso entre sus muertos, disparando hacia las troneras, recargando, disparando otra vez y por último cayendo en su turno, un poco adelante de los que habían caído antes. Pronto el humo fue lo suficiente denso para cubrirlo todo. Éste se asentó abajo sobre el ataque y, derivando atrás, envolvió a la defensa. Los artilleros apenas podían ver para servir a sus piezas, y cuando las ocasionales figuras del enemigo aparecían sobre el parapeto -habiendo tenido la buena suerte de acercarse lo suficiente a éste, entre dos troneras, para estar protegidas de los cañones-, éstas lucían tan insustanciales, que parecía apenas valía la pena, para los pocos soldados de infantería, ir a trabajar contra ellos con la bayoneta, y tumbarlos de vuelta en la zanja.
Como un comandante de batería en acción, podía encontrar algo mejor para hacer que rajar cráneos individuales, el capitán Ransome se había retirado del parapeto a su puesto apropiado, detrás de sus cañones, donde se paró con los brazos cruzados, su corneta junto a él. Aquí, durante el apogeo de la lucha, se le aproximó el teniente Price, quien justo había sableado a un asaltante atrevido dentro del terraplén. Un coloquio animoso se produjo entre los dos oficiales; animoso, al menos, por parte del teniente, que gesticulaba con energía y gritaba una y otra vez al oído de su comandante, en un intento por hacerse oír por encima del estrépito infernal de los cañones. Sus gestos, si fueran notados por un actor con frialdad, hubieran sido declarados ser los de una protesta: uno hubiera dicho que estaba opuesto al proceder. ¿Deseaba él rendirse?
El capitán Ransome escuchó sin un cambio de semblante o actitud, y cuando el otro hombre hubo terminado su arenga, lo miró a los ojos fríamente y, durante un abatimiento temporal del alboroto, dijo:
-Teniente Price, a usted no se le permite saber algo. Es suficiente que obedezca mis órdenes.
El teniente fue a su puesto, y estando el parapeto ahora al parecer aclarado, el capitán Ransome retornó a éste para echar una mirada por encima. Mientras se montaba en la banqueta, un hombre saltó sobre la cima, agitando una gran bandera brillante. El capitán sacó una pistola de su cinturón y lo mató de un tiro. El cuerpo, lanzado hacia adelante, colgó por encima del borde interno del paredón, los brazos rectos hacia abajo, ambas manos agarrando aún la bandera. Los pocos seguidores del hombre se volvieron y huyeron ladera abajo. Mirando por encima del parapeto, el capitán no vio un ser vivo. Observó asimismo que no estaban viniendo balas al terraplén.
Le hizo un signo al corneta, que tocó el comando de cese al fuego. En todos los otros puntos la acción ya había finalizado, con un rechazo del ataque confederado; con la cesación del cañoneo el silencio fue absoluto.
VI
Por qué, siendo afrentado por A, no es lo mejor afrentar a B

