jueves, 27 de mayo de 2010

El pastor Haïta


En el corazón de Haïta las ilusiones de la juventud no habían sido suplantadas por esas, de la edad y la experiencia. Sus pensamientos eran puros y placenteros, pues su vida era simple y su alma estaba desprovista de ambición. Se levantaba con el sol y andaba a rezar al santuario de Hastur, el dios de los pastores, quien oía y se complacía. Después de realizar ese rito piadoso, Haïta destrancaba el portón del redil y, con una mente animada, conducía su rebaño a la campiña, comiendo su matinal harina de cuajada y pastel de avena mientras andaba, haciendo una pausa, ocasionalmente, para agregar unas pocas bayas frías de rocío, o para beber de las aguas que venían de las colinas para unirse al riachuelo en el centro del valle, y ser llevadas a lo largo de éste él no sabía adónde.
Durante el largo día de verano, mientras sus ovejas pacían la hierba buena, que los dioses habían hecho crecer para ellas, o yacían con sus patas delanteras dobladas bajo sus pechos, y rumiaban el bolo, Haïta, reclinado a la sombra de un árbol, o sentado sobre una roca, tocaba una música tan dulce en su flauta de junco que a veces, por el rabillo del ojo, tenía vislumbres accidentales de las deidades selváticas menores, que se inclinaban afuera del matorral para oír, aunque si él las miraba de forma directa, éstas se desvanecían. De esto -pues él debía estar pensando si no se convertiría en una de sus propias ovejas- extrajo la solemne inferencia de que la felicidad podía venir si no era buscada, y que si era buscada nunca sería vista; pues junto al favor de Hastur, que nunca se revelaba, Haïta valoraba mucho el amistoso interés de sus vecinos, los tímidos inmortales del bosque y el riachuelo. Al anochecer conducía su rebaño al redil de vuelta, veía que el portón estuviera asegurado y se retiraba a su cueva para refrescarse y para los sueños.
Así pasaba su vida, un día igual a otro, salvo cuando las tormentas proferían la furia de un dios ofendido. Entonces Haïta se agachaba en su cueva, el rostro oculto entre las manos, y rezaba para que sólo él pudiera ser castigado por sus pecados, y el mundo se salvara de la destrucción. A veces, cuando había una gran lluvia y el riachuelo se salía de sus orillas, y lo compelía a empujar a su rebaño aterrado a las tierras altas, intercedía por las gentes de las ciudades, que le habían dicho estaban en la llanura más allá de las dos colinas azules, que formaban la puerta de entrada de su valle.
-Es amable de tu parte, oh Hastur -así rezaba-, que me hayas dado unas montañas tan cercanas a mi vivienda y mi redil, que yo y mis ovejas podamos escapar de los torrentes coléricos, pero tú mismo debes liberar al resto del mundo de algún modo que yo no sé, o no te voy a adorar más.
Y Hastur, sabiendo que Haïta era un joven que mantenía su palabra, se apiadaba de las ciudades y hacía volver las aguas al mar.
Así había vivido desde que podía recordar. No podía concebir rectamente cualquier otro modo de existencia. El santo ermitaño que moraba en la cabeza del valle, a toda una hora de viaje, de quien había oído el cuento de las grandes ciudades, donde moraban las gentes -¡pobres almas!- que no tenían ovejas, no le dio ningún conocimiento de ese tiempo temprano, cuando, como razonaba, él debió haber sido pequeño e indefenso como un cordero.
Fue a través de la meditación de esos misterios y maravillas, y de ese cambio horrible hacia el silencio y la corrupción, que estaba seguro debería llegarle a él en algún tiempo, como había visto llegarle a muchas ovejas de su rebaño -como le llegaba a todos los seres vivos excepto a los pájaros- que Haïta fue consciente por primera vez de lo miserable y sin esperanza que era su suerte.
-Es necesario -dijo-, que yo sepa de dónde y cómo he venido, ¿pues cómo puede uno realizar sus deberes, a menos que sea capaz de juzgar lo que éstos son, por la forma en que fue instruido con ellos? ¿Y qué contento puedo tener yo, cuando no sé cuánto tiempo va a durar eso? Acaso, antes del otro sol, yo pueda haber cambiado, ¿y entonces qué será de las ovejas? ¿Qué, en efecto, habrá sido de mí?
Al ponderar estas cosas Haïta se tornó melancólico y hosco. Ya no le habló a su rebaño de modo animado, ni corrió con alacridad al santuario de Hastur. En cada brisa oyó los susurros de las deidades malignas, cuya existencia observaba ahora por primera vez. Cada nube fue un portento que significaba un desastre, y la oscuridad estaba llena de terrores. Su flauta de junco, cuando se la aplicaba a los labios, no soltaba una melodía, sino un lamento lúgubre; las inteligencias selváticas y ribereñas ya no se agolpaban en la espesura para escuchar, sino huían del sonido, como él sabía por las hojas agitadas y las flores inclinadas. Él se relajó en su vigilancia, y muchas de sus ovejas se alejaron hacia las colinas y se perdieron. Las que quedaron se pusieron magras y enfermas por la carencia de buen pastoreo, pues él no lo buscaba para ellas, sino las conducía día tras día al mismo sitio, sumido en la mera abstracción, mientras se quedaba perplejo con lo misterioso de la vida y la muerte, con la inmortalidad que no conocía.
Un día, mientras se entregaba a las reflexiones más tenebrosas, súbitamente, saltó de la roca en la que estaba sentado y, con un gesto decidido de la mano derecha, exclamó: -Yo no voy a ser más un suplicante del conocimiento que los dioses retienen. Que ellos miren a que no me hagan mal. Yo voy a cumplir con mi deber lo mejor que pueda, ¡y si me equivoco que caiga sobre sus propias cabezas!
Súbitamente, mientras hablaba, una gran brillantez cayó sobre él, haciéndolo mirar hacia arriba, pensando que el sol había irrumpido por una grieta en las nubes, pero no había nubes. No más lejos que la longitud de un brazo, estaba parada una bella doncella. Era tan bella que las flores a sus pies doblaban sus pétalos con desespero, e inclinaban sus cabezas en muestra de sumisión; tan dulce su mirada que los colibríes se agolpaban en sus ojos, y lanzaban sus picos sedientos casi en éstos, y las abejas silvestres estaban alrededor de sus labios. Y su brillantez era tal, que las sombras de todos los objetos yacientes divergían de sus pies, girando mientras ella se movía.
Haïta estaba en trance. Se levantó, se arrodilló delante de ella en adoración, y ella puso su mano sobre su cabeza.
-Ven -dijo ella con una voz que tenía la música de todas las campanas de su rebaño-, ven, tú no estás para adorarme, pues yo no soy una diosa, pero si tú eres verídico y obediente, yo habitaré contigo.
Haïta tomó su mano y, tartamudeando su regocijo y gratitud, se levantó y, mano con mano, se pararon y se sonrieron a los ojos el uno al otro. Él la miraba con reverencia y rapto. Le dijo: -Yo te ruego, adorable doncella, decirme tu nombre y de dónde y por qué has venido.
Ante eso ella puso un dedo de advertencia en su labio, y empezó a retirarse. Su belleza sufrió una visible alteración que lo hizo estremecer a él, sin saber por qué, pues ella era bella aún. El paisaje fue oscurecido por una sombra gigante que recorrió el valle con la velocidad de un buitre. En la oscuridad la figura de la doncella se volvió borrosa y confusa, y su voz pareció venir desde la distancia, mientras ella decía, en un tono de pesaroso reproche: -¡Joven presuntuoso y desagradecido!, ¿yo debo entonces dejarte tan pronto? ¿No habría nada que hacer, para que tú no debas romper por una vez el pacto eterno?
Indeciblemente agraviado, Haïta cayó de rodillas y le imploró que se quedara, se levantó y la buscó en la oscuridad profunda, corrió en círculos, la llamó en voz alta, pero todo fue en vano. Ella ya no era visible, pero fuera de la tiniebla él oía su voz diciendo: -No, tú no me tendrás si me buscas. Ve a tu deber, pastor sin fe, o nunca nos volveremos a encontrar.
La noche había caído, los lobos estaban aullando en las colinas, y las ovejas aterradas se agrupaban junto a los pies de Haïta. Con las demandas de la hora éste olvidó su decepción, condujo sus ovejas al redil y, acudiendo a su lugar de adoración, derramó su corazón en gratitud a Hastur, por haberle permitido salvar su rebaño, luego se retiró a su cueva y durmió.
Cuando Haïta se despertó, el sol estaba alto y resplandecía adentro de la cueva, iluminando ésta con una gran gloria. Y allí, junto a él, estaba sentada la doncella. Ella le sonrió con una sonrisa, que parecía la música visible de su flauta de junco. Él no se atrevió a hablar, temiendo ofenderla como antes, pues no sabía qué se podría aventurar a decir.
-Porque -dijo ella-, tú hiciste tu deber con el rebaño, y no te olvidaste de agradecer a Hastur por detener a los lobos en la noche, yo vengo a ti de nuevo. ¿Quieres tenerme por compañera?
-¿Quién no quisiera tenerte para siempre? -replicó Haïta-. ¡Oh! Nunca más me dejes hasta que, hasta que yo cambie y me vuelva silencioso y estático.
Haïta no tenía una palabra para la muerte.
-Me gustaría, en efecto -continuó-, que tú fueras de mi propio sexo, para que pudiéramos luchar y correr carreras, y así nunca cansarnos de estar juntos.
Ante esas palabras la doncella se levantó y salió de la cueva, y Haïta, saltando de su lecho de ramas fragantes, para adelantarse y detenerla, observó para su asombro que la lluvia estaba cayendo, y que el riachuelo en medio del valle se había salido de sus orillas. Las ovejas estaban balando con terror, pues las aguas crecidas habían invadido su redil. Y había peligro para las ciudades desconocidas de la llanura distante.
Pasaron muchos días antes de que Haïta viera a la doncella de nuevo. Un día estaba retornando de la cabeza del valle, donde había ido con leche de oveja, torta de avena y bayas para el santo ermitaño, que era demasiado viejo y débil para proveerse de alimentos.
-¡Pobre viejo! -dijo en voz alta, mientras caminaba con dificultad a casa. -Voy a retornar mañana, y me lo voy a llevar en mi espalda a mi propia vivienda, donde puedo cuidar de él. Sin dudas, es por eso que Hastur me ha criado por todos estos muchos años, y me ha dado salud y fuerza.
Mientras hablaba, la doncella, vestida con prendas lustrosas, lo encontró en el sendero con una sonrisa que le quitó el aliento.
-Yo vengo de nuevo -dijo-, para morar contigo si tú me quieres tener ahora, pues nadie más me tendrá. Tú puede que hayas adquirido sabiduría, y estés deseando tomarme como yo soy, sin cuidarte de saber.
Haïta se arrojó a sus pies. -Ser bello -gritó-, si sólo te dignas a aceptar toda la devoción de mi corazón y alma, después que Hastur sea servido, éstos serán tuyos para siempre. ¡Pero ay!, tú eres caprichosa y descarriada. Antes del sol de mañana yo puedo perderte de nuevo. Prométeme, te lo ruego, que si en mi ignorancia yo puedo ofenderte de algún modo, tú me vas a perdonar y quedarte conmigo para siempre.
Apenas había terminado de hablar, cuando una tropa de osos salió de las colinas, corriendo hacia él con bocas carmesíes y ojos feroces. La doncella se desvaneció de nuevo, y él se volteó y huyó para salvar su vida. No se detuvo hasta que estuvo en la cabaña del santo ermitaño, de donde había salido. Tras atrancar la puerta rápido contra los osos, se echó al suelo y lloró.
-Hijo mío -dijo el ermitaño desde su lecho de paja, recién reunida esa mañana por las manos de Haïta-, no es como si tú lloraras por los osos, dime qué pesar te ha caído, la edad puede ministrar las heridas de la juventud con bálsamos, como el de la sabiduría.
Haïta le dijo todo: cómo se había encontrado tres veces con la doncella radiante, y las tres veces que ella lo había dejado desamparado. Él relató de forma minuciosa todo lo que había pasado entre ellos, sin omitir ni una palabra de lo que se ha dicho.
Cuando hubo terminado, el santo ermitaño estuvo un momento en silencio, luego dijo: -Hijo mío, yo he atendido a tu historia, y conozco a la doncella. Yo mismo la he visto, como muchos. Sabe entonces que su nombre, que ella incluso no te permitiría preguntar, es Felicidad. Tú le dijiste la verdad, que ella es caprichosa porque impone condiciones que un hombre no puede cumplir, y el descuido es castigado con la deserción. Ella viene sólo cuando no es buscada, y no se le pregunta. Una manifestación de curiosidad, un signo de duda, una expresión de recelo, ¡y ella está lejos! ¿Cuánto tiempo la tuviste cada vez antes de que huyera?
-Sólo un instante -respondió Haïta, sonrojado de vergüenza con la confesión-. Cada vez la llevé lejos en un momento.
-¡Joven infortunado! -dijo el santo ermitaño-, si no fuera por tu indiscreción, la habrías podido tener dos.

