lunes, 30 de agosto de 2010

Un jinete en el cielo

I

Una tarde soleada del otoño de 1861 un soldado yacía en un boscaje de laureles, al costado de un camino en la Virginia oeste. Éste yacía sobre su estómago en toda su longitud, los pies descansando sobre los dedos, la cabeza sobre el antebrazo izquierdo. Su extendida mano derecha agarraba un rifle vagamente. Pero por la disposición un tanto metódica de sus miembros, y el ligero movimiento rítmico de la cartuchera detrás de su cinturón, se podía haber pensado que estaba muerto. Se había quedado dormido en su puesto de deber. Pero si fuera detectado estaría muerto poco después, siendo la muerte la pena justa y legal de su crimen.
El boscaje de laureles en que el criminal yacía estaba en el ángulo de un camino que, después de ascender al sur, en una abrupta asunción a ese punto, se volvía agudamente al oeste, corriendo a lo largo de la cumbre por, acaso, cien yardas. Ahí se volvía al sur de nuevo, e iba zigzagueando hacia abajo por la foresta. En el saliente de ese segundo ángulo había una gran roca plana, que sobresalía al norte, dominando el valle profundo del que el camino ascendía. La roca remataba un alto acantilado; una piedra tirada desde su borde exterior habría caído en picada hacia abajo mil pies, hasta las copas de los pinos. El ángulo en que el soldado yacía estaba en otro espolón del mismo acantilado. Si hubiera estado despierto, habría tenido una vista no sólo del corto brazo del camino y la roca que sobresalía, sino también del perfil entero del acantilado debajo de éste. Podía bien haberle dado vértigo mirar.
La comarca era boscosa en todas partes, excepto en el fondo del valle al norte, donde había una menuda pradera natural, por la que fluía una corriente apenas visible desde el borde del valle. Ese campo abierto parecía, apenas, más grande que un ordinario patio de leñas, pero era realmente de varios acres de extensión. Su verde era más vívido que el de la foresta que lo rodeaba. Lejos más allá de éste se levantaba una línea de acantilados gigantes similares a esos, en los que se suponía estábamos parados en nuestro sondeo de la escena salvaje, y por la que el camino había hecho de algún modo su trepada a la cumbre. La configuración del valle en efecto era tal, que desde ese punto de observación parecía cerrado por entero, y uno podía haberse preguntado cómo un camino, que encontró una manera de salir de éste, había encontrado una manera de entrar, y de dónde venían y a dónde iban las aguas de la corriente, que partía la pradera a más de mil pies debajo.
Ninguna comarca era tan salvaje y difícil, pero los hombres la harían un teatro de la guerra; ocultos en la foresta, en el fondo de esa militar trampa de ratas, en la que medio centenar de hombres en posesión de las salidas podría haber hambreado a un ejército hasta la sumisión, yacían cinco regimientos de la infantería federal. Habían marchado todo el día y la noche anterior, y estaban descansando. Al anochecer hubieran tomado el camino de nuevo, trepado hasta el lugar donde el infiel centinela dormía ahora, descendido por la otra ladera de la cresta, y caído sobre el campamento del enemigo cerca de la medianoche. Su esperanza era sorprenderlo, pues el camino llevaba a la retaguardia de éste. En caso de fracasar, su posición sería peligrosa en extremo, y deberían seguramente fracasar, informado el enemigo del movimiento por accidente o vigilancia.

