miércoles, 28 de julio de 2010

El camino iluminado por la luna


I. Declaración de Joel Hetman, Jr.

Yo soy el más infortunado de los hombres. Rico, respetado, bastante bien educado y de buena salud -con muchas otras ventajas valoradas, usualmente, por esos que la tienen y codiciada por esos que no la tienen-, a veces pienso que debería ser menos desdichado si éstas me hubieran sido negadas, pues entonces el contraste entre mi vida exterior e interior no estaría exigiendo, continuamente, una atención penosa. En la tensión de la privación y la necesidad del esfuerzo, yo podría olvidar a veces el sombrío secreto que siempre contraría la conjetura que éste compele.
Yo soy el único hijo de Joel y Julia Hetman. El uno era un caballero rural de buen pasar, la otra una mujer bella y realizada a quien éste estaba atado de modo apasionado, con lo que ahora yo sé había sido una celosa y exigente devoción. La casa familiar estaba a pocas millas de Nashville, en Tennessee; una gran vivienda construida de forma irregular, sin ningún orden particular de arquitectura, un poco fuera del camino, en un parque de árboles y arbustos.
En el tiempo del que escribo yo tenía diecinueve años, era un estudiante de Yale. Un día recibí un telegrama de mi padre de tal urgencia que, en complacencia a su demanda no explicada, me fui de una vez a casa. En la estación ferroviaria de Nashville un pariente distante me aguardaba, para informarme de la razón de mi llamada: mi madre había sido bárbaramente asesinada, por qué y por quién nadie lo podía conjeturar, pero las circunstancias eran éstas. Mi padre había ido a Nashville, con la intención de retornar la tarde siguiente. Algo le impidió realizar el negocio en mano, así que retornó en la misma noche, arribando justo antes del amanecer. En su testimonio ante el forense explicó que, no teniendo llavín y no queriendo perturbar a los sirvientes dormidos, sin una intención claramente definida, fue rondando hacia la trasera de la casa. Al doblar en un ángulo del edificio, oyó el sonido como de una puerta cerrada con suavidad, y vio en la oscuridad de modo indistinto la figura de un hombre, que al instante desapareció entre los árboles del césped. Una persecución apresurada y una breve búsqueda por los terrenos, en la creencia de que el intruso era alguien que visitaba en secreto a un sirviente, resultó infructífera, entró por la puerta sin cerrojo y subió la escalera hacia la cámara de mi madre. La puerta estaba abierta, y andando en la negra oscuridad cayó de cabeza sobre un objeto pesado en el suelo. Me permito ahorrarme los detalles, era mi pobre madre, ¡muerta estrangulada por unas manos humanas!
Nada se habían llevado de la casa, los sirvientes no habían oído ningún sonido, y excepto esas terribles marcas de dedos en la garganta de la mujer muerta -¡santo Dios, que yo las pueda olvidar!-, ni un rastro del asesino fue hallado jamás.
Yo dejé mis estudios y permanecí con mi padre quien, naturalmente, estaba muy cambiado. Siempre de una disposición sedada, taciturna, cayó ahora en un desaliento tan profundo, que nada podía retener su atención, aunque cualquier cosa -una pisada, el súbito cierre de una puerta- despertaba en él un interés incierto, uno podría haberlo llamado una aprensión. Ante cualquier menuda sorpresa de los sentidos, se estremecía de forma visible y a veces se ponía pálido, luego recaía en una apatía melancólica más profunda que la anterior. Yo supongo era lo que se llama un “manojo de nervios”. En cuanto a mí, era más joven entonces que ahora, hay mucho en eso. La juventud es una Galaad, en la que hay un bálsamo para toda herida. ¡Ah, que yo pudiera habitar de nuevo en esa tierra encantada! Ignorante del dolor, no sabía cómo apreciar mi privación, no podía estimar de modo correcto la fuerza del golpe.
Una noche, pocos meses después del espantoso suceso, mi padre y yo caminábamos a casa desde la ciudad. La luna llena llevaba unas tres horas sobre el horizonte oriental, el campo entero tenía la quietud solemne de una noche de verano; nuestras pisadas y el canto incesante de los saltamontes eran el único sonido lejano. Las sombras negras de los árboles lindantes yacían a través del camino que, en los cortos tramos entre, fulguraba con un blanco fantasmal. Cuando nos aproximamos al portón de nuestra vivienda, cuyo frente estaba en sombras, y en el que no brillaba ninguna luz, mi padre se detuvo de súbito y agarró mi brazo diciendo, apenas por arriba de su aliento:
-¡Dios, Dios!, ¿qué es eso?
-Yo no oigo nada -repliqué.
-¡Pero ve, ve! -dijo, apuntando a lo largo del camino, directo adelante.
Yo dije: -No hay nada ahí. Venga, padre, vamos a entrar, usted está enfermo.
Él había liberado mi brazo y estaba parado rígido e inmóvil, en el centro de la calzada iluminada, mirando como uno carente de sentido. Su rostro a la luz de la luna mostraba una palidez y fijeza indeciblemente afligidas. Yo tiré de su manga suavemente, pero él había olvidado mi existencia. De repente, empezó a retirarse hacia atrás, paso a paso, sin mover ni por un instante sus ojos de lo que veía, o creía ver. Yo di una media vuelta para seguir, pero me quedé parado irresoluto. No recuerdo ninguna sensación de miedo, al menos un escalofrío súbito fue su manifestación física. Parecía como si un viento helado hubiera tocado mi rostro y envuelto mi cuerpo de la cabeza a los de pies, yo podía sentir su revuelo en mi cabello.
En ese momento mi atención fue atraída hacia una luz, que brotó de súbito de una ventana superior de la casa: una de las sirvientas, despertada por quién podría decir qué misteriosa premonición del mal, y en obediencia a un impulso que ella nunca fue capaz de decir, había prendido una lámpara. Cuando yo me volví a buscar a mi padre él se había ido y, en todos los años que han pasado, ni un susurro de su destino ha venido por la tierra fronteriza de la conjetura, desde el reino de lo desconocido.

II. Declaración de Caspar Grattan

Hoy se me ha dicho que viva; mañana, aquí en esta habitación, yacerá la forma de arcilla sin sentido de todo lo que, por demasiado tiempo, fui yo. Si alguien levanta el paño del rostro de esa cosa desagradable, será en satisfacción de una mera curiosidad morbosa. Alguno, sin dudas, irá más lejos y preguntará: “¿quién era él?” En este escrito yo suministro la única respuesta que soy capaz de dar: Caspar Grattan. Seguramente, eso debería ser suficiente. El nombre ha servido a mi menuda necesidad por más de veinte años en una vida de longitud desconocida. Es verdad, yo me lo di a mí mismo, pero carente de otro tenía el derecho. En este mundo uno debe tener un nombre, eso evita la confusión, incluso cuando no establece la identidad. Algunos, sin embargo, son conocidos por números, que asimismo parecen distinciones inadecuadas.
Un día, para ilustración, yo estaba pasando por una calle de una ciudad, lejos de aquí, cuando encontré a dos hombres de uniforme, uno de los cuales, detenido a medias y mirando mi rostro con curiosidad, le dijo a su compañero, “Ese hombre se parece al 767”. Algo en el número me pareció familiar y horrible. Movido por un impulso incontrolable, salté hacia una calle lateral y corrí hasta que caí exhausto en una avenida rural.
Yo nunca he olvidado ese número, y siempre me viene a la memoria asistido por una obscenidad farfullante, unas risas ruidosas sin júbilo, un chirrido de puertas de hierro. Así yo digo que un nombre, aunque auto-otorgado, es mejor que un número. En el registro de campo del alfarero pronto voy a tener ambos. ¡Qué riqueza!
A ese que va a encontrar este papel, yo debo pedirle una pequeña consideración. No es la historia de mi vida, el conocimiento para escribir eso me está negado. Esto es sólo el registro de unas memorias quebradas y al parecer no relatadas, algunas de ellas tan distintas y secuentes, como las cuentas brillantes de un cordel; otras remotas y extrañas, teniendo el carácter de sueños carmesíes con inter-espacios en blanco y negro, con fuegos brillantes quietos y rojos en una gran desolación.
Parado en el umbral de la eternidad, me vuelvo hacia la tierra para echar una última mirada a la senda por la que vine. Hay veinte años de pisadas muy distintas, impresiones de pies sangrantes. Éstas llevan a través de la pobreza y la pena, de lo desviado e inseguro, como uno que se tambalea bajo una carga...
Remoto, poco amistoso, melancólico, lento.
¡Ah, la profecía del poeta de mí, cuán admirable, cuán espantosamente admirable!
Hacia atrás, más allá del comienzo de esta via dolorosa –esta épica del sufrimiento con episodios de pecado-, no veo nada con claridad, viene de una nube. Yo sé que abarca sólo veinte años, aunque soy un hombre viejo.
Uno no recuerda el nacimiento de uno, a uno le tienen que contar. Pero conmigo fue diferente, la vida vino a mí a manos llenas y me dotó de todas mis facultades y poderes. De la existencia anterior no sé más que otros, pues todos han balbuceado intimaciones que pueden ser memorias y pueden ser sueños. Yo sólo sé que mi primera conciencia fue de madurez en el cuerpo y la mente, una conciencia aceptada sin sorpresa o conjetura. Yo meramente me encontré caminando por una foresta, medio vestido, despeado, indeciblemente cansado y hambriento. Viendo una casa de granja, me aproximé y pedí comida, que me fue dada por uno que me preguntó mi nombre. Yo no lo sabía, aunque sabía que todos tenían nombres. Bastante abochornado, me retiré y, al llegar la noche, me acosté en la foresta y dormí.
Al día siguiente entré a un pueblo grande que no voy a nombrar. Ni voy a contar más incidentes de la vida que ahora llega al final, una vida de vagabundeo, siempre y en todo lugar embrujado por un señorial sentido del crimen en castigo del mal, y del terror en castigo del crimen. Déjenme ver si puedo reducirlo a una narración.
Me parece haber vivido alguna vez cerca de una gran ciudad, un plantador próspero, casado con una mujer que amaba y de la que desconfiaba. Teníamos, me parece a veces, un hijo, un joven de dotes brillantes y porvenir. Él es todo el tiempo una vaga figura, nunca claramente dibujada, con frecuencia fuera de la pintura por completo.
Una noche aciaga se me ocurrió probar la fidelidad de mi esposa, de un modo vulgar, común, familiar a todo aquel que ha conocido la literatura del hecho y la ficción. Yo fui a la ciudad, diciendo a mi esposa que debería estar ausente hasta la tarde siguiente. Pero retorné antes del amanecer y fui a la trasera de la casa, con el propósito de entrar por una puerta que yo en secreto había alterado así, que ésta parecía con cerrojo aunque en realidad no estaba cerrada. Mientras me aproximaba oí que se abría y cerraba suavemente, y vi a un hombre que se escabullía en la oscuridad. Con el asesinato en mi corazón salté tras él, pero se había desvanecido sin incluso la mala suerte de la identificación. A veces ahora yo no puedo, incluso, persuadirme de que era un ser humano.
Loco de celos y rabia, ciego y bestial con todas las pasiones elementales de la hombría insultada, entré a la casa y trepé por la escalera hacia la puerta de la cámara de mi esposa. Ésta estaba cerrada pero, habiendo alterado su cerrojo asimismo entré con facilidad y, a despecho de la negra oscuridad, pronto estuve parado a un costado de su cama. Mis manos tanteantes me dijeron que, aunque desarreglada, estaba desocupada.
“Ella está abajo”, pensé, “y aterrada por mi entrada me ha evadido en la oscuridad de la sala”. Con el propósito de buscarla me volví para dejar la habitación, pero tomé una dirección errónea, ¡la correcta! Mi pie la golpeó, estaba encogida en una esquina de la habitación. Al instante mis manos estaban en su garganta, ahogando un grito, mis rodillas estaban sobre su cuerpo luchador; y allí en la oscuridad, sin una palabra de acusación o reproche, ¡yo la estrangulé hasta que murió!
Ahí termina el sueño. Yo lo he relatado en tiempo pasado, pero el presente sería la forma más adecuada, pues una y otra vez la sombría tragedia renace en mi conciencia, una y otra vez trazo el plan, sufro la confirmación, reparo lo erróneo. Luego todo está en blanco, y después las lluvias golpean los tiznados cristales de las ventanas, o las nieves caen sobre mi escaso atuendo, las ruedas traquetean por las calles escuálidas, donde mi vida yace en la pobreza y el mal empleo. Si hay sol alguna vez yo no lo recuerdo, si hay pájaros éstos no cantan.
Hay otro sueño, otra visión de la noche. Yo estoy parado entre las sombras en un camino iluminado por la luna. Estoy consciente de otra presencia, pero de quién no lo puedo determinar de modo correcto. En la sombra de una gran vivienda capto el fulgor de unas prendas blancas, luego la figura de una mujer me enfrenta en el camino, ¡mi esposa asesinada! Hay muerte en su rostro, hay marcas en su garganta. Sus ojos están fijos en los míos con una gravedad infinita que no es reproche, ni odio, ni amenaza, ni nada menos terrible que el reconocimiento. Ante esta horrible aparición me retiro con terror, un terror que está sobre mí mientras escribo. Yo no puedo darle una forma más correcta a las palabras. ¡Vean!, ellos…
Yo ahora estoy calmado, pero en verdad no hay más que decir: el incidente termina donde empezó, en la oscuridad y la duda.
Sí, yo estoy de nuevo en control de mí mismo: “el capitán de mi alma”. Pero eso no es un respiro, es otra etapa y fase de la expiación. Mi penitencia, constante en el grado, es mutable en la clase: una de sus variantes es la tranquilidad. Después de todo, es sólo una sentencia de por vida. “Al infierno de por vida”, que es una penalidad estúpida: el culpable escoge la duración de su castigo. Hoy mi término expira.
A cada uno y todos, la paz que no fue mía.