Título original: Haïta, the Shepherd, publicado por primera vez en Wave, enero de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Del Parson, Good Shepherd, XX.

viernes, 21 de mayo de 2010

Un hijo de los dioses


Un estudio en tiempo presente

Un día de brisa y un paisaje soleado. Un campo abierto a la derecha, a la izquierda y hacia adelante, detrás un bosque. En el linde de ese bosque, enfrente de un descampado pero sin aventurarse en éste, las largas líneas de las tropas, en alto. El bosque está vivo con éstas y lleno de ruidos confusos -el ocasional traqueteo de las ruedas, mientras una batería de artillería va a la posición para cubrir la avanzada, el zumbido y el murmullo de los soldados hablando, un sonido de innumerables pies en las hojas secas, que se esparcen por los intervalos entre los árboles, los roncos comandos de los oficiales. Apartados grupos de jinetes están bien al frente -no expuestos por completo-, muchos de éstos observando abstraídos la cresta de una colina a una milla de distancia, en la dirección de la avanzada interrumpida. Pues este poderoso ejército, que se mueve en orden de batalla a través de una foresta, se ha encontrado con un obstáculo formidable: un campo abierto. La cresta de esa colina gentil, a una milla de distancia, tiene un aspecto siniestro, ésta dice: ¡cuidado! A lo largo de su curso un muro de piedra se extiende a la izquierda y a la derecha, en una gran distancia. Detrás del muro hay un seto, detrás del seto se ven las copas de los árboles, más bien en orden disperso. Entre los árboles, ¿qué? Es necesario saberlo.
Ayer, y por muchos días y noches previamente, estábamos luchando en algún lugar; siempre había cañoneo, con ocasionales, aguzados tableteos de mosquetes, mezclados con vítores, los propios nuestros o los del enemigo, raramente lo sabíamos, que atestiguaban cierta ventaja temporal. Esta mañana al amanecer, el enemigo se había ido. Nos habíamos movido hacia adelante por su terraplén, por el que tan a menudo intentamos movernos antes en vano, a través de los despojos de sus campos abandonados, entre las tumbas de sus caídos, en el bosque más allá.
¡Con qué curiosidad habíamos observado cada cosa!, ¡qué raro nos había parecido todo! Nada había parecido muy familiar, los objetos más comunes -una montura vieja, una rueda astillada, una cantina olvidada-, cada cosa había relatado algo de la misteriosa personalidad de esos hombres extraños, que nos habían estado matando. Al soldado nunca se le tornaba familiar por entero, la concepción de que sus enemigos eran hombres como él mismo, no podía despojarse de la sensación de que eran seres de otro orden, condicionados de forma diferente, de un ambiente no de la tierra por completo. Los más menudos vestigios de éstos retenían su atención y ocupaban su interés. Él los pensaba como inaccesibles y, al tener una visión inesperada de éstos, le parecían más lejanos, y por lo tanto más grandes de lo que realmente eran, como los objetos en la niebla. Les tenía un poco de temor.
Desde el linde del bosque, llevando arriba por el ascenso, están los rastros de los caballos y las ruedas, las ruedas de los cañones. La hierba amarilla está abatida por los pies de la infantería. Claramente, ellos han pasado por esta vía en miles, no se han retirado por los caminos rurales. Eso es significativo, es la diferencia entre retraerse y retirarse.
Ese grupo de jinetes es nuestro comandante, su personal y escolta. Está enfrente de la cresta distante, teniendo sus anteojos de campo contra sus ojos con ambas manos, los codos elevados sin necesidad. Es una moda, parece dignificar el acto, todos somos adictos a ésta. Súbitamente, baja los anteojos y dice unas pocas palabras a los que le rodean. Dos o tres aides se apartan del grupo y galopan hacia el bosque, a lo largo de las líneas en cada dirección. No oímos sus palabras, pero las sabemos: “Dígale al general X que envíe adelante la línea de tiradores.” Esos de los nuestros que han estado fuera de lugar, retoman sus posiciones, los hombres en descanso se enderezan con facilidad y las filas se reforman sin un comando. Algunos de nuestros oficiales del personal se desmontan y miran las cinchas de sus monturas, esos que ya están en el terreno se remontan.
Galopando con rapidez a lo largo del linde del terreno abierto, viene un joven oficial en un caballo blanco como la nieve. La mantilla de su montura es escarlata. ¡Qué imbécil! Nadie que haya estado alguna vez en acción, deja de recordar cuán naturalmente cada rifle se vuelve hacia el hombre en un caballo blanco, nadie deja de observar cómo un poco de rojo enfurece al toro en la batalla. Que tales colores estén de moda en la vida militar, debe ser aceptado como el más asombroso de todos los fenómenos de la vanidad humana. Estos parecerían haber sido ideados para incrementar la tasa de mortalidad.
Este joven oficial está con el uniforme completo, como si estuviera en un desfile. Es todo fulgor con metal, una edición en azul y oro de la poesía de la guerra. Una ola de risas burlonas corre delante de él a todo lo largo de la línea. ¡Pero qué buen mozo es!, ¡con qué gracia descuidada se sienta en su caballo!
Él frena las riendas a una distancia respetable del comandante del cuerpo, y saluda. El viejo soldado asiente con la cabeza de modo familiar, es evidente que lo conoce. Un breve coloquio está ocurriendo entre ellos, el hombre joven parece preferir alguna petición que el más viejo no se dispone a conceder. Vamos a cabalgar un poco más cerca. ¡Ah!, es demasiado tarde, se terminó. El joven oficial saluda de nuevo, gira su caballo ¡y cabalga directo hacia la cresta de la colina!
Una delgada línea de tiradores, los hombres desplegados a seis pasos o un poco aparte, se apura ahora desde el bosque hacia el descampado. El comandante habla a su corneta, que se lleva su instrumento a los labios. ¡Tra-la-la! ¡Tra-la-la! Los tiradores hacen alto en sus sendas.
Mientras tanto el joven jinete ha avanzado unas cien yardas. Está cabalgando al paso, directo hacia arriba por la larga ladera, nunca sin voltear la cabeza. ¡Qué glorioso! ¡Dioses!, qué no daríamos por estar en su lugar, ¡con su alma! Él no saca su sable, su mano derecha cuelga a su costado fácilmente. La brisa capta la pluma de su sombrero y la ondea con elegancia. La luz del sol descansa en los tirantes de sus hombros, de forma adorable, como una visible bendición. Él cabalga directo. Diez mil pares de ojos están fijos en él, con una intensidad que apenas puede dejar de sentir; diez mil corazones mantienen su tiempo acelerado, ante los inaudibles golpes de los cascos de su corcel níveo. Él no está solo, arrastra a todas las almas tras suyo. ¡Pero recordamos que nos habíamos reído! Él sigue y sigue, directo por el muro del seto lineal, cabalga. No hay una mirada atrás. ¡Oh, si al menos se volteara, si pudiera al menos ver el amor, la adoración, la expiación!
Ni una palabra es dicha, las populosas profundidades de la foresta siguen murmurando, con su enjambre invisible e invidente, pero todo a lo largo de la franja es silencio. El corpulento comandante es una estatua ecuestre en sí mismo. Los oficiales del personal montados, sus anteojos de campo alzados, están todos inmóviles. La línea de batalla en el linde del bosque se para con un nuevo tipo de “atención”, cada hombre con la actitud en que fue captado por la conciencia de lo que está pasando. Todos estos hombres-asesinos, endurecidos e impenitentes, para quienes la muerte, en sus formas más horrendas, es un hecho familiar en su observación de todos los días; que duermen en las colinas temblando con el trueno de los grandes cañones, cenan en medio de los torrentes de misiles, y juegan a las cartas entre los rostros muertos de sus amigos más queridos, todos están mirando, con la respiración suspendida y los corazones palpitantes, el resultado de un acto que involucra la vida de un hombre. Tal es el magnetismo del coraje y la devoción.
Si ustedes voltearan la cabeza ahora, verían un movimiento simultáneo entre los espectadores -un principio, como si hubieran recibido una sacudida eléctrica -y mirando de nuevo hacia el ahora distante jinete, verían que en este instante ha alterado su dirección, y está cabalgando en un ángulo hacia su curso anterior. Los espectadores suponen que la súbita desviación es causada por un disparo, acaso por una herida, pero tomen estos anteojos de campo, y observarán que está cabalgando hacia una ruptura en el muro y el seto. Él piensa, si no lo matan, cabalgar a través y mirar todo el campo más allá.