II

El centinela dormido en el boscaje de laureles era un joven virginiano llamado Carter Druse. Era hijo de padres acaudalados, hijo único, y había conocido tanta facilidad, cultivación y alta vida, como el caudal y el gusto eran capaces de disponer en la comarca montañosa de la Virginia oeste. Su hogar estaba sólo a unas pocas millas de donde yacía ahora. Una mañana se había levantado de la mesa del desayuno, y dicho tranquilo pero con gravedad: -Padre, un regimiento de la Unión ha arribado a Grafton. Yo me voy a unir a éste.
El padre elevó su cabeza leonina, miró al hijo un momento en silencio, y replicó: -Bueno, vaya, señor, y a pesar de lo que pueda ocurrir, haga lo que conciba sea su deber. Virginia, para la que es un traidor, debe lograrlo sin usted. Si ambos debemos vivir hasta el fin de la guerra, vamos a hablar más del asunto. Su madre, como el médico le ha informado, está en la condición más crítica; en lo mejor, no puede estar con nosotros más tiempo que unas pocas semanas, pero ese tiempo es precioso. Sería mejor no disturbarla.
Así Carter Druse, inclinándose con reverencia hacia su padre, quien le devolvió el saludo con una cortesía señorial que enmascaraba un corazón partido, dejó el hogar de su infancia para ir de soldado. Por la conciencia y el coraje, por las acciones de devoción e intrepidez pronto se comendó a sus colegas y sus oficiales; y era a esas cualidades, y a algún conocimiento de la comarca que él debía su selección para su presente, peligroso deber en un puesto extremo. No obstante, la fatiga había sido más fuerte que la resolución, y se había quedado dormido. ¿Qué ángel bueno o malo vino en el sueño para despertarlo de su estado criminal, quién lo podía decir? Sin un movimiento, sin un sonido, en el silencio profundo y la languidez del atardecer, algún invisible mensajero del destino tocó con un dedo desellado los ojos de su conciencia, le susurró al oído de su espíritu la misteriosa palabra del despertar, que unos labios humanos nunca han dicho, ni una memoria humana nunca ha recordado. Él empinó tranquilo la frente desde su brazo, y miró entre los tallos de los laureles que lo enmascaraban, cerrando su mano derecha por instinto sobre la caja de su rifle.
Su primera sensación fue un agudo deleite artístico. En un pedestal colosal, el acantilado, inmóvil en el borde extremo de la roca que remataba y se delineaba agudamente contra el cielo, había una estatua ecuestre de impresionante dignidad. La figura de un hombre sentado en la figura de un caballo, recta y de soldado, pero con el reposo de un dios griego tallado en mármol, que limitaba la sugerencia de actividad. El traje gris armonizaba con su fondo aéreo, el metal de los pertrechos y el caparazón estaban suavizados y apagados por la sombra, la piel del animal no tenía puntos de luz alta. Una carabina escorzada de modo sorprendente yacía sobre el pomo de la montura, mantenida en el lugar por una mano derecha que la agarraba por el “mango”; la mano izquierda, teniendo la rienda de la brida, era invisible. En silueta contra el cielo, el perfil del caballo estaba cortado con la agudeza de un camafeo; éste miraba a través de las alturas del aire a los acantilados que lo enfrentaban más allá. El rostro del jinete se volvió con levedad, mostró sólo el contorno de la sien y la barba, estaba mirando abajo, al fondo del valle. Magnificada por su elevación contra el cielo, y por el sentido del soldado que atestiguaba lo formidable de un enemigo cercano, el grupo parecía de un tamaño heroico, casi colosal.
Por un instante Druse tuvo la sensación extraña, medio definida de que había dormido hasta el fin de la guerra, y estaba mirando una noble obra de arte erigida en esa eminencia, para conmemorar las acciones de un pasado heroico del que había sido una parte ingloriosa. La sensación fue disipada por un ligero movimiento del grupo: el caballo, sin mover las patas, había arrastrado su cuerpo levemente atrás desde el borde, el hombre permaneció inmóvil como antes. Muy despierto y avivado agudamente ante el significado de la situación, Druse ahora se llevó la culata del rifle contra la mejilla, al empujar el cañón hacia adelante con cautela, a través de los arbustos; martilló la pieza y, mirando por la mirilla, cubrió un sitio vital del pecho del jinete. Un toque en el gatillo, y todo habría estado bien para Carter Druse. En ese instante el jinete volvió la cabeza y miró en la dirección de su enemigo oculto, pareció mirarle al mismo rostro, a los ojos, a su corazón valiente, compasivo.
¿Era entonces tan terrible matar a un enemigo en la guerra, a un enemigo que había sorprendido un secreto vital para la seguridad de uno mismo y de los camaradas, de un enemigo más formidable por su conocimiento que todo su ejército por el número? Carter Druse se puso pálido, cada miembro se le sacudió, se tornó débil, y vio al grupo escultural ante él como unas figuras negras subiendo, cayendo, moviéndose inestables en arcos de círculos en un cielo fogoso. Su mano cayó lejos de su arma, su cabeza se tiró con lentitud hasta que su rostro descansó en las hojas en que yacía. Este caballero corajudo y soldado robusto estuvo cerca del desmayo por la intensidad de la emoción.
No fue por mucho tiempo, en otro momento su rostro se empinó desde la tierra, sus manos reasumieron sus lugares en el rifle, su dedo índice buscó el gatillo; la mente, el corazón y los ojos estaban claros, la conciencia y la razón sanas. Él no podía esperar capturar a ese enemigo, alarmarlo sólo sería enviarlo volando a su campamento con su fatal noticia. El deber del soldado era pleno: el hombre debía ser muerto por el disparo de una emboscada, sin aviso, sin una preparación espiritual momentánea, nunca sin tanto como una plegaria no dicha, debía ser enviado a rendir su cuenta. Pero no, había una esperanza, él podía no haber descubierto nada, acaso sólo estaba admirando lo sublime del paisaje. Si se lo permitían, se podía volver y cabalgar lejos con descuido, en la dirección de donde había venido. Seguramente, sería posible juzgar en el instante de su retirada si sabía. Podía ser bien que la fijación de la atención… Druse volvió la cabeza y miró a través de lo profundo del aire abajo, como desde la superficie hacia el fondo de un mar traslúcido. Vio una línea sinuosa de figuras de hombres y caballos que se arrastraba por la pradera verde, algún comandante estúpido le permitía a los soldados de su escolta abrevar a sus bestias en el claro, ¡a plena vista de una docena de cumbres!
Druse retiró los ojos del valle, y los fijó de nuevo en el grupo del hombre y el caballo en el cielo, y fue de nuevo por la mirilla de su rifle. Pero esta vez estaba apuntando al caballo. En su memoria, como si fueran un mandato divino, vibraron las palabras de su padre en su partida: “A pesar de lo que pueda ocurrir, haga lo que conciba sea su deber.” Estaba calmado ahora. Sus dientes estaban cerrados con firmeza, pero no con rigidez; sus nervios estaban tan tranquilos como los de un bebé dormido, ningún temblor afectaba ningún músculo de su cuerpo; su respiración, hasta que se suspendió en el acto de tomar puntería, era regular y lenta. El deber lo había conquistado, el espíritu le había dicho al cuerpo: “Paz, está quieto”. Disparó.