El general Masterson cabalgó al reducto. Los hombres, reunidos en grupos, estaban hablando en voz alta y gesticulando. Apuntaban a los muertos, corriendo de un cuerpo a otro. Descuidaban sus cañones fallidos y calientes, y olvidaban reponerse su ropa exterior. Corrían al parapeto y miraban por encima, algunos de ellos saltaban abajo, a la zanja. Una veintena estaban reunidos alrededor de la bandera, mantenida con rigidez por el hombre muerto.
-Bueno, hombres míos -dijo el general como vitoreando-, han tenido una buena lucha con ése.
Ellos lo miraron con fijeza, nadie replicó, la presencia del gran hombre parecía avergonzar y alarmar.
No obteniendo respuesta a su agradable condescendencia, el oficial de maneras ligeras silbó uno o dos compases de aire popular y, tras cabalgar hacia el parapeto, miró por encima a los muertos. En un instante había vuelto su caballo en redondo, y lo estaba espoleando a lo largo detrás de los cañones, con los ojos en todas partes a la vez. Un oficial estaba sentado en el rastro de uno de los cañones, fumando un puro. Mientras el general se le lanzaba, se levantó y saludó tranquilo.
-¡Capitán Ransome! -las palabras cayeron agudas y ásperas, como el choque de unas hojas de acero-, ustedes han estado luchando contra nuestros propios hombres, nuestros propios hombres, señor, ¿usted oye? ¡La brigada de Hart!
-General, yo sé eso.
-Usted lo sabe, usted sabe eso, ¿y se sienta aquí a fumar? Oh, maldita sea, Hamilton, yo estoy perdiendo mi temple-, eso a su preboste-mariscal.
-Señor, capitán Ransome, tenga a bien decir, decir por qué ustedes lucharon contra nuestros propios hombres.
-Eso yo soy incapaz de decirlo. En mis órdenes esa información fue retenida.
Al parecer, el general no comprendía.
-¿Quién fue el agresor en este affair, usted o el general Hart? -preguntó.
-Yo fui.
-¿Y podía usted no haber sabido, podía no ver, señor, que ustedes estaban atacando a nuestros propios hombres?
¡La réplica fue pasmosa!
-Yo sabía eso, en general. Eso parecía no ser negocio mío.
Entonces, rompiendo el silencio mortuorio que siguió a su respuesta, dijo:
-Yo debo remitirlo a usted al general Cameron.
-El general Cameron está muerto, señor, tan muerto como puede estar, tan muerto como algún hombre de este ejército. Está tirado allá atrás, bajo un árbol. ¿Usted quiere decir, que él tenía algo que ver con este negocio horrible?
El capitán Ransome no replicó. Observando el altercado, sus hombres se habían reunido alrededor para ver el resultado. Estaban bastante excitados. La niebla, que había sido disipada parcialmente por el fuego, se había cerrado de nuevo de modo tan oscuro alrededor de ellos, que se vinieron más cerca juntos, hasta que el juez montado a caballo, y el acusado calmado parado delante de él, tenían sólo un estrecho espacio libre de intrusión. Era la más informal de las cortes marciales, pero todos sentían que la formal a seguir sólo afirmaría su sentencia. Ésta no tenía jurisdicción, pero tenía el significado de una profecía.
-Capitán Ransome -gritó el general de forma impetuosa, pero con algo en su voz que era casi suplicante-, si usted puede decir algo, para arrojar una mejor luz sobre su conducta incomprensible, yo le ruego que lo haga.
Habiendo recobrado su temple, este soldado generoso buscaba algo para justificar su natural actitud de simpatía, hacia un hombre valiente en la inminencia de una muerte deshonrosa.
-¿Dónde está el teniente Price? -dijo el capitán.
Ese oficial se paró adelante, con su oscuro rostro saturnino luciendo un tanto imponente, bajo un pañuelo sangriento amarrado alrededor de su frente. Éste entendió la citación y no necesitó una invitación para hablar. No miró al capitán, sino se dirigió al general:
-Durante la contienda yo descubrí el estado de los affairs, y le informé al comandante de la batería. Me aventuré a urgir que cesara el fuego. Yo fui insultado y ordenado fuera a mi puesto.
-¿Sabe usted algo de las órdenes, bajo las que yo estaba actuando? -preguntó el capitán.
-De algunas órdenes, bajo las que el comandante de la batería estaba actuando -continuó el teniente, aún dirigiéndose al general-, yo no sé nada.
El capitán Ransome sintió que el mundo se hundía bajo sus pies. En esas crueles palabras oyó el murmullo de los siglos, rompiendo en la orilla de la eternidad. Oyó la voz de la condena, ésta decía en un tono frío, mecánico y mesurado: “¡Listos, apunten, fuego!”, y sintió que las balas rasgaban su corazón en jirones. Oyó el sonido de la tierra sobre su ataúd, y (si el buen Dios era tan misericordioso) el canto de un pájaro por encima de su tumba olvidada. En silencio, tras desatar el sable de sus soportes, se lo entregó al preboste-mariscal.

Título original: One Kind of Officer, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, What Are Your Orders?, XX.