III. Declaración de la finada Julia Hetman, a través del medium Bayrolles

Yo me había retirado temprano y caído casi de inmediato en un sueño apacible, del que me desperté con esa indefinible sensación de peligro que es, creo, una experiencia común en esa otra vida, más temprana. De su carácter sin sentido también estaba persuadida por entero, aunque eso no la desterraba. Mi esposo, Joel Hetman, estaba lejos de casa, los sirvientes dormían en otra parte de la casa. Pero esas eran las condiciones familiares, esas nunca antes me habían afligido. No obstante, el extraño terror se hizo tan insoportable que, conquistando mi renuencia a moverme, me senté y prendí la lámpara al costado de la cama. Contrario a mi expectación eso no me dio alivio, la luz parecía más bien un peligro agregado, pues yo reflexioné que ésta brillaría abajo de la puerta, descubriendo mi presencia a cualquier ser maligno que pudiera acechar afuera. Ustedes, que aún están en la carne, sujetos a los horrores de la imaginación, piensen qué miedo monstruoso debe ser, el que busca en la oscuridad la seguridad contra las existencias malévolas de la noche. Eso es como batirse cuerpo a cuerpo con un enemigo invisible, ¡la estrategia del desespero!
Apagando la lámpara, me lancé la sobrecama por la cabeza y yacía temblando y en silencio, incapaz de gritar, olvidada de rezar. En ese estado lastimero debo haber yacido por lo que ustedes llamarían horas, para nosotros no hay horas, no hay tiempo.
Por último llegó, ¡un suave, irregular sonido de pisadas en la escalera! Eran lentas, vacilantes, inciertas, como de algo que no ve su camino; para mi razón desordenada era tanto más aterrador, como la aproximación de una malevolencia ciega e insensata para la que no había apelación. Yo incluso pensé que debía haber dejado la lámpara de la sala prendida, y el tanteo de esa criatura probaba que era un monstruo de la noche. Eso era estúpido e inconsistente ante mi anterior espanto de la luz, ¿pero qué hubieran sentido ustedes? El miedo no tiene cerebro, es un idiota. El testigo lúgubre que conlleva y el consejo cobarde que éste susurra no se relacionan. Nosotros sabemos bien eso, nosotros, que hemos pasado al Reino del terror, que vagamos en una penumbra eterna, entre las escenas de nuestras vidas anteriores, invisibles incluso para nosotros mismos, y unos a otros, aun escondidos y desolados en lugares solitarios; anhelando una plática con nuestros seres queridos, pero mudos, y tan temerosos de ellos como ellos de nosotros. A veces la discapacidad es removida, la ley suspendida: con el poder inmortal del amor o el odio rompemos el hechizo, somos vistos por esos a quienes advertimos, consolamos o castigamos. Qué forma parece tenemos para ellos no lo sabemos, sólo sabemos que aterramos incluso a esos, a quienes más deseamos confortar, y de quienes más ansiamos ternura y simpatía.
Perdónenme, se los ruego, esta digresión inconsecuente de lo que alguna vez fue una mujer. Ustedes que nos consultan de esta manera imperfecta, no entienden. Ustedes hacen preguntas estúpidas sobre cosas desconocidas y cosas prohibidas. Mucho de lo que conocemos y podríamos trasmitir en nuestro discurso, no tiene sentido en el vuestro. Nosotros debemos comunicarnos con ustedes a través de una inteligencia balbuceante en esa menuda fracción de nuestra lengua, que ustedes mismos pueden hablar. Ustedes piensan que somos de otro mundo. No, no tenemos conocimiento de otro mundo más que el vuestro, aunque para nosotros éste no tiene luz de sol, ni calidez, ni música, ni risa, ni cantos de pájaros, ni ninguna compañía. ¡Oh Dios, qué cosa es ser un fantasma, encogido y temblando en un mundo alterado, una presa de la aprensión y el desespero!
No, yo no me morí del susto: el ser se volvió y se fue. Yo lo oí bajar por la escalera, apresurado, pensé, como si él mismo tuviera un miedo súbito. Entonces me levanté para pedir ayuda. Apenas mi mano trémula había hallado el pomo de la puerta, cuando -¡cielo misericordioso!- oí que retornaba. Sus pisadas, mientras subían por la escalera, eran rápidas, pesadas y fuertes, sacudían la casa. Yo huí hacia un ángulo de la pared y me agaché en el suelo. Traté de rezar. Traté de decir el nombre de mi querido esposo. Entonces oí que la puerta se abría de golpe. Hubo un intervalo de inconsciencia, y cuando reviví sentí una garra estranguladora en mi garganta, sentí mis brazos pegando débilmente contra algo que me llevaba hacia atrás, ¡sentí mi lengua saliendo por entre mis dientes! Y luego pasé a esta vida.
No, yo no tengo conocimiento de lo que fue. La suma de lo que sabíamos a la muerte, es la medida de lo que sabemos después de todo lo que fue antes. De esta existencia sabemos muchas cosas, pero ninguna nueva luz se ha arrojado sobre alguna página de eso, en la memoria está escrito todo eso que podemos leer. Aquí no hay alturas de la verdad que superen el paisaje confuso de este dominio dudoso. Nosotros aún habitamos el Valle de la sombra, acechamos en sus lugares desolados, mirando desde las zarzas y los matorrales a sus locos, malignos habitantes. ¿Cómo podíamos tener un nuevo conocimiento de ese pasado desvanecido?
Lo que yo estoy a punto de relatar sucedió una noche. Sabemos cuando es de noche, pues entonces ustedes se retiran a sus casas, y nosotros nos podemos aventurar desde nuestros lugares de ocultación, para movernos sin miedo alrededor de nuestros viejos hogares, para mirar por las ventanas, incluso para entrar y observar vuestros rostros mientras duermen. Yo me había tardado un tiempo cerca de la vivienda, donde había sido tan cruelmente cambiada a lo que soy, como hacemos mientras alguien que amamos u odiamos permanece. En vano había buscado algún método de manifestación, para hacer de algún modo que mi existencia continua y mi gran amor, y piedad profunda fueran entendidas por mi esposo e hijo. Si dormían siempre se despertaban, o si en mi desespero yo me atrevía a aproximarme a ellos cuando estaban despiertos, volvían hacia mí los ojos terribles de los vivos, me apartaban con las miradas que yo buscaba del propósito que tenía.
Esa noche yo los había buscado sin éxito, temiendo hallarlos; no estaban en ningún lugar de la casa, ni en el césped iluminado por la luna. Pues, aunque el sol está perdido para siempre, la luna, llena o menguante, pemanece para nosotros. A veces brilla de noche, a veces de día, pero siempre sale y se pone, como en esa otra vida.
Yo dejé el césped y me moví en la luz blanca y el silencio por el camino, sin objetivo y apenada. Súbitamente, oí la voz de mi pobre marido con exclamaciones de asombro, con esa de mi hijo de consuelo y disuasión, y allí, a la sombra de un grupo de árboles, estaban parados ¡cerca, tan cerca! Sus rostros estaban vueltos hacia mí, los ojos del hombre más viejo fijos en los míos. Él me vio, ¡por fin, por fin me vio! En la conciencia de eso, mi terror huyó como un sueño cruel. El hechizo de la muerte se rompió: ¡el amor había conquistado la Ley! Loca de exultación grité, debo haber gritado: “¡Él ve, ve: él va a entender!” Entonces, controlándome a mí misma, me moví hacia adelante, sonriendo y conscientemente bella, para ofrecerme a sus brazos, para confortarlo con palabras cariñosas y, con la mano de mi hijo en la mía, para decirle palabras que debían restaurar los lazos rotos entre los vivos y los muertos.
¡Ay, ay!, su rostro se puso blanco de miedo, sus ojos eran como los de un animal cazado. Él retrocedió de mí, mientras yo avanzaba, y por último se volvió y huyó al bosque, ¿a dónde?, no me es dado saber.
A mi pobre muchacho, dejado doblemente desolado, yo nunca he sido capaz de trasmitirle un sentido de mi presencia. Pronto él también deberá pasar a esta vida invisible y se perderá de mí para siempre.

