martes, 28 de septiembre de 2010

Una pelea dura


Una noche de otoño de 1861, un hombre estaba sentado solo en el corazón de una foresta en la Virginia oeste. La región era una de las más salvajes del continente, la comarca de Cheat Mountain. No había falta de gente a la mano, sin embargo; a una milla de donde el hombre estaba sentado, se hallaba el campamento ahora en silencio de toda una brigada federal. En algún lugar alrededor -ésta podía estar aún más cerca- estaba una fuerza del enemigo, de número desconocido. Era esa incertidumbre en cuanto a su número y posición, lo que causaba la presencia del hombre en ese sitio solitario; era un joven oficial de un regimiento de la infantería federal, y su negocio allí era cuidar a sus camaradas dormidos en el campamento, contra una sorpresa. Estaba al comando de un destacamento de hombres que constituían un piquete de guardia. A esos hombres los había apostado justo al anochecer en una línea irregular, determinada por la naturaleza del terreno, varios cientos de yardas al frente de donde ahora estaba sentado. La línea corría por la foresta, entre las rocas y los matorrales de laurel, los hombres quince o veinte pasos aparte, todos en ocultación y bajo mandato de silencio estricto y vigilancia incesante. En cuatro horas, si nada ocurría, serían relevados por un destacamento fresco de la reserva, que ahora descansaba al cuidado de su capitán, a cierta distancia a la izquierda y en la retaguardia. Antes de apostar a sus hombres, el joven oficial de quien estamos escribiendo había señalado a sus dos sargentos el sitio, en que sería encontrado si fuera necesario consultarlo a él, o si su presencia en la línea del frente fuera requerida.
Era un sitio lo suficiente tranquilo, la bifurcación de un viejo camino boscoso, en cuyas dos ramas, que se prolongaban desviándose hacia adelante a la tenue luz de la luna, los sargentos se habían apostado, unos pocos pasos detrás de la línea. Si eran impelidos atrás agudamente por una súbita arremetida del enemigo -y no se esperaba que los piquetes hicieran una parada después de tirotear-, los hombres vendrían por los caminos convergentes y, siguiéndolos naturalmente hacia su punto de intersección, podrían ser reunidos y “formados”. A su pequeña manera, el autor de estas disposiciones era algo así como un estratega; si Napoleón lo hubiera planeado de forma tan inteligente en Waterloo, podría haber ganado esa batalla memorable y ser derrocado más tarde.
El segundo teniente Brainerd Byring era un oficial valiente y eficiente, joven e inexperto en comparación como era en el negocio de matar a su prójimo. Se había alistado en los mismos primeros días de la guerra como soldado raso, sin cualquier conocimiento militar lo habían hecho primer sargento de su compañía, a causa de su educación y manera atractiva, y había tenido la suficiente suerte de perder a su capitán por una bala confederada, en las promociones resultantes había ganado una comisión. Había estado en varias contiendas -tales como fueron las de Philippi, Rich Mountain, Carrick’s Ford y Greenbrier-, y se había portado con tal gallardía, como para no atraer la atención de sus oficiales superiores. La excitación de la batalla le era agradable, pero la visión de los muertos, con sus rostros barrosos, ojos en blanco y cuerpos rígidos, que cuando no estaban encogidos de modo no natural, estaban hinchados de modo no natural, siempre lo había afectado de forma intolerable. Sentía hacia éstos una suerte de antipatía irracional, que era algo más que la repugnancia física y espiritual común a todos nosotros. Indudablemente, esa sensación se debía a su inusual, aguda sensibilidad, a su aguzado sentido de lo bello, que esas cosas horrendas ultrajaban. Cualquiera pueda haber sido la causa, no podía mirar un cuerpo muerto sin una aversión, que tenía en sí un elemento de resentimiento. Lo que otros habían respetado como la dignidad de la muerte, no tenía existencia para él, era impensable por completo. La muerte era una cosa para ser odiada. No era pintoresca, no tenía un lado tierno y solemne, era una cosa lúgubre, horrenda en todas sus manifestaciones y sugestiones. El teniente Byring era el hombre más valiente que alguien conocía, pues nadie conocía el horror en que siempre estaba dispuesto a incurrir.
Habiendo puesto a sus hombres, instruido a sus sargentos y retirado a su posta, se sentó en un tronco y, con todos los sentidos alertados, empezó su vigilia. Para estar más ligero se aflojó su cinturón de espada y, tomando su pesado revólver de la funda, lo puso en el tronco a su lado. Se sentía muy cómodo, aunque apenas concedía al hecho un pensamiento, con tal intensidad escuchaba cualquier sonido del frente, que pudiera tener un significado amenazante: un grito, un disparo o la pisada de uno de sus sargentos, viniendo a informarle de algo que valía la pena conocer. Del vasto, invisible océano de luz lunar encima de su cabeza, caía aquí y allá un flujo delgado, quebrado que parecía chapotear en las ramas que lo interceptaban, y escurrirse hacia la tierra, formando menudos charcos blancos entre los arbustos de laurel. Pero esas goteras eran pocas, y sólo servían para acentuar la negrura de su entorno, que su imaginación encontraba fácil de poblar con toda clase de formas no familiares, amenazantes, extrañas o meramente grotescas.
Ése, para quien la portentosa conspiración de la noche, la soledad y el silencio, en el corazón de una gran foresta no es una experiencia desconocida, no necesita que le digan que es todo otro mundo, cómo incluso los objetos más comunes y familiares toman otro carácter. Los árboles se agrupan de modo diferente, se ponen más cerca, juntos, como con miedo. El mismo silencio tiene otra cualidad que el silencio del día. Y está lleno de susurros oídos a medias, de susurros que espantan, de fantasmas de sonidos largo tiempo muertos. Hay sonidos vivos también, tales como nunca se oyen bajo otras condiciones: notas de extraños pájaros nocturnos, gritos de animales menudos que se encuentran de súbito con enemigos sigilosos, o en sus sueños, un crujido en las hojas secas, puede ser el salto de una rata de bosque, puede ser la pisada de una pantera. ¿Qué causó la rotura de esa ramita?, ¿qué el bajo, alarmado gorjeo en ese arbusto lleno de pájaros? Hay sonidos sin nombre, formas sin sustancia, traslaciones en el espacio de objetos que no se han visto moverse, movimientos donde no se observa nada que cambie de lugar. ¡Ah, hijos de la luz solar y la luz de gas, cuán poco saben del mundo en que viven!
Rodeado a poca distancia por amigos armados y vigilantes, Byring se sentía solo por completo. Cediendo al solemne y misterioso espíritu de la hora y el lugar, había olvidado la naturaleza de su conexión con los aspectos visibles y audibles, y fases de la noche. La foresta era ilimitada, los hombres y las moradas de los hombres no existían. El universo era el primario misterio de la oscuridad, sin forma y vacío, él mismo era el solo, mudo inquiridor de su secreto eterno. Absorvido por los pensamientos que nacían de este humor, sufría el tiempo que se escabullía sin ser notado. Mientras tanto las infrecuentes manchas de luz blanca, que yacían entre los troncos de los árboles, habían sufrido cambios de tamaño, forma y lugar. En una de éstas cerca, justo al lado del camino, su ojo cayó sobre un objeto que no había observado con anterioridad. Éste estaba casi delante de su rostro cuando se sentó, podía haber jurado que no había estado antes allí. Estaba cubierto en parte por la sombra, pero podía ver que era una figura humana. Instintivamente, se ajustó el broche de su cinturón de espada y echó mano de su pistola, de nuevo estaba en el mundo de la guerra, con la ocupación de asesino.
La figura no se movía. Se levantó, pistola en mano, se aproximó. La figura yacía tendida de espalda, su parte superior en la sombra, pero parado arriba de ésta y mirando abajo su rostro, vio que era un cuerpo muerto. Se estremeció y se volteó, con una sensación de náusea y disgusto, retomó su asiento en el tronco y, olvidando la prudencia militar, rayó un cerillo y prendió un puro. En la súbita negrura que siguió a la extinción de la llama, tuvo una sensación de alivio, no podía ver más el objeto de su aversión. No obstante, mantuvo sus ojos puestos en esa dirección, hasta que éste apareció de nuevo con una distinción creciente. Parecía haberse movido un poco más cerca.
-¡Maldita sea la cosa! -murmuró-. ¿Qué quiere él?
No parecía tener necesidad de nada más que un alma.
Byring volvió los ojos y empezó a tararear una tonada, pero se detuvo en medio de un compás y miró el cuerpo muerto. Su presencia le molestaba, aunque apenas podría haber tenido un vecino más tranquilo. Estaba consciente también de una sensación vaga, indefinible que era nueva para él. No era miedo, sino más bien un sentido de lo sobrenatural, en lo que no creía del todo.