lunes, 11 de octubre de 2010

El reloj de John Bartine

 
Una historia por un médico

-¿La hora exacta? ¡Buen Dios!, mi amigo, ¿por qué usted insiste? Uno podría pensar, pero qué importa eso, es fácil hora de dormir, ¿no está bastante cerca? Pero mire, si debe poner en hora su reloj, tome el mío y vea por sí mismo.
Con eso desató su reloj -uno tremendamente pesado, a la moda antigua- de la cadena, y me lo entregó; luego se volteó y, tras caminar por la habitación hacia el estante de libros, empezó una examinación de sus lomos. Su agitación y angustia evidente me sorprendieron, parecían irracionales. Habiendo puesto en hora mi reloj por el suyo, di unos pasos hacia donde él estaba parado, y dije: -Gracias.
Mientras él tomaba su saboneta y la adjuntaba a la guarda, observé que sus manos estaban inquietas. Con un tacto que me dio bastante orgullo, anduve al aparador con descuido y tomé un poco de brandy y agua; luego, pidiendo perdón por mi descortesía, le rogué que bebiera algo y volví a mi asiento junto al fuego, dejando que se sirviera él mismo, como era nuestra costumbre. Él hizo así, y pronto se unió a mí en el hogar, tan tranquilo como siempre.
Este raro, pequeño incidente ocurrió en mi apartamento, donde John Bartine estaba pasando una noche. Habíamos cenado juntos en el club, habíamos venido a casa en un taxi y, en resumen, todas las cosas habían sido hechas de la manera más prosaica; ¿y por qué John Bartine debía romper el orden de cosas natural y establecido, para hacerse espectacular con un despliegue de la emoción, al parecer para su propio entretenimiento?, yo no lo podía entender de ninguna forma. Cuanto más pensaba en eso, mientras sus brillantes dotes de conversación se estaban comendando a mi inatención, más curioso me volvía, y por supuesto, no tenía dificultad en persuadirme a mí mismo, de que mi curiosidad era una solicitud amistosa. Ese era el disfraz que la curiosidad asumía, usualmente, para evadir el resentimiento. Así que arruiné una de las mejores sentencias de su monólogo no considerado, cortándolo de golpe sin ceremonia.
-John Bartine -dije-, usted debe tratar de perdonarme si estoy equivocado, pero con la luz que tengo en el presente, no puedo concederle el derecho a hacerse pedazos del todo, cuando le pregunto la hora de la noche. Yo no puedo admitir, que sea propio experimentar una renuencia misteriosa a mirar su propio reloj de frente, y a albergar en mi presencia, sin explicación, unas emociones dolorosas que me son negadas, y que no son negocio mío.
A este discurso ridículo Bartine no dio una réplica inmediata, sino se quedó sentado mirando al fuego con gravedad. Temiendo que lo había ofendido, yo estaba a punto de disculparme y rogarle no pensar más en el asunto, cuando mirándome a los ojos con calma, dijo:
-Mi querido colega, la levedad de su manera no disfraza del todo, la horrible impudencia de su demanda; pero, felizmente, yo ya había decidido decirle lo que usted desea saber, y ninguna manifestación de su indignidad para oír, va a alterar mi decisión. Tenga a bien prestarme su atención, y oirá todo sobre el asunto.
-Este reloj -dijo-, ha estado en mi familia por tres generaciones, antes de que me cayera a mí. Su dueño original, para quien fue hecho, era mi bisabuelo, Bramwell Olcott Bartine, un plantador acaudalado de la Virginia colonial, que como fiel tory, siempre se pasaba las noches en vela, ideando nuevas clases de maldiciones para el cabecilla del sr. Washington, y nuevos métodos de ayuda y aliento al buen rey George. Un día, ese digno caballero tuvo el profundo infortunio de realizar un servicio, de importancia capital para su causa, que no fue reconocido como legítimo por esos, que sufrieron sus desventajas. No importa qué era pero, entre sus consecuencias menores, estuvo el arresto de mi excelente ancestro, una noche en su propia casa, por una partida de los rebeldes del sr. Washington. Se le permitió decirle adiós a su llorosa familia, y luego fue hecho marchar hacia la oscuridad, que se lo tragó para siempre. Ni la más leve pista de su suerte se encontró jamás. Después de la guerra, la pesquisa más diligente y la oferta de grandes recompensas, fracasó en sacar a la luz a alguno de sus captores, o algún hecho concerniente a su desaparición. Él había desaparecido, y eso era todo.
Algo en la manera de Bartine que no estaba en sus palabras -yo apenas sabía lo que era- me apresuró a preguntar:
-¿Cuál es su punto de vista del asunto, de la justicia de éste?
-Mi punto de vista de éste -se inflamó, llevando su mano apretada abajo sobre la mesa, como si hubiera estado en una casa pública jugando a los dados con unos guardias negros-, ¡mi punto de vista es que fue el característico asesinato cobarde de ese maldito traidor, Washington, y de sus rebeldes pelagatos!
Por algunos minutos nada fue dicho: Bartine estaba recobrando su temple, y yo esperé. Luego dije:
-¿Eso fue todo?
-No, hubo algo más. Unas pocas semanas después del arresto de mi bisabuelo, su reloj fue hallado tirado en el portal, ante la puerta del frente de su vivienda. Estaba envuelto en una hoja de papel de carta, que llevaba el nombre de Rupert Bartine, su único hijo, mi abuelo. Yo estoy usando ese reloj.
Bartine hizo una pausa. Sus ojos negros, usualmente inquietos, estaban mirando fijamente la parrilla, un punto de luz rojiza en cada uno reflejaba los carbones ardientes. Él parecía haberme olvidado. Un súbito trillado de las ramas de un árbol, afuera de una de las ventanas, y casi al mismo instante el golpeteo de la lluvia contra el cristal, le recordó el sentido de su entorno. Una tormenta se había levantado, anunciada por una única ráfaga de viento, y en unos pocos momentos, el estable chapoteo del agua en el pavimento se oía con distinción. Yo apenas sé por qué relato este incidente, parece, de algún modo, tener un cierto significado y relevancia que ahora soy incapaz de discernir. Éste, al menos, agrega un elemento de seriedad, casi de solemnidad. Bartine retomó:
-Yo tengo una sensación singular con este reloj, una suerte de afecto por él, me gusta tenerlo cerca, aunque en parte por su peso, y en parte por una razón que ahora voy a explicar, raramente lo cargo. La razón es esta: cada noche, cuando lo tengo conmigo, siento un deseo inexplicable de abrirlo y consultarlo, incluso, si no puedo pensar una razón, para desear saber la hora. Pero si yo cedo a éste, en el momento que mis ojos se posan en el dial, me lleno de una aprensión misteriosa, una sensación de calamidad inminente. Y ésta es más insoportable, cuanto más cerca es de las once en punto, en este reloj, no importa qué hora real pueda ser. Después que las manecillas han registrado las once, el deseo de mirar se va, yo soy indiferente por entero. Entonces, puedo consultar esta cosa tan a menudo como guste, sin más emoción, de la que usted siente al mirar el propio suyo. Naturalmente, yo me he entrenado para no mirar el reloj por la noche, antes de las once, nada me podría inducir. Su insistencia esta noche me disgusta un poco. Yo sentí mucho, como supongo un comedor de opio podría sentir, si su anhelo de su tipo especial y particular de infierno, fuera reforzado por la oportunidad y el consejo.