Título original: The Moonlit Road, publicado por primera vez en Wave, diciembre de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: The Haunted House, XXI.

jueves, 22 de julio de 2010

La muerte de Halpin Frayser

I

Pues la muerte causa mayor cambio del que ha sido mostrado. Mientras que en general el espíritu que es movido viene de regreso con la ocasión, y es visto a veces por esos en carne (apareciendo con la forma del cuerpo que llevaba), aún ha sucedido que el verdadero cuerpo sin espíritu ha caminado. Y es atestiguado por esos que lo encuentran, que han vivido para contarlo, que el cadáver así levantado no tenía afecto natural, ni recuerdo de éste, sino sólo odio. Asimismo se sabe que algunos espíritus, que en la vida fueron benignos, en la muerte se vuelven malignos por completo. Hali.
Una noche oscura de mediados de verano, un hombre se despertó de un sueño sin sueños en una foresta, levantó la cabeza de la tierra y, mirando fijamente la negrura por unos instantes, dijo: -Catherine Larue-. No dijo nada más, no conocía ninguna razón de por qué debía haber dicho eso.
El hombre era Halpin Frayser. Vivía en Sta. Helena, pero dónde vivía ahora era incierto, pues estaba muerto. Uno que practica el dormir en el bosque sin nada más bajo él, que las hojas secas y la tierra húmeda, y sin nada más sobre él, que las ramas de las que las hojas han caído y el cielo del que la tierra ha caído, no puede esperar una gran longevidad, y Frayser había alcanzado ya la edad de treintidós. Hay personas en este mundo, millones de personas, y por mucho y lejos las mejores personas, que consideran eso como una edad muy avanzada. Esos son los niños. Para esos que ven el viaje de la vida desde el puerto de partida, la barca que ha cumplido una distancia considerable, parece ya muy próxima a la orilla más lejana. Sin embargo, no es cierto que Halpin Frayser llegara a su muerte por exposición.
Había estado todo el día en las colinas, al oeste del Valle de Napa, buscando palomas y la caza menor, pues estaba en temporada. A la caída de la tarde había llegado a estar nublado, y había perdido la orientación; y aunque sólo tenía que ir siempre colina abajo -en todas partes el camino de la salvación cuando uno está perdido-, la ausencia de rastros se lo había impedido tanto, que fue superado por la noche mientras estaba en la foresta. Incapaz en la oscuridad de penetrar en la espesura de manzanita y de otras malezas, totalmente aturdido y vencido por la fatiga, se había acostado junto a la raíz de un gran madroño, y caído en un sueño sin sueños. Fue horas más tarde, en el mismo medio de la noche, que uno de los misteriosos mensajeros de Dios, volando delante de la incalculable hueste de compañeros, pasando hacia el oeste con la línea del amanecer, pronunció una palabra de despertar en el oído del durmiente, quien se sentó derecho y dijo, no sabía por qué, un nombre, no sabía de quién.
Halpin Frayser no tenía mucho de filósofo, ni de científico. La circunstancia de que, al despertar de un sueño profundo en la noche, en medio de la foresta, había dicho en voz alta un nombre que no tenía en la memoria, y apenas tenía en la mente, no le despertó una curiosidad iluminada por investigar el fenómeno. Él pensó que era raro y, con un pequeño escalofrío superficial, como en deferencia a la presunción temporal de que la noche era fresca, se acostó de nuevo y se quedó dormido. Pero su sueño no fue más sin sueños.
Pensó que estaba andando por un camino polvoriento, que se mostraba blancuzco en la oscuridad creciente de la noche de verano. ¿Desde dónde y hacia dónde llevaba, y por qué lo recorría?, no lo sabía, aunque todo parecía simple y natural, como es la manera de los sueños; pues en la tierra más allá del lecho, las sorpresas dejaban de ser problemas y el juicio estaba en reposo. Pronto llegó a una partición de las vías; llevando desde la carretera había un camino menos recorrido, que tenía la apariencia, en efecto, de haber sido abandonado hacía tiempo, porque, pensó, este llevaba a algo maligno; pero se volvió hacia este sin vacilar, impelido por una necesidad imperiosa.
Según marchaba hacia adelante, se hizo consciente de que su vía estaba embrujada por existencias invisibles, que no podía imaginar en su mente de modo definitivo. Entre los árboles a ambos lados, captó susurros quebrados e incoherentes en una lengua extraña, pero que entendía en parte. Le parecían expresiones fragmentarias de una monstruosa conspiración contra su cuerpo y alma.
Ahora era mucho después del anochecer, pero la foresta interminable por la que viajaba, estaba iluminada por un fulgor pálido que no tenía punto de difusión, pues en su misteriosa iluminación nada lanzaba una sombra. Un charco poco profundo en la depresión acanalada de un viejo surco de rueda, como de una lluvia reciente, encontró sus ojos con un destello carmesí. Se agachó y hundió su mano en éste. ¡Éste le manchó los dedos, era sangre! La sangre, observó entonces, estaba a su alrededor por todas partes. Las malas hierbas que crecían exuberantes al borde del camino, mostraban borrones y salpicaduras en sus hojas grandes, anchas. Unos parches de polvo seco, entre las vías de ruedas, estaban hoyosos y rociados como de una lluvia rojiza. Mancillando los troncos de los árboles había anchas máculas de carmesí, y la sangre goteaba como el rocío de su follaje.
Todo esto lo observó con un terror, que no parecía incompatible con el desempeño de una expectación natural. Le parecía que todo era en expiación de un crimen que, aunque consciente de su culpa, no podía recordar de forma correcta. Para las amenazas y los misterios de sus alrededores, la conciencia era un horror agregado. En vano buscó al rastrear su vida hacia atrás en la memoria, para reproducir el momento de su pecado; las escenas y los incidentes venían, agolpándose en su mente de modo tumultuoso, una imagen borrando a la otra, o mezclándose con ésta en la confusión y la oscuridad, pero en ningún lugar podía tener un vislumbre de lo que buscaba. El fracaso aumentó su terror, se sintió como uno que ha asesinado en la oscuridad, no sabiendo a quién ni por qué. La situación era tan pavorosa, la luz misteriosa ardió con una amenaza tan silenciosa y horrenda; las plantas nocivas, los árboles que por consenso común estaban investidos de un carácter melancólico o siniestro, conspiraban ante su vista tan abiertamente contra su paz; de encima de su cabeza y de todo su alrededor venían unos susurros tan audibles y asombrosos, y los suspiros de las criaturas eran tan obviamente no de la tierra, que no lo pudo soportar más y, con un gran esfuerzo para romper un hechizo maligno que obligaba a sus facultades al silencio y la inacción, ¡gritó con toda la fuerza de sus pulmones! Su voz quebrada, al parecer, en una infinita multitud de sonidos no familiares, se fue balbuceando y farfullando hacia los lejanos alcances de la foresta, murió en el silencio y todo fue como antes. Pero había hecho un principio de resistencia, y se sintió corajudo. Él dijo:
-Yo no me voy a someter sin ser escuchado. Puede haber poderes que no son malignos recorriendo este camino maldito. Yo les dejaré un registro y una apelación. Yo les voy contar mis errores, las persecuciones que he soportado. ¡Yo, un mortal indefenso, un penitente, un poeta inofensivo! -Halpin Frayser era un poeta sólo, como era un penitente: en su sueño.
Tomando de su ropa un menudo libro de bolsillo de cuero rojizo, una mitad del cual se había dejado para memorandos, descubrió que no tenía un lápiz. Quebró la ramita de un arbusto, la sumergió en un charco de sangre y escribió con rapidez. Apenas había tocado el papel con la punta de la ramita, cuando una baja, salvaje risa ruidosa estalló a una distancia inmensa y, haciéndose cada vez más fuerte, pareció aproximarse cada vez más cerca; una risa desalmada, sin corazón y sin júbilo, como la de un somorgujo, solitario en la orilla de un lago a la medianoche; una risa que culminó en un grito no terreno muy cercano, y que luego fue muriendo con gradaciones lentas, como si el ser maldito que la profirió, se hubiera retirado tras el umbral del mundo de donde había venido. Pero el hombre sintió que eso no era así, que éste estaba cerca y no se había movido.
Una extraña sensación empezó a tomar posesión de su cuerpo y su mente con lentitud. Él no podría haber dicho cuál, si alguno, de sus sentidos era afectado; lo sentía más bien como una conciencia, una misteriosa seguridad mental de una presencia muy poderosa, cierta malevolencia sobrenatural de clase diferente a las existencias invisibles en enjambre a su alrededor, y superior a éstas en poder. Sabía que ésta había proferido esa risa odiosa. Y ahora parecía estarse aproximando a él, desde qué dirección no lo sabía, no se atrevía a conjeturar. Todos sus temores anteriores fueron olvidados o se fundieron en un terror gigantesco, que ahora lo tenía en la sumisión. Aparte de eso, tenía un solo pensamiento: completar su apelación escrita a los poderes benignos que, atravesando el bosque embrujado, podrían rescatarlo en algún momento si debiera serle negada la bendición de la aniquilación. Escribía con una rapidez terrible, la ramita en sus dedos soltando sangre sin renuevo; pero en medio de una oración sus manos le negaron el servicio a su voluntad, sus brazos cayeron a los costados, el libro a la tierra; e impotente para moverse o gritar, se encontró mirando fijamente al rostro anguloso, demacrado y en blanco, a los ojos muertos de su propia madre, ¡parada blanca y silenciosa con las prendas de la tumba!