“Lo he heredado -se dijo a sí mismo-. Yo supongo que se requerirá de mil años, acaso diez mil, para que la humanidad supere esa sensación. ¿Dónde y cuándo se originó? Lejos atrás, probablemente, en lo que es llamado la cuna de la raza humana, las planicies del Asia Central. Lo que nosotros heredamos como una superstición, nuestros bárbaros ancestros lo deben haber tenido como una convicción razonable. Indudablemente, se creían justificados por hechos, cuya naturaleza no podemos incluso conjeturar, al concebir un cuerpo muerto como una cosa maligna, dotada de cierto extraño poder dañino, acaso con la voluntad y el propósito de ejercerlo. Posiblemente, ellos tenían alguna forma horrible de religión, de la que esa era una de las principales doctrinas, enseñada por su sacerdocio con diligencia, como los nuestros enseñan la inmortalidad del alma. Mientras los arios se movían con lentitud, hacia y a través de los pasos del Cáucaso, y se extendían por Europa, las nuevas condiciones de vida debieron haber resultado en la formulación de nuevas religiones. La vieja creencia en la malevolencia del cuerpo muerto se perdió en los credos, e incluso pereció en la tradición, pero dejó su herencia de terror, que se ha trasmitido de generación en generación, es tanto una parte de nosotros como son nuestra sangre y huesos.”
Siguiendo su pensamiento había olvidado eso que lo sugirió, pero ahora su ojo cayó sobre el cadáver de nuevo. La sombra lo había descubierto por completo. Vio el perfil agudo, la barbilla al aire, todo el rostro, blanco fantasmal a la luz de la luna. La ropa era gris, el uniforme de un soldado confederado. La chaqueta y el chaleco desabotonados, habían caído a cada lado, exponiendo la camisa blanca. El pecho parecía prominente de modo no natural, pero el abdomen se había hundido, dejando una aguda proyección en la línea de las costillas inferiores. Los brazos estaban extendidos, la rodilla izquierda estaba tirada hacia arriba. Toda la postura impresionó a Byring, como si hubiera sido estudiada con vista a lo horrible.
-¡Bah! -exclamó-, era un actor, sabe cómo estar muerto.
Apartó sus ojos, dirigiendo éstos de forma resuelta, a lo largo de uno de los caminos que conducían al frente, y reasumió su filosofar donde lo había dejado.
“Puede ser que nuestros ancestros del Asia Central no tenían la costumbre del entierro. En ese caso es fácil entender su miedo a los muertos, que eran realmente una amenaza y un mal. Éstos generaban pestilencias. A los niños les enseñaban a evitar los lugares donde éstos yacían, y a correr lejos si por inadvertencia iban cerca de un cadáver. Yo pienso, en efecto, que será mejor me vaya lejos de este tipo.”
Se levantó a medias para hacer eso, entonces recordó que le había dicho a sus hombres en el frente, y al oficial en la retaguardia que iba a relevarlo, que en cualquier momento podía ser encontrado en ese sitio. Era una cuestión de orgullo también. Si abandonaba su puesto, temía que pensaran que él le temía al cadáver. Él no era un cobarde y no estaba deseoso de incurrir en el ridículo ante alguien. Así que se sentó de nuevo, y para probar su coraje miró el cuerpo con audacia. El brazo derecho -el más lejano de él- estaba ahora en la sombra. Apenas podía ver la mano que había observado antes, yacía en la raíz de un arbusto de laurel. No había habido cambio, un hecho que le dio una cierta comodidad, no podía haber dicho por qué. No retiró los ojos de una vez, lo que no deseamos ver tiene una extraña fascinación, a veces irresistible. De la mujer que se cubre los ojos con las manos y mira por entre los dedos, que sea dicho que el ingenio se ha ocupado de ella no con justicia por completo.
Byring de súbito se hizo consciente de un dolor en su mano derecha. Retiró los ojos de su enemigo y la miró. Estaba agarrando el puño de su espada sacada tan fuertemente, que le dolía. Observó también que estaba inclinado hacia adelante en una actitud tirante, agachado como un gladiador dispuesto a saltar a la garganta de un antagonista. Sus dientes estaban apretados y estaba respirando con dificultad. El asunto pronto fue puesto de modo correcto, sus músculos se relajaron, tomó un largo aliento, sintió con suficiente agudeza la ridiculez del incidente. Eso lo movió a risa. ¡Cielos!, ¿qué sonido era ese?, ¿qué diablo insensato estaba emitiendo un gozo impío en mofa de la alegría humana? Se puso de pie y miró a su alrededor, sin reconocer su propia risa.
Él no podía ocultarse más a sí mismo el hecho horrible de su cobardía: ¡estaba totalmente asustado! Habría corrido del sitio, pero las piernas se negaban a su oficio, éstas cedieron debajo suyo y se sentó en el tronco de nuevo, temblando de forma violenta. Su rostro estaba mojado, todo su cuerpo bañado en una fría transpiración. No podía incluso gritar. Con distinción oyó detrás de sí un paso sigiloso, como de algún animal salvaje, y no se atrevió a mirar por encima de su hombro. ¿Habían los vivos desalmados unido las fuerzas con los muertos desalmados?, ¿era un animal? ¡Ah, si sólo pudiera estar seguro de eso! Pero con ningún esfuerzo de voluntad podía ahora desfijar su mirada del rostro del hombre muerto.
Yo repito que el teniente Byring era un hombre valiente e inteligente. ¿Pero qué hubieran querido? ¿Iba un hombre a poder, con una sola mano, con una alianza tan monstruosa como la de la noche, la soledad, el silencio y el muerto, mientras una incalculable hueste de sus propios ancestros, aullaba en el oído de su espíritu su cobarde consejo, cantaba sus dolientes cantos de muerte en su corazón, y desarmaba a su misma sangre de todo su hierro? Las ventajas eran muy grandes, el coraje no estaba hecho para un uso tan rudo como ese.
Una sola convicción tenía ahora el hombre en posesión: que el cuerpo se había movido. Éste yacía más cerca del borde de su parcela de luz, no podía haber duda de eso. Había movido sus brazos asimismo, ¡pues mira, ambos estaban en la sombra! Un soplo de aire frío golpeó a Byring en pleno rostro, las ramas de los árboles por encima de él se agitaron y gimieron. Una sombra bastante definida pasó por el rostro del muerto, lo dejó luminoso, pasó sobre éste de vuelta y lo dejó medio oscurecido. ¡La cosa horrible se estaba moviendo de modo visible! En ese momento un único disparo resonó en la línea del piquete, el más solitario y fuerte, aunque más distante, ¡un disparo que nunca había sido oído por un oído mortal! Éste rompió el hechizo del hombre encantado, mató el silencio y la soledad, dispersó a la hueste obstructora del Asia Central y liberó su virilidad moderna. Con un grito como el de un gran pájaro que se abalanza sobre su presa, ¡saltó hacia adelante con el corazón caliente para la acción!
Disparo tras disparo venía ahora del frente. Había griterío y confusión, golpes de cascos y vítores inconexos. Lejos hacia la retaguardia, en el campamento dormido, había canto de cornetas y gruñido de tambores. Avanzando por los matorrales, a ambos lados del camino, venían los piquetes federales en plena retirada, tiroteando hacia atrás al azar mientras corrían. Un grupo de rezagados, que había seguido uno de los caminos de vuelta, como se instruyó, súbitamente saltó hacia los arbustos, mientras medio centenar de jinetes tronaban tras ellos, golpeando con sus sables salvajemente mientras pasaban. A una impetuosa velocidad los montados alocados dispararon, pasando el sitio donde Byring se había sentado, y se desvanecieron doblando en un ángulo del camino, gritando y tiroteando con sus pistolas. Un momento más tarde hubo un estruendo de mosquetería, seguido de disparos aislados, se habían encontrado con la guardia en línea de reserva, y venían de vuelta en horrenda confusión, con una montura vacía aquí y allá y más de un caballo enloquecido, aguijoneado por una bala, resoplando y abatiéndose de dolor. Todo había terminado, “un affair en los puestos de avanzada”.
La línea fue restablecida con hombres frescos, la lista pasada, los rezagados fueron reformados. El comandante federal, con una parte de su personal, vestida de forma imperfecta, apareció en escena, hizo unas pocas preguntas, pareció excesivamente sabio y se retiró. Después de ponerse en armas por una hora, la brigada en el campamento “pronunció una o dos plegarias” y se fue a la cama.
A la mañana siguiente temprano una partida fatigada, comandada por un capitán y acompañada por un cirujano, buscaba a los muertos y los heridos por el terreno. En la bifurcación del camino, un poco a un lado, encontraron dos cuerpos yaciendo cerca, juntos, el de un oficial federal y el de un soldado raso confederado. El oficial había muerto por una espada clavada en el corazón, pero no, al parecer, antes de que hubiera infligido a su enemigo no menos de cinco heridas espantosas. El oficial muerto yacía con el rostro en un charco de sangre, el arma aún en su pecho. Lo tendieron de espalda y el cirujano la retiró.
-¡Gad! -dijo el capitán-. ¡Es Byring! -agregando con una mirada al otro-, tuvieron una pelea dura.
El cirujano estaba examinando la espada. Era la de un oficial de línea de la infantería federal, exactamente igual a la usada por el capitán. Era, de hecho, la propia de Byring. La única otra arma descubierta fue un revólver no descargado en el cinturón del oficial muerto.
El cirujano puso abajo la espada y se aproximó al otro cuerpo. Éste estaba atrozmente acuchillado y apuñalado, pero no había sangre. Echó mano del pie izquierdo y trató de enderezar la pierna. En el esfuerzo el cuerpo fue desplazado. El muerto no desea ser movido, éste protestó con un tenue olor nauseabundo. Donde había yacido había unos pocos gusanos, que manifestaban una actividad estúpida.
El cirujano miró al capitán. El capitán miró al cirujano.