-Ahora esa es mi historia, y la he contado en interés de su ciencia triunfalista, pero si alguna noche de aquí en adelante, usted me observa llevando este reloj maldito, y tiene la cortesía de preguntarme la hora, yo voy a rogarle que me deje, ponerlo a usted en el inconveniente de ser tumbado de un golpe.
Su humor no me divirtió. Yo podía ver que, al relatar su falsa ilusión, estaba un poco turbado de nuevo. Su sonrisa concluyente fue positivamente horrenda, y sus ojos habían retomado algo más que su vieja inquietud; éstos se movían aquí y allá por la habitación sin un objetivo aparente, y me figuré que habían tomado una expresión salvaje, como la que se observa a veces en los casos de demencia. Acaso era mi propia imaginación, pero en todo caso yo estaba persuadido ahora, de que mi amigo estaba aquejado por la más singular e interesante monomanía. Sin, yo confío, algún abatimiento de mi afectuosa solicitud a él como amigo, lo empecé a considerar como un paciente, rico en posibilidades de un estudio provechoso. ¿Por qué no? ¿No había él descrito su falsa ilusión en interés de la ciencia? Ah, pobre colega, estaba haciendo más por la ciencia de lo que sabía: no sólo su historia, sino él mismo estaba en evidencia. Yo debía curarlo si podía, por supuesto, pero primero debía hacer un pequeño experimento de psicología, no, el experimento en sí podría ser un paso en su restauración.
-Eso es muy franco y amistoso de su parte, Bartine -dije cordialmente-, y yo estoy bastante orgulloso de su confianza. Es todo muy raro, ciertamente. ¿Le importa mostrarme ese reloj?
Lo desató de su chaleco, con cadena y todo, y me lo pasó sin una palabra. La caja era de oro, muy gruesa y fuerte, y grabada de forma singular. Después de examinar el dial en cercanía, y observar que era cerca de las doce, yo lo abrí por detrás, y me interesó observar una caja de marfil interna, en la que estaba pintado un retrato en miniatura de esa manera exquisita y delicada, que estaba en boga durante el siglo dieciocho.
-¡Pero, bendiga mi alma! -exclamé, sintiendo un agudo placer artístico-, ¿cómo, bajo el sol, consiguió usted este acabado? Yo pensaba que la pintura en miniatura sobre marfil, era un arte perdido.
-Ese -replicó sonriendo con gravedad-, no soy yo, es mi excelente bisabuelo, el finado Bramwell Olcott Bartine, señor de Virginia. Era más joven entonces, que más tarde, de mi edad, de hecho. Se dice que se parece a mí, ¿usted cree eso?
-¿Se parece a usted? ¡Yo debía decir eso! Salvo el traje, que yo supuse usted había asumido en cumplido del arte, o por la vraisemblance, por así decir, y la falta de bigote, este retrato es usted en cada rasgo, línea y expresión.
No más fue dicho en ese momento. Bartine tomó un libro de la mesa y empezó a leer. Yo oía afuera el incesante chapoteo de la lluvia en la calle. Había ocasionales pisadas apuradas en las aceras, y una vez unos pasos lentos, pesados parecieron cesar en mi puerta; un policía, pensé, buscando refugio en la entrada. Las ramas de los árboles golpeaban los paneles de la ventana de modo significativo, como si pidieran admisión. Yo lo recordé todo a través de estos años y años de vida sabia, grave.
Viéndome no observado, tomé la llave de moda antigua que colgaba de la cadena, y volví atrás con rapidez las manecillas del reloj todo una hora; luego, cerrando la caja, le entregué a Bartine su propiedad y lo vi reponerla en su persona.
-Yo creo que usted dijo -empecé con asumido descuido-, que después de las once la visión del dial no le afectaba más. Como ahora es cerca de las doce -mirando mi propia saboneta-, acaso, si usted no resiente mi búsqueda de prueba, lo miraría ahora.
Él sonrió de buen humor, sacó el reloj de nuevo, lo abrió, y al instante se puso en pie de un salto, ¡con un grito que el cielo no ha tenido la misericordia de permitirme olvidar! Sus ojos, su negrura notablemente intensificada por la palidez de su rostro, estaban fijos en el reloj, que apretaba con ambas manos. Por algún tiempo permaneció en esa actitud sin emitir otro sonido, luego, con una voz que yo no debía reconocer como suya, dijo:
-¡Maldito seas, faltan dos minutos para las once!
Yo no estaba no preparado para algún estallido tal, y sin levantarme repliqué con calma suficiente:
-Le pido perdón, yo debo haber leído mal su reloj, al poner en hora el propio mío por éste.
Él cerró la caja con un agudo chasquido, y se puso el reloj en el bolsillo. Me miró e hizo el intento de sonreír, pero el labio inferior le temblaba y parecía incapaz de cerrar la boca. Las manos, asimismo, se le sacudían, y las empujó, apretadas, en los bolsillos de su saco chaqueta. El espíritu corajudo se esforzaba, de forma manifiesta, por someter al cuerpo cobarde. El esfuerzo era demasiado grande, se empezó a balancear de un lado a otro, como con vértigo, y antes de que yo pudiera saltar de mi silla, para sostenerlo, sus rodillas cedieron y se lanzó hacia adelante con torpeza, y cayó sobre su rostro. Yo salté para ayudarlo a levantarse, pero cuando John Bartine se levante nos vamos a levantar todos.
El examen post-mortem no reveló nada, cada órgano estaba normal y sano. Pero cuando el cuerpo había sido preparado para el entierro, se vio que un tenue círculo oscuro se había desarrollado alrededor del cuello; al menos, así me lo aseguraron varias personas que dijeron haberlo visto, pero por mi propio conocimiento no puedo decir si eso era verdad.
Ni tampoco puedo poner limitaciones a la ley de la herencia. Yo no sé que en el mundo espiritual, un sentimiento o emoción no pueda sobrevivir al corazón que lo albergó, y buscar expresión en una vida similar pasados los años. Seguramente, si yo tuviera que adivinar el destino de Bramwell Olcott Bartine, debería adivinar que fue colgado a las once en punto de la noche, y que se le habían concedido varias horas para que se prepara para el cambio.
En cuanto a John Bartine, mi amigo, mi paciente por cinco minutos, y -¡el cielo me perdone!- mi víctima por la eternidad, no hay más que decir. Él está enterrado, y su reloj con él, yo vi por eso. Que Dios tenga su alma en el paraíso, y el alma de su ancestro virginiano, si, en efecto, ellos son dos almas.