II

En su juventud Halpin Frayser había vivido con sus padres en Nashville, Tennessee. Los Frayser eran de buen pasar, teniendo una buena posición en esa sociedad, que había sobrevivido al destrozo causado por la guerra civil. Sus hijos tuvieron las oportunidades sociales y educativas de su tiempo y lugar, y habían respondido a las buenas asociaciones y a la instrucción con unas maneras agradables y unas mentes cultivadas. Halpin, siendo el más joven y no muy robusto, estaba acaso un poco “malcriado.” Tenía la doble desventaja de la asiduidad de una madre y el descuido de un padre. El père Frayser era lo que ningún hombre de medios sureño no es: un político. Su comarca, o más bien su sección y Estado, le hacían unas demandas a su tiempo y atención tan exigentes, que era compelido a prestar a los de su familia unos oídos en parte ensordecidos, por el tronar de los capitanes políticos y la gritería, la suya incluida.
El joven Halpin era de un humor soñador, indolente y más bien romántico, un tanto más adicto a la literatura que a la ley, la profesión para la que fue criado. Entre esos de sus parientes que profesaban la moderna fe de la herencia, era bien entendido que en él, el carácter del finado Myron Bayne, un bisabuelo materno, había revisitado los vislumbres de la luna, por cuyo orbe Bayne había sido en su tiempo de vida lo suficiente afectado, como para ser un poeta de no poca distinción colonial. Si no observado en especial, se observaba que mientras un Frayser, que no era un orgulloso poseedor de una copia suntuosa de la ancestral “obra poética” (impresa a expensas de la familia, y hacía tiempo retirada de un mercado inhóspito) era un Frayser raro en efecto, había una ilógica indisposición a honrar al gran difunto en la persona de su sucesor espiritual. Halpin era bastante despreciado por lo general como una oveja negra intelectual, que era probable deshonrara en cualquier momento al rebaño con un balido en métrica. Los Frayser de Tennessee eran gente práctica, no práctica en el sentido popular de la devoción a las búsquedas sórdidas, sino sintiendo un robusto desprecio por cualquier cualidad, que inhabilitara a un hombre para la saludable vocación de la política.
En justicia al joven Halpin debe ser dicho que, mientras en él se habían reproducido bastante fielmente la mayoría de las características mentales y morales, atribuidas por la historia y la tradición familiar al famoso bardo colonial, su sucesión en el don y la facultad divina era puramente inferencial. No sólo nunca había sido conocido por la corte de la musa, sino en verdad no hubiera podido escribir de forma correcta una línea en verso, para salvarse del Asesino del sabio. Aún, no era sabido cuando la facultad dormida podría despertar y tañer la lira.
Mientras tanto el joven era más bien un pez suelto, de todos modos. Entre él y su madre había la más perfecta simpatía, pues en secreto la señora era por sí misma una devota discípula del difunto y gran Myron Bayne, aunque con el tacto tan general y justamente admirado de su sexo (a despecho de los arduos calumniadores, quienes insisten en que es, esencialmente, la misma cosa que la astucia), ella siempre se había cuidado de ocultar su debilidad a todos los ojos, menos a los de esos que las compartían. Su culpa común a ese respecto, era una atadura agregada entre ellos. Si en la juventud de Halpin su madre lo había “malcriado”, él había hecho de seguro su parte para ser “malcriado”. Mientras él crecía hasta esa virilidad que es alcanzable por un sureño, que no le importa por qué camino van las elecciones, la adhesión entre él y su bella madre -a quien desde la temprana infancia había llamado Katy- se hizo con los años más fuerte y más tierna. En estas dos naturas románticas se manifestaba de una manera señalada ese fenómeno descuidado, el dominio del elemento sexual en todas las relaciones de la vida, que fortalece, suaviza y embellece incluso a los de consanguinidad. Los dos eran casi inseparables, y los extraños que observaban sus maneras, con no poca frecuencia los tomaban por amantes.
Entrando al boudoir de su madre un día, Halpin Frayser la besó en la frente, jugueteó por un momento con un mechón de su cabello oscuro, que se había escapado de sus horquillas confinantes, y dijo, con evidente esfuerzo y calma:
-¿Te importaría mucho, Katy, si yo fuera llamado a California, por unas pocas semanas?
Fue apenas necesario para Katy responder con los labios a una pregunta, a la que sus delatoras mejillas habían hecho una réplica instantánea. Evidentemente, a ella le importaría mucho, y las lágrimas también brotaron de sus grandes ojos marrones, como un testimonio corroborante.
-Ah, hijo mío -dijo, mirando su rostro con una ternura infinita-, yo debería haber sabido que esto estaba viniendo. Yo no te desperté en la mitad de la noche llorando porque, durante la otra mitad, el abuelo Bayne había venido a mí en un sueño, y parándose junto a su retrato, joven también, y buen mozo como era, apuntó al tuyo en la misma pared. Y cuando yo miré, me pareció que no podía ver las facciones, tú habías sido pintado con un paño en la cara, como los que le ponen a los muertos. Tu padre se ha reído de mí, pero tú y yo, querido, sabemos que esas cosas no son por nada. Y yo vi abajo del borde del paño las marcas de unas manos en tu garganta, perdóname, pero nos hemos habituado a no guardarnos esas cosas el uno del otro. Acaso, tú tengas otra interpretación. Acaso eso significa que tú no vas a ir a California. ¿O quizás tú me vas a llevar contigo?
Se debe confesar que esta ingeniosa interpretación de un sueño, a la luz de la evidencia recién descubierta, no se recomendó totalmente ante la mente más lógica del hijo; él tenía, por el momento al menos, la convicción de que éste presagiaba un desastre más simple e inmediato, si menos trágico, que una visita a la costa del Pacífico. Era la impresión de Halpin Frayser que él iba a ser agarrotado en su páramo nativo.
-¿No hay manantiales medicinales en California? -resumió la sra. Frayser, antes de que él tuviera tiempo de darle la lectura verídica del sueño -¿unos lugares donde uno se recupere del reumatismo y la neuralgia? Mira, siento los dedos tan rígidos, y estoy casi segura, de que me han estado dando un gran dolor mientras dormía.
Ella le tendió las manos para su inspección. ¿Qué diagnóstico de su caso, el joven pudo haber pensado era mejor ocultar con una sonrisa, el historiador es incapaz de declararlo; pero por sí mismo se siente obligado a decir, que unos dedos al parecer menos rígidos, y mostrando menos evidencias incluso de un dolor insensible, raramente habían sido sometidos a una inspección médica, incluso por el paciente más hermoso, deseando una prescripción de escenas no familiares.
El resultado de esto fue que, de estas dos raras personas, que tenían por igual unas raras nociones del deber, una se fue a California, como el interés de su cliente lo requería, y la otra se quedó en la casa, en complacencia a un deseo, del que su marido era apenas consciente por entretenido.
En San Francisco Halpin Frayser estaba andando, en una noche oscura, por el muelle de la ciudad cuando, con una rapidez que lo sorprendió y desconcertó, se convirtió en un marinero. Fue, de hecho, “llevado” a bordo de un barco galante, galante, y navegó hacia un país lejano. Tampoco sus infortunios terminaron con el viaje, pues el barco encalló en una isla del Pacífico sur, y fue seis años después que los sobrevivientes fueron sacados por una aventurada goleta mercante, y traídos de vuelta a San Francisco.
Aunque pobre de bolsa, Frayser no estaba menos orgulloso en espíritu, de lo que había sido en unos años que parecían eras y eras pasadas. Él no aceptaba asistencia de extraños, y fue mientras vivía con un colega sobreviviente, cerca del pueblo de Sta. Helena, en espera de noticias y remesas de la casa, que había ido a cazar y soñar.
III

La aparición que enfrentó al soñador en el bosque embrujado -el ser tan parecido, pero tan no parecido a su madre- ¡era horrible! Ésta no le motivó amor ni anhelo en el corazón, vino desasistida de agradables memorias del pasado dorado, no le inspiró ningún sentimiento de ningún tipo; todas las emociones más refinadas fueron tragadas por el miedo. Él trató de volverse y correr delante de ésta, pero sus piernas eran como de plomo, era incapaz de levantar los pies del suelo. Los brazos le colgaban impotentes a los costados, de sus ojos sólo retenía el control, y no se atrevía a moverlos de los orbes deslustrados de la aparición, que él sabía no era un alma sin cuerpo, sino la más espantosa de todas las existencias que infestaban ese bosque embrujado: ¡un cuerpo sin alma! En su mirada en blanco no había ni amor, ni piedad, ni inteligencia, nada a lo que dirigir una apelación de clemencia. “La apelación no mentirá”, pensó, en una absurda reversión del slang profesional, haciendo la situación más horrible, así como el fuego de un puro puede iluminar una tumba.
Por un tiempo, que pareció tan largo que el mundo se volvió gris con la edad y el pecado, y la foresta embrujada, habiendo cumplido su propósito en esa monstruosa culminación de sus terrores, se desvaneció en su conciencia con todas sus visiones y sonidos, la aparición estuvo parada a un paso, mirándolo con la desatinada malevolencia de un bruto salvaje; ¡luego lanzó sus manos hacia adelante y saltó sobre él con una horrenda ferocidad! El acto liberó sus energías físicas sin destrabar su voluntad, su mente seguía aún hechizada, pero su cuerpo poderoso y miembros ágiles, dotados de una ciega, insensata vida propia, resistieron con firmeza y bien. Por un instante le pareció ver esta contienda innatural, entre una inteligencia muerta y un mecanismo respirante, sólo como un espectador, tales fantasías hay en los sueños; luego recuperó su identidad casi, como con un salto hacia adelante, adentro de su cuerpo, y el esforzado autómata tuvo una voluntad dirigida tan alerta y feroz, como la de su odioso antagonista.
¿Pero qué mortal puede competir con una criatura de su sueño? Una imaginación que crea un enemigo ya está vencida, el resultado del combate es la causa del combate. A despecho de sus luchas, a despecho de su fuerza y actividad, que parecían perdidas en un vacío, sintió unos dedos fríos cerrarse sobre su garganta. Llevado atrás hacia la tierra, vio encima de él el rostro muerto y demacrado, a un palmo del suyo propio, y luego todo fue negro. Un sonido como el batir de unos tambores distantes, el murmullo de un enjambre de voces, un grito agudo, lejano, sellando todo en el silencio, y Halpin Frayser soñó que estaba muerto.
IV