Título original: A Tough Tussle, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, en septiembre de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Hancock the Superb, XX.

domingo, 26 de septiembre de 2010

La cosa de Nolan


Al sur de donde el camino entre Leesville y Hardy, en el Estado de Missouri, cruza la bifurcación oriental del riachuelo May, se levanta una casa abandonada. Nadie ha vivido en ésta desde el verano de 1879, y se está haciendo pedazos con rapidez. Por unos tres años antes de la fecha mencionada arriba, fue ocupada por la familia de Charles May, de uno de cuyos ancestros, el riachuelo cerca del que ésta se levanta tomó su nombre.
La familia del sr. May consistía de una esposa, un hijo adulto y dos muchachas jovencitas. El nombre del hijo era John, los nombres de las hijas son desconocidos para el autor de este boceto.
John May era de disposición morosa y torva, no fácil de mover a enojo, pero tenía el don insólito de la hosquedad, un odio implacable. Su padre era bastante otra cosa; de disposición soleada, jovial, pero con un temple vivo, como la llama súbita prendida en la brizna de paja, que se consume en un destello y no está más. No guardaba resentimientos, y al irse su enojo, estaba presto a hacer oberturas para la reconciliación. Tenía un hermano que vivía cerca, quien era distinto a él respecto a todo esto, y era una agudeza corriente en la vecindad que John había heredado su disposición de su tío.
Un día surgió un malentendido entre padre e hijo, unas palabras ásperas siguieron, y el padre golpeó al hijo en plena cara con el puño. John se limpió la sangre que siguió al golpe de forma callada, fijó su mirada en el ofensor ya penitente y dijo con una fría compostura: -Usted va a morir por esto.
Las palabras fueron oídas por dos hermanos llamados Jackson, que se aproximaban a los hombres en el momento, pero que viéndolos ocupados en una riña se retiraron, al parecer no observados. Charles May relató después la ocurrencia infortunada a su esposa, y le explicó que se había disculpado con el hijo por el golpe apresurado, pero que fue en vano; el joven no sólo rechazó sus oberturas, sino también se negó a retirar su terrible amenaza. No obstante, no hubo una abierta ruptura de las relaciones: John continuó viviendo con la familia, y las cosas fueron en mucho como antes.
Una mañana de domingo en junio de 1879, alrededor de dos semanas después de lo que se ha relatado, el May mayor dejó la casa inmediato después del desayuno, tomando una pala. Dijo que iba a hacer una excavación en cierto manantial en el bosque, a una milla de distancia, de modo que el ganado pudiera obtener agua. John permaneció en la casa por unas horas, variamente ocupado en afeitarse, escribiendo cartas y leyendo el periódico. Su manera era muy cercana a la que era usualmente, acaso estaba un poco más hosco y torvo.
A las dos dejó la casa. A las cinco retornó. Por alguna razón no conectada con algún interés en sus movimientos, y que no se recuerda ahora, la hora de su partida y la de su retorno fue notada por su madre y hermanas, como fue atestiguado en su juicio por asesinato. Se observó que su ropa estaba mojada por lugares, como si (lo que la prosecución apuntó después) él hubiera estado removiendo las manchas de sangre de ésta. Su manera era extraña, su mirada salvaje. Se quejaba de un malestar, y yendo a su habitación tomó hacia su cama.
El May mayor no retornó. Más tarde esa noche se despertó a los vecinos más cercanos, y durante esa noche y el día siguiente se prosiguió a la búsqueda por el bosque, donde estaba el manantial. Ésta resultó en poco, salvo el descubrimiento de las pisadas de dos hombres en el barro alrededor del manantial. John May mientras tanto se había puesto peor con rapidez, con lo que el médico local llamó una fiebre cerebral, y en su delirio desvarió sobre un asesinato, pero no dijo quién él concebía había sido asesinado, ni quién imaginaba había hecho la obra. Pero su amenaza fue recordada por los hermanos Jackson, fue arrestado bajo sospecha y un sheriff deputado puesto a cargo de él en su hogar. La opinión pública se puso fuertemente en su contra, y si no fuera por su malestar, habría sido colgado probablemente por la turba. Así las cosas, una reunión de vecinos se celebró el martes, y se apuntó un comité para ver el caso, y tomar una acción en cualquier momento que las circunstancias pudieran parecer merecerlo.
El miércoles todo había cambiado. Desde el pueblo de Nolan, a ocho millas de distancia, llegó una historia que arrojó una luz bastante diferente sobre el asunto. Nolan consistía de una casa de escuela, un taller de herrería, una “tienda” y una media docena de viviendas. La tienda era mantenida por un Henry Odell, un primo del May mayor. La tarde del domingo en que May desapareció, el sr. Odell y cuatro de sus vecinos, hombres de credibilidad, estaban sentados en la tienda fumando y hablando. Era un día caluroso, y ambas puertas del frente y de atrás estaban abiertas. A eso de las tres Charles May, que era bien conocido por tres de ellos, entró por la puerta de enfrente y pasó a la parte trasera. Estaba sin sombrero ni abrigo. No los miró a ellos, ni les devolvió el saludo, una circunstancia que no sorprendió pues, evidentemente, estaba herido de seriedad. Arriba de la ceja izquierda tenía una herida, un tajo profundo del que la sangre fluía, cubriendo todo el lado izquierdo del rostro y el cuello, y saturando su camisa gris claro. Por extraño que parezca, la idea más elevada en las mentes de todos fue, que él había estado peleando y estaba yendo al arroyo directo, atrás de la tienda, para lavarse.
Acaso hubo una sensación de delicadeza, una etiqueta de bosques lejanos que los refrenó de seguirlo para ofrecerle asistencia; los registros de la corte de los que, en lo principal, esta narración está extraída, guardan silencio sobre toda cosa menos el hecho. Esperaron a que retornara, pero él no retornó.
Bordeando el arroyo detrás de la tienda, había una foresta que se extendía por seis millas, de vuelta a las colinas de Medicine Lodge. Tan pronto como fue sabido en la vecindad del hombre perdido, que éste había sido visto en Nolan, hubo una marcada alteración en el sentimiento y la sensación del público. El comité de vigilancia se fue de la existencia sin la formalidad de una resolución. La búsqueda a lo largo de las boscosas tierras bajas del arroyo May fue detenida, y casi toda la población masculina de la región llevada a batir un boscaje cerca de Nolan, y en las colinas de Medicine Lodge. Pero del hombre perdido no fue hallado rastro.
Una de las circunstancias más extrañas de este caso extraño, es la acusación formal y el juicio a un hombre por el asesinato de uno, cuyo cuerpo ningún ser humano profesó haber visto, de uno que no se sabía estuviera muerto. Todos estamos más o menos familiarizados con los caprichos y las excentricidades de la ley fronteriza, pero esta instancia se piensa es única. Cualquier cosa pueda ser, está registrado que al recobrarse de su malestar, John May fue acusado por el asesinato de su padre perdido. El abogado de la defensa parece no tenía reparos, y el caso fue juzgado por sus méritos. La prosecución fue sin espíritu y perfunctoria, la defensa estableció con facilidad -en relación con el difunto- una coartada. Si durante el tiempo en que John May debió haber matado a Charles May, si él lo mató del todo, Charles May estaba a millas de distancia de donde John May debía haber estado, estaba claro que el difunto debía haber hallado la muerte a manos de algún otro.
John May fue absuelto, dejó la comarca de inmediato, y nunca se ha oído de él desde ese día. Poco después su madre y hermanas se mudaron a St. Louis. La granja habiendo pasado a posesión de un hombre, que era dueño de la tierra adyacente y tenía su propia vivienda, la casa de May siempre ha estado vacante desde entonces, y tiene la sombría reputación de estar embrujada.
Un día después de que la familia May hubiera dejado la comarca, algunos muchachos, jugando en el bosque a lo largo del arroyo May, hallaron ocultada bajo un montón de hojas secas, aunque en parte expuesta por el hocicar de los cerdos, una pala casi nueva y brillante, excepto en un lugar del borde, que estaba oxidado y manchado de sangre. El utensilio tenía las iniciales C.M. cortadas en el mango.
Este descubrimiento renovó, en cierto grado, la excitación del público de pocos meses antes. La tierra cerca del lugar donde fue hallada la pala fue examinada con cuidado, y el resultado fue el hallazgo del cuerpo de un hombre muerto. Éste había sido enterrado bajo dos o tres pies de suelo, y el lugar cubierto con una capa de hojas secas y ramitas. Había sólo una pequeña descomposición, un hecho atribuido a alguna propiedad conservante del fértil suelo mineral.
Arriba de la ceja izquierda había una herida, un tajo profundo del que la sangre había fluido, cubriendo todo el lado izquierdo del rostro y el cuello, y saturando la camisa gris claro. El cráneo había sido cortado al través por el golpe. El cuerpo era el de Charles May.
Pero, ¿qué fue lo que pasó por la tienda del sr. Odell en Nolan?

Título original: The Thing at Nolan, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, agosto de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Google, Haunted house, XX.

