jueves, 17 de junio de 2010

Mi asesinato favorito


Habiendo asesinado a mi madre bajo unas circunstancias de singular atrocidad, yo fui arrestado y llevado a un juicio que duró siete años. Al exhortar al jurado, el juez de la Corte de absolución comentó que éste era uno de los crímenes más espantosos, que alguna vez había sido llamado a explicar.
En eso, mi abogado se levantó y dijo:
-Con la venia de su señoría, los crímenes son espantosos o agradables sólo por comparación. Si usted estuviera familiarizado con los detalles del previo asesinato de su tío por mi cliente, discerniría en su última ofensa (si puede ser llamada ofensa), algo de una naturaleza de tierna temperancia y filial consideración con los sentimientos de la víctima. La aterradora ferocidad del asesinato anterior era, en efecto, incompatible con cualquier hipótesis menos la de la culpa; y si no hubiera sido por el hecho de que el honorable juez, ante el que fue juzgado, era el presidente de una compañía de seguros de vida que tomaba riesgos de ahorcamiento, y en la que mi cliente tenía una póliza, es difícil ver cómo él podría haber sido absuelto con decencia. Si a su señoría le gustara oír sobre eso, para instrucción y guía de la mente de su señoría, este hombre infortunado, mi cliente, consentirá en entregarse al dolor de relatarlo bajo juramento.
El abogado del distrito dijo: -Su señoría, yo objeto. Tal declaración estaría en la naturaleza de la evidencia, y el testimonio en este caso está cerrado. La declaración del prisionero debió haber sido introducida hace tres años, en la primavera de 1881.
-En un sentido estatutario -dijo el juez-, usted tiene razón, y en la Corte de objeciones y tecnicismos obtendría un fallo a su favor. Pero no en la Corte de absolución. La objeción es denegada.
-Yo recuso -dijo el abogado del distrito.
-Usted no puede hacer eso -dijo el juez-. Yo debo recordarle que en orden de tener una excepción, primero debe obtener que este caso sea transferido por un tiempo a una Corte de excepciones, en una moción formal debidamente apoyada por una atestación. Una moción a ese efecto de su predecesor en oficio, fue denegada por mí durante el primer año de este juicio. Sr. secretario, juramente al prisionero.
El juramento de costumbre habiendo sido administrado, hice la siguiente declaración, que impresionó tanto al juez con el fuerte sentido de la comparativa trivialidad de la ofensa, por la que yo estaba en juicio, que no hizo otra búsqueda de circunstancias atenuantes, sino simplemente instruyó al jurado para que absolviera, y dejé la corte sin una mancha en mi reputación:
-Yo nací en 1856 en Kalamakee, Mich., de padres honestos y reputados, a uno de los cuales el Cielo lo ha dispensado con misericordia para confortarme en mis últimos años. En 1867 la familia vino a California y se estableció cerca de Nigger Head, donde mi padre abrió una agencia de camino y prosperó más allá de los sueños de la avaricia. Él era entonces un hombre reticente, saturnino, aunque sus crecientes años han relajado ahora, un tanto, la austeridad de su disposición, y yo creo que nada fuera de su recuerdo del triste suceso, por el que estoy ahora en juicio, lo previene de manifestar una genuina hilaridad.
Cuatro años después de que habíamos levantado la agencia de camino, vino un predicador itinerante, y no teniendo otra manera de pagar por el alojamiento nocturno que le dimos, nos favoreció con una exhortación de tal poder que, alabado sea Dios, nos convirtió a todos a la religión. Mi padre mandó en seguida por su hermano, el hon. William Ridley de Stockton, y a su arribo le pasó la agencia, sin cobrarle nada por la franquicia ni la planta, la última consistía de un rifle winchester, una escopeta recortada y un surtido de máscaras hechas de sacos de harina. La familia se movió entonces a Ghost Rock y abrió una casa de baile. Ésta fue llamada El descanso de los santos Hurdy-Gurdy, y el proceder empezaba cada noche con una plegaria. Fue allí que mi ahora santa madre, por su gracia en el baile, adquirió el sobrenombre de "La Morsa Galopante".