Título original: John Bartine's Watch, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Ivan Kramskoy, Portrait of the painter Ivan Shishkin, XIX.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La ciencia al frente


En conexión con este sujeto de la “desaparición misteriosa” -de la que cada memoria almacena ejemplo abundante- es pertinente anotar la creencia del dr. Hem, de Leipzig; no a modo de explicación, a menos que el lector pueda elegir tomarlo así, sino por su interés intrínseco como especulación singular. Este distinguido científico ha expuesto sus puntos de vista en un libro titulado Verschwinden Theorie und Sena, que ha atraído cierta atención, “en particular -dice un escritor-, entre los seguidores de Hegel, y los matemáticos que abrazan la existencia real del así llamado espacio no-euclidiano, lo que es decir, del espacio que tiene más dimensiones que longitud, anchura y espesor; un espacio en el que sería posible hacer un nudo en una cuerda sin fin, y voltear una bola de goma de adentro afuera sin ‘una solución de su continuidad’, o en otras palabras, sin romperla o agrietarla”.
El dr. Hem cree que en el mundo visible hay lugares vacíos -vacuos, y algo más- agujeros, como si fuese, a través de los que los objetos animados e inanimados pueden caer en el mundo invisible, y no ser vistos ni oídos más. La teoría es algo como esto: el espacio está invadido por un éter luminoso, que es una cosa material, tanto una sustancia como el aire o el agua, aunque casi infinitamente más atenuado. Toda la fuerza, todas las formas de energía deben propagarse en éste; cada proceso debe tener lugar en éste, que tiene lugar del todo. Pero vamos a suponer que las cavidades existen en ese medio de otra manera universal, como las cavernas existen en la tierra o las células en un queso suizo. En tal cavidad no habría absolutamente nada. Habría tal vacío que no puede ser artificialmente producido, pues si bombeamos el aire de un recipiente queda el éter luminoso. A través de una de esas cavidades la luz no podría pasar, pues no habría nada que la porte. El sonido no podría venir de éste, nada se podría sentir en éste. No habría ni una sola de las condiciones necesarias para la acción de alguno de nuestros sentidos. En ese vacío, en resumen, nada que sea podría ocurrir. Ahora, en las palabras del escritor antes citado, el estudiado doctor por sí mismo, en ningún lugar, lo pone de modo tan conciso: “Un hombre encerrado en tal armario no podría ver ni ser visto, ni oír ni ser oído, ni sentir ni ser sentido, ni vivir ni morir, pues la vida y la muerte ambas son procesos, que pueden tener lugar sólo donde hay una fuerza, y en el espacio vacío la fuerza no podría existir." ¿Son estas las horribles condiciones (alguno va a preguntar) bajo las que, los amigos de los perdidos deben pensar que ellos existen, y están condenados a existir para siempre?
De forma desnuda e imperfecta como se declara aquí, la teoría del dr. Hem, tan lejos como ésta profesa ser una explicación adecuada de las “desapariciones misteriosas”, está abierta a muchas objeciones obvias, al menos como lo declara él mismo en la “espaciosa volubilidad” de su libro. Pero incluso como expuesto por su autor eso no explica, y en verdad es incompatible con algunos incidentes, las ocurrencias relatadas en este memorando: por ejemplo, el sonido de la voz de Charles Ashmore. No es mi deber dotar a los hechos y las teorías de afinidad.