martes, 14 de septiembre de 2010

El dedo medio del pie derecho

I

Es bien sabido que la vieja casa de Manton está embrujada. En todo el distrito rural cerca de allí, e incluso en el pueblo de Marshall a una milla de distancia, ni una persona de mente imparcial abriga una duda sobre eso; la incredulidad está confinada a esas personas opinadoras que van a ser llamadas “excéntricas”, tan pronto como esa útil palabra haya penetrado el dominio intelectual de La avanzada de Marshall. La evidencia de que la casa está embrujada es de dos clases: el testimonio de los testigos desinteresados que han tenido una prueba ocular, y la de la casa misma. La primera puede ser descuidada y descartada en cualquiera de los varios terrenos de la objeción, que puede ser impulsada contra ésta por el ingenioso, pero los hechos en la observación de todos son materiales y controlables.
En primer lugar, la casa de Manton ha estado desocupada por los mortales más de diez años, y con sus accesorias está cayendo con lentitud en la decadencia, una circunstancia que, en sí misma, el juicioso apenas se va a aventurar a ignorar. Se levanta un poco lejos del tramo más solitario del camino Marshall y Harriston, en un claro que fue alguna vez una granja, y que aún está desfigurado con franjas de vallas podridas y medio cubiertas de zarzas, que invaden un suelo estéril y pedregoso largo tiempo desconocido por el arado. La casa misma está en una tolerable buena condición, aunque bastante manchada por el tiempo y con una extrema necesidad de atención del vidriero, habiendo atestiguado la más pequeña población masculina de la región, a su manera amable, su desaprobación de la vivienda sin vivientes. Es de dos pisos de altura, casi cuadrada, su fachada está agujereada por una única puerta, flanqueada a cada lado por una ventana tapiada hasta el mismo tope. Las ventanas correspondientes de encima, no protegidas, sirven para admitir la luz y la lluvia en las habitaciones del piso superior. La hierba y la maleza crecen con mucha exuberancia a todo alrededor, y unos pocos árboles de sombra, un tanto peor para el viento, inclinados todos en una dirección, parecen estar haciendo un esfuerzo concertado para correr lejos. En resumen, como el humorista del pueblo Marshall explicó en las columnas de La avanzada, “la propuesta de que la casa de Manton está bastante embrujada, es la única conclusión lógica de las premisas”. El hecho de que en esta vivienda el sr. Manton creyó era expediente, una noche hace unos diez años, levantarse y cortarle las gargantas a su esposa y dos hijos pequeños, mudándose a la vez a otra parte del país, ha hecho su parte sin dudas, al dirigir la atención pública hacia la idoneidad del lugar para el fenómeno sobrenatural.
A esta casa, una tarde de verano, llegaron cuatro hombres en una carreta. Tres de éstos se apearon pronto, y ése que había estado conduciendo amarró el tiro, al único poste que quedaba de lo que había sido una valla. El cuarto se quedó sentado en la carreta. -Vamos -dijo uno de sus compañeros acercándose a él, mientras los otros se movían en dirección de la vivienda-, este es el lugar.
El hombre abordado no se movió. -¡Por Dios!- dijo con aspereza-, esto es un truco, y a mí me parece como si usted estuviera en esto.
-Acaso yo estoy -dijo el otro mirándolo a la cara fijamente, y hablando en un tono que tenía algo de desprecio en sí-. Usted recordará, sin embargo, que la elección del lugar, con su propio asentimiento, se le dejó a la otra parte. Por supuesto, si le tiene miedo a los fantasmas…
-Yo no le tengo miedo a nada -interrumpió el hombre con otro juramento, y saltó al terreno. Los dos luego se unieron a los otros en la puerta, que uno de ellos había abierto ya con alguna dificultad, causada por el óxido de la cerradura y las bisagras. Todos entraron. Adentro estaba oscuro, pero el hombre que había abierto la cerradura de la puerta, sacó una vela y unos cerillos e hizo una luz. Luego abrió la cerradura de una puerta a su derecha, mientras estaban parados en el pasillo. Eso les dio entrada a una gran habitación cuadrada, que la vela sólo iluminó con vaguedad. El suelo tenía un espeso alfombrado de polvo, que ahogaba en parte las pisadas. Las telarañas estaban en los ángulos de las paredes, y colgaban del techo como tiras de un encaje podrido, haciendo movimientos ondulantes en el aire perturbado. La habitación tenía dos ventanas en los lados adyacentes, pero por ninguna podía verse nada, excepto las internas superficies rústicas de las tablas, a unas pocas pulgadas de los cristales. No había chimenea ni muebles, no había nada allí: además de las telarañas y el polvo, los cuatro hombres eran los únicos objetos allí que no eran parte de la estructura.
Lucían lo suficiente extraños a la luz amarilla de la vela. El que se había apeado tan renuente era especialmente espectacular, podía haber sido llamado sensacional. Era de mediana edad, de complexión robusta, pecho profundo y ancho de hombros. Mirando su figura, uno habría dicho que tenía la fuerza de un gigante, a sus facciones, que la usaría como un gigante. Estaba bien afeitado, con el pelo cortado al rape y gris. Su frente baja estaba surcada por arrugas encima de los ojos, y sobre la nariz éstas se volvían verticales. Las cejas negras, pesadas seguían la misma ley, salvadas de juntarse sólo por una vuelta hacia arriba, en lo que hubiera sido de otro modo un punto de contacto. Profundamente hundidos debajo de éstas, brillaban en la luz oscura un par de ojos de color incierto, pero obviamente lo suficiente pequeños. Había algo imponente en su expresión, que no era mejorado por la boca cruel y la mandíbula ancha. La nariz estaba lo suficiente bien, como van las narices, uno no espera mucho de las narices. Todo lo que era siniestro en el rostro del hombre parecía acentuado por una palidez no natural, parecía exangüe por completo.
La apariencia de los otros hombres era lo suficiente común, eran esas personas que uno conoce y olvida que conoció. Todos eran más jóvenes que el hombre descrito, entre quien y el mayor de los otros, que estaba parado aparte, no había al parecer un sentimiento de amabilidad. Evitaban mirarse el uno al otro.
-Caballeros -dijo el hombre que sostenía la vela y las llaves-, yo creo que todo está bien. ¿Está usted listo, sr. Rosser?
El hombre parado aparte del grupo se inclinó y sonrió.
-¿Y usted, sr. Grossmith?
El hombre robusto se inclinó y frunció el ceño.
-Ustedes van a tener el placer de quitarse la ropa exterior.
Sus sombreros, abrigos, chalecos, prendas del cuello pronto fueron quitados y lanzados afuera de la puerta, al pasillo. El hombre con la vela ahora asintió con la cabeza, y el cuarto hombre -el que había urgido a Grossmith a dejar la carreta- sacó del bolsillo del abrigo dos largos cuchillos de monte de aspecto asesino, que arrancó ahora de sus vainas de cuero.
-Son exactamente iguales -dijo, presentando uno a cada uno de los dos principales; por esta vez el observador más torpe habrá entendido la naturaleza de este encuentro. Iba a ser un duelo a muerte.
Cada combatiente tomó un cuchillo, lo examinó críticamente cerca de la vela, y probó la fuerza de la hoja y el mango en la rodilla subida. Sus personas fueron luego cacheadas por turno, cada una por el padrino de la otra.
-Si es aceptable para usted, sr. Grossmith -dijo el hombre que sostenía la luz-, se situará en esa esquina.
Éste indicó el ángulo de la habitación más lejano de la puerta, adonde Grossmith se retiró, su padrino se separó de él con un apretón de mano, que no tenía nada de cordialidad en sí. En el ángulo más cercano a la puerta, el sr. Rosser se colocó y, después de una consulta susurrada, su padrino lo dejó, uniéndose al otro cerca de la puerta. En ese momento la vela se apagó de súbito, dejando a todos en una profunda oscuridad. Eso pudo haber sido hecho por una corriente desde la puerta abierta, cualquiera fuera la causa el efecto fue alarmante.
-Caballeros -dijo una voz que sonaba extrañamente no familiar, en la condición alterada que afectaba las relaciones de los sentidos-, caballeros, ustedes no se moverán hasta que oigan cerrarse la puerta exterior.
Sobrevino un sonido de pisadas, luego el cierre de la puerta interior y, finalmente, la exterior se cerró con una concusión que sacudió al edificio entero.
Unos pocos minutos después un muchacho granjero retrasado encontró una carreta ligera, que era conducida furiosamente hacia el pueblo de Marshall. Él declaró que detrás de las dos figuras en el asiento de enfrente, estaba parada una tercera con las manos sobre los hombros inclinados de las otras, que parecían luchar en vano para librarse de su agarre. Esa figura desigual a las otras estaba vestida de blanco y, de forma indudable, había abordado la carreta al pasar ésta por la casa embrujada. Como el chico podía jactarse de una anterior considerable experiencia en lo sobrenatural de los contornos, su palabra tuvo el peso justo debido al testimonio de un experto. La historia (en conexión con los sucesos del día siguiente) apareció eventualmente en La avanzada, con algunos adornos literarios ligeros, y la insinuación concluyente de que a los caballeros referidos se les permitiría el uso de las columnas del periódico, para su versión de la aventura nocturna. Pero el privilegio permaneció sin un reclamante.

II

Los sucesos que llevaron a este “duelo en la oscuridad” eran lo suficiente simples. Una noche tres jóvenes del pueblo de Marshall, estaban sentados en una serena esquina del portal del hotel de la villa, fumando y discutiendo esos asuntos que tres jóvenes educados de una villa sureña, naturalmente, hallaban interesantes. Sus nombres eran King, Sancher y Rosser. A una pequeña distancia, al alcance del oído, pero sin tomar parte en la conversación, estaba sentado un cuarto. Éste era un extraño para los otros. Ellos sabían meramente que a su arribo en la diligencia esa tarde, había escrito en el registro del hotel el nombre de Robert Grossmith. No se había observado que hablara con nadie, excepto con el empleado del hotel. Parecía, en efecto, aficionado de modo singular a su propia compañía o, como el personnel de La avanzada expresó, “crasamente adicto a las asociaciones malignas”. Pero luego se debe decir en justicia al extraño, que el personnel mismo era de una disposición demasiado convival, como para juzgar con justicia a uno dotado de forma diferente, y que, tanto más, había experimentado un ligero rechazo en un esfuerzo por una “entrevista”.
-Yo odio cualquier tipo de deformidad en una mujer -dijo King-, ya sea natural o adquirida. Yo tengo la teoría de que cualquier defecto físico, tiene su correlativo defecto mental y moral.
-Yo infiero entonces -dijo Rosser con gravedad-, que una señora carente de la ventaja moral de una nariz, hallaría la lucha para convertirse en la sra. King como una ardua empresa.
-Por supuesto, que puedes ponerlo de esa manera -fue la réplica-, pero, seriamente, yo una vez eché a la muchacha más encantadora, al enterarme de un modo bastante accidental, de que había sufrido la amputación de un dedo del pie. Mi conducta fue brutal si quieren, pero si yo me hubiera casado con esa muchacha, debería haber sido miserable de por vida, y debería haberla hecho a ella así.
-Mientras que -dijo Sancher con una risa ligera-, al casarse con un caballero de visión más liberal, escapó con una garganta partida.
-Ah, tú sabes a quien me refiero. Sí, ella se casó con Manton, pero yo no sé sobre su liberalidad; no estoy seguro, pero él le cortó la garganta, porque descubrió que le faltaba esa cosa excelente en la mujer, el dedo medio del pie derecho.
-¡Mira a ese tipo! -dijo Rosser en voz baja, con sus ojos fijos en el extraño.
El tipo, obviamente, estaba escuchando la conversación atentamente.
-¡Maldita sea su impudencia! -murmuró King-, ¿qué debemos hacer nosotros?
-Esa es una fácil -replicó Rosser levantándose-. Señor -continuó, dirigiéndose al extraño-, yo creo que sería mejor, si usted moviera su silla al otro extremo de la veranda. La presencia de los caballeros, evidentemente, es una situación no familiar para usted.
El hombre se puso en pie de un salto, y dio unas zancadas hacia adelante con los puños cerrados, su rostro blanco de rabia. Todos ahora estaban parados. Sancher se interpuso entre los beligerantes.
-Usted es arrojado e injusto -dijo a Rosser-, este caballero no ha hecho nada para merecer ese lenguaje.
Pero Rosser no hubiera retirado una palabra. Por la costumbre del país y la época, sólo podía haber un resultado para la riña.
-Yo demando la satisfacción debida de un caballero -dijo el extraño, que se había vuelto más calmado-. Yo no tengo un conocido en esta región. Acaso usted, señor -inclinándose hacia Sancher-, será lo suficiente amable para representarme en este asunto.
Sancher aceptó la confianza -un tanto renuente se debe confesar-, pues la apariencia y las maneras del hombre no eran del todo de su agrado. King, quien durante el coloquio apenas había movido los ojos del rostro del extraño, y no había hablado una palabra, consintió en actuar para Rosser con un asentir de cabeza, y el resultado final de eso fue que, habiéndose retirado los principales, fue arreglado un encuentro para la noche siguiente. La naturaleza de los arreglos ya ha sido revelada. El duelo con cuchillos en una habitación oscura, fue alguna vez un rasgo más común en la vida del suroeste, de lo que era probable fuera de nuevo. Cuán delgado era el enchapado de “caballerosidad”, que cubría la esencial brutalidad del código bajo el que tales encuentros eran posibles, lo veremos.
III