III

Un oficial de la fuerza federal que, con un espíritu de aventura o en busca de conocimiento, había dejado el bivouac escondido en el valle, y con unos pies sin objetivo se había abierto camino, hasta el borde inferior de un menudo espacio abierto al pie del acantilado, estaba considerando qué tenía de ganar si llevaba su exploración más lejos. A una distancia de un cuarto de milla delante de él, pero al parecer a un tiro de piedra, se levantaba de su franja de pinos el gigante rostro de una roca, elevándose a tan gran altura por encima de él, que le dio vértigo mirar arriba, hasta donde su borde se cortaba en una línea aguda, áspera contra el cielo. Ésta presentaba un perfil limpio, vertical contra un fondo de cielo azul hasta un punto medio camino abajo, y desde las colinas distantes, apenas menos azules, hasta las copas de los árboles en su base. Elevando los ojos a la altitud vertiginosa de su cumbre, el oficial tuvo una vista asombrosa, ¡un hombre montado a caballo cabalgando abajo, hacia el valle por el aire!
El jinete estaba sentado recto, derecho, a la moda militar, con un asiento firme en la montura, un agarre fuerte de la rienda, para contener a su cargador de una sumersión demasiado impetuosa. Desde su cabeza descubierta su largo cabello corría arriba, ondeando como una pluma. Sus manos estaban ocultas en la nube de las crines elevadas del caballo. El cuerpo del animal estaba tan nivelado, como si cada golpe de sus cascos encontrara una tierra resistente. Sus movimientos eran los de un galope salvaje, e incluso mientras el oficial miraba estos cesaron, con todas las patas lanzadas agudamente hacia adelante, como en el acto de apearse de un salto. ¡Pero era un vuelo!
Lleno de asombro y terror por esa aparición de un jinete en el cielo, medio creyéndose el escriba elegido de algún nuevo Apocalipsis, el oficial fue superado por la intensidad de sus emociones, sus piernas le fallaron y cayó. Casi al mismo instante oyó un sonido de estruendo en los árboles -un sonido que murió sin eco-, y todo estuvo quieto.
El oficial se puso de pie, temblando. La sensación familiar de su canilla abrasada recuperó sus facultades aturdidas. Recobrando la calma, corrió rápido oblicuamente, lejos del acantilado a un punto distante de su pie; por allí esperaba encontrar a su hombre, y por allí, naturalmente, fracasó. En el instante fugaz de su visión, su imaginación había sido tan conmovida por la gracia aparente, la facilidad y la intención de la actuación maravillosa, que no se le ocurrió que la línea de marcha de la caballería aérea era directa abajo, y que él podía encontrar los objetos de su búsqueda al mismo pie del acantilado. Una media hora más tarde retornó al campamento.
Este oficial era un hombre sabio, no sabía nada mejor que contar una verdad increíble. No dijo nada de lo que había visto. Pero cuando el comandante le preguntó, si en su búsqueda se había enterado de algo ventajoso para la expedición, respondió:
-Sí, señor, no hay camino que lleve abajo, hacia ese valle desde el sur.
El comandante, sabiendo algo mejor, sonrió.
IV

Después de hacer su disparo, el soldado Carter Druse recargó su rifle y reasumió su vigilancia. Diez minutos habían pasado apenas, cuando un sargento federal se arrastró hacia él con cautela, con las manos y las rodillas. Druse no volvió la cabeza ni lo miró, sino yació sin moverse o signo de reconocer.
-¿Usted disparó? -susurró el sargento.
-Sí.
-¿A qué?
-A un caballo. Estaba parado en la roca de ahí, bastante lejos. Usted ve que no está más allí. Se fue por el acantilado.
El rostro del hombre estaba blanco, pero no mostraba otro signo de emoción. Habiendo respondido, volvió sus ojos aparte y no dijo nada más. El sargento no entendía.
-Mire aquí, Druse -dijo, tras un momento de silencio-, no tiene caso hacer un misterio. Yo le ordeno que reporte. ¿Había alguien en el caballo?
-Sí.
-¿Bueno?
-Mi padre.
El sargento se puso de pie y se fue caminando. -¡Dios, Dios! -dijo.