Título original: Science to the Front, publicado por primera vez en Collected Works of Ambrose Bierce, The Neale Publishing Company, 1909, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Ubuntulife.wordpress.com, Space Art Wallpapers, XXI.

domingo, 3 de octubre de 2010

El reino de lo irreal

I

Por una parte de la distancia entre Auburn y Newcastle, el camino -primero a un lado del riachuelo y luego al otro -ocupa todo el fondo del barranco, estando en parte cortado en el escarpado flanco de la colina, y en parte construido con pedruscos removidos del lecho del riachuelo por los mineros. Las colinas son boscosas, el curso del barranco es sinuoso. En una noche oscura se requiere una conducción cuidadosa, en orden de no irse al agua. La noche que yo tengo en la memoria era oscura, el riachuelo era un torrente hinchado por una tormenta reciente. Yo había conducido desde Newcastle y estaba a una milla de Auburn, en la parte más oscura y estrecha del barranco, mirando atentamente delante de mi caballo la vía del camino. Súbitamente, vi a un hombre casi bajo el hocico del animal, y le di un tirón a las riendas, que la criatura estuvo cerca de sentarse en las ancas.
-Le pido perdón -dije-, no lo vi, señor.
-Usted apenas podía esperar verme a mí -replicó el hombre civilmente, aproximándose al lado del vehículo-, y el ruido del riachuelo me impidió a mí oírlo a usted.
Yo reconocí la voz de golpe, aunque habían pasado cinco años desde que la había oído. No estaba en particular muy complacido de oírla ahora.
-Usted es el dr. Dorrimore, creo -dije.
-Sí, y usted es mi buen amigo el sr. Manrich. Yo estoy más que contento de verlo, el exceso -agregó con una risa ligera- es debido al hecho de que voy por su camino y, naturalmente, espero una invitación a montar con usted.
-Que yo extiendo con todo mi corazón.
Eso no era por completo verdad.
El dr. Dorrimore me dio las gracias mientras se sentaba a mi lado, y conduje hacia adelante con cautela, como antes. Indudablemente, es una fantasía, pero ahora me parece que la distancia restante fue hecha en una niebla helada, que yo tenía un frío incómodo, que el camino fue más largo que nunca antes, y que el pueblo, cuando lo alcanzamos, estaba triste, siniestro y desolado. Debe haber sido temprano en la noche, pues no recuerdo una luz en alguna de las casas, ni un ser vivo en las calles. Dorrimore explicó con cierta largueza cómo por casualidad estaba allí, y dónde había estado durante los años que habían mediado desde que lo había visto. Yo recuerdo el hecho de la narración, pero ninguno de los hechos narrados. Él había estado en países extranjeros y había retornado, eso es todo lo que mi memoria retiene, y eso ya lo sabía. En cuanto a mí mismo, no puedo acordarme de que hablara una palabra, aunque sin dudas lo hice. De una cosa estoy claramente consciente: la presencia del hombre a mi lado me era, extrañamente, desagradable e inquietante, tanto así que, cuando por último tiré atrás bajo las luces de la Casa Putnam, experimenté la sensación de haber escapado de algún peligro espiritual, de una naturaleza peculiarmente siniestra. Esa sensación de alivio fue modificada un tanto, por el descubrimiento de que el dr. Dorrimore estaba viviendo en el mismo hotel.
II