En el resplandor del mediodía de verano, la vieja casa de Manton apenas era fiel a sus tradiciones. Era de la tierra, terrenal. La luz del sol la acariciaba de forma cálida y afectuosa, con un evidente descuido de su mala reputación. La hierba, que verdecía toda la extensión enfrente suyo, parecía crecer no con exuberancia, sino con una abundancia natural y jubilosa, y la maleza florecía tanto como las plantas. Llenos de luces y sombras encantadoras, y poblados de pájaros de voces placenteras, los árboles de sombra descuidados ya no luchaban por correr lejos, sino se inclinaban con reverencia bajo sus cargas de sol y canto. Incluso en las ventanas sin cristales superiores había una expresión de paz y contento, debido a la luz interior. Sobre los campos pedregosos el calor visible bailaba con un temblor avivado, incompatible con la gravedad que es atributo de lo sobrenatural.
Tal era el aspecto bajo el que el lugar se presentó al sheriff Adams y a otros dos hombres, que habían venido de Marshall a mirarlo. Uno de esos hombres era el sr. King, el sheriff diputado, el otro, cuyo nombre era Brewer, era hermano de la finada sra. Manton. Bajo una benéfica ley del Estado relativa a la propiedad, que ha sido por cierto período abandonada por un dueño, cuya residencia no puede ser averiguada, el sheriff era el custodio legal de la granja de Manton y de los accesorios que le pertenecían. Su visita actual era en mero cumplimiento superficial de una orden de la corte, en la que el sr. Brewer tenía una acción para obtener la posesión de la propiedad como heredero de su difunta hermana. Por una mera coincidencia, la visita fue hecha al día siguiente de la noche, en que el diputado King había abierto la cerradura de la casa con otro propósito muy diferente. Su presencia ahora no era por su propia elección: se le había ordenado acompañar a su superior, y en el momento no podía pensar nada más prudente, que simular presteza en obediencia al comando.
Abriendo la puerta frontal sin cuidado, que para su sorpresa no estaba cerrada, el sheriff se asombró al ver, yaciendo en el suelo del pasillo al que ésta se abría, un confuso montón de ropas masculinas. El examen mostró que éste consistía de dos sombreros, y del mismo número de abrigos, chalecos y bufandas, todo en un notable buen estado de conservación, aunque un tanto ensuciado por el polvo en que yacía. El sr. Brewer estaba igualmente pasmado, pero la emoción del sr. King no se registra. Con un nuevo y avivado interés en sus propias acciones, el sheriff ahora corrió el cerrojo y empujó una puerta a la derecha, y los tres entraron. La habitación estaba al parecer vacante, pero no, cuando sus ojos se hubieron habituado a la luz tenue, algo fue visible en el ángulo más lejano de la pared. Era una figura humana, la de un hombre agachado cerca de la esquina. Algo en su actitud hizo que los intrusos se pararan, cuando apenas habían pasado el umbral. La figura se definía con más y más claridad. El hombre estaba sobre una rodilla, la espalda en el ángulo de la pared, los hombros elevados al nivel de las orejas, las manos delante de su rostro, las palmas hacia afuera, los dedos tendidos y torcidos como garras; el rostro blanco vuelto hacia arriba sobre el cuello contraído, tenía una expresión de susto indecible, la boca medio abierta, los ojos abiertos de modo increíble. Estaba muerto como una piedra. Pero con excepción de un cuchillo de monte, que se había caído, evidentemente, de su propia mano, no había otro objeto en la habitación.
En el polvo espeso que cubría el suelo, había algunas pisadas confusas cerca de la puerta, y a lo largo de la pared por la que ésta se abría. A lo largo de una de las paredes contiguas también, pasado las ventanas tapiadas, había un rastro hecho por el hombre mismo al alcanzar su esquina. Instintivamente, al aproximarse al cuerpo los tres hombres siguieron ese rastro. El sheriff agarró uno de los brazos tendidos, estaba rígido como el hierro, y la aplicación de una fuerza gentil meció el cuerpo entero, sin alterar la relación de sus partes. Brewer, pálido de excitación, miró atentamente el rostro distorsionado. -¡Dios de piedad -gritó de súbito-, es Manton!
-Usted tiene razón -dijo King con un evidente intento de calma: -Yo conocía a Manton. Él entonces usaba una barba completa y el pelo largo, pero ése es él.
Podría haber agregado: "Yo lo reconocí cuando desafió a Rosser. Yo le dije a Rosser y a Sancher quién era él, antes de hacerle ese truco horrible. Cuando Rosser dejaba esta habitación oscura tras nuestros talones, olvidaba su ropa exterior con la excitación y conducía con nosotros en mangas de camisa, ¡en todo ese proceso deshonroso nosotros sabíamos con quién estábamos tratando, lo asesino y cobarde que era!"
Pero el sr. King no dijo nada de eso. Con su mejor luz estaba tratando de penetrar el misterio de la muerte del hombre. Que no se había movido ni una vez de la esquina donde había sido colocado, que su postura no era ni de ataque ni de defensa, que había dejado caer el arma, que había perecido, obviamente, de puro horror por algo que vio, eran circunstancias que la inteligencia perturbada del sr. King no podía comprender de forma correcta.
Andando a tientas en la oscuridad intelectual, en busca de una pista en su laberinto de dudas, su mirada, dirigida de modo mecánico hacia abajo, a la manera de uno que pondera asuntos de gran momento, cayó sobre algo que allí, a la luz del día y en presencia de los compañeros vivientes, lo afectó con terror. En el polvo de años que yacía espeso en el suelo -que conducía desde la puerta por la que habían entrado, recto por la habitación hasta una yarda del cadáver agachado de Manton- había tres líneas de pisadas paralelas, las ligeras pero definidas impresiones de unos pies descalzos, las externas de unos niños pequeños, las internas de una mujer. Desde el punto en que terminaban no retornaban, apuntaban todas en una sola dirección. Brewer, que las había observado en el mismo momento, se inclinaba hacia adelante en una actitud de atención extasiada, horriblemente pálido.
-¡Mire eso! -gritó, apuntando con ambas manos a la más cercana impresión del pie derecho de la mujer, donde ésta, al parecer, se había detenido y parado. -¡El dedo medio no está, era Gertrude!
Gertrude era la finada sra. Manton, la hermana del sr. Brewer.

Título original: The Middle Toe of the Right Foot, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, agosto de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Flickr, Old house, XX.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Tres y uno son uno


En 1861 Barr Lassiter, un joven de veintidós años, vivía con sus padres y una hermana mayor cerca de Carthage, en Tennessee. La familia estaba en unas circunstancias un tanto humildes, subsistía con el cultivo de una plantación pequeña y no muy fértil. No teniendo esclavos, no eran preciados entre “la mejor gente” de la vecindad, pero eran personas honestas y de buena educación, de bastante buenas maneras y tan respetables como podría ser cualquier familia, sin la credencial del dominio personal de Ham sobre el hijo y la hija. El Lassiter mayor tenía esa severidad de maneras, que tan frecuente confirma una devoción al deber sin compromiso, y oculta una disposición cálida y afectuosa. Era del hierro del que los mártires están hechos, pero en el corazón de la matriz había escondido el metal más noble, fusible al fuego medio, aunque nunca coloreaba ni suavizaba el duro exterior. Por la herencia y el ambiente, algo del carácter inflexible del hombre había tocado a los otros miembros de la familia; el hogar de Lassiter, aunque no desprovisto de afecto doméstico, era una verdadera ciudadela del deber, y el deber, ¡ah, el deber era tan cruel como la muerte!
Cuando la guerra llegó encontró en la familia, como en tantas otras de ese Estado, un sentimiento dividido; el joven era leal a la Unión, los otros salvajemente hostiles. Esta división desdichada engendró una insoportable amargura doméstica, y cuando el hijo y hermano ofendido dejó el hogar con el declarado propósito de unirse al ejército federal, ni una mano fue posada en la suya, ni una palabra de despedida fue dicha, ni un buen deseo lo siguió afuera, hacia el mundo, a donde él fue a encontrar con el espíritu que podía cualquier destino que lo esperara.
En su camino a Nashville, ya ocupada por el ejército del general Buell, se alistó en la primera organización que encontró, un regimiento de caballería de Kentucky, y en su debido tiempo pasó por todas las etapas de la evolución militar, desde el recluta crudo hasta el soldado montado experto. Fue un soldado montado recto, bueno también, aunque en la narración oral, de la que está hecho este cuento, no se hacía mención de eso; el hecho fue conocido por sus camaradas sobrevivientes. Pues Barr Lassiter había respondido “aquí” al sargento cuyo nombre es Muerte.
Dos años después de que se había unido a éste, su regimiento pasó por la región de donde él había venido. La comarca de por allí había sufrido severamente con los estragos de la guerra, habiendo sido ocupada de modo alternativo (y simultáneo) por las fuerzas beligerantes, y una lucha sangrienta se había producido en la vecindad inmediata de la casa solariega de Lassiter. Pero de eso el joven soldado montado no estaba enterado.
Hallándose en un campamento cerca de su hogar, sintió el anhelo natural de ver a sus padres y hermana, esperando que en ellos, como en él, la animosidad antinatural del período se hubiera suavizado con el tiempo y la separación. Obteniendo un permiso de ausencia, se dirigió a pie en el atardecer de verano, y poco después de la salida de la luna llena estaba caminando por el sendero de gravilla, que conducía a la vivienda en la que había nacido.
Los soldados en la guerra envejecen con rapidez, y en la juventud dos años son mucho tiempo. Barr Lassiter se sentía un hombre viejo, y había casi esperado encontrar el lugar en la ruina y la desolación. Nada, al parecer, había cambiado. A la vista de cada objeto querido y familiar se afectó de modo profundo. Su corazón latía de forma audible, su emoción casi lo sofocaba, tenía un nudo en la garganta. De modo inconsciente, apuró el paso hasta que casi corrió, su larga sombra haciendo unos esfuerzos grotescos para mantener su lugar junto a él.
La casa estaba no iluminada, la puerta abierta. Cuando se aproximó y se detuvo para recobrar el control de sí mismo, su padre salió y se paró con la cabeza descubierta a la luz de luna.
-¡Padre! -gritó el joven, saltando hacia adelante con la mano extendida -¡Padre!
El hombre mayor lo miró a la cara con aspereza, se paró inmóvil un momento y, sin una palabra, se retiró a la casa. Amargamente decepcionado, humillado, herido de modo indecible y enervado por completo, el soldado se dejó caer en un asiento rústico con un profundo desánimo, apoyando la cabeza en su mano trémula. Pero él no lo hubiera querido así: era un soldado demasiado bueno para aceptar el rechazo como una derrota. Se levantó y entró a la casa, pasando directo a la “sala de estar”.
Ésta estaba iluminada vagamente por una ventana sin cortinas al este. En un taburete bajo al costado de la chimenea, el único artículo mobiliario del lugar, estaba sentada su madre, mirando fijamente un fogón cubierto de brasas negruzcas y cenizas frías. Le habló a ella con ternura, de modo inquisitivo y con vacilación, pero ella tampoco le respondió, ni se movió, ni pareció sorprendida de ninguna manera. Es verdad, había habido tiempo para que su marido le informara del regreso de su hijo culpable. Se movió más cerca y estaba a punto de posar su mano sobre su brazo, cuando su hermana entró desde una habitación contigua, lo miró a la cara por entero, le pasó por el lado sin un signo de reconocimiento y dejó la habitación por una puerta, que estaba en parte detrás suyo. Él había vuelto la cabeza para mirarla, pero cuando ella se hubo ido sus ojos buscaron a su madre de nuevo. Ella también había dejado el lugar.
Barr Lassiter dio unas zancadas hacia la puerta por la que había entrado. La luz de la luna sobre el prado era trémula, como si el césped fuera un mar ondulante. Los árboles y sus sombras negras se sacudían como bajo una brisa. Mezclado con sus bordes, el camino de gravilla parecía inestable e inseguro como para pisarlo. Este joven soldado conocía las ilusiones ópticas producidas por las lágrimas. Las sentía en su mejilla, y las vio brillar en el pecho de su chaqueta de soldado montado. Dejó la casa y tomó su camino de regreso al campamento.
Al día siguiente, con una intención no muy definida, sin ninguna sensación dominante que pudiera haber nombrado de modo correcto, buscó el sitio de nuevo. A media milla de éste encontró a Bushrod Albro, un antiguo amigo de juegos y compañero de escuela, que lo saludó con calidez.
-Voy a visitar mi hogar -dijo el soldado.
El otro lo miró con bastante agudeza, pero no dijo nada.
-Yo sé -continuó Lassiter-, que mis padres no han cambiado, pero…
-Ha habido cambios -interrumpió Albro-, todo cambia. Yo voy a ir contigo si no te importa. Podemos hablar mientras vamos.
Pero Albro no habló.
En lugar de una casa hallaron sólo unos cimientos de piedra negruzcos por el fuego, que rodeaban un área de cenizas compactas hoyosas por las lluvias.
El asombro de Lassiter era extremo.
-Yo no podía encontrar la manera correcta de decírtelo -dijo Albro-. En la lucha de hace un año tu casa fue quemada por un obús federal.
-¿Y mi familia, dónde están ellos?
-En el cielo, espero. A todos los mató el obús.