En el otoño del 75 tuve la ocasión de visitar Coyote, en el camino a Mahala, y tomé la diligencia en Ghost Rock. Había otros cuatro pasajeros. Unas tres millas más allá de Nigger Head, unas personas a las que identifiqué como mi tío William y sus dos hijos retuvieron la diligencia. No hallando nada en la caja del expreso, revisaron a los pasajeros. Yo actué en el papel más honorable del affair, poniéndome en fila con los otros, levantando las manos y permitiendo que me privaran de cuarenta dólares y un reloj de oro. Por mi conducta nadie podía haber sospechado, que yo conocía a los caballeros que brindaban el entretenimiento. Unos pocos días después, cuando fui a Nigger Head y pedí el retorno de mi dinero y reloj, mi tío y primos juraron que no sabían nada del asunto, y afectaron la creencia de que mi padre y yo habíamos hecho nosotros mismos el trabajo, en deshonesta violación de la buena fe comercial. El tío William incluso amenazó con vengarse, poniendo una casa de baile opuesta en Ghost Rock. Como El descanso de los santos se había vuelto bastante impopular, yo vi que eso seguro lo arruinaría y probaría que era una empresa pagadora, así que le dije a mi tío que estaba dispuesto a pasar por alto el pasado, si me tomaba en el esquema y mantenía la asociación en secreto ante mi padre. Él rechazó esa oferta justa, y yo entonces percibí que sería mejor y más satisfactorio que él estuviera muerto.
Mis planes para ese fin pronto fueron perfeccionados, y al comunicarlos a mis queridos padres tuve la satisfacción de recibir su aprobación. Mi padre dijo que estaba orgulloso de mí, y mi madre prometió que, aunque su religión le prohibía ayudar a quitar una vida humana, yo debía tener la ventaja de sus plegarias para mi éxito. Como una medida preliminar que buscaba mi seguridad en caso de detección, hice una solicitud de membrecía en esa orden poderosa, Los caballeros del asesinato, y en el curso debido fui recibido como miembro de la comandancia de Ghost Rock. El día que terminó mi probación, se me permitió inspeccionar por primera vez los registros de la orden y enterarme de quién pertenecía a ésta, todos los ritos de iniciación habiendo sido conducidos con máscaras. Imaginen mi deleite cuando, al mirar el rodillo de la membrecía, encontré que el tercer nombre era el de mi tío, ¡que en efecto era el vice-canciller junior de la orden! Aquí había una oportunidad que excedía mis sueños más salvajes, al asesinato yo podía agregar la insubordinación y la traición. Era lo que mi buena madre hubiera llamado “un especial de la Providencia.”
Por ese tiempo ocurrió algo que causó que mi copa de júbilo, ya llena, se desbordara por todos los costados en una circular catarata de dicha. Tres hombres, extranjeros en esa localidad, fueron arrestados por el robo de la diligencia en el que yo había perdido mi dinero y reloj. Éstos fueron llevados a juicio y, a despecho de mis esfuerzos por limpiarlos, y echar la culpa a tres de los ciudadanos más respetables y dignos de Ghost Rock, fueron condenados por la prueba más limpia. El asesinato sería ahora tan licencioso e irracional como yo hubiera deseado.
Una mañana me eché al hombro mi rifle winchester, fui a casa de mi tío, cerca de Nigger Head, y le pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa, agregando que había venido a matarlo. Mi tía me replicó con su sonrisa peculiar, que eran tantos los caballeros que anunciaban ese encargo, y eran llevados después sin haberlo realizado, que yo la debía disculpar por dudar de mi buena fe en el asunto. Ella dijo que yo no lucía como si fuera a matar a alguien, así que, como prueba de mi buena fe, alcé mi rifle y herí a un chino que, casualmente, estaba pasando por la casa. Ella dijo que conocía a familias enteras que podían hacer una cosa de ese tipo, pero que Bill Ridley era un caballo de otro color. Dijo, sin embargo, que lo hallaría al otro lado del riachuelo, en el lote de las ovejas, y agregó que esperaba que ganara el mejor hombre.
Mi tía Mary era una de las mujeres más bien pensadas que yo jamás hubiera conocido.