Ustedes no han de olvidar la naturaleza del acto de este hombre, no se les permite pensar en esto como una instancia de bravata, ni, por otra parte, como un innecesario sacrificio de sí mismo. Si el enemigo no se ha retirado, está en vigor en esa cima. El investigador encontrará nada menos que una línea de batalla, no hay necesidad de piquetes, centinelas y tiradores para dar un aviso de nuestra aproximación; nuestras líneas de ataque serán visibles, conspicuas, expuestas a un fuego de artillería que rasurará el terreno en el momento que éstas irrumpan desde la cobertura, y por una mitad de la distancia una sábana de balas de rifle en la que nada puede vivir. En resumen, si el enemigo está allí, sería una locura atacarlo de frente; éste tiene que ser maniobrado por el plan inmemorial de amenazar su línea de comunicación, tan necesaria para su existencia, como para el buzo en el fondo del mar su tubo de aire. ¿Pero cómo averiguar si el enemigo está allí? Hay sólo un modo, alguien debe ir a ver. La cosa natural y habitual que hacer, es enviar hacia adelante una línea de tiradores. Pero en ese caso, éstos van a responder de forma afirmativa con todas sus vidas; el enemigo, agachado en filas dobles detrás del muro de piedra, y en la cobertura del seto, esperará hasta que sea posible contar los dientes de cada asaltante. A la primera ráfaga la mitad de la línea cuestionada caerá, la otra mitad antes de que pueda consumar la retirada predestinada. ¡Qué precio a pagar por una curiosidad satisfecha! ¡A qué alto precio un ejército debe, a veces, procurarse un conocimiento! “Déjenme pagarlo todo” -dice este hombre galante, ¡este Cristo militar!
No hay esperanza, excepto la esperanza contra la esperanza de que la cresta está despejada. Es verdad, él podría preferir la captura a la muerte. Cuán largo avance, la línea no va a disparar, ¿por qué habría de hacerlo? Él puede cabalgar a salvo dentro de las filas hostiles y convertirse en un prisionero de guerra. Pero eso derrotaría su objetivo. Eso sería no responder a nuestra pregunta; es necesario o que retorne ileso o sea muerto a tiros delante de nuestros ojos. Sólo así sabremos cómo actuar. Si es capturado, pues eso podría ser hecho por una media docena de rezagados.
Ahora empieza un extraordinario concurso de intelecto entre un hombre y un ejército. Nuestro jinete, ahora a un cuarto de milla de la cresta, súbitamente gira a la izquierda y galopa en una dirección paralela a ésta. Ha tenido una visión de su antagonista, lo sabe todo. Alguna leve ventaja del terreno le ha permitido mirar toda una parte de la línea. Si estuviera aquí podría decirnos con palabras. Pero eso ahora es inútil, él debe hacer el mejor uso de los pocos minutos de vida que le quedan, obligando al enemigo a decirnos él mismo lo más llano posible, lo que, naturalmente, esa discreta potencia es renuente a hacer. No hay un fusilero en esas filas agachadas, no hay un cañonero entre esos cañones enmascarados y cargados, que no conozca la necesidad de la situación, el deber imperioso de la abstención. Además, ha habido tiempo suficiente para prohibirle a todos disparar. Es verdad, un solo disparo de rifle podría tumbarlo y no ser una gran revelación. Pero el disparar es infectivo, y vean qué rápido se mueve, nunca con una pausa, excepto cuando gira su caballo a punto de tomar una nueva dirección, nunca directo hacia atrás, hacia nosotros, nunca directo hacia adelante, hacia sus ejecutores. Todo esto es visible a través de los anteojos, parece que ocurre a un tiro de pistola; lo vemos todo, pero al enemigo, su presencia, sus pensamientos, sus motivos lo inferimos. Para un ojo no ayudado no hay nada más que una figura negra en un caballo blanco, trazando zigzags con lentitud contra la ladera de una colina distante, con tal lentitud que parecen casi arrastarse.
Ahora -los anteojos de nuevo- él se ha cansado de su fracaso, o ve su error, o se ha vuelto loco; se está lanzando directo hacia el muro, como para tomarlo de un salto, ¡con seto y todo! Sólo un momento y gira a la derecha y está corriendo como el viento, directo ladera abajo, hacia sus amigos, ¡hacia su muerte! Instantáneamente, el muro es coronado por un feroz rollo de humo, en una distancia de cientos de yardas a derecha e izquierda. Éste es disipado al instante por el viento, y antes de que el tableteo de los rifles nos alcance él es tumbado. No, él se recobra en su montura, sólo ha tirado su caballo sobre sus ancas. ¡Ellos están parados y lejos! Un vítor tremendo estalla en nuestras filas, aliviando la tensión insoportable de nuestros sentimientos. ¿Y el caballo y su jinete? Sí, están parados y lejos. Lejos, en efecto, la están haciendo directo hacia nuestra izquierda, paralelo al ahora constantemente encendido y humeante muro. El tableteo de los mosquetes es continuo, y el blanco de cada bala es ese corazón corajudo.
Súbitamente, una gran banda de humo blanco se apura hacia arriba desde detrás del muro. Otra y otra, una docena rueda por arriba antes de que el trueno de las explosiones y el zumbido de los misiles alcancen nuestros oídos, y los mismos misiles vienen saltando a través de las nubes de polvo hacia nuestra cobertura, golpeando por aquí y por allá a un hombre, y causando una distracción temporal, un pasajero pensamiento de uno mismo.
El polvo se dispersa. ¡Increíble!, el caballo y el jinete encantados han pasado un barranco, y están trepando otra ladera para desvelar otra conspiración de silencio, para frustrar la voluntad de otro anfitrión armado. Otro momento y esa cresta también está en erupción. El caballo se encabrita y golpea el aire con sus patas delanteras. Han sido tumbados por último. Pero miren de nuevo: el hombre se ha apartado del animal muerto. Se para erguido, inmóvil, teniendo su sable en su mano derecha, directo por encima de su cabeza. Su rostro está hacia nosotros. Ahora baja la mano al nivel de su rostro y la mueve hacia afuera, la hoja del sable describe una curva hacia abajo. Es un signo a nosotros, al mundo, a la posteridad. Es el saludo del héroe a la muerte y a la historia.
De nuevo el hechizo se ha roto, nuestros hombres intentan vitorear, están ahogados de emoción, dan gritos roncos, discordantes; agarran sus armas y se apresuran en tumulto hacia adelante, al descampado. Los tiradores sin órdenes, contra las órdenes, van hacia adelante en una carrera aguzada, como sabuesos sin correas. Nuestros cañones hablan, y los del enemigo abren fuego ahora a coro completo; a derecha e izquierda, tan lejos como podemos ver, la cresta distante, que parece ahora tan cercana, erige sus torres de nubes, y el gran cañonazo se abalanza rugiente sobre nuestras masas móviles. Bandera tras bandera de las nuestras emergen del bosque, línea tras línea barren hacia adelante, captando la luz del sol en sus armas bruñidas. Los batallones de la retaguardia son los únicos con obediencia, éstos preservan su distancia apropiada del frente insurgente.
El comandante no se ha movido. Ahora se quita los anteojos de campo de sus ojos y echa miradas a derecha e izquierda. Ve una corriente humana fluyendo a cada lado suyo y a su escolta agolpada, como las olas de una marea partidas por una roca. No hay un signo de sentimiento en su rostro, está pensando. De nuevo dirige sus ojos hacia adelante, éstos recorren la cresta maligna y horrenda con lentitud. Dirige una palabra calmada a su corneta. ¡Tra-la-la! ¡Tra-la-la! El mandato tiene una imperiosidad que lo refuerza. Es repetido por todos los cornetas de todos los comandantes subordinados; las agudas notas metálicas se reafirman por encima del zumbido de la avanzada y penetran el sonido de los cañones. Hacer alto es retirarse. Las banderas se mueven atrás con lentitud, las líneas vuelven los rostros y siguen de modo huraño, teniendo a sus heridos; los tiradores retornan, recogen a los muertos.
¡Ah, esos muchos, muchos muertos innecesarios! Esa gran alma cuyo hermoso cuerpo yace allá lejos, tan conspicuo contra el mustio flanco de la colina, ¿no se podría haber ahorrado la conciencia amarga de una devoción vana? ¿Habría una excepción empañado mucho la impiadosa perfección del plan divino, eterno?