Título original: A Horseman in the Sky, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, abril de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, After the Dust Storm, XX.

jueves, 26 de agosto de 2010

Dos ejecuciones militares


En la primavera de 1862 el gran ejército del general Buell estaba en el campamento, poniéndose en forma para la campaña que resultó en la victoria de Shiloh. Era un ejército crudo, no entrenado, aunque algunas de sus fracciones habían conocido un servicio bastante duro, con una buena porción de lucha en las montañas de la Virginia oeste, y en Kentucky. La guerra era joven y la soldadesca una nueva industria, entendida de modo imperfecto por el joven americano del período, que hallaba algunos rasgos de ésta no de su agrado por completo. El principal entre éstos era esa parte esencial de la disciplina, la subordinación. Para uno imbuido desde la infancia en la fascinante falacia de que todos los hombres nacían iguales, la incuestionable sumisión a la autoridad no era fácil de dominar, y el soldado voluntario americano, en sus “días de verde y ensalada”, estaba entre los peores conocidos. Así es como sucedió que uno de los hombres de Buell, el soldado raso Bennett Story Greene, cometió la indiscreción de golpear a su oficial. Más tarde en la guerra no hubiera hecho eso, como sir Andrew Aguecheek lo habría “visto maldecido” primero. Pero el tiempo para la reforma de sus maneras militares le fue negado: fue arrestado con prontitud ante la queja del oficial, juzgado por una corte marcial y sentenciado a ser fusilado.
-Tú podías haberme zurrado, y dejarlo ir así -dijo el hombre condenado al testigo quejoso-, eso es lo que solías hacer en la escuela, cuando eras un Will Dudley llano, y yo era tan bueno como tú. Nadie me vio pegarte, la disciplina no habría sufrido mucho.
-Ben Greene, yo adivino que tú tienes razón sobre eso -dijo el teniente-. ¿Me vas a perdonar? Para eso es que yo vine a verte.
No hubo réplica, y un oficial metió su cabeza por la puerta de la tienda de guardia, donde la conversación había ocurrido, y explicó que el tiempo concedido para la entrevista había expirado. A la mañana siguiente, cuando en presencia de toda la brigada, el soldado Greene fue muerto a tiros por una escuadra de sus camaradas, el teniente Dudley le volvió la espalda a la triste actuación, y murmuró una plegaria por la misericordia, en la que él mismo estaba incluido.
Unas pocas semanas después, mientras la división primera de Buell estaba siendo barqueada por el río Tennessee, para asistir en socorrer al ejército abatido de Grant, la noche estaba llegando, negra y tormentosa. A través de los despojos de la batalla, la división se movía pulgada a pulgada en la dirección del enemigo, que se había retirado un poco para reformar sus líneas. Pero por el relámpago la oscuridad era absoluta. Éste nunca cesaba por un momento, y siempre, cuando los truenos no crujían ni rugían, se oían los gemidos de unos heridos, entre quienes los hombres sentían su camino con sus pies, y con quienes tropezaban en la tiniebla. Los muertos estaban allí también, allí estaban los muertos en abundancia.
Al primer tenue gris de la mañana, cuando la avanzada en enjambre se había detenido para retomar algo de definición como línea de batalla, y los tiradores habían sido lanzados hacia adelante, se pasó una voz a lo largo para pasar lista. El sargento primero de la compañía del teniente Dudley dio un paso al frente, y empezó a nombrar a los hombres en orden alfabético. No tenía una lista escrita, sino una buena memoria. Los hombres respondían a sus nombres, mientras el corría por el alfabeto hacia la G.
-Gorham.
-¡Aquí!
-Grayrock.
-¡Aquí!
La buena memoria del sargento fue afectada por el hábito:
-Greene.
-¡Aquí!
La respuesta fue clara, distinta, ¡inconfundible!
Un movimiento súbito, una agitación en el frente entero de la compañía, como por una sacudida eléctrica, atestiguó el carácter asombroso del incidente. El sargento palideció y se detuvo. El capitán fue a zancadas con rapidez hacia su lado y dijo agudamente:
-Diga ese nombre de nuevo.
Al parecer, la Sociedad para la investigación psíquica no era la primera en el campo de la curiosidad concerniente a lo desconocido.
-Bennett Greene.
-¡Aquí!
Todos los rostros se volvieron en la dirección de la voz familiar; los dos hombres entre quienes, en el orden de estatura, Greene se había parado en línea comúnmente, se volvieron y enfrentaron el uno al otro en escuadra.
-Una vez más -comandó el investigador inexorable, y una vez más vino -un poco trémulo- el nombre del hombre muerto:
-Bennett Story Greene.
-¡Aquí!
En ese instante se oyó un único disparo de rifle, lejos hacia el frente, más allá de la línea de tiradores, seguido, casi atendido por el salvaje silbido de una bala que se aproximó, pasó a través de la línea y golpeó de forma audible, puntuando como con un punto final la exclamación del capitán, -¿Qué diablos significa eso?
El teniente Dudley avanzó a través de las filas desde su lugar en la retaguardia.
-Eso significa esto -dijo, abriendo su levita por completo y desplegando una visible mancha de carmesí, que se ampliaba en su pecho. Sus rodillas cedieron, cayó con torpeza y yació muerto.
Un poco más tarde el regimiento fue ordenado fuera de línea, para aliviar el frente congestionado, y a través de alguna jugada fallida en el juego de la batalla, no estuvo más bajo el fuego. Tampoco Bennett Greene, experto en ejecuciones militares, nunca más manifestó su presencia a una.