Título original: Three and One are One, publicado por primera vez en Cosmopolitan, octubre de 1908, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Stonewall Jackson on Little Sorrel, XX.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La casa del fantasma


En el camino que conduce al norte desde Manchester, en el Kentucky oriental, hacia Booneville, a veinte millas de distancia, se alzaba en 1862 la casa de madera de una plantación, de una calidad un tanto mejor que la mayoría de las viviendas en esa región. La casa fue destruida por el fuego al año siguiente; probablemente, por algunos rezagados de la columna en retirada del general George W. Morgan, cuando éste fue impelido desde la brecha Cumberland hacia el río Ohio por el general Kirby Smith. En el momento de su destrucción, ésta había estado vacante por cuatro o cinco años. Los campos alrededor estaban cubiertos de zarzas, las vallas perdidas, incluso los pocos cuarteles de negros y las casetas en general, caídos en la ruina en parte por el descuido y el pillaje, pues los negros y los blancos pobres de la vecindad, hallaban en el edificio y las vallas una abundante oferta de combustible, de la que se valían sin vacilación, abiertamente y a la luz del día. A la luz del día solamente, después del anochecer ningún ser humano, excepto los extraños pasantes, iba incluso cerca del lugar.
Era conocida como la “casa del fantasma”. De que estaba habitada por espíritus malignos, de forma visible, audible y activa, nadie en toda esa región dudaba más, de lo que dudaba le decía los domingos el predicador viajero. La opinión de su dueño sobre el asunto era desconocida, él y su familia habían desaparecido una noche, y ni un rastro de ellos había sido encontrado jamás. Ellos lo dejaron todo, los bienes caseros, la ropa, las provisiones, los caballos en el establo, las vacas en el campo, los negros en los cuarteles, todo como estaba; nada se había perdido, ¡excepto un hombre, una mujer, tres muchachas, un muchacho y un bebé! No era sorprendente por completo que una plantación, donde siete seres humanos pudieran ser borrados de modo simultáneo, y nadie se enterara, debiera estar bajo alguna sospecha.
Una noche de junio de 1859 dos ciudadanos de Francfort, el cor. J.C. McArdle, un abogado y el juez Myron Veigh, de la milicia estatal, conducían desde Booneville hacia Manchester. Su negocio era tan importante que decidieron seguir adelante, a despecho de la oscuridad y los murmullos de la tormenta que se aproximaba, que estalló eventualmente sobre ellos justo, cuando arribaban en oposición a la “casa del fantasma”. Los relámpagos eran tan incesantes, que hallaron su camino fácilmente a través del portón hacia un cobertizo, donde amarraron y le quitaron los arneses a su tiro. Luego fueron a la casa, a través de la lluvia, y tocaron en todas las puertas sin obtener alguna respuesta. Atribuyendo eso al alboroto continuo de los truenos, empujaron una de las puertas, que cedió. Entraron sin más ceremonia y cerraron la puerta. En ese instante estaban en la oscuridad y el silencio. Ni un destello del incesante fulgor de los relámpagos penetraba por las ventanas o las rendijas, ni un susurro del tumulto horrendo los alcanzaba allí. Era como si hubieran sido, súbitamente, golpeados por la ceguera y la sordera, y McArdle dijo después que, por un momento, creyó haber sido muerto por el golpe de un rayo, mientras cruzaba el umbral. El resto de esta aventura bien puede ser relatada en las propias palabras, del abogado de Francfort del 6 de agosto de 1876:
“Cuando me hube recobrado un tanto del efecto aturdidor de la transición del alboroto al silencio, mi primer impulso fue volver a abrir la puerta que había cerrado, y con el pomo, del que yo no era consciente de haber retirado mi mano; lo sentía aún claramente en el cierre de mis dedos. Mi idea era averiguar, al caminar bajo la tormenta de nuevo, si había sido privado de la vista y el oído. Giré el pomo de la puerta y abrí la puerta de un tirón. ¡Ésta conducía a otra habitación!
Ese apartamento estaba bañado de una tenue luz verdosa, cuya fuente yo no podía determinar, que hacía cada cosa claramente visible, aunque nada estaba definido con agudeza. Cada cosa, digo, pero en verdad los únicos objetos, dentro de las paredes de piedra en blanco de la habitación, eran unos cadáveres humanos. De número eran acaso ocho o diez, bien se puede entender que yo en verdad no los conté. Eran de edades, o más bien de tamaños diferentes, desde la infancia en adelante, y de ambos sexos. Todos estaban postrados en el suelo, excepto uno, al parecer una mujer joven que estaba sentada, con la espalda apoyada en un ángulo de la pared. Un bebé estaba encerrado en los brazos de otra mujer más vieja. Un chico medio crecido yacía boca abajo, sobre las piernas de un hombre de barba completa. Uno o dos estaban casi desnudos, y la mano de una muchacha joven sostenía el fragmento de un vestido, que ella se había roto y abierto en el pecho. Los cuerpos estaban en diversos estados de descomposición, todos bastante consumidos de rostro y figura. Algunos eran poco más que esqueletos.
Mientras yo estaba parado, estupefacto de horror por ese espectáculo espeluznante, y mantenía aún la puerta abierta, mi atención, por alguna inexplicable perversidad, fue desviada de la escena chocante y ocupada en sí con naderías y detalles. Acaso mi mente, con un instinto de auto-conservación, buscaba alivio en asuntos que hubieran relajado su peligrosa tensión. Entre otras cosas observé que la puerta, que mantenía abierta, era de unas placas de hierro pesado, remachado. Equidistante uno de otro y desde arriba hasta abajo, tres fuertes cerrojos sobresalían del borde biselado. Yo giré el pomo y éstos se retiraron al ras del borde, lo liberé y se dispararon. Era una cerradura de resorte. En el interior no había un pomo, ni algún tipo de proyección, era una lisa superficie de hierro.
Mientras notaba esas cosas con un interés y atención que ahora me asombran al recordar, me sentí impelido a un lado, y el juez Veigh, a quien en la intensidad y las vicisitudes de mis sensaciones yo había olvidado por completo, fue empujado por mí a la habitación. -¡Por el amor de Dios -grité-, no vaya ahí! ¡Vamos a irnos de este lugar espantoso!
Él no hizo caso de mis súplicas, sino (tan intrépido como un caballero que vive en el Sur) caminó con rapidez al centro de la habitación, se arrodilló junto a uno de los cuerpos para un examen más cercano, y levantó con ternura su cabeza negruzca y arrugada en sus manos. Un olor fuerte y desagradable llegó hasta la puerta, y se apoderó de mí por completo. Mis sentidos vacilaron, sentí que me caía y, al agarrar el borde de la puerta en busca de apoyo, ¡la cerré de un empujón con un agudo chasquido!
Yo no recuerdo más: seis semanas más tarde recobré mi razón en un hotel de Manchester, a donde había sido llevado por unos extraños al día siguiente. En todas esas semanas había sufrido una fiebre nerviosa, asistida por un delirio constante. Yo había sido encontrado yaciendo en el camino a varias millas de la casa, ¿pero cómo me había escapado de ésta para llegar allí?, nunca lo supe. Al recobrarme, o tan pronto como mis médicos me permitieron hablar, pregunté por el destino del juez Veigh, a quien (para serenarme, como yo ahora sé) presentaron como que estaba bien y en su hogar.
Nadie creyó una palabra de mi historia, ¿y quién se puede extrañar? ¿Y quién puede imaginar mi dolor cuando, al arribar a mi casa en Francfort dos meses más tarde, me enteré de que nunca se había oído del juez Veigh desde esa noche? Yo entonces lamenté con amargura el orgullo que, desde los primeros pocos días después de recobrar mi razón, me había prohibido repetir mi historia desacreditada e insistir en su verdad.
Con todo lo que ocurrió después -el examen de la casa, el fracaso en encontrar alguna habitación que correspondiera a la que yo había descrito, el intento de haberme juzgado insano y mi triunfo sobre mis acusadores- los lectores de El abogado están familiarizados. Después de todos estos años yo aún confío en que las excavaciones, que no tengo ni el derecho legal de emprender ni el caudal para hacer, revelarían el secreto de la desaparición de mi desdichado amigo y, posiblemente, de los anteriores ocupantes y dueños de la casa desierta y ahora destruida. Yo no desespero en realizar aún tal búsqueda, y es una fuente de dolor profundo para mí que ésta se ha retrasado por la hostilidad inmerecida, y la incredulidad imprudente de la familia y los amigos del finado juez Veigh."
El coronel McArdle murió en Frankfort el día trece de diciembre, en el año 1879.