Título original: A Son of the Gods, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Coming Rain, XX.

lunes, 17 de mayo de 2010

El hipnotizador


Esos de mis amigos que saben por casualidad, que yo a veces me divierto con el hipnotismo, la lectura de la mente y los fenómenos afines, me preguntan con frecuencia si tengo una concepción clara, de la naturaleza del principio cualquiera que subyace en éstos. A esa pregunta siempre replico que no tengo ni el deseo de tenerla. Yo no soy un investigador con una oreja en el ojo de la cerradura del taller de la naturaleza, tratando de robarle con vulgar curiosidad los secretos de su oficio. Los intereses de la ciencia son tan pequeños para mí, como parecen ser los míos para la ciencia.
Sin dudas, los fenómenos en cuestión son lo suficiente simples, y de ningún modo trascienden nuestros poderes de comprensión, si sólo podemos encontrar la pista; pero por mi parte yo prefiero no encontrarla, pues soy de una singular disposición romántica, y derivo más satisfacción del misterio que del conocimiento. Era común observar de mí cuando yo era un niño, que mis grandes ojos azules parecían haber sido hechos, más bien, para mirar adentro que para mirar afuera; tal era su belleza soñadora y, en mis frecuentes períodos de abstracción, su indiferencia a lo que estaba pasando. En esas peculiaridades éstos semejaban, me aventuro a pensar, el alma que yacía detrás de ellos, siempre más concentrada en alguna concepción encantadora, que había creado a su propia imagen, que preocupada por las leyes de la naturaleza y el material marco de las cosas. Todo esto, irrelevante y egoísta como pueda parecer, se relaciona a modo de recuento de la magrura de luz que yo soy capaz de arrojar sobre un sujeto, que ha ocupado tan mucho mi atención, y respecto al que hay tanto interés y, en general, curiosidad. Con mis poderes y oportunidades otra persona podría, sin dudas, tener una explicación para mucho de lo que yo presento, simplemente, como una narración.
Mi primer conocimiento de que yo poseía poderes inusuales me vino a los catorce años, cuando estaba en la escuela. Sucedido un día que había olvidado llevar mi almuerzo de mediodía, miraba con anhelo el de una muchacha menuda que se preparaba a comerse el suyo. Mirando hacia arriba, sus ojos encontraron los míos y ella pareció incapaz de apartarlos. Después de un momento de vacilación, vino adelante con una suerte de modo ausente y, sin una palabra, me entregó su pequeña canasta con su tentador contenido, y se fue caminando. Indeciblemente renovado, yo alivié mi hambre y destruí la canasta. Después de eso no tuve el problema de traer un almuerzo para mí: esa muchacha pequeña fue mi proveedor diario; y no infrecuente en satisfacer mi simple necesidad de su tienda frugal, combiné el placer y el beneficio de constreñir su asistencia al festín, y le hacía una propuesta engañosa de las viandas que yo consumía, eventualmente, hasta el último fragmento. La muchacha siempre estaba persuadida de que se lo había comido todo ella misma, y más tarde en el día, sus llorosas quejas de hambre sorprendían al maestro y entretenían a los alumnos, que le pusieron el sobrenombre de Tripa-glotona, y que me llenaba de la paz del pasado entendimiento.
Un rasgo desagradable de esta diferente, satisfactoria condición de las cosas, era el necesario secretismo: la transferencia del almuerzo, por ejemplo, tenía que hacerse a cierta distancia de la alocada multitud, en un bosque, y me sonrojo al pensar en los muchos otros indignos subterfugios que acarreaba la situación. Como yo era (y soy), naturalmente, de una disposición franca y abierta, estos se hacían más y más molestos, y a no ser por la reticencia de mis padres a renunciar a las obvias ventajas del nuevo régimen, yo gustoso habría vuelto al viejo. El plan que adopté finalmente para librarme de las consecuencias de mis propios poderes, despertó un amplio y grande interés por ese tiempo, y la parte de éste que consistió en la muerte de la muchacha fue condenada con severidad, pero es apenas pertinente para el alcance de esta narración.
Por algunos años después tuve poca oportunidad de practicar el hipnotismo; los menudos ensayos que hice de éste estuvieron, comúnmente, carentes de otro reconocimiento, que el confinamiento solitario con una dieta de pan y agua; a veces, en efecto, éstos no sacaban nada mejor que un gato de nueve colas. Fue cuando estaba a punto de dejar la escena de estos menudos desengaños, que mi hazaña realmente importante fue realizada.
Yo había sido llamado a la oficina del guardián, y me habían dado un traje de ropa de civil, una irrisoria suma de dinero y una gran porción de consejos que, me veo obligado a confesar, eran de mucho mejor calidad que la ropa. Mientras estaba pasando por el portón hacia la luz de la libertad, me volteé de súbito y miré al guardián en el ojo con gravedad, y pronto lo tuve bajo control.
-Usted es un avestruz -dije.
En el examen post-mortem se encontró que el estómago contenía una gran cantidad de artículos indigestos, en su mayoría de madera o metal. Atascado en el esófago con firmeza y constituyendo, de acuerdo al médico forense, la inmediata causa de muerte, un pomo de puerta.
Yo era por naturaleza un hijo bueno y afectuoso, pero cuando tomé mi camino hacia el gran mundo, del que había estado aislado tanto tiempo, no pude evitar recordar que todas mis desgracias habían fluido como una corriente, desde la mezquina economía de mis padres en materia de almuerzos escolares; y yo no tenía ninguna razón para pensar que ellos se habían reformado.
En el camino entre Colina Succotash y Asphyxia del Sur hay un campo un poco abierto, que una vez contuvo una choza conocida como "el Lugar de Pete Gilstrap", donde ese caballero solía asesinar a los viajeros para ganarse la vida. La muerte del sr. Gilstrap y el desvío de casi todos los viajes a otro camino ocurrieron casi tan al mismo tiempo, que nadie jamás ha sido capaz de decir cuál fue la causa y cuál el efecto. De todas formas el campo era ahora una desolación y "el lugar" hacía largo tiempo que había sido quemado. Fue mientras iba a pie a Asphyxia del Sur, el hogar de mi infancia, que encontré a mis padres ambos en su camino hacia la colina. Habían enganchado su tiro y estaban comiendo su almuerzo bajo un roble en el centro del campo. La visión del almuerzo me trajo dolorosos recuerdos de mis días de escuela y despertó el león dormido en mi pecho. Aproximándome a la pareja culpable, que en seguida me reconoció, me aventuré a sugerir que yo compartía su hospitalidad.
-De esta alegría, mi hijo -dijo el autor de mi ser, con la pomposidad característica que la edad no había marchitado-, hay suficiente sólo para dos. Yo no soy, espero, insensible a la luz hambrienta de tus ojos, pero…
Mi padre nunca completó esa sentencia, lo que él confundió con una luz hambrienta era, simplemente, la mirada seria del hipnotizador. En unos pocos segundos él estaba a mi servicio. Unos pocos más fueron suficientes para la dama, y los dictados de un justo resentimiento pudieron ser llevados a efecto. -Mi antiguo padre -dije-, ¿yo presumo que le es sabido, que usted y esta dama no son más lo que eran?
-Yo he observado un cierto cambio sutil -fue la réplica más bien dudosa del viejo caballero-, acaso sea atribuible a la edad.
-Es más que eso -le expliqué-, tiene que ver con el carácter, con las especies. Usted y la dama aquí son, en verdad, dos potros, unos sementales salvajes ambos, y poco amistosos.
-¿Por qué, John? -exclamó mi querida madre-, tú no quieres decir que yo soy…
-Señora -repliqué de modo solemne, fijando mis ojos en los suyos de nuevo-, usted lo es.
Apenas habían caído las palabras de mis labios, cuando ella se tumbó sobre sus manos y rodillas, y reculando hacia el viejo chilló como un demonio, ¡y le asestó una viciosa patada en la canilla! Un instante después él mismo estaba en cuatro patas, se apartaba de ella y le lanzaba sus pies de forma simultánea y sucesiva. Con igual seriedad pero inferior agilidad, debido a su impedido engranaje corporal, ella hacia lo suyo. Sus piernas volantes se cruzaban y mezclaban del modo más aturdidor, sus pies a veces se juntaban en escuadra en medio del aire, sus cuerpos arrojados hacia delante, cayendo planos sobre el terreno y por un momento indefensos. Al recobrarse reanudaban el combate, emitiendo en su frenesí los sonidos innominados de las bestias furiosas, que ellos mismos creían ser, ¡la región entera resonaba con sus clamores! Rodaban con vueltas y vueltas, los golpes de sus pies cayendo “como relámpagos de la nube de la montaña.” Se sumergían y levantaban hacia atrás sobre las rodillas, se pegaban el uno al otro con salvajismo, con torpes golpes descendentes de ambos puños a la vez, y se tumbaban sobre sus manos de nuevo, como incapaces de mantener la posición erguida del cuerpo. La hierba y los guijarros eran arrancados del suelo por las manos y los pies; las ropas, los cabellos, los rostros se mancharon indeciblemente de polvo y sangre. Los gritos de rabia salvajes, inarticulados atestiguaban la repartición de los golpes; los gemidos, los gruñidos y los jadeos su recepción. Nada más verdaderamente militar fue visto jamás en Gettysburg o Waterloo: el valor de mis queridos padres en una hora de peligro, nunca podrá dejar de ser para mí una fuente de orgullo y satisfacción. Al final de todo los dos apaleados, andrajosos, sangrantes y fragmentados vestigios de mortalidad atestiguaron el hecho solemne, de que el autor de la pelea era un huérfano.
Arrestado por provocar una alteración del orden, yo fui, y desde entonces he sido, juzgado en la Corte de Tecnicismos y Aplazamientos donde, después de quince años de proceso, mi abogado está moviendo cielo y tierra para conseguir que el caso sea llevado a la Corte de mandato a nuevos juicios.
Estos son unos pocos de mis experimentos principales en la misteriosa fuerza o agencia, conocida como la sugestión hipnótica. Si ésta puede o no ser empleada por un hombre malo con un propósito indigno, yo soy incapaz de decirlo.