Título original: Two Military Executions, publicado por primera vez en Cosmopolitan, noviembre de 1906, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Künstler, The Mud March, XX.

domingo, 15 de agosto de 2010

Los hechos de la noche en Deadman


Una historia que es incierta

Era una noche singularmente aguda, y clara como el corazón de un diamante. Las noches claras tienen la treta de ser aguzadas. En la oscuridad uno puede sentir frío y no saberlo, cuando uno lo ve lo sufre. Esa noche era lo suficiente brillante para morder como una serpiente. La luna se estaba moviendo de modo misterioso detrás de los pinos gigantes que coronaban la Montaña del sur, sacando un frío destello en la nieve costrosa, y marcando contra el oeste negro los contornos fantasmales de la Cordillera de la costa, más allá de la que yacía el Pacífico invisible. La nieve se había apilado en los espacios abiertos, a lo largo del fondo de la quebrada, en largas crestas que semejaban levantarse, y que en las colinas parecían arrojar y esparcir una aspersión. La aspersión era la luz del sol reflejada dos veces: lanzada una vez desde la luna, una vez desde la nieve.
En esa nieve muchas de las chozas del campamento minero abandonado se habían borrado, (un marinero podría haber dicho que se habían hundido), y con intervalos irregulares ésta había rebasado los altos caballetes que alguna vez habían soportado un río llamado canal, pues, por supuesto, “canal” era flumen1. Entre las ventajas de que las montañas no podían privar a los buscadores de oro, estaba el privilegio de hablar en latín. Éste decía de su vecino muerto “se ha ido por el canal.” Eso no era una mala forma de decir “su vida ha retornado a la fuente de la vida.”
Mientras se ponía su armadura contra los asaltos del viento, esa nieve no había descuidado ni una esquina de ventaja. La nieve perseguida por el viento no era desigual por completo a un ejército en retirada. En el campo abierto se alineaba en filas y batallones, donde podía conseguir un pie firme hacía una parada, donde podía ponerse a cubierto hacía eso. Uno podía ver pelotones de nieve completos encogidos detrás de una pared algo quebrada. El viejo camino desviado, talado en el flanco de la montaña, estaba lleno de ésta. Escuadrón por escuadrón había luchado para escapar por esa línea, cuando la persecución había cesado de súbito. Un sitio más desolado y lúgubre que la quebrada de Deadman en una medianoche de invierno, era imposible de imaginar. Pero el sr. Hiram Beeson había elegido vivir allí, era su único habitante.
Lejos, arriba del flanco de la Montaña del norte, su pequeña choza de troncos de pino proyectaba, desde su único panel de cristal, un haz de luz largo, delgado, y no parecía desigual por entero a un escarabajo negro, fijado en la ladera con un alfiler nuevo y brillante. Dentro de ésta estaba sentado el mismo sr. Beeson, ante un fuego rugiente, mirando fijamente su corazón caliente, como si nunca antes hubiera visto una cosa así en toda su vida. No era un hombre apuesto. Era gris, de atuendo andrajoso y desaliñado, su rostro estaba pálido y demacrado, sus ojos demasiado brillantes. En cuanto a su edad, si uno hubiera intentado adivinarla, podría haber dicho cuarenta y siete, luego se corregía y decía setenta y cuatro. Tenía realmente veintiocho. Estaba escuálido; tan mucho, acaso, como se atrevía a estarlo con un empresario fúnebre necesitado en Bentley’s Flat, y un forense nuevo y emprendedor en Sonora. La pobreza y el celo eran la piedra superior e inferior del molino. Era peligroso ser un tercero en ese tipo de sandwich.
Mientras el sr. Beeson estaba sentado allí, con sus codos rotos sobre sus rodillas rotas, su mandíbula flaca enterrada en sus manos flacas, y sin una aparente intención de ir a la cama, parecía como si al menor movimiento se caería en pedazos. Pero durante la última hora había parpadeado no menos de tres veces.
Hubo un golpear agudo en la puerta. Un golpe a esa hora de la noche y con ese tiempo, podía haber sorprendido a un mortal ordinario, que había vivido dos años en la quebrada sin ver un rostro humano, y no podía dejar de saber que la comarca era impasable, pero el sr. Beeson ni hizo tanto como apartar los ojos de los carbones. E incluso cuando la puerta se abrió empujada, sólo se encogió un poco más en sí mismo, como hace uno que está esperando algo que preferiría no ver. Uno podía observar ese movimiento en las mujeres cuando, en una capilla mortuoria, el ataúd era portado por el pasillo detrás de ellas.