Título original: The Spook House, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Flickr, The haunted house, XXI.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Un hombre con dos vidas


Aquí está la extraña historia de David William Duck, relatada por él mismo. Duck es un viejo que vive en Aurora, Illinois, donde es universalmente respetado. Es conocido comúnmente, sin embargo, como el “muerto Duck”.
En el otoño de 1866 yo era un soldado raso de la infantería dieciocho. Mi compañía era una de las estacionadas en el Fuerte Phil Kearney, comandado por el coronel Carrington. La comarca estaba más o menos familiarizada con la historia de esa guarnición, en particular con la masacre por los sioux de un destacamento de ochentiún hombres y oficiales -ni uno escapó-, por la desobediencia de las órdenes de su comandante, el valiente pero temerario capitán Fetterman. Cuando eso ocurrió, yo estaba tratando de hacer mi camino con despachos importantes para el Fuerte C.F. Smith, en Big Horn. A medida que la comarca se atestaba de indios hostiles, viajaba por la noche y me ocultaba lo mejor que podía antes del amanecer. Para hacer eso mejor, iba a pie, armado con un rifle henry y cargando raciones para tres días en mi mochila.
Para mi segundo lugar de ocultación escogí lo que parecía en la oscuridad un cañón estrecho, que llevaba a través de una serie de colinas rocosas. Éste contenía muchos grandes pedruscos, desprendidos de las laderas de las colinas. Detrás de uno de éstos, en un matorral de artemisa, hice mi cama para el día y pronto me quedé dormido. Parecía como si apenas hubiera cerrado los ojos, aunque de hecho era cerca del mediodía, cuando fui despertado por la detonación de un rifle, la bala golpeó un pedrusco justo por encima de mi cuerpo. Una banda de indios me había rastreado y casi me había rodeado, el disparo había sido hecho con una puntería execrable, por un colega que había tenido una vista de mí desde el flanco de la colina por encima. El humo de su rifle lo traicionó, y yo me puse de pie no más pronto de lo que él se ponía y rodaba por el declive. Entonces corrí en una postura inclinada, esquivando entre los matorrales de artemisa bajo una tormenta de balas de los enemigos invisibles. Los bribones no se levantaban y perseguían, lo que me pareció bastante extraño, pues debían haber sabido por mi rastro que tenían que tratar con un solo hombre. La razón de su inacción pronto se hizo clara. Yo no había ido unas cien yardas cuando alcancé el límite de mi carrera, la cabeza de la quebrada que había tomado por un cañón. Ésta terminaba en un cóncavo pecho de roca, casi vertical y desprovisto de vegetación. En ese cul-de-sac yo estaba atrapado como un oso en un corral. La persecución era innecesaria, ellos sólo tenían que esperar.
Ellos esperaron. Por dos días y noches, agachado detrás de una roca rematada por una maleza de mezquite, con el acantilado a mi espalda, sufriendo las agonías de la sed y absolutamente sin esperanza de liberación, luché con los colegas en un largo rango, disparando ocasionalmente por el humo de sus rifles, mientras ellos lo hacían por el mío. Por supuesto, no me atrevía a cerrar los ojos de noche, y la falta de sueño era una aguda tortura.
Recuerdo la mañana del tercer día, que sabía iba a ser mi última. Recuerdo de forma bastante indistinta que, en mi desesperación y delirio, salté afuera a lo abierto, y empecé a disparar mi rifle de repetición sin ver a nadie al que disparar. Y no recuerdo más de esa lucha.
La cosa siguiente que memoro es a mí mismo, saliendo de un río justo al anochecer. No tenía ni un girón de ropa y no sabía nada de mi paradero, pero toda esa noche viajé, helado y con los pies dolidos, hacia el norte. Al amanecer me encontré en el Fuerte C.F. Smith, mi destino, pero sin mis despachos. El primer hombre que encontré fue un sargento llamado William Briscoe, a quien yo conocía muy bien. Se pueden figurar su asombro al verme en esa condición, y el propio mío ante su pregunta de quién diablos era yo.
-Dave Duck -respondí-, ¿quién debía ser yo?
Me miró fijamente, como un búho.
-Usted lo parece -dijo, y observé que se apartaba un poco de mí-. ¿Qué pasa? -agregó.
Le dije lo que me había pasado el día anterior. Él me oyó hasta el fin, aun mirando, luego dijo:
-Mi querido colega, si usted es Dave Duck, yo debo informarle que lo enterré hace dos meses. Yo estaba afuera, con una pequeña partida de exploración, y encontré su cuerpo, lleno de huecos de bala y con el cuero cabelludo recién arrancado, un tanto mutilado de otra manera, también; yo lamento decirlo, ahí mismo donde usted dice que hizo su lucha. Venga a mi tienda, y le voy mostrar su ropa y algunas cartas que tomé de su persona, el comandante tiene sus despachos.
Él cumplió esa promesa. Me mostró la ropa, que me puse de modo resuelto; las cartas, que puse en mi bolsillo. No hizo objeción, luego me llevó al comandante, que oyó mi historia y le ordenó a Briscoe con frialdad que me llevara al calabozo. Por el camino dije:
-¿Bill Briscoe, usted en realidad y de verdad enterró el cuerpo muerto que encontró con este traje?
-Seguro -respondió-, justo como le dije. Era Dave Duck, el mismo, la mayoría de nosotros lo conocía. Y ahora, maldito impostor, mejor dígame ¿quién es usted?
-Yo daría algo por saberlo -dije.
Una semana después me escapé del calabozo, y salí de la comarca tan rápido como pude. Dos veces he estado de nuevo, buscando ese lugar funesto en las colinas, pero fui incapaz de hallarlo.

Título original: A Man With Two Lives, publicado por primera vez en Cosmopolitan, octubre de 1905, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, When Omens Turn Bad, XX.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Parker Adderson, el filósofo