Título original: The Hypnotist, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, septiembre de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Ivan Kramskoy, Vladimir Solovyov, 1885.

jueves, 6 de mayo de 2010

La cosa maldita


I. Uno no siempre se come lo que está en la mesa

A la luz de una vela de sebo, que había sido puesta en el extremo de una mesa rústica, un hombre estaba leyendo algo escrito en un libro. Era un viejo libro de cuentas bastante usado, y lo escrito no era al parecer muy legible, pues el hombre a veces llevaba la página cerca de la llama de la vela, para tener una luz más fuerte sobre ésta. La sombra del libro lanzaba entonces a la oscuridad una mitad de la habitación, apagando un número de rostros y figuras, pues además del lector otros ocho hombres estaban presentes. Siete de éstos sentados contra las rústicas paredes de troncos, en silencio, inmóviles y, siendo la habitación pequeña, no muy lejos de la mesa. De extender un brazo, cualquiera de ellos podría haber tocado al octavo hombre, que yacía en la mesa boca arriba, cubierto en parte por una sábana, sus brazos a los costados. Ése estaba muerto.
El hombre con el libro no estaba leyendo en voz alta, y nadie hablaba; todos parecían estar esperando que algo ocurriera, sólo el hombre muerto estaba sin expectativa. Desde la oscuridad absoluta del exterior venían, por una abertura que servía de ventana, todos los ruidos nunca no familiares de la noche en la espesura: la larga nota innominada de un coyote distante, el quieto temblor pulsante de los incansables insectos en los árboles, los extraños gritos de los pájaros de la noche, tan diferentes a los de los pájaros del día, el zumbido de los grandes escarabajos desatinados, y todo ese misterioso coro de sonidos menudos que parecen haber estado siempre, y que son oídos a medias cuando han cesado de súbito, como conscientes de una indiscreción. Pero nada de todo eso era notado por esa partida; sus miembros no eran muy adictos al interés ocioso en asuntos de importancia no práctica; eso era obvio en cada línea de sus rostros ásperos, obvio, incluso, a la tenue luz de la única vela. Eran, evidentemente, hombres de la vecindad, granjeros y leñadores.
La persona leyendo era un poco diferente; uno hubiera dicho que era del mundo, mundana, aunque había algo en su atuendo que atestiguaba una cierta fraternidad con los organismos de su entorno. Su chaqueta apenas habría pasado como aceptable en San Francisco, su calzado no era de origen urbano, y el sombrero que yacía a su lado en el suelo (era el único descubierto) era tal que, si uno lo hubiera considerado como un artículo de mero adorno personal, habría perdido su sentido. De semblante el hombre era más bien cautivador, con sólo un rastro de severidad, aunque ésta podía haberla asumido o cultivado, como era apropiado para uno de autoridad. Pues él era forense. Era en virtud de su oficio que tenía posesión del libro que estaba leyendo, éste se había hallado entre los efectos del hombre muerto, en su cabaña, donde la pesquisa tenía lugar ahora.
Cuando el forense terminó su lectura, se puso el libro en su bolsillo pectoral. En ese momento la puerta se abrió empujada, y entró un joven. Éste, claramente, no era de nacimiento ni crianza montañezca: estaba vestido como los que residían en las ciudades. Su ropa estaba polvorienta sin embargo, como de un viaje. De hecho, había cabalgado duro para asistir a la pesquisa.
El forense le asintió con la cabeza, nadie más lo saludó.
-Hemos esperado por usted -dijo el forense-. Es necesario haber acabado con este negocio esta noche.
El joven sonrió. -Lamento haberlo hecho esperar -dijo-. Yo me fui no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un recuento de lo que, supongo, me llamaron de vuelta para relatar.
El forense sonrió.
-El recuento que usted envió a su periódico -dijo-, difiere, probablemente, del que usted va a dar aquí bajo juramento.
-Eso -replicó el otro más bien acalorado y con visible sonrojo-, es como le plazca. Yo usé papel múltiple y tengo una copia de lo que mandé. No fue escrito como una noticia, pues es increíble, sino como una ficción. Eso puede ir como una parte de mi testimonio bajo juramento.
-Pero usted dice que es increíble.
-Eso no es nada para usted, señor, si yo juro también que es verdad.
El forense estuvo en silencio por un tiempo, sus ojos en el suelo. Los hombres en los costados de la cabaña hablaron en susurro, pero rara vez apartaron sus miradas del rostro del cadáver. De repente, el forense alzó los ojos y dijo: -Vamos a reanudar la pesquisa.
Los hombres se quitaron los sombreros. El testigo estaba jurando.
-¿Cuál es su nombre? -preguntó el forense.
-William Harker.
-¿Edad?
-Veintisiete.
-¿Usted conocía al difunto, Hugh Morgan?
-Sí.
-¿Usted estaba con él cuando murió?
-Cerca de él.
-¿Cómo pasó eso, su presencia, quiero decir?
-Yo lo estaba visitando en este lugar, para cazar y pescar. Una parte de mi propósito, sin embargo, era estudiarlo a él, y su raro, solitario modo de vida. Parecía un buen modelo para un carácter de ficción. Yo, a veces, escribo historias.
-Yo, a veces, las leo.
-Gracias.
-Las historias en general, no las suyas.
Algunos de los jurados se rieron. Contra un fondo sombrío, el humor muestra luces altas. Los soldados en los intervalos de la batalla se ríen fácilmente, y una broma en la cámara de la muerte conquista por sorpresa.
-Relate las circunstancias de la muerte de este hombre -dijo el forense-. Usted puede usar cualquier nota o memorando que le plazca.
El testigo entendió. Tirando de un manuscrito de su bolsillo pectoral, lo llevó cerca de la vela y, pasando las hojas hasta que encontró el pasaje que quería, empezó a leer.

II. Lo que puede pasar en un campo de avena silvestre

“…El sol apenas se había levantado cuando dejamos la casa. Estábamos buscando la codorniz, cada uno con una escopeta, pero sólo teníamos un perro. Morgan dijo que el mejor terreno estaba más allá de cierta cima que señaló, y la cruzamos por un sendero a través de un chaparral. En el otro lado había un terreno en comparación llano, cubierto densamente de avena silvestre. Cuando salimos del chaparral, Morgan estaba sólo a unas pocas yardas adelante. Súbitamente oímos, a una pequeña distancia a nuestra derecha y en parte enfrente, un ruido como de algún animal que se revolcara entre los arbustos, que pudimos ver se agitaban con violencia.
-Hemos espantado a un ciervo -dije-. Quisiera haber traído un rifle.
Morgan, que se había detenido y estaba vigilando con intención el chaparral agitado, no dijo nada, pero había montado los dos cañones de su escopeta y la llevaba preparado para apuntar. Pensé que estaba un poco excitado, lo que me sorprendió, pues tenía la reputación de una frialdad excepcional, incluso en los momentos de peligro súbito e inminente.
-Oh, vamos -dije-. Usted no va a llenar un ciervo de perdigones de codornices, ¿verdad?
Aún no replicaba, pero al captar una visión de su rostro, cuando lo volvió levemente hacia mí, me golpeó la intensidad de su mirada. Entonces entendí que teníamos un negocio serio en las manos, y mi primera conjetura fue que nos habíamos “saltado” un pardo. Yo avancé hacia el lado de Morgan, montando mi pieza mientras me movía.
Los arbustos ahora estaban tranquilos y los sonidos habían cesado, pero Morgan estaba tan atento al lugar como antes.
-¿Qué es? ¿Qué diablos es? -pregunté.
-¡Esa cosa maldita! -replicó, sin volver la cabeza. Su voz era áspera y no natural. Él temblaba visiblemente.
Yo estaba a punto de hablar más, cuando observé la avena silvestre, cerca del lugar del disturbio, moviéndose del modo más inexplicable. Apenas puedo describirlo. Ésta parecía como revuelta por una racha de viento, que no sólo la doblaba, sino también la presionaba hacia abajo, la aplastaba así que no se levantaba; y ese movimiento se prolongaba directo hacia nosotros con lentitud.
Nada de lo que yo jamás vi me había afectado de una forma tan extraña, como este fenómeno no familiar e incontable, aunque soy incapaz de acordarme de alguna sensación de miedo. Yo recuerdo -y lo digo aquí porque, es bastante singular, me acordé entonces- que una vez, mirando con descuido por una ventana abierta, confundí por un momento un menudo árbol cercano a la mano, con uno de un grupo de árboles grandes a una pequeña distancia. Éste parecía del mismo tamaño que los otros, pero estando definido más distinta y agudamente en la masa y el detalle, parecía no tener armonía con éstos. Era una mera falsificación de la ley de la perspectiva aérea, pero me alarmó, casi me aterró. Estamos tan confiados en la operación ordenada de las familiares leyes naturales, que cualquier suspensión parecida de éstas es anotada como una amenaza a nuestra seguridad, una advertencia de una calamidad impensable. Así ahora el aparente, incausado movimiento del herbaje, y el lento, no desviado aproximarse de la línea del disturbio, eran claramente inquietantes. Mi compañero parecía realmente espantado, y yo apenas podía dar crédito a mis sentidos, cuando lo vi lanzarse la escopeta al hombro de súbito, ¡y disparar los dos cañones al grano agitado! Antes de que el humo de la descarga se hubiera despejado, oí un fuerte grito salvaje -un aullido como el de un animal silvestre- y, arrojando su escopeta al terreno, Morgan saltó y corrió del sitio con ligereza. En el mismo instante yo fui lanzado al terreno con violencia, por el impacto de algo invisible en el humo, una sustancia blanda, pesada que parecía lanzarse contra mí con gran fuerza.
Antes de que pudiera ponerme de pie y recobrar mi escopeta, que parecía haber sido arrancada de mis manos, oí a Morgan gritando como en una agonía mortal, y mezclados con sus gritos había unos sonidos roncos, salvajes, como los que uno oye entre perros peleando. Inexpresablemente aterrado, me esforcé con mis pies y miré en la dirección de la retirada de Morgan, ¡y que el cielo me libre con misericordia de otra visión como esa! A una distancia de menos de treinta yardas, estaba mi amigo, tumbado sobre una rodilla, su cabeza echada atrás en un ángulo de espanto, sin sombrero, su largo cabello en desorden, y todo su cuerpo en un movimiento violento de un lado a otro, atrás y adelante. Su brazo derecho estaba alzado y parecía carecer de mano, al menos, yo no podía ver ninguna. El otro brazo era invisible. A veces, como mi memoria reporta ahora esa escena extraordinaria, yo podía discernir sólo una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado -no lo puedo expresar de otra forma-, luego un cambio de su posición lo traía todo a la vista de nuevo.
Todo esto debe haber ocurrido en unos pocos segundos, aunque en ese tiempo Morgan asumió todas las posturas de un decidido luchador, vencido por un peso y una fuerza superiores. Yo no veía nada más que a él, y a él no siempre con distinción. Durante todo el incidente sus alaridos y maldiciones se oían, como a través de un envolvente alboroto de sonidos de rabia y furia, ¡que yo nunca había oído en la garganta de un hombre o una bestia!
Por un momento solamente estuve parado irresoluto, luego, lanzando mi escopeta, corrí hacia mi amigo en su auxilio. Yo tenía la vaga creencia de que estaba sufriendo un ataque, o algún tipo de convulsión. Antes de que pudiera alcanzar su lugar, estaba tumbado y tranquilo. Todos los sonidos habían cesado, pero con una sensación de terror, que incluso esos sucesos horribles no me habían inspirado, vi ahora de nuevo el misterioso movimiento de la avena silvestre, que se prolongaba desde el área pisoteada, alrededor del hombre postrado, hacia el borde del bosque. Fue sólo cuando ésta hubo alcanzado el bosque, que yo fui capaz de apartar mis ojos y mirar a mi compañero. Estaba muerto."