Una noche clara, cálida había sido seguida por una mañana de niebla mojada. Alrededor de la media tarde del día anterior, una pequeña bocanada de vapor luminoso, una mera espesura de la atmósfera, el fantasma de una nube, se había observado adherida a la falda oeste del Monte Sta. Helena, lejos arriba, a lo largo de las áridas altitudes, cerca de la cumbre. Ésta era tan delgada, tan diáfana, tan parecida a una fantasía hecha visible, que uno habría dicho: “¡Mira rápido, en un momento se habrá ido!”
En un momento fue visible más grande y densa. Mientras con un borde se adhería a la montaña, con el otro llegaba más y más lejos en el aire, por encima de las laderas bajas. Al mismo tiempo que se extendía al norte y el sur, uniéndose a pequeñas manchas de neblina, que parecían salir de la falda de la montaña exactamente al mismo nivel, con un diseño inteligente para ser absorbidas. Y así ésta creció y creció, hasta que la cumbre se cerró a la vista desde el valle, y sobre el valle mismo había un dosel opaco y gris, que siempre se extendía. En Calistoga, que yacía junto a la cabeza del valle y al pie de la montaña, hubo una noche sin estrellas y una mañana sin sol. La niebla, hundiéndose en el valle, había llegado hacia el sur, tragándose rancho tras rancho, hasta que había borrado el pueblo de Sta. Helena, a nueve millas de distancia. El polvo del camino estaba yaciente, los árboles estaban goteando de humedad, los pájaros posados en sus guaridas en silencio, la luz de la mañana era pálida y fantasmal, sin color ni fuego.
Dos hombres dejaron el pueblo de Sta. Helena al primer fulgor del amanecer, y anduvieron por el camino hacia el norte del valle, hacia Calistoga. Llevaban escopetas en sus hombros, pero nadie que tenga conocimiento de esos asuntos, podría haberlos tomado por cazadores de pájaros o bestias. Eran un sheriff diputado de Napa y un detective de San Francisco, Holker y Jaralson, respectivamente. Su negocio era la cacería de hombres.
-¿Cuán lejos es? -inquirió Holker, mientras daban zancadas a lo largo, sus pies moviendo el polvo blanco debajo de la superficie húmeda del camino.
-¿La iglesia blanca? Sólo media milla más lejos -respondió el otro-. Por cierto -agregó-, no es ni blanca ni una iglesia, es una casa-escuela abandonada, gris por el tiempo y el descuido. Los servicios religiosos se dieron en ésta alguna vez, cuando era blanca, y hay un camposanto que deleitaría a un poeta. ¿Puede adivinar por qué yo mandé por usted, y le dije que viniera calzado?
-Oh, yo nunca lo he molestado a usted con cosas de ese tipo. Yo siempre lo he encontrado comunicativo cuando llega el momento. Pero si puedo aventurar una conjetura, usted quiere que yo lo ayude a arrestar a uno de los cadáveres del camposanto.
-¿Usted recuerda a Branscom? -dijo Jaralson, tratando el ingenio de su compañero con la desatención que merecía.
-¿El tipo que le cortó la garganta a la esposa? Yo debo; yo gasté una semana de trabajo en él, y tuve mis expensas por el problema. Hay una recompensa de quinientos dólares, pero ninguno de nosotros la ha visto nunca. ¿Usted no quiere decir…
-Sí, quiero. Él ha estado bajo las narices de ustedes, colegas, todo el tiempo. Él viene por la noche al viejo camposanto de la iglesia blanca.
-¡El diablo! Ahí es donde enterraron a su esposa.
-Bueno, ustedes, colegas, podrían haber tenido suficiente sentido, para sospechar que él iba a regresar a su tumba en algún momento.
-El último lugar al que cualquiera hubiera esperado que él regresara.
-Pero ustedes habían agotado todos los otros lugares. Aprendan de su fracaso en éstos, yo “me aposté por él” allí.
-¿Y lo encontró?
-¡Maldita sea!, él me encontró a . El bribón me cayó arriba a mí; por lo regular, me levantaba y me hacía viajar. Es la misericordia de Dios, que no me acabó. Oh, es uno bueno, y yo me imagino que la mitad de esa recompensa es suficiente para mí, si usted está necesitado.
Holker se rió con buen humor, y explicó que sus acreedores nunca fueron más importunos.
-Yo quería simplemente mostrarle el terreno, y organizar un plan con usted -explicó el detective-. Yo pensé que sería bueno para nosotros estar calzados, incluso a la luz del día.
-El hombre debe estar insano -dijo el sheriff diputado-. La recompensa es por su captura y condena. Si él está loco, no será condenado.
El sr. Holker fue afectado de forma tan profunda por ese posible fracaso de la justicia, que se detuvo de modo involuntario en medio del camino, luego reanudó su andar con un celo abatido.
-Bueno, él lo parece -asintió Jaralson-. Yo estoy obligado a admitir que un infeliz más no afeitado, no pelado, no peludo y no toda cosa, yo nunca lo había visto, fuera del antiguo y honorable orden de los vagabundos. Pero yo he ido a por él, y no puedo hacer que mi mente lo deje ir. Hay gloria en esto para nosotros, de todas formas. Ni una otra alma sabe, que él está de este lado de las Montañas de la luna.
-Está bien -dijo Holker-, vamos a ir a ver el terreno- y agregó, en palabras de la alguna vez favorita inscripción de lápidas: -“donde debes yacer en breve”. Yo quiero decir, si el viejo Branscom llega alguna vez a cansarse de usted y su intromisión impertinente. Por cierto, yo oí el otro día que “Branscom” no era su nombre verdadero.
-¿Cuál es?
-Yo no lo puedo recordar. Yo había perdido todo interés en el infeliz, y no se me fijaba por sí mismo en la memoria, algo como Pardee. La mujer cuya garganta él tuvo el mal gusto de cortar, era una viuda cuando la conoció. Ella había venido a California para buscar a algunos parientes, hay personas que hacen eso a veces. Pero usted sabe todo eso.
-Naturalmente.
-Pero no sabiendo el nombre correcto, ¿por cuál feliz inspiración usted encontró la tumba correcta? El hombre que me dijo cuál era su nombre, dijo que había sido tallado en la lápida.
-Yo no conozco la tumba correcta-. Jaralson era al parecer un poco reticente, a admitir su ignorancia de un punto tan importante de su plan-. Yo he estado mirando por el lugar en general. Una parte de nuestro trabajo esta mañana será el identificar esa tumba. Aquí está la iglesia blanca.
Por una larga distancia el camino había estado bordeado de campos a ambos lados, pero ahora a la izquierda había una foresta de robles, madroños y abetos gigantes, cuyas partes bajas sólo podían verse de modo vago y fantasmal en la niebla. La maleza por lugares era espesa, pero en ningún lugar impenetrable. Por unos momentos Holker no vio nada del edificio, pero a medida que volteaban hacia el bosque, éste se reveló en un tenue contorno gris a través de la niebla, luciendo enorme y muy lejano. Unos pocos pasos más, y estaba a la longitud de un brazo, distinto, oscuro con humedad, e insignificante de tamaño. Tenía la forma habitual de la casa-escuela de campo, que pertenece a la orden de las cajas de embalaje de la arquitectura; tenía un apuntalado de piedras, un tejado cubierto de musgo y los espacios en blanco de las ventanas, de donde los cristales y los bastidores hacía tiempo habían partido. Estaba ruinosa, pero no era una ruina, el típico sustituto californiano de lo que es conocido por los guías librescos del extranjero, como “monumentos del pasado”. Con apenas un vistazo a esa estructura no interesante, Jaralson se movió hacia la maleza goteante más allá.
-Yo le voy a mostrar dónde él me me levantó -dijo-. Este es el camposanto.
Aquí y allá entre los arbustos había cercados menudos que contenían tumbas, a veces no más de una. Éstas se reconocían como tumbas por las piedras descoloridas o las tablas podridas en la cabeza y al pie, inclinadas en todos los ángulos, algunas postradas; por las ruinosas vallas de estacas que las rodeaban o, de modo infrecuente, por el mismo montículo que mostraba su grava a través de las hojas caídas. En muchas instancias nada marcaba el sitio donde yacían los vestigios de algún pobre mortal, quien, dejando a “un gran círculo de amigos apenados”, había sido dejado por ellos en turno, excepto la depresión en la tierra, más duradera que las de los espíritus de los dolientes. Los senderos, si había habido algún sendero, hacía tiempo estaban borrados; a unos árboles de considerable tamaño se les había permitido crecer desde las tumbas, y empujar a un costado con la raíz o la rama las vallas de los cercados. Por encima de todo estaba ese aire de abandono y pudrición, que en ningún lugar parece tan adecuado y significativo, como en la villa de los muertos olvidados.
Mientras los dos hombres, Jaralson liderando, se abrían camino por una vegetación de árboles jóvenes, ese hombre emprendedor se detuvo de súbito, y se llevó la escopeta a la altura del pecho, profirió una baja nota de advertencia y se paró inmóvil, sus ojos fijos en algo por delante. Tan bien como podía, obstruido por un matorral, su compañero, aunque no viendo nada, imitó la postura y se paró asimismo, preparado para lo que pudiera suceder. Un momento después Jaralson se movió hacia adelante con cautela, el otro siguiendo.
Bajo las ramas de un abeto enorme yacía el cuerpo de un hombre muerto. Parados encima de éste en silencio, notaron esas particularidades que primero golpean la atención: el rostro, la actitud, la ropa, todo lo que más pronto y llanamente responde a la pregunta no formulada de una curiosidad compasiva.
El cuerpo yacía tendido de espalda, las piernas separadas con amplitud. Un brazo estaba lanzado hacia arriba, el otro hacia fuera, pero el último estaba torcido agudamente, y la mano estaba cerca de la garganta. Ambas manos estaban apretadas fuertemente. Toda la actitud era la de una resistencia desesperada pero inefectiva a ¿qué?
Cerca yacía una escopeta y un morral, a través de cuyas mallas se veía el plumaje de las aves cazadas. En todo alrededor había evidencias de una lucha furiosa; brotes menudos de roble venenoso estaban torcidos y despojados de las hojas y la corteza; hojas muertas y podridas habían sido ajuntadas en pilas y lomas a ambos lados de las piernas, por la acción de otros pies que los suyos; a lo largo de las caderas había inconfundibles impresiones de rodillas humanas.
La naturaleza de la lucha se hizo clara de un vistazo a la garganta y el rostro del muerto. Mientras que el pecho y las manos estaban blancos, éstos estaban púrpura, casi negros. Los hombros yacían sobre un montículo bajo, y la cabeza estaba vuelta atrás, en un ángulo de otra forma imposible, los ojos dilatados mirando en blanco hacia atrás, en dirección opuesta a la de los pies. De la espuma que llenaba la boca abierta, sobresalía una lengua negra e hinchada. La garganta mostraba contusiones horribles, no meras marcas de dedos, sino magulladuras y laceraciones causadas por dos manos fuertes, que debían haberse enterrado en la carne rendida, manteniendo su agarrón terrible hasta mucho después de la muerte. El pecho, la garganta, el rostro estaban mojados, la ropa estaba saturada, gotas de agua, condensadas por la niebla, tachonaban el cabello y el bigote.
Todo eso los dos hombres lo observaron sin hablar, casi de un vistazo. Luego Holker dijo:
-¡Pobre diablo!, tuvo un asunto rudo.
Jaralson estaba haciendo una circunspección vigilante de la foresta, su escopeta sujeta con ambas manos y a martillo completo, su dedo en el gatillo.
-La obra de un maniaco -dijo, sin retirar sus ojos del bosque que lo cercaba-. Fue hecho por Branscom… Pardee.
Algo medio oculto por las hojas turbadas de la tierra atrajo la atención de Holker. Era un libro de bolsillo de cuero rojizo. Lo recogió y lo abrió. Éste contenía hojas de papel blanco para memorandos, y en la primera hoja estaba el nombre “Halpin Frayser”. Escritas en rojo en varias hojas sucesivas, garabateadas como a prisa y apenas legibles, estaban las siguientes líneas, que Holker leyó en voz alta, mientras su compañero continuaba examinando los vagos confines grisáceos de su estrecho mundo, y oyendo una materia de aprensión en el gotear del agua de cada rama cargada:

"Cautivado por algún hechizo misterioso, me detuve
en la tiniebla luminosa de un bosque encantado.
El ciprés y el mirto allí, enroscaban sus ramas
significantes en hermandad siniestra.

El sauce meditador susurraba al tejo;
debajo, la mortal belladona y la ruda,
con siemprevivas auto-trenzadas en extrañas
formas funerarias, y las ortigas hórridas crecían.

Ni cantos de pájaros ni ningún zumbido de abejas,
ni hojas ligeras alzadas por la brisa saludable:
el aire estaba estancado todo, y el silencio era
un ser viviente que respiraba entre los árboles.

Espíritus conspiradores susurraban en la tiniebla,
oídos a medias, los mudos secretos de la tumba.
Los árboles estaban todos goteando sangre, las hojas
brillaban en la luz bruja con una floración rojiza.

¡Yo grité fuerte!, el hechizo seguía sin romperse,
reposado sobre mi espíritu y mi voluntad.
Desalmado, sin corazón, desolado y perdido,
¡Luché con monstruosos presagios del mal!

Por último lo invisible..."