Pero cuando un viejo alto, con un abrigo de manta, su cabeza envuelta con un pañuelo y su rostro casi entero con una bufanda, llevando unas gafas verdes y con una tez de radiante blancura donde se podía ver, irrumpió en silencio en la habitación, poniendo una mano dura, enguantada en el hombro del sr. Beeson, el último se olvidó tanto de sí mismo, como para mirar arriba con una apariencia de no menudo asombro; a quienquiera que pudiera haber estado esperando, evidentemente, no había contado con recibir a nadie así. No obstante, la visión de ese visitante inesperado produjo en el sr. Beeson la siguiente secuencia: un sentimiento de asombro, una sensación de satisfacción, un sentimiento de profunda, buena voluntad. Levantándose de su asiento, tomó la mano nudosa de su hombro, y la sacudió arriba y abajo con un fervor bastante inexplicable, pues en el aspecto del viejo no había nada que atrajera, y mucho que repelía. Sin embargo, la atracción es una propiedad demasiado general como para que la repulsión sea sin ésta. El objeto más atractivo del mundo es el rostro que cubrimos con un paño por instinto. Cuando se vuelve aún más atractivo, fascinante, ponemos siete pies de tierra arriba de éste.
-Señor -dijo el sr. Beeson, liberando la mano del viejo, que cayó pasiva sobre su muslo con un clack tranquilo-, es una noche desagradable en extremo. Le ruego que se siente, yo me alegro mucho de verlo.
El sr. Beeson hablaba con un aire de buena crianza, que uno apenas habría esperado al considerar todas las cosas. En efecto, el contraste entre su apariencia y sus maneras era lo suficiente sorpresivo, como para ser uno de los fenómenos sociales más comunes en las minas. El viejo dio un paso hacia el fuego, que brillaba en las gafas verdes de forma cavernosa. El sr. Beeson reanudó:
-¡Usted apueste su vida a que soy yo!
La elegancia del sr. Beeson no era demasiado refinada, había hecho concesiones razonables al gusto local. Se detuvo un momento, dejando caer sus ojos desde la cabeza con bufanda de su visitante, a lo largo de la hilera de botones mohosos que confinaban el abrigo de manta, hacia las botas verdosas de piel vacuna empolvadas de nieve, que había empezado a derretirse y corría a lo largo del suelo en pequeños arroyuelos. Hizo un inventario de su visitante, y pareció satisfecho. ¿Quién no lo hubiera estado? Luego continuó:
-La alegría que yo puedo ofrecerle, por desgracia, es conforme a mis alrededores; pero yo me voy considerar muy favorecido, si es su placer participar de éste, en lugar de buscar uno mejor en Bentley’s Flat.
Con un singular refinamiento de la humildad hospitalaria, el sr. Beeson hablaba como si una estancia en su cabaña cálida en una noche como ésa, comparado con caminar catorce millas con la nieve hasta la garganta, con una costra cortante, fuera una privación intolerable. A modo de réplica, su visitante se desabrochó el abrigo de manta. El anfitrión puso combustible fresco en el fuego, barrió el hogar con la cola de un lobo, y agregó:
-Pero yo creo sería mejor que usted se largara.
El viejo tomó asiento junto al fuego, poniendo sus suelas anchas al calor sin quitarse el sombrero. En las minas el sombrero se lo quitaban raramente, excepto cuando lo hacían con las botas. Sin más comentario, el sr. Beeson se sentó asimismo en una silla que había sido un barril, y que, reteniendo mucho de su carácter original, parecía haber sido diseñada con vistas a preservar sus cenizas, si a él le complaciera desmoronarse. Por un momento hubo silencio; luego, desde algún lugar entre los pinos, llegó el gruñoso aullido de un coyote, y de forma simultánea la puerta crujió en su marco. No había otra conexión entre los dos incidentes, de la que el coyote tenía aversión a las tormentas y el viento se estaba alzando, pero pareció de algún modo una suerte de conspiración sobrenatural entre los dos, y el sr. Beeson se estremeció con una vaga sensación de terror. Se recobró en un momento y se dirigió de nuevo a su visitante.
-Hay hechos extraños aquí. Yo se lo diré todo, y luego, si usted decide ir, espero que lo voy a acompañar en lo peor del camino; tan lejos, hasta donde Baldy Peterson le disparó a Ben Hike, yo me atrevo a decir que usted conoce el lugar.
El viejo asintió con la cabeza de forma enfática, como insinuando no meramente que lo conocía, sino que lo conocía en efecto.
-Hace dos años -empezó el sr. Beeson-, yo, con dos compañeros, ocupamos esta casa, pero cuando ocurrió la fiebre de Flat nos fuimos, junto con el resto. En diez horas la quebrada estaba desierta. Esa noche, sin embargo, descubrí que había dejado detrás una pistola valiosa (ahí está), y regresé por ella, pasé la noche aquí solo, como he pasado todas las noches desde entonces. Yo debo explicar que unos días antes de irnos, nuestro doméstico chino tuvo la desgracia de morirse, y el terreno estaba helado tan duro, que fue imposible cavarle una tumba al modo usual. Así, el día de nuestra partida apurada, cortamos el suelo ahí, y le dimos el entierro que pudimos. Pero antes de ponerlo abajo, yo tuve el extremo mal gusto de cortarle la coleta, y clavarla en esa viga arriba de su tumba, donde usted la puede ver en este momento, o, preferiblemente, cuando el calor le haya dado tiempo libre para la observación.