III. Un hombre, aunque esté desnudo, puede estar en harapos

El forense se levantó de su asiento y se paró junto al hombre muerto. Alzando un borde de la sábana la tiró atrás, exponiendo el cuerpo entero, que estaba desnudo por completo y mostraba a la luz de la vela un amarillo arcilloso. Éste tenía, sin embargo, amplias máculas de un negro azulado, obviamente causadas por la sangre extravasada de las contusiones. El pecho y los costados lucían como si hubieran sido golpeados con un garrote. Había laceraciones horrendas, la piel estaba desgarrada en tiras y jirones.
El forense se movió rondando hacia el extremo de la mesa, y desató un pañuelo de seda, que había sido pasado por debajo de la barbilla y anudado encima de la cabeza. Cuando el pañuelo fue retirado, expuso lo que había sido la garganta. Algunos de los jurados que se habían levantado para obtener una vista mejor, se arrepintieron de su curiosidad y voltearon los rostros. El testigo Harker fue a la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, débil y enfermo. Soltando el pañuelo sobre el cuello del hombre muerto, el forense caminó hacia un ángulo de la habitación y, de una pila de ropa, extrajo una prenda tras otra, cada una de las que levantó un momento para su inspección. Todas estaban desgarradas, y tiesas de sangre. Los jurados no hicieron una inspección más cercana. Éstos parecían más bien desinteresados. Habían, en verdad, visto todo eso antes, la única cosa que era nueva para ellos era el testimonio de Harker.
-Caballeros -dijo el forense-, no tenemos más evidencia, yo creo. Su deber ya ha sido explicado a ustedes, si no hay nada que deseen preguntar, pueden salir afuera y considerar su veredicto.
El presidente se levantó, un hombre alto, barbudo, de sesenta años, vestido de modo grosero.
-Me gustaría hacer una pregunta, sr. Forense -dijo-. ¿De qué asilo se escapó este forastero último testigo?
-Sr. Harker -dijo el forense, grave y tranquilo-, ¿de qué asilo se escapó usted por último?
Harker se sonrojó hasta el púrpura de nuevo, pero no dijo nada, y los siete jurados se levantaron y salieron en fila de la cabaña de forma solemne.
-¿Si usted ha acabado de insultarme, señor -dijo Harker, tan pronto como él y el oficial fueron dejados solos con el hombre muerto-, yo supongo que estoy en libertad de irme?
-Sí.
Harker empezó a irse pero se detuvo, con la mano en el cerrojo de la puerta. El hábito de su profesión era fuerte en él, más fuerte que su sentido de la dignidad personal. Se volteó y dijo:
-El libro que usted tiene ahí, yo lo reconozco como el diario de Morgan. Usted parece bastante interesado en éste, lo leía mientras yo estaba testificando. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría.
-El libro no va a hacer figura en este asunto -replicó el oficial, deslizándolo en el bolsillo de su abrigo-, todas las entradas se hicieron antes de la muerte del escritor.
Cuando Harker salió de la casa, los jurados entraron de nuevo y se pararon alrededor de la mesa, en la que el cadáver cubierto ahora se mostraba bajo la sábana con una definición aguzada. El presidente se sentó cerca de la vela, extrajo de su bolsillo pectoral un lápiz y un trozo de papel, y escribió de modo más bien laborioso el siguiente veredicto, que todos firmaron con diversos grados de esfuerzo:
“Nosotros, el jurado, encontramos que los restos hallaron la muerte a manos de un león de montaña, pero algunos de nosotros piensan, de igual forma, que ellos tenían ataques.”

IV. Una explicación desde la tumba

En el diario del finado Hugh Morgan hay ciertas entradas interesantes que, posiblemente, tienen un valor científico como sugerencias. En la pesquisa de su cuerpo el libro no fue puesto en evidencia, posiblemente el forense pensó que no valía la pena confundir al jurado. La fecha de la primera de las entradas mencionadas no se puede averiguar; la parte superior de la hoja está arrancada; la parte de la entrada restante es la siguiente:
“… corría en un semicírculo, manteniendo la cabeza volteada siempre hacia el centro, y de nuevo se quedaba quieto, ladrando furiosamente. Por último corrió hacia los arbustos tan rápido como podía ir. Al principio pensé que se había vuelto loco, pero al retornar a la casa no encontré ninguna otra alteración en sus maneras, de la que era obvia, debido al miedo al castigo."
“¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Los olores impresionan algún centro cerebral, con las imágenes de la cosa que los emite?.."
“2 de sep. Mirando las estrellas la noche pasada, mientras éstas se levantaban por encima de la cresta de la cima, al este de la casa, yo las observé desaparecer sucesivamente, de izquierda a derecha. Cada una se eclipsaba sólo un instante, y sólo unas pocas al mismo tiempo, pero a lo largo de toda la longitud de la cima, todas las que estaban a un grado o dos de la cresta, fueron borradas. Era como si algo hubiera pasado a lo largo entre éstas y yo, pero yo no podía verlo, y las estrellas no eran lo suficiente gruesas como para definir sus contornos. ¡Uf! No me gusta esto…"
Varias semanas las entradas están perdidas, tres hojas fueron arrancadas del libro.
“27 de sep. Ha estado por aquí de nuevo, yo encuentro evidencias de su presencia todos los días. Vigilé de nuevo toda la noche pasada en la misma cobertura, escopeta en mano, cargada doble con perdigones. Por la mañana las huellas frescas estaban allí, como antes. Aunque habría jurado que no dormí, en efecto, apenas duermo del todo. ¡Es terrible, insoportable! Si estas experiencias asombrosas son reales, me voy a volver loco, si son imaginarias, yo estoy loco ya.”
“3 de oct. Yo no me iré, eso no me va a echar. No, esta es mi casa, mi tierra. Dios odia al cobarde…"
“5 de oct. Yo no puedo soportarlo más, he invitado a Harker a pasarse unas semanas conmigo, él tiene una cabeza equilibrada. Puedo juzgar por sus maneras si él piensa que yo estoy loco."
“7 de oct. Yo tengo la solución del misterio, me vino la noche pasada, súbitamente, como por revelación. ¡Qué simple, qué terriblemente simple!"
“Hay sonidos que no podemos oír. En cada extremo de la escala hay notas que no mueven una cuerda en ese instrumento imperfecto, el oído humano. Éstos son demasiado altos o demasiado graves. Yo he observado una bandada de mirlos ocupando la copa de un árbol entera -las copas de varios árboles- y todos en una canción total. Súbitamente, en un momento, al mismo instante en absoluto, todos saltaron al aire y se fueron volando. ¿Cómo? Ellos no se pueden ver unos a otros del todo, todas las copas de los árboles intervienen. En ningún punto podría un líder haber sido visible a todos. Debe haber habido una señal de advertencia o comando, alta y chillona por encima del barullo, pero no oída por mí. Yo he observado, también, el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo de los mirlos, sino también de otros pájaros; las codornices, por ejemplo, ampliamente separadas por los arbustos, incluso en los lados opuestos de una colina."
“Es sabido de los marinos que un cardumen de ballenas, que se calientan al sol o juguetean en la superficie del océano, millas aparte, con la convexidad de la tierra entre ellas, a veces se sumergen al mismo instante, todas se pierden de vista en un momento. La señal ha sonado, demasiado grave para el oído del marinero en el mástil y sus camaradas en la cubierta, que no obstante sienten sus vibraciones en el barco, como las piedras de una catedral son removidas por el bajo del órgano."
“Como con los sonidos, así con los colores. En cada extremo del espectro solar, el químico puede detectar la presencia de lo que es conocido como rayos ‘actínicos’. Éstos representan los colores -los colores integrales de la composición de la luz- que somos incapaces de discernir. El ojo humano es un instrumento imperfecto, su rango es sólo de unas pocas octavas en la ‘escala cromática’ real. Yo no estoy loco, hay colores que no podemos ver."
“¡Y Dios me ayude, la cosa maldita es de ese color!”