Holker dejó de leer, no había más que leer. El manuscrito se interrumpía en medio de una línea.
-Eso suena como Bayne -dijo Jaralson, que tenía algo de académico a su manera. Había descuidado su vigilancia, y se quedó parado mirando abajo el cuerpo.
-¿Quién es Bayne? -preguntó Holker más bien incurioso.
-Myron Bayne, un tipo que floreció en los años tempranos de la nación, hace más de un siglo. Escribía un material bastante lúgubre, yo tengo sus obras completas. Ese poema no está en ellas, pero debe haber sido omitido por error.
-Hace frío -dijo Holker-, vamos a salir de aquí, tenemos que hacer venir al forense de Napa.
Jaralson no dijo nada, pero hizo un movimiento en complacencia. Pasando al final de la ligera elevación de tierra, sobre la que yacían la cabeza y los hombros del hombre muerto, su pie golpeó cierta sustancia dura bajo las hojas podridas de la foresta, y se tomó la molestia de patearla hacia la vista. Era una lápida caída, y pintadas en ésta estaban las apenas descifrables palabras “Catharine Larue.”
“¡Larue, Larue!” -exclamó Holker, con súbita animación. -Porque, ese es el nombre verdadero de Branscom, no Pardee. ¡Y bendiga mi alma, cómo todo viene a mí, el nombre de la mujer asesinada era Frayser!
-Hay un cierto misterio bribón aquí -dijo el detective Jaralson-. Yo odio todas las cosas de ese tipo.
Ahí les llegó de entre la niebla -al parecer, desde una gran distancia- el sonido de una risa, una risa baja, deliberada, desalmada, que no tenía más de júbilo, que la de una hiena que merodea de noche en el desierto, una risa que se levantó en una gradación lenta, más fuerte y más fuerte, más clara, más distinta y terrible, hasta que pareció apenas fuera de su estrecho círculo de visión; una risa tan innatural, tan inhumana, tan diabólica, ¡que llenó a esos arduos hombres cazadores de una sensación de espanto indecible! Ellos no movieron sus armas ni pensaron en éstas, la amenaza de ese sonido horrible no era del tipo como para ser recibida con armas. Tal como había surgido del silencio, así moría ahora lejos; con un grito culminante que les había parecido casi en sus oídos, ésta misma se arrastró hacia la distancia, hasta que sus notas fallidas, sin júbilo y mecánicas a lo último, se hundieron en el silencio de una mudanza inmensa.

Título original: The Death of Halpin Frayser, publicado por primera vez en Wave, diciembre de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, A Bountiful Day, XX.

domingo, 18 de julio de 2010

Una colección de naufragios


Al dejar la casa, ella me dijo que yo era un ser viejo y cruel, y ni un poco agradable, y que esperaba nunca, nunca volviera. Así que me embarqué como piloto en el Mudlark, que zarpaba de Londres, a donde quiera el capitán pudiera pensar era expediente navegar. No se había pensado fuera aconsejable estorbar al capitán Abersouth con órdenes, pues cuando él no lo podía hacer a su manera, se había observado, se las arreglaba de alguna manera ingeniosa para hacer el viaje sin provecho. Los dueños del Mudlark se habían hecho más sabios en su generación, y ahora le permitían hacer en mucho como le placiera, llevando las cargas que le apetecían a los puertos donde estaban las mujeres más agradables. En el viaje del que escribo él no había tomado carga en absoluto, dijo que ésta sólo haría al Mudlark pesado y lento. Al oír a este marinero hablar, uno hubiera supuesto que no sabía mucho de comercio.
Teníamos unos pocos pasajeros, ni apenas tantos, como habíamos apostado en jofainas y camareros; pues antes de venir al barco, la mayoría de los que habían comprado boletos inquirían hacia dónde zarpaba éste, y cuando no eran informados, volvían a sus hoteles y enviaban a un bandido a bordo, para remover su equipaje. Pero allí se habían quedado los suficientes para ser más bien un problema. Cultivaban el andar tambaleante, peculiar de los marineros cuando estaban borrachos, y la cubierta superior les era apenas lo suficiente amplia, como para que fueran del castillo de proa a la bitácora, a poner sus relojes en hora según la brújula del barco. Siempre le estaban pidiendo al capitán Abersouth que soltara el ancla grande, sólo para oír su zambullida en el agua, amenazando en caso de negativa con escribir a los periódicos. Su diversión favorita era sentarse a sotavento de las amuradas, a relatar sus experiencias de los viajes anteriores, viajes que se distinguían en cada instancia por dos rasgos notables, la frecuencia de los huracanes sin precedente y la total inmunidad del narrador al mareo. Era muy interesante verlos sentados en hilera diciendo esas cosas, cada hombre con una jofaina entre las piernas.
Un día se levantó una gran tormenta. El mar andaba por encima del barco, como si nunca hubiera visto un barco antes, y tuviera la intención de disfrutarlo todo lo que pudiera. El Mudlark laboró mucho, mucho más en efecto que la tripulación; pues estos inocentes habían descubierto, en posesión de uno de ellos, un pantalón con fondillo de cuero, y no hacían nada más que sentarse a jugárselo a las cartas; a un mes de salir del puerto, cada marinero se lo había adueñado una docena de veces. Estaba tan gastado tras ser empujado por encima del ganador, que le quedaba poco menos que el fondillo, y el capitán finalmente pateó esa parte inmortal por la borda, no de modo malicioso, ni con espíritu poco amistoso, sino porque él tenía el hábito de patear los fondillos de los pantalones.
La tormenta aumentó en violencia, hasta que alcanzó a retorcer al Mudlark así, que éste tomó agua como un abstemio; entonces ésta pareció sentir un alivio directo. Esto se puede decir en justicia de una tormenta en el mar: cuando ésta ha quebrado sus mástiles, arrancado su timón, llevado sus botes y hecho un buen agujero en alguna parte inaccesible de su casco, se va a menudo en busca de un barco fresco, dejando que usted tome las medidas que crea adecuadas para su comodidad. En nuestro caso, el capitán pensó era adecuado sentarse en la batayola a leer una novela de tres volúmenes.
Viendo que había llegado a la mitad del camino en el segundo volumen, en cuyo punto los amantes estarían envueltos, naturalmente, en las dificultades más desesperadas y desgarradoras de corazones, pensé que estaría de un humor particularmente jovial, así que me aproximé y le informé que el barco se estaba hundiendo.
-Bueno -dijo, cerrando el libro, pero manteniendo el dedo índice entre las páginas para marcar el lugar-, éste nunca será bueno para nada después de una sacudida como ésta. Pero digo, yo sólo deseo que usted mande al contramaestre allá, a romper esa reunión de orantes. El Mudlark no es una capilla para marinos, supongo.
-Pero -le repliqué con impaciencia-, ¿no se puede hacer algo para aligerar el barco?
-Bueno -profirió con reflexión-, viendo que éste no ha dejado ningún mástil para cortar, ni ninguna carga para dejar, usted podría arrojar por la borda a algunos de los pasajeros más pesados, si cree que eso haría algún bien.
Fue una idea feliz, la intuición de un genio. Caminando con rapidez hacia el castillo de proa que, siendo el más alto fuera del agua, estaba repleto de pasajeros, empuñé a un viejo caballero robusto por la nuca, lo empujé hacia la batayola y lo tiré por la borda. Éste no tocó el agua: cayó en el ápice de un cono de tiburones, que saltaron del mar a su encuentro, sus narices reunidas en un punto, sus colas sólo limpiando la superficie. Yo creo era poco probable que el viejo caballero supiera qué disposición se había tomado con él. Seguido, lancé a una mujer por la borda y eché a un bebé gordo a los vientos salvajes. La primera se perdió de vista entre los tiburones, lo mismo en cuanto al viejo, el último fue dividido entre las gaviotas.
Yo estoy relatando estas cosas, exactamente, tal como ocurrieron. Sería muy fácil hacer una buena historia de todo este material, contar así cómo, mientras estaba ocupado en aligerar el barco, fui tocado por el espíritu de auto-sacrificio de una bella mujer joven que, para salvar la vida de su amante, empujó a su anciana madre adelante, a donde yo estaba operando, y me imploró que tomara a la vieja dama, pero dispensara, oh, dispensara a su querido Henry. Yo podría seguir para exponer cómo no sólo tomé a la vieja dama, como se me solicitó, sino también empuñé a su querido Henry de inmediato, y lo envié volando lo más lejos que pude a sotavento, habiendo quebrado primero su espalda contra la batayola, y arrancado un puñado doble de su cabello rizado. Yo podría proceder a declarar que, sintiéndome apaciguado, me robé luego un bote largo y, tomando a la bella doncella, arranqué del doliente-fatídico barco hacia la iglesia de San Massaker, en Fiji, donde fuimos unidos por un lazo que yo desaté con mis dientes después, al comérmela a ella. Pero, en verdad, nada de esto ocurrió, y yo no puedo permitirme ser el primer escritor en contar una mentira sólo para interesar al lector. Lo que ocurrió realmente es esto: mientras yo estaba parado en la cubierta del alcázar, arrojando a más pasajeros, uno tras otro, el capitán Abersouth, habiendo terminado su novela, caminó hacia la popa y, de forma tranquila, me arrojó por la borda a mí.
Las sensaciones de un hombre ahogándose se han relatado tan a menudo, que yo sólo voy a explicar con brevedad que mi memoria, de una vez, desplegó sus tesoros: todas las escenas de mi vida llena de sucesos se agolparon, aunque sin confusión o pelea, en mi mente. Yo vi que toda mi carrera se extendía ante mí, como un mapa del África central desde el descubrimiento del gorila. Allí estaba la cuna en la que había yacido, como un niño, estupefacto con los jarabes calmantes; el cochecito en el que, sentado y empujado por detrás, derribé al maestro de escuela, y en el que mi infantil espina dorsal recibió su curvatura; la doncella-niñera, que rendía sus labios de modo alternativo a mí y al jardinero; el antiguo hogar de mi juventud, con la hiedra y la hipoteca sobre éste; mi hermano mayor, quien por testamento sucedió en las deudas de la familia; mi hermana, que se escapó con el conde von Pretzel, el cochero de la familia más respetable de Nueva York; mi madre, parada con la actitud de una santa, apretando con ambas manos su libro de oraciones, contra los patentes rellenos de Madame Fahertini; mi venerable padre, sentado en su esquina de la chimenea, su cabeza plateada inclinada sobre su pecho, sus manos marchitas cruzadas de forma paciente en su regazo, esperando la muerte con resignación cristiana, y borracho como un lord; todo eso y mucho más pasó ante el ojo de mi mente, y no había ningún cargo por la entrada al espectáculo. Luego hubo un sonido vibrante en mis oídos, mis sentidos nadaron mejor de lo que yo podía, y mientras me hundía hacia abajo y abajo, a través de las profundidades insondables, la luz ámbar, que caía a través del agua sobre mi cabeza, menguó y se oscureció hasta la negrura. Súbitamente, mi pie chocó con algo firme, era el fondo. ¡Gracias al cielo, me había salvado!