-Yo declaré, ¿no lo hice?, que al chino le llegó la muerte por causas naturales. Yo, por supuesto, no tenía nada que ver con eso, y regresé no por una atracción irresistible, o una fascinación morbosa, sino sólo porque había olvidado una pistola. Eso está claro para usted, ¿no es así, señor?
El visitante asintió con la cabeza con gravedad. Parecía ser un hombre de pocas palabras, si de alguna. El sr. Beeson continuó:
-De acuerdo a la fe china, el hombre es como un cometa: no puede ir al cielo sin la cola. Bueno, para acortar esta historia tediosa, que, sin embargo, yo pensé era mi deber contarle, esa noche, mientras yo estaba aquí solo y pensando en cualquier cosa menos en él, el chino volvió por su coleta.
-Él no la consiguió.
En este punto el sr. Beeson recayó en un silencio vacío. Acaso estaba fatigado por el ejercicio inusitado de hablar, acaso había conjurado un recuerdo que demandaba su indivisa atención. El viento estaba ahora bastante lejano, y los pinos a lo largo del flanco de la montaña cantaban con singular distinción. El narrador continuó:
-Usted dice que no ve mucho en eso, y yo debo confesar que yo mismo no veo.
-¡Pero él sigue viniendo!
Hubo otro largo silencio, durante el que ambos miraron el fuego con fijeza sin mover un miembro. Entonces el sr. Beeson estalló, casi con fiereza, fijando sus ojos en lo que podía ver del rostro impasible de su auditor:
-¿Dársela a él? Señor, en este asunto yo no tengo la intención de molestar a nadie por un consejo. Usted me va a perdonar, estoy seguro -aquí se volvió singularmente persuasivo-, pero me he arriesgado a clavetear fijo esa coleta, y he asumido la obligación un tanto onerosa de hacerle guardia. Así que es bastante imposible actuar por su considerada sugerencia.
-¿Usted me toma por un Modoc?
Nada podía superar la súbita ferocidad con la que lanzó esa reprensión indignada al oído de su visitante. Era como si le hubiera golpeado en un lado de la cabeza con un guantelete de acero. Era una protesta, pero era un desafío. Para ser tenido por un cobarde, para ser tomado por un Modoc: esas dos expresiones eran una. A veces era un chino. ¿Me toma por un chino?, era una pregunta dirigida con frecuencia al oído de un muerto súbito.
La bofetada del sr. Beeson no produjo efecto, y después de una pausa momentánea, durante la que el viento tronó en la chimenea como el sonido de los terrones sobre el ataúd, reanudó:
-Pero, como usted dice, me está cansando. Yo siento que la vida de los dos últimos años ha sido un error, un error que se corrige, usted ve cómo. ¡La tumba! No, no hay nadie para cavar. El terreno está helado, también. Pero usted es muy bienvenido. Puede decirlo en Bentley, pero eso no es importante. Fue muy duro cortarla: ellos trenzan sus coletas con seda. Kwaagh.
El sr. Beeson estaba hablando con los ojos cerrados, y estaba vagando. Su última palabra fue un ronquido. Un momento después soltó un largo suspiro, abrió los ojos con esfuerzo, hizo un único comentario, y cayó en un sueño profundo. Lo que dijo fue esto:
-¡Me están robando mi polvo!
Entonces el extraño anciano, que no había emitido una palabra desde su arribo, se levantó de su asiento y, de forma deliberada, se quitó su ropa exterior, luciendo tan anguloso en sus franelas como la finada Signorina Festorazzi, una mujer irlandesa de seis pies de altura y un peso de cincuenta y seis libras, que solía exhibirse en camisa a la gente de San Francisco. Luego se deslizó en una de las “literas”, habiendo primero colocado un revólver a un fácil alcance, de acuerdo a la costumbre de la comarca. Ese revólver lo tomó de un estante, y era el que el sr. Beeson había mencionado como ese, por el que había retornado a la quebrada dos años antes.
En unos momentos el sr. Beeson se despertó y, viendo que su visitante se había retirado, hizo lo mismo. Pero antes de hacer eso, se aproximó al largo, plegado mechón de cabello pagano y le dio un tirón poderoso, para asegurarse de que estaba fijo y firme. Las dos camas -unos meros estantes cubiertos con mantas no limpias del todo- estaban enfrente una de la otra en los lados opuestos de la habitación, la pequeña trampa cuadrada, que había dado acceso a la tumba del chino, estando a medio camino entre las dos. Ésta, por cierto, estaba cruzada por una doble hilera de cabezas de clavos. En su resistencia a lo sobrenatural, el sr. Beeson no había desdeñado el uso de precauciones materiales.
El fuego ahora estaba bajo, las llamas ardían de modo azulado y petulante, con destellos ocasionales que proyectaban sombras espectrales en las paredes, sombras que se movían alrededor de forma misteriosa, ya divididas, ya unidas. La sombra de la cola pendiente, sin embargo, se mantenía apartada mal humorada, cerca del tejado en el extremo más lejano de la habitación, luciendo como una nota de admiración. La canción de los pinos afuera, se había alzado ahora hasta la dignidad de un himno triunfal. En las pausas el silencio era de espanto.