Título original: The Damned Thing, publicado por primera vez en Town Topics, diciembre de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Frederick Peto, Still Life with Candlestick and Book, XIX.

sábado, 1 de mayo de 2010

El master de Moxon


-¿Usted, en serio?, ¿usted, realmente, cree que una máquina piensa?
Yo no obtuve una réplica inmediata; Moxon estaba, al parecer, abstraído en los carbones de la parrilla, tocándolos aquí y allá con el atizador diestramente, hasta que éstos expresaron el sentido de su atención con un resplandor más brillante. Por varias semanas había observado en él un creciente hábito de demora en responder, incluso a la más trivial de las preguntas comunes. Su aire, sin embargo, era más de preocupación que de deliberación: uno podía haber dicho que tenía “algo en la mente.”
De repente dijo:
-¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida de forma diversa. He aquí una definición de un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización, por el cual un poder es aplicado y hecho efectivo, o un efecto deseado producido.” Bueno, entonces, ¿no es un hombre una máquina? Y usted admitirá que él piensa, o piensa que piensa.
-Si no desea responder a mi pregunta -dije, más bien molesto-, ¿por qué no lo dice?, todo lo que dice es una mera evasiva. Usted sabe bastante bien que cuando yo digo “máquina”, no me refiero a un hombre, sino a algo que el hombre ha hecho y controla.
-Cuando ésta no lo controla a él -dijo, levantándose abruptamente y mirando por una ventana, donde nada era visible en la negrura de una noche de tormenta. Un momento después se volvió y, con una sonrisa, dijo: -Le pido perdón, no había pensado en una evasiva. Yo consideré el diccionario del hombre un testimonio inconsciente, que sugería y valía algo en la discusión. Yo puedo darle a su pregunta una respuesta directa con bastante facilidad: yo creo que una máquina piensa en el trabajo que está haciendo.
Eso era bastante directo, ciertamente. No era placentero por completo, pues tendía a confirmar la triste sospecha, de que la devoción de Moxon por estudiar y trabajar en su taller de máquinas, no había sido buena para él. Yo sabía por una cosa que él sufría de insomnio, y eso no era una aflicción ligera. ¿Había ésta afectado su mente? Su réplica a mi pregunta me pareció entonces una evidencia de que había; acaso, debía pensar sobre eso, ahora, de modo diferente. Yo era más joven entonces, y entre las bendiciones que no son negadas a la juventud está la ignorancia. Incitado por ese gran estímulo a la controversia, le dije:
-¿Y con qué piensa pues, en ausencia de un cerebro?
La réplica, viniendo con menos de su demora habitual, tomó su forma favorita de contra-interrogación:
-¿Con qué piensa una planta, en ausencia de un cerebro?
-¡Ah, las plantas también pertenecen a la clase del filósofo! Me placería conocer algunas de sus conclusiones, puede omitir las premisas.
-Acaso -replicó, al parecer no afectado por mi necia ironía-, usted pueda ser capaz de inferir sus convicciones de sus actos. Yo le ahorraré los ejemplos familiares de la mimosa sensitiva, las varias flores insectívoras y esas, cuyos estambres se inclinan y sacuden su polen sobre la abeja entrante, en orden de que ésta pueda fertilizar a sus parejas distantes. Pero observe esto. En un sitio abierto de mi jardín, yo planté una vid de enredadera. Cuando estaba apenas por arriba de la superficie, puse una estaca en el suelo, a una yarda. La vid de una vez fue por ésta, pero cuando estaba a punto de alcanzarla, después de varios días, la removí unos pocos pies. La vid de una vez alteró su curso, haciendo un ángulo agudo, y fue por la estaca de nuevo. Esa maniobra fue repetida varias veces, y finalmente, como desanimada, la vid abandonó la persecución e, ignorando otros intentos de desviarla, viajó hacia un árbol pequeño, más lejos, en el que se enredó.
-Las raíces del eucalipto se prolongan increíblemente en busca de la humedad. Un horticultor bien conocido relata, que una entró a un viejo caño de drenaje y lo siguió hasta llegar a una rotura, donde una sección del caño se había eliminado, para hacerle camino a un muro de piedra, que se había construido sobre su curso. La raíz dejó el drenaje y siguió el muro, hasta que encontró una abertura donde la piedra se había caído. Se arrastró a través y siguió al otro lado del muro, de vuelta al drenaje, entró a una parte inexplorada y reanudó su viaje.
-¿Y todo eso?
-¿Puede usted perderse el significado de eso? Eso muestra la conciencia de las plantas. Eso prueba que ellas piensan.
-Incluso si lo hiciera, ¿qué entonces? Nosotros no estábamos hablando de plantas, sino de máquinas. Éstas pueden estar compuestas, parcialmente, de madera -una madera que no tiene más vitalidad-, o totalmente de metal. ¿Es el pensamiento también un atributo del reino mineral?
-¿Cómo más explica usted, por ejemplo, el fenómeno de la cristalización?
-Yo no lo explico.
-Porque no puede, sin afirmar lo que usted desea negar, es decir, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman líneas o escuadras huecas, usted llama a eso razón. Cuando los gansos salvajes en vuelo, toman la forma de una letra V, usted dice instinto. Cuando los átomos homogéneos de un mineral, moviéndose libremente en una solución, se disponen en figuras matemáticamente perfectas, o las partículas de la humedad congelada en las formas simétricas y hermosas de los copos de nieve, usted no tiene nada que decir. Usted, incluso, no ha inventado un nombre, para ocultar su heroica sinrazón.
Moxon estaba hablando con una inusual animación y seriedad. Cuando se detuvo oí en una habitación contigua, que yo conocía como su “taller de máquinas”, al que a nadie más que a él mismo se le permitía entrar, un singular sonido de aporreo, como de alguien golpeando sobre una mesa con la mano abierta. Moxon lo oyó en el mismo momento y, visiblemente agitado, se levantó y pasó apurado a la habitación de donde venía. Yo pensé era raro que alguien más estuviera allí, y mi interés en mi amigo -sin dudas, con un toque de curiosidad no justificada- me llevó a escuchar abstraído, aunque, soy feliz de decirlo, no al ojo de la cerradura. Había sonidos confusos, como de una lucha o forcejeo, el suelo se sacudía. Oí claramente una respiración dificultosa, y un ronco susurro que decía: “¡Maldito seas!” Luego todo fue silencio, y de repente Moxon reapareció y dijo, más bien con una sonrisa de disculpa:
-Perdóneme por dejarlo tan abruptamente. Yo tengo una máquina ahí, que pierde su temple y corta en bruto.
Fijando mis ojos de modo constante en su mejilla izquierda, que estaba atravesada por cuatro excoriaciones paralelas que mostraban sangre, dije:
-¿Cómo habría que hacer para cortarle las uñas?
Podría haberme ahorrado la broma, él no le prestó atención, y se sentó en la silla que había dejado y reanudó el monólogo interrumpido, como si nada hubiera ocurrido:
-Sin dudas, usted no la tiene con esos (yo no necesito nombrarlos para un hombre de su lectura), que han enseñado que toda la materia es sensitiva, que cada átomo es un ser viviente, sintiente, consciente. Yo sí. No hay tal cosa como la materia muerta, inerte: todo está vivo, todo es instinto con fuerza, real y potencial; todo es sensitivo a las mismas fuerzas de su entorno, y susceptible al contagio de las más altas y sutiles, que residen en esos organismos superiores, ya que puede ponerse en relación con éstas; como las del hombre, cuando la está configurando en un instrumento de su voluntad. Ésta absorbe algo de su inteligencia y propósito, más de éstas en proporción con la complejidad de la máquina resultante y la de su trabajo.
-¿Usted recuerda por casualidad la definición de la “vida”, de Herbert Spencer? Yo la leí hace treinta años. Él puede haberla alterado después, por lo que yo sé, pero en todo este tiempo he sido incapaz de pensar en una sola palabra, que pudiera ser cambiada, agregada o eliminada con provecho. Me parece no sólo la mejor definición, sino la única posible.
-La vida -dice-, es una combinación definida de cambios heterogéneos, ambos simultáneos y sucesivos, en correspondencia con las coexistencias y las secuencias exteriores.
-Eso define el fenómeno -dije-, pero no da ningún indicio de su causa.
-Eso -replicó-, es todo lo que cualquier definición puede hacer. Como Mill apunta, nosotros no sabemos nada de la causa, excepto como un antecedente, nada del efecto, excepto como una consecuencia. En ciertos fenómenos, uno nunca ocurre sin el otro, lo que es distinto: al primero en el punto del tiempo lo llamamos causa, al segundo efecto. Uno que haya visto muchas veces un conejo perseguido por un perro, y nunca haya visto a los conejos y los perros de otra manera, pensará que el conejo es la causa del perro.
-Pero me temo -agregó, riendo de forma bastante natural-, que mi conejo me está llevando muy lejos del rastro de mi presa legítima: yo me entrego al placer de la caza por sí misma. Lo que quiero que usted observe, es que en la definición de la “vida” de Herbert Spencer, la actividad de la máquina es incluida, no hay nada en la definición que no sea aplicable a ésta. De acuerdo al más agudo de los observadores y el más profundo de los pensadores, si un hombre, durante su período de actividad, está vivo, pues es una máquina cuando está en operación. Como inventor y constructor de máquinas, yo sé que es verdad.
Moxon estuvo en silencio por largo tiempo, mirando al fuego de modo ausente. Se estaba haciendo tarde y pensé que era hora de irme, pero de algún modo no me gustaba la idea de dejarlo en esa casa aislada, solo del todo, excepto por la presencia de cierta persona, sobre cuya naturaleza mis conjeturas no podían ir más lejos, de que era no amistosa, acaso maligna. Inclinándome sobre él y mirándolo a los ojos seriamente, mientras hacía un movimiento con la mano hacia la puerta de su taller, dije:
-Moxon, ¿a quién tiene usted ahí?
Un tanto para mi sorpresa, se rió levemente y respondió sin vacilación:
-A nadie; el incidente que usted tiene en mente, fue causado por mi necedad de dejar una máquina en acción, sin nada sobre qué actuar, mientras acometía la tarea interminable de iluminar su entender. ¿Usted sabe por casualidad, que la conciencia es la criatura del ritmo?
-¡Oh, molesta a las dos! -repliqué, levantándome y echando mano de mi sobretodo. -Yo voy a desearle buenas noches, y voy a agregar la esperanza de que la máquina, que dejó en acción de forma inadvertida, tendrá sus guantes la próxima vez que usted crea necesario detenerla.