-Prisionero, ¿cuál es su nombre?
-Como voy a perderlo a la luz del día mañana por la mañana, apenas valga la pena ocultarlo. Parker Adderson.
-¿Su rango?
-Uno un tanto humilde; los oficiales comisionados son demasiado preciados, para ser arriesgados en el negocio peligroso del espía. Yo soy sargento.
-¿De qué regimiento?
-Usted debe disculparme; mi respuesta, por todo lo que yo sé, podría darle una idea de qué fuerzas están en su frente. Un conocimiento como ese, es lo que yo vine a sus líneas a obtener, no a impartir.
-Usted no sin agudeza.
-Si tiene la paciencia de esperar, me va a encontrar lo suficiente torpe mañana.
-¿Cómo sabe que va a morir mañana por la mañana?
-Entre los espías capturados por la noche esa es la costumbre. Es una de las agradables observancias de la profesión.
El general puso a un lado la dignidad, apropiada para un oficial confederado de alto rango y amplio renombre, lo bastante como para sonreír. Pero nadie con su poder y fuera de su favor, hubiera extraído algún augurio dichoso de ese externo y visible signo de aprobación. No era ni genial ni infeccioso, no se comunicaba a las otras personas expuestas a éste: el espía atrapado que lo había provocado, y el guardia armado que lo había llevado a la tienda, y que ahora estaba parado un poco apartado, mirando a su prisionero a la luz amarilla de la vela. No era parte del deber de este guerrero sonreír, él había sido destacado para otro propósito. La conversación se reanudó, ésta era en el carácter de un juicio por ofensa capital.
-Usted admite entonces que es un espía, que vino a mi campamento disfrazado como está, con el uniforme de un soldado confederado, para obtener información secreta respecto al número y la disposición de mis tropas.
-Respecto en particular a su número. Su disposición yo ya la sabía. Es morosa.
El general brilló de nuevo; el guardia, con un sentido más severo de su responsabilidad, acentuó la austeridad de su expresión y se paró un poco más erguido que antes. Dándole vueltas y vueltas a su gacho sombrero gris en su dedo índice, el espía hizo un ocioso sondeo de sus alrededores. Éstos eran lo suficiente simples. La tienda era una común “tienda de campaña”, con cerca de ocho por diez pies de dimensión, iluminada por una única vela de sebo clavada en el mango de una bayoneta, que estaba ella misma clavada en una mesa de pino, en la que el general estaba sentado, ahora escribiendo ocupado y, al parecer, olvidado de su visitante no deseoso. Una vieja alfombra andrajosa cubría el suelo terroso; un más viejo baúl de cuero, una segunda silla y un rollo de mantas era, apenas, todo lo demás que la tienda contenía; en el comando confederado del general Clavering, la simplicidad y la pobreza de “pompa y circunstancia” habían alcanzado su más alto desarrollo. De un gran clavo hincado en el poste de la tienda en la entrada, estaba suspendido un cinturón de espada que sostenía un sable largo, una pistola en su funda y, lo suficiente absurdo, un cuchillo de monte. De esa arma muy poco militar venía el hábito del general de explicar, que ésta era un souvenir de los días pacíficos, cuando él era un civil.
Era una noche de tormenta. La lluvia caía a cascada sobre la lona en torrentes, con un sonido apagado, como de tambor, familiar a los moradores de las tiendas. Mientras las ráfagas aullantes cargaban contra ésta, la frágil estructura se sacudía, tambaleaba y tensaba en sus estacas y sogas confines.
El general terminó de escribir, plegó la media hoja de papel y le habló al soldado que cuidaba a Adderson: -Aquí, Tassman, tome esto para el ayudante general, luego regrese.
-¿Y el prisionero, general? -dijo el soldado saludando, con una mirada inquisitiva en dirección del infortunado.
-Haga como yo dije -replicó el oficial con sequedad.
El soldado tomó la nota y se agachó afuera de la tienda. El general Clavering volvió su rostro hermoso hacia el espía federal, lo miró a los ojos no sin amabilidad, y dijo: -Es una mala noche, hombre mío.
-Para mí, sí.
-¿Usted adivina lo que he escrito?
-Algo que vale leer, me atrevo a decir. Y, acaso es mi vanidad, me aventuro a suponer que yo soy mencionado en eso.
-Sí, es el memorando de una orden para ser leída a las tropas en la reveille, concerniente a su ejecución. También algunas notas para la guía del preboste-mariscal, en arreglo de los detalles de ese evento.
-Yo espero, general, que el espectáculo va a ser arreglado de forma inteligente, pues yo mismo voy a asistir.
-¿Tiene usted algunos arreglos por su cuenta, que desee hacer? ¿Desea ver a un capellán, por ejemplo?
-Yo apenas me podría asegurar un descanso más largo para mí mismo, al privarle a él algo del suyo.
-¡Buen Dios, hombre!, ¿usted piensa ir a su muerte sin nada más que bromas en sus labios? ¿Usted sabe que eso es un asunto serio?
-¿Cómo puedo saber eso? Yo nunca he estado muerto en toda mi vida. Yo he oído que la muerte es un asunto serio, pero nunca de alguno de esos que la han experimentado.
El general guardó silencio por un momento, el hombre que lo interesaba, acaso lo divertía, era un tipo no encontrado con anterioridad.
-La muerte -dijo-, es al menos una pérdida, la pérdida de una felicidad como la que tenemos, y de las oportunidades para más.
-Una pérdida, de la que nunca vamos a ser conscientes, puede ser llevada con compostura, y por lo tanto esperada sin aprensión. Usted debe haber observado, general, que de todos los hombres muertos, con los que es su placer de soldado cubrir su senda, ninguno muestra signos de lamento.
-Si el estar muerto no es una condición lamentable, pues el volverse eso, el acto de morir, parece ser claramente desagradable para uno, que no ha perdido el poder de sentir.
-El dolor es desagradable, sin dudas. Yo nunca lo sufro sin más o menos incomodidad. Pero el que vive más está más expuesto a éste. Lo que usted llama morir es, simplemente, el último dolor, realmente, no hay tal cosa como morir. Supongamos, para la ilustración, que yo intento escapar. Usted levanta el revólver que ha ocultado cortésmente en su regazo, y…
El general se ruborizó como una muchacha, luego se rió con suavidad, revelando sus dientes brillantes, hizo una leve inclinación con su hermosa cabeza y no dijo nada. El espía continuó: -Usted dispara, y yo tengo en mi estómago lo que no me tragué. Yo caigo, pero no estoy muerto. Después de media hora de agonía, estoy muerto. Pero en cada instante dado de esa media hora, yo estaba o vivo o muerto. No hay un período de transición.
-Cuando yo esté colgado mañana por la mañana, va a ser bastante lo mismo; mientras esté consciente voy a estar vivo, cuando esté muerto estaré inconsciente. La naturaleza parece haber ordenado el asunto bastante en mi interés, de la manera en que yo debía haberlo ordenado por mí mismo. Es tan simple -agregó con una sonrisa-, que parece, apenas vale la pena ser colgado en absoluto.
Al final de su comentario hubo un largo silencio. El general se sentó impasible, mirando al rostro del hombre, pero al parecer no atento a lo que se había dicho. Era como si sus ojos hubieran montado guardia junto al prisionero, mientras su mente se ocupaba de otros asuntos. De repente soltó un suspiro largo, profundo, se estremeció, como uno despertado de un sueño espantoso, y este hombre de muerte exclamó casi de modo inaudible: -¡La muerte es horrible!
-Fue horrible para nuestros ancestros salvajes -dijo el espía con gravedad-, porque ellos no tuvieron suficiente inteligencia, para disociar la idea de la conciencia de la idea de las formas físicas en que ésta se manifiesta, como un orden aún más bajo de inteligencia que la de los monos; por ejemplo, pueden ser incapaces de imaginar una casa sin habitantes, y al ver una choza arruinada se figuran a un ocupante sufriente. Para nosotros es horrible, porque hemos heredado la tendencia a pensar así, a cuenta de la noción de las teorías salvajes y figuradas del otro mundo, como los nombres de los lugares hacen surgir las leyendas que los explican, y la conducta irracional las filosofías que la justifican. Usted me puede colgar, general, pero su poder de mal termina ahí, usted no me puede condenar al cielo.
El general parecía no haber oído, el habla del espía había vuelto meramente sus pensamientos hacia un canal no familiar, pero ahí estos siguieron su voluntad de modo independiente a sus propias conclusiones. La tormenta había cesado, y algo del espíritu solemne de la noche se había impartido a sus reflexiones, dándoles el tinte sombrío de un espanto sobrenatural. Acaso había un elemento de presciencia en éste. -A mí no me gustaría morir -dijo-, no esta noche.
Fue interrumpido -si, en efecto, había intentado hablar más- por la entrada de un oficial de su personal, el capitán Hasterlick, el preboste-mariscal. Esto lo hizo recordarse de sí mismo, la mirada ausente se alejó de su rostro.
-Capitán -dijo-, reconociendo el saludo del oficial-, este hombre es un espía yanqui capturado dentro de nuestras líneas, con papeles que lo incriminan. Él ha confesado. ¿Cómo está el tiempo?
-La tormenta ha terminado, señor, y la luna brilla.
-Bien, tome una fila de hombres, condúzcalo de una vez a la plaza de armas, y fusílelo.
Un grito agudo brotó de los labios del espía. Se arrojó hacia adelante, alargó su cuello, amplió sus ojos, apretó sus manos.
-¡Buen Dios -gritó de forma, casi inarticulada-, usted no piensa eso! Usted se olvida, yo no voy a morir hasta la mañana.
-Yo no he dicho nada de la mañana -replicó el general con frialdad-, eso fue una asunción por su cuenta. Usted muere ahora.
-Pero, general, yo le ruego, le imploro que recuerde, ¡a mí me van a colgar! Va a tomar algún tiempo levantar la horca, dos horas, una hora. Los espías son colgados, yo tengo derechos bajo la ley militar. Por el amor del cielo, general, considere qué corto…
-Capitán, observe mis directivas…
El oficial sacó su espada y, fijando los ojos en el prisionero, apuntó en silencio a la abertura de la tienda. El prisionero vaciló, el oficial lo agarró por el cuello y lo empujó con suavidad hacia adelante. Al aproximarse al poste de la tienda, el hombre frenético saltó a éste y, con la agilidad de un gato, aferró el mango del cuchillo de monte, arrancó el arma de la vaina y, empujando al capitán a un lado, brincó sobre el general con la furia de un loco, lanzándolo al terreno y cayendo de cabeza sobre él mientras caía. La mesa fue volcada, la vela apagada y pelearon a ciegas en la oscuridad. El preboste-mariscal saltó en asistencia de su oficial superior, y fue postrado sobre las formas que luchaban. Las maldiciones y los gritos inarticulados de rabia y dolor venían del tumulto de miembros y cuerpos; la tienda se vino abajo sobre éstos, y la lucha siguió debajo de sus pliegues obstructores y envolventes. El soldado Tassman, al retornar de su encargo y conjeturar la situación vagamente, arrojó su rifle y, echando mano de la lona volante a la ventura, trató en vano de arrastrarla fuera de los hombres bajo ésta; y el centinela, que se paseaba arriba y abajo enfrente, sin atreverse a dejar su ronda aunque el cielo se cayera, descargó su rifle. La detonación alarmó al campamento, los tambores tocaron el redoble largo y las cornetas llamaron a asamblea, trayendo enjambres de hombres medio vestidos a la luz de la luna, que se vestían mientras corrían y caían en la línea bajo los agudos comandos de sus oficiales. Eso era bueno; al estar en la línea los hombres estaban bajo control; se pusieron en armas, mientras que el personal del general y los hombres de su escolta ponían orden en la confusión, levantando la tienda caída y poniendo aparte a los actores jadeantes y sangrantes de esa extraña contienda.
Jadeante, en efecto, había uno: el capitán estaba muerto; el mango del cuchillo de monte, que sobresalía de su garganta, fue presionado de nuevo, debajo de su barbilla, hasta que la punta había atrapado el ángulo de la mandíbula, y la mano que asestó el golpe había sido incapaz de remover el arma. En la mano del hombre muerto estaba su espada, apretada con un pulso que desafiaba la fuerza de los vivos. Su hoja estaba veteada de rojo hasta el puño.
Puesto de pie, el general cayó de nuevo a la tierra con un gemido y se desmayó. Además de las contusiones tenía dos heridas de espada, una a través del muslo, la otra a través del hombro.
El espía había sufrido el menor daño. Aparte del brazo derecho partido, sus heridas eran tan sólo, como en las que podía haber incurrido en un combate ordinario con unas armas naturales. Pero estaba aturdido y parecía saber apenas lo que había ocurrido. Se apartó de los que lo asistían, se encogió en el terreno y emitió reprensiones ininteligibles. Su rostro, hinchado por los golpes y manchado con gotas de sangre, no obstante, se mostraba blanco debajo de su cabello desgreñado, tan blanco como el de un cadáver.
-El hombre no está insano -dijo el cirujano, preparando los vendajes y replicando a una pregunta-, está sufriendo por el susto. ¿Quién y qué es él?
El soldado Tassman empezó a explicar. Era la oportunidad de su vida, no omitió nada que pudiera acentuar, de algún modo, la importancia de su propia relación con los sucesos de la noche. Cuando hubo terminado su historia, y estaba listo para empezarla de nuevo, nadie le prestó ninguna atención.
El general ahora había recobrado la conciencia. Se alzó sobre un codo, miró a su alrededor y, viendo al espía agachado junto a una fogata, cuidado, dijo simplemente:
-Lleven a ese hombre a la plaza de armas y fusílenlo.
-La mente del general divaga -dijo un oficial parado cerca.
-Su mente no divaga -dijo el ayudante general-. Yo tengo un memorando de él sobre ese negocio, le había dado esa misma orden a Hasterlick -con un movimiento de la mano hacia el preboste-mariscal muerto-, ¡y por Dios!, va a ser ejecutado.
Diez minutos más tarde el sargento Parker Adderson, del ejército federal, filósofo y agudo, arrodillado a la luz de la luna y rogando por su vida de forma incoherente, fue muerto a tiros por veinte hombres. Mientras la descarga resonaba en el aire aguzado de la medianoche, el general Clavering, yaciente blanco y quieto al resplandor rojizo de la fogata, abrió sus grandes ojos azules, miró con afabilidad a los que lo rodeaban y dijo: -¡Qué silencioso está todo!
El cirujano miró al ayudante general, de modo grave y significativo. Los ojos del paciente se cerraron con lentitud, y yació así por unos momentos; luego, por su rostro se difundió una sonrisa de inefable dulzura, dijo débilmente: -Yo supongo que esto debe ser la muerte -y así murió.

Título original: Parker Adderson, Philosopher, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, febrero de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Künstler, The Loneliness of Command, XX.