Encontré a mi tío de rodillas, ocupado en desollar a una oveja. Viendo que no tenía ni una escopeta ni una pistola a la mano, no tuve corazón para dispararle, así que me aproximé a él, lo saludé con agrado y le di un poderoso golpe en la cabeza con la culata de mi rifle. Yo tengo un asestar muy bueno y el tío William se abatió de costado, luego rodó sobre su espalda, extendió sus dedos y se estremeció. Antes de que pudiera recobrar el uso de sus miembros, empuñé el cuchillo que él había estado usando y le corté los tendones. Ustedes saben, sin dudas, que cuando cortan el tendón de Aquiles, el paciente no tiene más uso de su pierna, es justo lo mismo que si no tuviera pierna. Bueno, yo le partí ambos, y cuando él revivió estaba a mi servicio. Tan pronto como comprendió la situación, dijo:
-Samuel, tú me has caido arriba, y te puedes permitir ser generoso. Yo sólo tengo una cosa que pedirte, y es que me lleves a la casa y me acabes en el seno de mi familia.
Yo le dije que pensaba era una petición muy razonable, y que lo haría si él me dejaba ponerlo en un saco de trigo; sería más fácil llevarlo de esa manera, y si los vecinos nos veían en route, eso causaría menos comentario. Él convino con eso, y yendo al granero yo conseguí un saco. Este, sin embargo, no le sentaba bien, era demasiado corto y mucho más ancho que él; así que yo le doblé las piernas, le forcé las rodillas hacia arriba contra el pecho, y lo metí adentro de éste de esa manera, amarrando el saco por encima de su cabeza. Era un hombre pesado, y yo hice todo lo que pude para ponerlo en mi espalda, pero me tambaleé por alguna distancia hasta que llegué a un columpio, que algunos de los niños habían suspendido de la rama de un roble. Aquí lo acosté y me senté sobre él para descansar, y la vista de la soga me dio una feliz inspiración. En veinte minutos mi tío, aún en el saco, se balanceaba libremente al gusto del viento.
Yo había jalado la soga hacia abajo, amarrado un extremo a la boca de la bolsa de modo apretado, lanzado el otro a través de la rama, y halado hacia arriba a unos cinco pies del terreno. Ajustando el otro extremo de la soga asimismo a la boca del saco, tuve la satisfacción de ver a mi tío convertido en un gran, buen péndulo. Yo debo agregar que él mismo no era consciente por entero, de la naturaleza del cambio a que era sometido en su relación con el mundo exterior, aunque en justicia a la memoria del buen hombre, yo debo decir que no creo que él, en cualquier caso, hubiera gastado mucho de mi tiempo en una vana protesta.
El tío William tenía un carnero que era famoso como peleador en toda esa región. Éste estaba en un estado de indignación constitucional crónica. Alguna profunda decepción en su vida temprana había agriado su disposición, y le había declarado la guerra a todo el mundo. Decir que hubiera embestido cualquier cosa accesible, es sólo expresar vagamente la naturaleza y el alcance de su actividad militar: el universo era su antagonista, sus métodos los de un proyectil. Peleaba como los ángeles y los demonios, en medio del aire, hendiendo la atmósfera como un pájaro, describiendo una curva parabólica y descendiendo sobre su víctima, justamente, en el ángulo exacto de incidencia, para sacar lo máximo de su velocidad y peso. Su ímpetu, calculado en patas-toneladas, era algo increíble. Se le había visto destruir a un toro viejo de cuatro años con un único impacto en la frente nudosa del animal. Nunca se había conocido ningún muro de piedra que resistiera su vuelo en picada, no había árboles lo suficiente duros como para tenerse, él los hubiera hecho astillas y mancillado sus hojosos honores en el polvo. A este bruto irascible e implacable -este relámpago encarnado-, este monstruo de lo profundo superior, yo lo había visto reposando a la sombra de un árbol adyacente, soñando sueños de conquista y gloria. Fue con vistas a llamarlo al campo del honor, que suspendí a su master en la manera descrita.