Título original: A Shipwreckollection, publicado por primera vez como Cruise of the Mudlark en Fun, julio de 1874, y como Shellback en Argonaut, abril de 1878, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Tom Freeman, HMS Sussex, XX.

sábado, 17 de julio de 2010

Una conflagración imperfecta


Una temprana mañana de junio de 1872 yo asesiné a mi padre, un acto que me causó una profunda impresión por ese tiempo. Eso fue antes de mi matrimonio, mientras estaba viviendo con mis padres en Wisconsin. Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el producto de un robo con escalo que habíamos cometido esa noche. Éste consistía en su mayoría de bienes caseros, y la tarea de la división equitativa era difícil. La hicimos muy bien con las servilletas, las toallas y cosas así, y la platería fue partida con bastante, cercana igualdad, pero ustedes pueden ver por sí mismos que, cuando tratan de dividir una única caja de música entre dos, sin un remanente, tendrán un problema. Fue esa caja de música la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi pobre padre podría estar vivo ahora.
Era una pieza de la más exquisita y bella artesanía, incrustada con maderas costosas y tallada de modo muy curioso. No sólo tocaba una gran variedad de tonadas, sino también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cacareaba cada mañana a la luz del día, le dieran cuerda o no, y recitaba los diez mandamientos. Fue esa última consumación mencionada la que se ganó el corazón de mi padre, y le hizo cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque, posiblemente, habría cometido más si hubiera sido dispensado: él trató de ocultarme esa caja de música, y declaró por su honor que no se la había llevado, aunque yo sé muy bien que, en lo que a él concernía, el robo con escalo había sido emprendido, mayormente, con el propósito de obtenerla.
Mi padre tenía la caja de música escondida abajo de su capa, habíamos usado capas a modo de disfraz. Él me había asegurado con solemnidad que no se la había llevado. Yo sabía que se la había, y sabía algo de lo que él, evidentemente, era ignorante; es decir, que la caja cacarearía a la luz del día y lo traicionaría, si yo podía prolongar la división de los provechos hasta ese tiempo. Todo ocurrió como yo lo deseé: cuando la luz de gas empezaba a palidecer en la biblioteca, y la forma de las ventanas se veía vagamente detrás de las cortinas, un largo kikirikí salió de debajo de la capa del viejo caballero, seguido de algunos compases de un aria del Tannhauser, terminando con un fuerte chasquido. Una menuda hacha de mano, que habíamos utilizado para forzar la casa funesta, yacía entre nosotros sobre la mesa; yo la recogí. Viendo el viejo que un ulterior ocultamiento sería inútil, tomó la caja de abajo de su capa y la puso sobre la mesa. -Córtala en dos si tú prefieres ese plan –dijo-, yo traté de salvarla de la destrucción.
Era un apasionado amante de la música, y podía tocar la concertina con expresión y sentimiento.
Yo dije: -Yo no cuestiono la pureza de tu motivo: sería presuntuoso de mi parte poner en tela de juicio a mi padre. Pero el negocio es el negocio, y con esta hacha yo voy a efectuar la disolución de nuestra sociedad, a menos que tú consientas en usar una bell-punch en todos los futuros robos con escalo.
-No -dijo-, después de cierta reflexión-, no, yo no podría hacer eso, eso parecería como una confesión de deshonestidad. La gente diría que tú desconfiaste de mí.
Yo no podía dejar de admirar su espíritu y sensibilidad; por un momento estuve orgulloso de él y dispuesto a pasar por alto su falta, pero un vistazo a la caja de música ricamente enjoyada me decidió y, como he dicho, removí al viejo de este valle de lágrimas. Habiendo hecho eso, estaba un poco inquieto. Él no sólo era mi padre, el autor de mi ser, sino que el cuerpo sería ciertamente descubierto. Ya era ahora la plena luz del día, y era probable que mi madre entrara a la biblioteca en cualquier momento. Bajo estas circunstancias, yo pensé que era expediente removerla a ella también, lo que hice. Entonces le pagué a todos los sirvientes y los despedí.
Esa tarde fui a ver al jefe de policía, le dije lo que había hecho y le pedí su consejo. Sería muy doloroso para mí, si los hechos llegaran a ser conocidos públicamente. Mi conducta sería condenada en general, los periódicos la traerían contra mí, si yo alguna vez debía postular un cargo. El jefe vio la fuerza de esas consideraciones, él mismo era un asesino de vasta experiencia. Después de consultar con el juez presidente de la Corte de jurisdicción variable, me aconsejó ocultar los cuerpos en uno de los armarios-libreros, obtener un seguro por la casa pesado y quemarla. Yo procedí a hacer eso.
En la biblioteca había un armario-librero, que mi padre recién había adquirido de cierto inventor venático, y que no se había llenado. Era por su forma y tamaño algo así, como esos “roperos” de moda antigua que uno veía en los dormitorios sin closets, pero abierto a todo lo largo hasta abajo, como un vestido de noche de mujer. Tenía puertas de cristal. Yo recién había acomodado a mis padres, y ellos estaban ahora lo suficiente rígidos como para pararse erguidos; así que los puse parados en ese armario-librero, del que había removido los estantes. Los encerré y tachoneé unas cortinas sobre las puertas de cristal. El inspector de la oficina de seguros pasó una media docena de veces por delante del armario sin sospecha.
Esa noche, después de obtener mi póliza, le prendí fuego a la casa y fui por el bosque hacia el pueblo, a dos millas de distancia, donde me las arreglé para ser encontrado por el tiempo, en que la excitación estaba en su apogeo. Con gritos de aprensión por el destino de mis padres, me uní al tropel y arribé al fuego unas dos horas después de haberlo prendido. Todo el pueblo estaba allí cuando me arrojé. La casa estaba consumida por entero, pero en un extremo del lecho llano de rescoldos brillantes, muy vertical y no lastimado, ¡estaba el armario-librero! Las cortinas se habían quemado, exponiendo las puertas de cristal, a través de las cuales una feroz luz rojiza iluminaba el interior. Allí estaba parado mi querido padre “en los hábitos con que vivió”, y de éste lado la compañera de sus alegrías y tristezas. Ni un cabello de ellos estaba chamuscado, sus ropas estaban intactas. En sus cabezas y gargantas las lastimaduras, que en la consumación de mis designios yo había sido compelido a infligir, eran conspicuas. Como ante la presencia de un milagro, la gente estaba en silencio, el pavor y el terror habían acallado todas las lenguas. Yo mismo estaba bastante afectado.
Unos tres años después, cuando los sucesos aquí relatados se habían casi borrado de mi memoria, yo fui a Nueva York para ayudar a pasar unos bonos de Estados Unidos falsificados. Un día, mirando una tienda de muebles con descuido, vi la contraparte exacta de ese armario-librero. -Yo se lo compré por una bagatela a un inventor reformado -explicó el vendedor-. Él me dijo que era a prueba de fuego, estando los poros de la madera llenados con alumbre bajo presión hidráulica, y el cristal hecho de asbesto. Yo no supongo que sea, realmente, a prueba de fuego, usted se lo puede llevar por el precio de un armario-librero ordinario.
-No -le dije-, si usted no me puede garantizar que sea a prueba de fuego, yo no me lo voy a llevar -y le di los buenos días.
Yo no me lo hubiera llevado por ningún precio: me revivió unas memorias que eran excesivamente desagradables.

Título original: An Imperfect Conflagration, publicado por primera vez en Wasp, marzo de 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, rockwellmuseum.org., XX.