En explicación parcial de mis sensaciones respecto al dr. Dorrimore, voy a relatar brevemente las circunstancias bajo las que lo había conocido unos años antes. Una noche una media docena de hombres, de quienes yo era uno, estaban sentados en la biblioteca del Club Bohemio en San Francisco. La conversación se había tornado hacia el sujeto de los juegos de manos y las hazañas de los prestidigitateurs, uno de quienes daba exhibiciones entonces en un teatro local.
-Esos tipos son unos pretensores en sentido doble -dijo uno de la partida-, no pueden hacer nada que valga la pena para hacer un primo de uno. El más humilde juglar de camino de la India los podría mistificar y llevar al borde del lunatismo.
-Por ejemplo, ¿cómo? -preguntó otro, prendiendo un puro.
-Por ejemplo, con todas sus actuaciones comunes y familiares, lanzando al aire grandes objetos que nunca vienen abajo; haciendo que las plantas broten, crezcan visiblemente y florezcan, en un terreno pelado elegido por los espectadores; poniendo a un hombre en una cesta de mimbre, perforándolo con una espada una y otra vez mientras él grita y sangra, y luego la cesta se abre y no hay nada ahí; tirando al aire el extremo libre de una escala de seda, subiéndola y desapareciendo.
-¡Una tontería!- dije yo más bien incivilmente, me temo-. ¿Usted seguro no cree en esas cosas?
-Ciertamente no: yo las he visto muy a menudo.
-Pero yo sí -dijo un periodista de considerable fama local como reportero pintoresco-. Yo las he relatado con tanta frecuencia, que nada más que la observación podría sacudir mi convicción. Y, caballeros, yo doy mi palabra sobre eso.
Nadie se rió, todos estaban mirando algo detrás de mí. Volteándome en mi asiento vi a un hombre con traje de noche, que justo había entrado a la habitación. Era excesivamente moreno, casi atezado, con un rostro delgado, una barba negra hacia los labios, una abundancia de grueso cabello negro con algún desorden, una nariz recta y unos ojos que brillaban con la expresión desalmada de una cobra. Uno del grupo se levantó y lo introdujo como el dr. Dorrimore, de Calcuta. Mientras cada uno de nosotros era presentado en turno, él reconocía el hecho con una profunda reverencia a la manera oriental, pero sin nada de la gravedad oriental. Su sonrisa me impresionó por cínica y un poco despectiva. Toda su conducta la puedo describir sólo como desagradablemente atractiva.
Su presencia llevó la conversación hacia otros canales. Él dijo poco, no recuerdo nada de lo que dijo. Yo pensaba que su voz era singularmente rica y melodiosa, pero ésta me afectaba de la misma manera que los ojos y la sonrisa. En unos pocos minutos me levanté para irme. Él también se levantó y se puso el abrigo.
-Sr. Manrich -dijo-, yo voy por su camino.
"¡El diablo eres tú! -pensé-. ¿Cómo sabes por qué camino voy?” Entonces dije: -Yo estaré complacido de tener su compañía.
Dejamos el edificio juntos. No había taxis a la vista, los coches de calle se habían ido a la cama, había luna llena y el aire fresco de la noche era delicioso; caminamos por la colina de la calle California. Yo tomé esa dirección pensando que él, naturalmente, desearía tomar otra, hacia uno de los hoteles.
-Usted no cree lo que se dice de los juglares hindúes -dijo abruptamente.
-¿Cómo sabe eso? -pregunté.
Sin replicar puso su mano en mi brazo levemente, y con la otra apuntó a la acera de piedra directo al frente. Allí, casi a nuestros pies, ¡yacía el cuerpo de un hombre muerto, el rostro vuelto hacia arriba y blanco a la luz de la luna! Una espada, cuyo puño de gemas chispeaba, se paraba fijada y derecha en el pecho, un charco de sangre se había formado en las piedras de la acera.
Yo estaba asustado y aterrado no sólo por lo que veía, sino por las circunstancias bajo las que lo veía. Repetidamente, durante nuestro ascenso de la colina, pensé, mis ojos habían atravesado todo el tramo de esa acera, de calle a calle. ¿Cómo podrían éstos haber sido insensibles a ese objeto espantoso, ahora tan conspicuo a la blanca luz de la luna?
Cuando mis aturdidas facultades se aclararon, observé que el cuerpo estaba con un traje de noche; el abrigo, abierto del todo, revelaba el frac, la corbata blanca, la amplia extensión del frente de la camisa perforada por la espada. Y -¡horrible revelación! -el rostro, excepto por su palidez, ¡era el de mi compañero! Era, hasta el mínimo detalle del traje y las facciones, el mismo dr. Dorrimore. Ofuscado y horrorizado, me volví a buscar al hombre vivo. Éste no estaba visible en ningún lugar y, con un terror agregado, me retiré del lugar, colina abajo, en la dirección de donde había venido. Había dado sólo unas pocas zancadas, cuando un agarre fuerte sobre mi hombro me detuvo. Estuve cerca de gritar con terror: ¡el hombre muerto, la espada aún fijada en su pecho, estaba parado a mi lado! Sacándose la espada con la mano desocupada, la arrojó lejos de él, la luz de la luna destelló en las joyas de su puño y el acero inmaculado de su hoja. Ésta cayó con ruido metálico en la acera delante, ¡y se desvaneció! El hombre, moreno como antes, aflojó su agarre sobre mi hombro y me miró con el mismo afecto cínico, que yo había observado en mi primer encuentro con él. Los muertos no tienen esa mirada, eso en parte me restauró y, volviendo la cabeza atrás, vi la lisa, blanca extensión de la acera, inviolada de calle a calle.
-¿Qué es toda esta tontería, tú, diablo? -demandé lo suficiente ferozmente, aunque débil y con todos los miembros temblando.
-Es lo que algunos se complacen en llamar juglería -respondió con una risa dura, ligera.
Se volvió hacia la calle Dupont y no lo vi más, hasta que nos encontramos en el barranco de Auburn.

III

El día después de mi segundo encuentro con el dr. Dorrimore yo no lo vi: el empleado de la Casa Putnam explicó que un ligero malestar lo había confinado a sus habitaciones. Esa tarde en la estación ferroviaria fui sorprendido y hecho feliz por el arribo inesperado de la señorita Margarita Corray y su madre, de Oakland.
Esto no es una historia de amor. Yo no soy un contador de historias, y el amor como es no puede ser retratado en una literatura dominada y cautivada por una tiranía degradante, que “sentencia las letras” en nombre de una muchacha jovencita. Bajo el reino fastidioso de las muchachas jovencitas, o más bien bajo la regla de esos falsos ministros de la censura, que se han apuntado para la custodia de su bienestar, el amor