Fue durante uno de esos intervalos que la trampa del suelo empezó a alzarse. Se levantó con lentitud y firmeza, y la cabeza envuelta del viejo se levantó con lentitud y firmeza en la litera para observarla. Entonces, con un azotarse que sacudió la casa hasta su cimiento, ésta fue lanzada atrás con limpieza, y yació con sus clavos grotescos apuntando hacia arriba de modo amenazante. El sr. Beeson se despertó y, sin levantarse, se restregó los ojos con los dedos. Se estremeció, los dientes le rechinaron. Su visitante estaba ahora reclinado sobre un codo, mirando el proceso con unas gafas que brillaban como lámparas.
Súbitamente, una ráfaga de viento aullante se abatió abajo por la chimenea, esparciendo cenizas y humo en todas las direcciones, y oscureciendo todo por un momento. Cuando la luz del fuego iluminó la habitación de nuevo se vio, sentado con cautela en el borde de una banqueta junto al hogar, a un pequeño hombre atezado de apariencia agradable y vestido con gusto impecable, que asentía con la cabeza al viejo, con una sonrisa amigable y atractiva. “De San Francisco, evidentemente”, pensó el sr. Beeson que, habiéndose recobrado un tanto del susto, iba a tientas por su camino a la solución de los sucesos nocturnos.
Pero ahora otro actor apareció en la escena. Fuera del hueco negro cuadrado en medio del suelo, se proyectó la cabeza del chino partido, con los ojos vidriosos vueltos hacia arriba, en las rendijas angulosas, y fijados en la cola colgante arriba con una mirada de anhelo indecible. El sr. Beeson gimió, y se cubrió el rostro con las manos de nuevo. Un suave olor a opio invadió el lugar. El fantasma, vestido sólo con una corta túnica azul, colchada y sedosa, pero cubierta por el moho de la tumba, se levantó con lentitud, como empujado por un débil resorte en espiral. Sus rodillas estaban al nivel del suelo cuando, con un rápido impulso hacia arriba, como el salto de una llama silenciosa, agarró la cola con ambas manos, estiró su cuerpo y tomó la punta con sus horribles dientes amarillos. Se aferró a ésta con aparente frenesí, haciendo una mueca pavorosa, ondeando y cayendo de un lado a otro en sus esfuerzos por desligar su propiedad de la viga, pero sin emitir un sonido. Era como un cadáver convulsionado de forma artificial por medio de una batería galvánica. ¡El contraste entre su actividad sobrehumana y su silencio era nada menos que horrendo!
El sr. Beeson se encogió en su cama. El pequeño caballero atezado descruzó las piernas, hizo un tabaleo impaciente con la punta de su bota y consultó un pesado reloj de oro. El viejo se sentó erguido y, callado, empuñó el revólver.
¡Bang!
Como un cuerpo cortado de la horca, el chino cayó en el hueco negro abajo, llevando la coleta en los dientes. La trampa se volcó, cerrándose con un estallido. El pequeño caballero atezado de San Francisco saltó de su percha con agilidad, atrapó algo en el aire con el sombrero, como un muchacho atrapa una mariposa, y se desvaneció en la chimenea como arrastrado por la succión.
Desde algún lugar de las tinieblas externas flotó, y entró por la puerta abierta un grito tenue, lejano; un aullido largo, gimiente, como el de un niño estrangulado por la muerte en el desierto, o el de un alma perdida arrastrada por el Adversario. Podía haber sido el coyote.
En los primeros días de la primavera siguiente una partida de mineros, en su camino a las nuevas excavaciones, pasó a lo largo de la quebrada y, vagando entre las chozas desiertas, encontró en una de éstas el cuerpo de Hiram Beeson, tendido en una litera, con un agujero de bala en el corazón. La bala había sido disparada, evidentemente, desde el lado opuesto de la habitación, pues en una de las vigas de roble arriba había una leve mella azulada, donde ésta había golpeado un nudo y sido desviada hacia abajo, al pecho de su víctima. Fuertemente atada a la misma viga, había lo que parecía ser el extremo de una soga o crin trenzada, que había sido cortada por la bala en su pasaje hacia el nudo. Nada más de interés fue notado, a excepción de un traje de tela mohosa e incongruente, varios artículos del cual fueron identificados después por testigos respetables como esos, con los que ciertos ciudadanos difuntos de Deadman habían sido enterrados años antes. Pero no era fácil entender cómo podía ser eso, a menos que, en efecto, las prendas hubieran sido usadas como un disfraz por la muerte misma, lo que era apenas creíble.

Título original: The Night-Doings at Deadman's, publicado por primera vez en London Sketch-Book, marzo de 1874, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Nancy Glazier, Hunter's Moon, XXI.