Habiendo completado mis preparativos, le impartí al péndulo avuncular una gentil oscilación, y tras retirarme a una cobertura detrás de una roca contigua, alcé mi voz en un largo grito raspante, cuya disminuida nota final fue ahogada en un ruido como el de un gato jurando, que emanara del saco. Al instante, la oveja formidable estaba sobre sus patas, y había captado la situación militar de un vistazo. En unos pocos momentos se había aproximado, pataleado, a unas cincuenta yardas del enemigo balanceado quien, ya retirándose ya avanzando, parecía invitar a la riña. Súbitamente, vi la cabeza de la bestia caer hacia la tierra, como doblegada por el peso de sus cuernos enormes; luego una tenue, blanca, ondeante traza de oveja se prolongó desde ese sitio, en una dirección generalmente horizontal, hacia unas cuatro yardas del punto inmediato debajo del enemigo. Allí golpeó hacia arriba agudamente, y antes de que se hubiera borrado de mi mirada el lugar de donde había partido, oí un porrazo horrible y un grito desgarrador, y mi pobre tío se disparó hacia adelante, con una soga floja más alta que la rama a la que estaba sujeta. Aquí la soga se tensó de un tirón, arrestando su vuelo, y se balanceó de regreso en una curva desalentada hacia el otro extremo de su arco. El carnero se había caído, un montón de patas, lana y cuernos indistinguibles, pero recobrando la calma y esquivando, mientras su antagonista barría hacia abajo, se retiró al azar, sacudiendo la cabeza y pataleando con sus patas delanteras de forma alternativa. Cuando había regresado a la misma distancia desde la que había lanzado el asalto, se detuvo de nuevo, inclinó su cabeza como en una plegaria por la victoria y se disparó hacia adelante de nuevo, apenas visible como antes, una blanca traza prolongada con ondulaciones monstruosas, que terminó con una aguda ascensión. Su curso esta vez estaba en ángulo recto con el anterior, y su impaciencia era tan grande, que golpeó al enemigo antes de que casi hubiera alcanzado el punto más bajo de su arco. En consecuencia éste se fue volando con vueltas y vueltas en un círculo horizontal, cuyo radio era más bien igual a la mitad de la longitud de la soga, que yo olvidé decir era de casi veinte pies de largo. Sus aullidos, creciendo en la aproximación y disminuyendo en la recesión, hacían la rapidez de su revolución más obvia para el oído que para la vista. Era evidente que aún no había sido golpeado en un sitio vital. Su postura en el saco y la distancia del terreno sobre el que colgaba, compelían al carnero a operar sobre sus extremidades inferiores y el final de su espalda. Como una planta que ha hundido su raíz en algún mineral venenoso, mi pobre tío estaba muriendo hacia arriba con lentitud.
Después de asestar su segundo golpe, el carnero no se había retirado de nuevo. La fiebre de la batalla ardía caliente en su corazón, su cerebro estaba intoxicado con el vino de la refriega. Como un pugilista, que en su rabia olvida su habilidad y pelea con ineficacia a una distancia de medio brazo, la bestia furiosa se esforzaba por alcanzar a su enemigo volador con torpes saltos verticales, mientras éste le pasaba por encima de la cabeza; algunas veces, en efecto, de hecho, logrando golpearlo débilmente, pero con mayor frecuencia derribada por su propia ansiedad descarriada. Pero a medida que el impulso se agotaba, y los círculos del hombre se angostaban en alcance y disminuían en velocidad, trayéndolo más cerca del terreno, estas tácticas producían mejores resultados, ocasionando una superior calidad de gritos, que yo disfrutaba enormemente.
Súbitamente, como si las cornetas hubieran tocado tregua, el carnero suspendió las hostilidades y se fue caminando, arrugando y alizando su gran nariz aguileña de modo pensativo, y arrancando ocasionalmente un manojo de hierba y mascándolo con lentitud. Parecía estar cansado de las alarmas de la guerra, y resuelto a encajar la espada en la reja del arado y cultivar las artes de la paz. De forma invariable, mantuvo su curso fuera del campo de la fama, hasta que hubo ganado una distancia de casi un cuarto de milla. Allí se detuvo y se paró con el trasero hacia el enemigo, rumiando su bolo y al parecer medio dormido. Yo observé, sin embargo, una ocasional, leve vuelta de su cabeza, como si su apatía fuera más afectada que real.