martes, 13 de julio de 2010

Muerto en Resaca


El mejor soldado de nuestro personal era el teniente Herman Brayle, uno de los dos aides-de-camp. Yo no recuerdo dónde el general lo había recogido, en algún regimiento de Ohio, creo; ninguno de nosotros lo había conocido previamente, y habría sido extraño si lo hubiera, pues no había dos de nosotros que vinieran del mismo Estado, ni incluso de los Estados contiguos. El general parecía pensar que una posición en su personal, era una distinción que debía ser conferida de forma tan juiciosa, como para no engendrar ninguna celosía seccional, y hacer peligrar la integridad de esa parte del país, que seguía siendo algo entero. Él incluso no habría elegido a oficiales de su propio comando, sino que, con algunos malabares en el departamento de los cuarteles generales, los obtenía de otras brigadas. Bajo tales circunstancias, los servicios de un hombre tenían que ser muy distinguidos, en efecto, para ser oídos por su familia y los amigos de su juventud; y “la parlante trompeta de la fama” estaba un poco ronca por la locuacidad, de todos modos.
El teniente Brayle era de más de seis pies de altura y de unas proporciones espléndidas, con un cabello claro y unos ojos azul-grisáceos, que los hombres así dotados, usualmente, hallaban asociados con un alto grado de coraje. Como estaba comúnmente de uniforme completo, en especial en la acción, cuando la mayoría de los oficiales se contentan con estar ataviados de forma menos ostentosa, era una figura muy llamativa y conspicua. En cuanto al resto, tenía maneras de caballero, una cabeza de académico y un corazón de león. Su edad era cerca de treinta.
A todos pronto nos llegó a gustar Brayle, tanto así como lo admiramos, y fue con una sincera preocupación que, en la acometida de Stone's River -nuestra primera acción después que se unió a nosotros-, observamos que tenía la cualidad más objetable y no de soldado: era vanidoso en su coraje. Durante todas las vicisitudes y mutaciones de ese odioso encuentro, cuando nuestras tropas estaban luchando en los abiertos campos de algodón, en los boscajes de cedro o detrás del terraplén del ferrocarril, ni una vez se puso a cubierto, excepto cuando el general comandó hacerlo con severidad, quien usualmente tenía otras cosas en qué pensar, que en las vidas de sus oficiales del personal o en las de sus hombres, para ese caso.
En cada acometida posterior, mientras Brayle estuvo con nosotros, fue de la misma manera. Se sentaba en su caballo como una estatua ecuestre, bajo una tormenta de balas y metralla, en los lugares más expuestos, dondequiera que, de hecho, el deber que lo requería a ir le permitía quedarse; cuando, sin problema y con una clara ventaja para su reputación de sentido común, podría haber estado en esa seguridad que era posible en un campo de batalla, en los breves intervalos de inacción personal.
A pie, por necesidad o deferencia a su comandante desmontado o asociados, su conducta era la misma. Se quedaba parado al descubierto como una piedra, cuando los oficiales y los hombres igualmente se habían puesto a cubierto; mientras que hombres más viejos en el servicio y en años, de rango más alto e intrepidez incuestionable, estaban preservando lealmente, detrás de la cresta de una colina, unas vidas infinitamente preciosas para su país, este colega se paraba igualmente ocioso en la cima, mirando en la dirección del fuego más agudo.
Cuando las batallas estaban andando en un campo abierto, ocurría con frecuencia que las líneas opuestas, enfrentadas entre sí a un tiro de piedra por horas, se abrazaban a la tierra con una cercanía, como si la amaran. Los oficiales de línea, en sus propios lugares, se aplanaban no menos; y los oficiales de campo, sus caballos todos muertos o enviados a la retaguardia, se agachaban bajo el dosel infernal de plomo silbante y hierro aullador, sin una idea de la dignidad personal.
En tales circunstancias, la vida de un oficial del personal de una brigada, era con claridad “una no feliz”; en lo principal, por su tenencia precaria y las alternancias enervantes de la emoción, a la que estaba expuesto. Desde una posición en esa comparativa seguridad, en la que un civil hubiera atribuido su escape a un “milagro”, él podía ser despachado con una orden para algún comandante de un regimiento postrado en la línea del frente, una persona por el momento no conspicua y no siempre fácil de encontrar, sin un acuerdo de búsqueda entre unos hombres un tanto preocupados, y bajo un estrépito en el que las preguntas y las respuestas, igualmente, debían ser impartidas en un lenguaje de signos. Era costumbre en esos casos agachar la cabeza y huir en una aguzada carrera, un objeto de vivo interés para unos miles de tiradores que admiraban. Al retornar, bueno, no era una costumbre retornar.
La práctica de Brayle era diferente. Él consignaba su caballo al cuidado de un ordenanza -amaba a su caballo-, y caminaba tranquilo con su encargo peligroso sin nunca encorvar la espalda, su figura espléndida acentuada por su uniforme, con el ojo vigilante bajo una extraña fascinación. Nosotros lo mirábamos con la respiración suspendida, nuestros corazones en nuestras bocas. En una ocasión de este tipo, en efecto, uno de los nuestros, un tartamudo impetuoso, estaba tan poseído por la emoción, que me gritó:
-¡Yo te-te-te apuesto dos dólares, a que lo tum-tumban an-an-antes de que, lle-llegue a esa zan-zan-zanja!
Yo no acepté la apuesta brutal, y pensé que lo harían.
Permítanme hacer justicia a la memoria de un hombre valiente; en todas estas innecesarias exposiciones de la vida, no había una bravata visible ni la narración subsecuente. En las pocas instancias que algunos de nosotros se habían aventurado a reconvenir, Brayle había sonreído afablemente y hecho una réplica ligera que, sin embargo, no había alentado una búsqueda ulterior del sujeto. Una vez dijo:
-Capitán, si alguna vez llego al dolor por olvidar su consejo, espero que mis últimos momentos sean animados por el sonido de su voz amada, alentando en mi oído las benditas palabras: "Yo te lo dije".
Nos reímos del capitán -por qué con exactitud, probablemente, no podríamos haberlo explicado-, y esa tarde, cuando lo cosieron a balazos en una emboscada, Brayle se quedó junto al cuerpo algún tiempo, ajustando los miembros con un cuidado innecesario, ¡allí, en medio de un camino barrido por ráfagas y botes de metralla! Era fácil condenar ese tipo de cosas, y no muy difícil refrenarse de su imitación, pero era imposible no respetarlas, y Brayle no gustaba menos por una debilidad que tenía una expresión tan heroica. Nosotros deseamos que no fuera un estúpido, pero él se mantuvo de esa manera hasta el fin, a veces herido de gravedad, pero siempre retornando al deber en cuestión tan bueno como siempre.
Por supuesto, le llegó al fin; quien ignora la ley de las probabilidades, desafía a un adversario que raramente es abatido. Fue en Resaca, en Georgia, durante el movimiento que resultó en la toma de Atlanta. En frente de nuestra brigada, las líneas de las trincheras enemigas corrían por unos campos abiertos, a lo largo de una cresta leve. A cada extremo de ese campo abierto, nosotros estábamos cerca de ésta en el bosque, pero no podíamos aspirar a ocupar el campo aclarado hasta la noche, cuando la oscuridad nos permitiría cavar como topos y echar la tierra al aire. En este punto, nuestra línea estaba a un cuarto de milla de distancia, en el linde de un bosque. Bruscamente, formamos un semicírculo, siendo la línea fortificada del enemigo la cuerda del arco.
-Teniente, vaya a decirle al coronel Ward que trabaje tan cerca, como pueda ponerse a cubierto, y que no gaste mucha munición en un fuego inútil. Usted puede dejar su caballo.
Cuando el general dio esta directiva nos hallábamos en la margen de la foresta, cerca del extremo derecho del arco. El coronel Ward estaba a la izquierda. La sugerencia de dejar el caballo, obviamente, significaba lo suficiente que Brayle debía tomar la línea más larga, a través del bosque y entre los hombres. En verdad, la sugerencia era innecesaria; ir por la ruta corta significaba la certeza absoluta de un fracaso en entregar el mensaje. Antes de que cualquiera se pudiera interponer, Brayle había cabalgado al campo con ligereza, y las trincheras del enemigo estaban en una crujiente conflagración.
-¡Paren a ese maldito estúpido! -gritó el general.
Un soldado raso de la escolta, con más ambición que cerebro, espoleó hacia adelante para obedecer, y en unas diez yardas él y su caballo quedaron muertos en el campo de honor.
Brayle estaba más allá de la llamada, galopando a lo largo con facilidad, paralelo al enemigo y a menos de doscientas yardas de distancia. ¡Era una imagen para ver! Su sombrero había sido volado o sacado de su cabeza por un disparo, y su cabello rubio, largo se alzaba y caía con el movimiento de su caballo. Estaba sentado en la montura erguido, llevando las riendas con la mano izquierda levemente, la derecha colgando a su lado con descuido. Un vistazo ocasional a su perfil hermoso, cuando él volvía la cabeza a un lado u otro, probaba que el interés con que tomaba lo que estaba pasando, era natural y sin afectación.
La imagen era intensamente dramática, pero no en un grado teatral. Los sucesivos grupos de rifles escupían sobre él de modo vicioso, mientras entraba dentro del alcance, y nuestra propia línea en el linde del bosque irrumpió en una visible y audible defensa. Sin más respeto a sí mismos ni a las órdenes, nuestros colegas se pusieron en pie de un salto, y se movieron en enjambre hacia el descubierto, enviando amplias sábanas de balas contra la cresta llameante de las trincheras ofensivas, que lanzaron un fuego de respuesta sobre sus grupos desprotegidos, con un efecto mortal. La artillería de ambos lados se unió a la batalla, puntuando el traqueteo y el rugido con explosiones profundas que sacudían la tierra, y rasgando el aire con tormentas de metralla aulladora, que por el lado enemigo astillaba los árboles y los salpicaba con sangre, y por el nuestro manchaba el humo de sus armas con las bandas y nubes de polvo de su parapeto.
Mi atención había sido atraída un momento por el combate general, pero ahora, echando un vistazo a la avenida no oscura, entre esas dos nubes de tormenta, vi a Brayle, la causa de la carnicería. Invisible ahora para ambos lados, e igualmente condenado por amigos y enemigos, estaba parado en un espacio barrido por los disparos, inmóvil, con el rostro hacia el enemigo. A cierta distancia yacía su caballo. Yo vi al instante qué lo había detenido.
Como ingeniero topográfico yo, temprano en el día, había hecho un examen apresurado del terreno, y recordaba ahora que en ese punto había un barranco profundo y sinuoso, que cruzaba la mitad del campo desde la línea enemiga, su curso general en ángulo recto a ésta. Desde donde estábamos ahora era invisible, y Brayle, evidentemente, no había sabido de éste. Claramente, era impasable. Sus ángulos salientes le habrían brindado una seguridad absoluta, si él hubiera escogido estar satisfecho con el milagro ya realizado a su favor, y saltado a éste. Él no podía seguir hacia adelante, no habría vuelto atrás, se quedó parado aguardando la muerte. Ésta no lo hizo esperar mucho.
Por alguna coincidencia misteriosa, casi de forma instantánea mientras él caía, el fuego cesó, unos pocos disparos inconexos con largos intervalos sirvieron más para acentuar, que para romper el silencio. Era como si ambas partes se hubieran arrepentido súbitamente de su crimen sin provecho. Cuatro camilleros de los nuestros, siguiendo a un sargento con una bandera blanca, poco después se movieron sin ser molestados hacia el campo, y fueron directo por el cuerpo de Brayle. Varios oficiales de la Confederación y unos hombres salieron a su encuentro, y con las cabezas descubiertas los ayudaron a tomar su carga sagrada. Mientras lo traían hacia nosotros, oímos más allá de las trincheras hostiles unos pífanos y un tambor fúnebre: una endecha. Un enemigo generoso honraba al valiente caído.
Entre los efectos del hombre muerto, había un libro de bolsillo de un sucio cuero de Rusia. En la distribución de los mementos de nuestro amigo, que el general, como administrador, había decretado, este me había caído a mí.
Un año después del fin de la guerra, en mi camino a California, yo lo abrí e inspeccioné vagamente. De un compartimento pasado por alto, cayó una carta sin sobre o dirección. Estaba en una escritura de mujer, y empezaba con unas palabras de cariño, pero sin nombre.
Tenía la siguiente línea de fecha: “San Francisco, Cal., 9 de julio de 1862.” La firma era “Querida”, entre comillas. De modo incidental, en el cuerpo del texto, se daba el nombre completo del escritor: Marian Mendenhall.
La carta mostraba evidencia de cultivación y buena crianza, pero era una carta de amor ordinaria, si una carta de amor podía ser ordinaria. No había mucho en ésta, pero había algo. Era esto:
“El sr. Winters, a quien yo siempre voy a odiar por eso, ha estado diciendo que en alguna batalla en Virginia, donde él obtuvo su herida, lo vieron a usted agachado detrás de un árbol. Yo creo que él quiere injuriarlo en mi respeto, que sabe lo que haría la historia si yo la creyera. Yo podría soportar oír hablar de la muerte de mi amante soldado, pero no de su cobardía.”
Estas fueron las palabras que en aquella tarde soleada, en una región distante, habían matado a un centenar de hombres. ¿Es débil la mujer?
Una noche llamé a la señorita Mendenhall para devolverle la carta. Yo tenía la intención, asimismo, de decirle lo que ella había hecho, pero no lo que hizo. La encontré en una vivienda hermosa de Rincon Hill. Ella era bella, de buena crianza, en una palabra, encantadora.
-Usted conoció al teniente Herman Brayle -dije, de una forma más bien abrupta-. Usted sabe, sin dudas, que él cayó en batalla. Entre sus efectos se encontró esta carta suya. Mi encargo aquí es ponerla en sus manos.
Ella tomó la carta de modo maquinal, le echó un vistazo al través con un rubor profundo, y luego, mirándome con una sonrisa, dijo:
-Es muy bueno de su parte, aunque yo estoy segura de que apenas valía la pena -se estremeció de súbito y cambió de color-. Esa mancha -dijo-, es, seguro no es…
-Señora -dije-, perdóneme, pero esa es la sangre del corazón más fiel y valiente que jamás latió.
Ella arrojó la carta de forma apresurada a los carbones llameantes. -¡Uh, no puedo soportar la visión de la sangre! -dijo-. ¿Cómo murió él?
Yo me había levantado de modo involuntario para rescatar el trozo de papel, sagrado incluso para mí, y ahora estaba parado en parte detrás de ella. Cuando ella hizo la pregunta, volvió su rostro un tanto y levemente hacia arriba. La luz de la carta ardiente se reflejó en sus ojos, y tocó su mejilla con un tinte de carmesí, como la mancha de su página. Yo nunca había visto nada tan bello, como esa detestable criatura.
-Lo mordió una serpiente -le repliqué.

Título original: Killed at Resaca, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1887, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Midnight Hour, XX.