vela sus fuegos sagrados,
Y, no enterada, la moralidad expira,

famélica ante la comida cernida y el agua destilada de una provisión mojigata.
Es suficiente decir que la señorita Corray y yo estábamos comprometidos en matrimonio. Ella y su madre fueron al hotel en que vivía, y durante dos semanas la vi a diario. Que yo era feliz apenas necesita ser dicho, el único obstáculo para mi disfrute perfecto de esos días dorados era la presencia del dr. Dorrimore, a quien me sentía compelido a introducir a las damas.
Ellas, evidentemente, le daban el favor. ¿Qué yo podía decir? Yo no sabía absolutamente nada para su descrédito. Sus maneras eran las de un caballero cultivado y considerado, y para las mujeres la manera de un hombre es el hombre. En una o dos ocasiones que vi a la señorita Corray caminando con él me puse furioso, y una vez tuve la indiscreción de protestar. Preguntado por las razones no tuve ninguna que dar, y me pareció ver en su expresión una sombra de desprecio hacia los caprichos de una mente celosa. Con el tiempo me volví moroso y desagradable de forma consciente, y resolví en mi demencia retornar a San Francisco al día siguiente. De esto, sin embargo, no dije nada.

IV

Había en Auburn un viejo cementerio abandonado. Estaba casi en el corazón del pueblo, pero por la noche era un lugar tan horrendo, como el más lúgubre de los humores humanos podría ansiar. Las verjas que rodeaban las parcelas estaban postradas, podridas o perdidas por completo. Muchas de las tumbas estaban hundidas, en otras crecían pinos robustos, cuyas raíces habían cometido un pecado indecible. Las lápidas estaban caídas y quebradas a través, las zarzas invadían el terreno, la cerca se había perdido en su mayoría; y las vacas y los cerdos vagaban allí a voluntad, el lugar era una deshonra para los vivos, una calumnia a los muertos, una blasfemia contra Dios.
La noche del día en que yo había tomado mi resolución de demente, de alejarme con furia de todo lo que era querido para mí, me encontró en ese sitio congenial. La luz de la media luna caía de modo fantasmal, a través del follaje de los árboles, en sitios y parches, revelando mucho que era grotesco, y las sombras negras parecían conspiraciones que guardaban, para un momento apropiado, revelaciones de importancia oscura. Pasando por lo que había sido un sendero de gravilla, vi emerger de la sombra la figura del dr. Dorrimore. Yo mismo estaba en la sombra, y me quedé parado con los puños cerrados y los dientes apretados, tratando de controlar el impulso de saltar sobre él y estrangularlo. Un momento después, una segunda figura se unió a él y se aferró a su brazo. ¡Era Margaret Corray!
Yo no puedo relatar de forma correcta lo que ocurrió. Sé que salté hacia delante, inclinado al asesinato, sé que fui hallado en la mañana grisácea magullado y sangriento, con marcas de dedos en mi garganta. Fui llevado a la Casa Putnam, donde estuve acostado por días con un delirio. Todo eso yo lo sé, porque me lo han dicho. Y por mi propio conocimiento sé que, cuando retornó la conciencia con la convalescencia, mandé por el empleado del hotel.
-¿Están la sra. Corray y su hija aún aquí? -pregunté.
-¿Qué nombre usted dijo?
-Corray.
-Nadie de ese nombre ha estado aquí.
-Yo le ruego que no juegue conmigo -dije con petulancia-. Usted ve que yo estoy bien ahora, dígame la verdad.
-Yo le doy mi palabra -replicó con evidente sinceridad-, no hemos tenido huéspedes de ese nombre.
Sus palabras me dejaron estupefacto. Me quedé acostado por unos momentos en silencio, luego pregunté: -¿Dónde está el dr. Dorrimore?
-Salió en la mañana de su pelea, y no se ha oído de él desde entonces. Fue un trato rudo el que le dio a usted.

V

Tales son los hechos de este caso. Margaret Corray es ahora mi esposa. Ella nunca ha visto Auburn, y durante las semanas cuya historia, mientras ésta se formaba en mi cerebro, yo me he esforzado en relatar, estaba viviendo en su casa en Oakland, preguntándose dónde estaba su amante y por qué no le escribía. El otro día vi en el Sun de Baltimore el siguiente párrafo:
“El profesor Valentine Dorrimore, el hipnotizador, tuvo una gran audiencia la noche pasada. El lector, que ha vivido la mayor parte de su vida en la India, brindó algunas maravillosas exhibiciones de su poder, hipnotizando a todo aquel que eligió someterse al experimento, meramente con mirarlo. De hecho, hipnotizó dos veces a la audiencia entera (los reporteros sólo exentos), haciendo que todos tuvieran las ilusiones más extraordinarias. El rasgo más valioso de la lectura, fue la revelación de los métodos de los juglares hindúes en sus actuaciones famosas, familiares en boca de los viajeros. El profesor declaró que esos taumaturgos han adquirido tal habilidad en el arte que él aprendió a sus pies, que realizan sus milagros, simplemente, lanzando a los 'espectadores' a un estado de hipnosis y diciéndoles qué ver y oír. Su aseveración de que un sujeto peculiarmente susceptible se puede mantener en el reino de lo irreal por semanas, meses e incluso años, dominado por cualesquiera falsas ilusiones y alucinaciones que el operador puede sugerir de tiempo en tiempo, es un poco inquietante.”

Título original: The Realm of the Unreal, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, The Night They Needed A Good Ribbon Man (Detail), XX.