Mientras tanto, los aullidos del tío William se habían abatido con su movimiento, y nada más se oían de él unos gemidos largos y bajos, y mi nombre a largos intervalos, proferido en tonos suplicantes, sumamente agradables a mi oído. Evidentemente, el hombre no tenía la más tenue noción de lo que le estaban haciendo, y estaba indeciblemente aterrado. Cuando la muerte viene envuelta en el misterio es terrible, en efecto. Poco a poco las oscilaciones de mi tío disminuyeron, y finalmente colgó sin movimiento. Yo fui hacia él y estaba a punto de darle el golpe de gracia, cuando oí y sentí una sucesión de impactos vívidos, que sacudían el terreno como una serie de terremotos ligeros y, volviéndome en la dirección del carnero, ¡vi una larga nube de polvo que se aproximaba a mí con inconcebible rapidez y alarmante efecto! A una distancia de unas treinta yardas se detuvo en seco y, desde el extremo más cercano de ésta, se levantó por el aire lo que al principio pensé era un gran pájaro blanco. Su ascenso fue tan suave, fácil y regular, que yo no podía concebir su extraordinaria celeridad, y estaba perdido en la admiración de su gracia. Hasta este día me queda la impresión de que era un lento, deliberado movimiento; el carnero -pues ese era el animal- siendo elevado por algún poder que no era el de su propio ímpetu, y apoyado en las sucesivas etapas de su vuelo con infinita ternura y cuidado. Mis ojos siguieron su progreso por el aire con placer indecible, tanto mayor por el contraste con mi anterior terror de su aproximación por tierra. El noble animal navegó adelante y hacia arriba, su cabeza inclinada hacia abajo, casi entre sus rodillas, sus patas delanteras lanzadas atrás, sus patas posteriores tendidas hacia el trasero, como las patas de una garza remontada.
A una altura de cuarenta o cincuenta pies, como mi afectuoso recuerdo lo presenta a la vista, éste alcanzó su cenit y pareció quedarse estático por un instante; luego, inclinado de súbito hacia adelante, sin alterar la relativa posición de sus partes, se disparó hacia abajo en un curso más y más empinado, con aumentada velocidad; pasó de inmediato por encima de mí, con un ruido como el de la ráfaga de un disparo de cañón, ¡y golpeó a mi pobre tío casi en escuadra en la cúspide de la cabeza! El impacto fue tan terrible, que no sólo se rompió el cuello del hombre, sino la soga también; y el cuerpo del difunto, forzado contra la tierra, ¡quedó aplastado como una pulpa debajo de la frente horrible de la oveja meteórica! La concusión detuvo todos los relojes entre Lone Hand y Dutch Dan's, y el profesor Davidson, una distinguida autoridad en materia sísmica, que estaba en la vecindad por casualidad, explicó con prontitud que las vibraciones habían sido de norte a suroeste.
En conjunto, no puedo dejar de pensar que, en el punto de la atrocidad artística, mi asesinato del tío William raramente ha sido superado.

Título original: My Favorite Murder, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, septiembre de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, The Chase, XX.

martes, 15 de junio de 2010

El patriota ingenioso


Habiendo obtenido una audiencia con el rey, el patriota ingenioso se sacó un papel del bolsillo, diciendo:
-Con la venia de su Majestad, yo tengo aquí una fórmula para construir una armadura blindada que ningún cañón puede perforar. Si estos blindajes son adoptados por la Armada real, nuestros barcos de guerra serán invulnerables, y por lo tanto invencibles. Aquí, también, hay reportes de los ministros de su Majestad, que atestiguan el valor de la invención. Yo me separaré de mi derecho a ésta por un millón de tumtums.
Después de examinar los papeles, el rey los puso a un lado y le prometió una orden para el alto Lord tesorero del Departamento de extorsión por un millón de tumtums.
-Y aquí -dijo el patriota ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo-, están los planos de trabajo de un cañón que yo he inventado, que perforará esa armadura. El hermano real de su Majestad, el emperador de Bang, está ansioso por adquirirlo, pero la lealtad al trono y a la persona de su Majestad me constriñe a ofrecerlo primero a su Majestad. El precio es de un millón de tumtums.
Habiendo recibido la promesa de otro cheque, se metió la mano aún en otro bolsillo, observando:
-El precio del cañón irresistible habría sido mucho mayor, su Majestad, pero por el hecho de que sus misiles pueden ser tan eficazmente evitados, por mi peculiar método de tratamiento de la armadura blindada con un nuevo…
El rey le indicó al gran Jefe factótum que se acercara.
-Revise a ese hombre -dijo-, y reporte cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres, señor -dijo el gran Jefe factótum, completado el escrutinio.
-Con la venia de su Majestad -gritó el patriota ingenioso, con terror-, uno de ellos contiene tabaco.
-Ténganlo por los tobillos y sacúdanlo -dijo el rey-, luego denle un cheque por cuarenta y dos millones de tumtums y mándenlo a la muerte. Emitan un decreto que declare el ingenio una ofensa capital.

Título original: The Ingenious Patriot, publicado por primera vez en ..., enero de 18.., con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Jan Matejko, Stańczyk, XIX.