Sin esperar a observar el efecto de mi disparo, dejé la casa.
La lluvia estaba cayendo, y la oscuridad era intensa. En el cielo, más allá de la cresta de una colina, hacia la que me abría camino a tientas, a lo largo de una precaria acera de tablones y calles fangosas sin pavimentar, podía ver el tenue resplandor de las luces de la ciudad, pero detrás de mí nada más era visible la sola ventana de la casa de Moxon. Ésta resplandecía con lo que me parecía un sentido misterioso y fatal. Yo sabía que era una abertura sin cortinas en el “taller de máquinas” de mi amigo, y tenía pocas dudas de que él había reanudado los estudios interrumpidos por sus deberes, como instructor mío en la conciencia mecánica y la paternidad del ritmo. Tan raras, y en cierto grado jocosas, como me parecían sus convicciones en ese tiempo, yo no podía despojarme totalmente de la sensación, de que éstas tenían alguna relación trágica con su vida y su carácter -acaso con su destino-, aunque ya no abrigaba más la idea, de que fueran vaguedades de una mente desordenada. Cualquier cosa se pudiera pensar de sus visiones, su exposición de éstas era demasiado lógica para eso. Una y otra vez, sus últimas palabras volvían a mi mente: “La conciencia es la criatura del ritmo.” Escueta y concisa como era la declaración, yo ahora la encontraba infinitamente seductora. A cada recurrencia ésta se ampliaba en sentido y se profundizaba en sugestión. El porqué, aquí, (pensé) era algo sobre qué fundar una filosofía. Si la conciencia era el producto del ritmo, todas las cosas eran conscientes, pues todo tenía movimiento, y todo movimiento era rítmico. Me pregunté ¿si Moxon sabía el significado y la amplitud de su pensamiento, el alcance de esa generalización trascendental, o si había llegado a su fe filosófica por el tortuoso e incierto camino de la observación?
Esa fe entonces era nueva para mí, y toda la exposición de Moxon había fracasado en hacerme un converso; pero ahora parecía como si una gran luz brillara sobre mí, como esa que cayó sobre Saulo de Tarso; y allá afuera, en la tormenta, la oscuridad y la soledad, experimenté lo que Lewes llamaba “la infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico.” Me regocijé con un nuevo sentido del conocimiento, con un nuevo orgullo de la razón. Mis pies apenas parecían tocar la tierra, era como si fuera levantado y llevado en el aire por unas alas invisibles.
Cediendo al impulso de buscar más luz de aquél, a quien yo ahora reconocía como mi master y guía, me había vuelto de modo inconsciente, y casi antes de darme cuenta de haber hecho eso, me encontré de nuevo en la puerta de Moxon. Yo estaba empapado por la lluvia, pero no me sentía incómodo. Incapaz en mi excitación de encontrar la campanilla de la puerta, probé el pomo de forma instintiva. Éste giró y, entrando, subí las escaleras hacia la habitación que había dejado tan reciente. Todo estaba oscuro y en silencio; Moxon, como yo había supuesto, estaba en la habitación contigua, el “taller de máquinas.” Andando a tientas a lo largo de la pared, hasta que encontré la puerta que conducía, toqué con fuerza varias veces, pero no obtuve respuesta, lo que atribuí al alboroto de afuera, pues el viento estaba soplando en ráfagas, y arrojando la lluvia en láminas contra las paredes delgadas. El tamboreo sobre el tejado de bardas, que abarcaba la habitación no techada, era fuerte e incesante.
Yo nunca había sido invitado al taller de máquinas, se me había, en efecto, negado la entrada, al igual que a todos los demás, con una excepción, un hábil obrero del metal, de quien nadie sabía nada, excepto que su nombre era Haley y su hábito el silencio. Pero en mi exaltación espiritual, la discreción y la civilidad fueron olvidadas por igual, y abrí la puerta. Lo que vi me arrebató toda la especulación filosófica en orden breve.
Moxon estaba sentado enfrente de mí, del lado más lejano de una mesa pequeña, sobre la que una sola vela daba toda la luz que había en la habitación. Opuesto a él, de espaldas a mí, estaba sentada otra persona. En la mesa, entre los dos, había un tablero de ajedrez, los hombres estaban jugando. Yo sabía poco de ajedrez, pero como había sólo unas pocas piezas en el tablero, era obvio que el juego estaba cerca del cierre. Moxon estaba intensamente interesado; no tanto, me pareció, en el juego como en su antagonista, en quien había fijado una mirada tan abstraída que, aunque yo estaba parado directo en su línea de visión, no era visto por completo. Su rostro estaba blanco sepulcral, y sus ojos relucían como diamantes. De su antagonista yo sólo tenía una vista desde atrás, pero eso era suficiente, no debía tener cuidado de ver su rostro.
Éste tenía, al parecer, no más de cinco pies de altura, con unas proporciones que sugerían las de un gorila: una tremenda amplitud de hombros, un cuello grueso, corto y una cabeza ancha, achatada, que tenía una vegetación de pelo negro enredado, rematada por un fez carmesí. Una túnica del mismo color, apretada con un cinturón en la cintura, alcanzaba el asiento -al parecer una caja- en que estaba sentado; sus piernas y pies no se veían. Su antebrazo izquierdo parecía descansar en su regazo; movía las piezas con su mano derecha, que parecía larga de modo desproporcionado.
Yo había reculado, y ahora estaba parado un poco a un lado del umbral, en la sombra. Si Moxon hubiera mirado más allá del rostro de su oponente, no podría haber observado nada ahora, excepto que la puerta estaba abierta. Algo me prohibía entrar o retirarme, la sensación -yo no sé cómo me vino- de que estaba en presencia de una tragedia inminente, y podría servir a mi amigo al quedarme. Con una escasa rebelión consciente contra la falta de delicadeza del acto, me quedé.
El juego era rápido. Moxon apenas echaba miradas al tablero antes de hacer sus movimientos, y para mi ojo inhábil parecía mover la pieza más conveniente para su mano; sus movimientos, al hacerlo, eran rápidos, nerviosos y faltos de precisión. La respuesta de su antagonista, igualmente pronta al principio, era hecha con un movimiento del brazo lento, uniforme, mecánico y, pensaba yo, un tanto teatral, que era una prueba dolorosa para mi paciencia. Había algo no terrenal en todo eso, y me sorprendí a mí mismo temblando. Pero yo estaba mojado y frío.
Dos o tres veces después de mover una pieza, el extraño inclinó la cabeza levemente, y cada vez yo observé que Moxon cambiaba su rey. De golpe me vino la idea de que el hombre era mudo. Y luego que era una máquina, ¡un autómata jugador de ajedrez! Entonces recordé que Moxon me había hablado una vez, de haber inventado cierta pieza de un mecanismo, aunque yo no entendí que éste había sido construido realmente. ¿Era toda su plática sobre la conciencia y la inteligencia de las máquinas, meramente el preludio de una eventual exhibición de este dispositivo, sólo una treta para intensificar el efecto de su acción mecánica sobre mí, en mi ignorancia de su secreto?
Un buen final, este, para todos mis transportes intelectuales, mi “¡infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico!” Yo estaba a punto de retirarme con disgusto, cuando ocurrió algo que mantuvo mi curiosidad. Observé un encogimiento de los grandes hombros de la cosa, como si estuviera irritada: y eso fue tan natural -tan humano por entero-, que mi nueva visión del asunto me asustó. Eso no fue todo, pues un momento después golpeó la mesa agudamente con su puño cerrado. Ante ese gesto Moxon pareció, incluso, más asustado que yo: empujó su silla un poco hacia atrás, como con alarma.
De repente Moxon, a quien le tocaba jugar, levantó la mano alto por arriba del tablero, la abalanzó sobre una de sus piezas, como un gavilán y, con la exclamación “¡jaque mate!”, se puso de pie rápido y dio un paso atrás de su silla. El autómata estaba sentado inmóvil.
El viento ahora había bajado, pero yo oía, con intervalos aminorados y progresivamente fuertes, el retumbar y el rodar del trueno. En las pausas entre éstos, era ahora consciente de un zumbido o rumoreo bajo que, como un trueno, se hacía por momentos más fuerte y distinto. Parecía venir del cuerpo del autómata, y era de forma inequívoca un girar de ruedas. Me daba la impresión de un mecanismo desordenado, que hubiera escapado de la acción represiva y reguladora de alguna parte que lo controlaba, el efecto que podría esperarse de un trinquete que fuera empujado por los dientes de una rueda dentada. Pero antes de tener tiempo para más conjeturas sobre su naturaleza, atrajo mi atención el extraño movimiento del propio autómata. Una convulsión ligera pero continua parecía tomar posesión de él. Sacudía el cuerpo y la cabeza como un hombre con una parálisis o un agudo escalofrío, y el movimiento aumentaba a cada momento, hasta que la figura entera estuvo en una violenta agitación. Súbitamente, se puso en pie de un salto y, con un movimiento casi demasiado rápido para que el ojo lo siguiera, se disparó hacia adelante sobre la mesa y la silla, lanzando los dos brazos adelante en toda su longitud, la postura y la embestida de un buceador. Moxon trató de echarse hacia atrás, fuera de su alcance, pero era demasiado tarde: yo vi las manos de la cosa horrible cerrarse sobre su garganta, sus garras eran sus propias muñecas. Luego la mesa fue volcada, la vela echada al suelo y apagada, y todo fue negro y oscuro. Pero el ruido de la lucha era espantosamente distinto, y lo más terrible de todo eran los sonidos roncos, graznantes, hechos por el hombre estrangulado en sus esfuerzos por respirar. Guiado por el embrollo infernal, salté al rescate de mi amigo, pero apenas había dado una zancada en la oscuridad, cuando toda la habitación se encendió con una luz blanca cegadora, que incendió en mi cerebro, corazón y memoria una pintura vívida de los combatientes en el suelo; Moxon abajo, su garganta aún en las garras de las manos de hierro, su cabeza forzada hacia atrás, sus ojos saltones, su boca abierta del todo y su lengua lanzada afuera, y -¡horrible contraste!- en el rostro pintado de su asesino, una expresión de pensamiento tranquilo y profundo, ¡como en la solución de un problema de ajedrez! Eso yo lo observé, luego todo fue negrura y silencio.
Tres días más tarde recuperé la conciencia en un hospital. Mientras el recuerdo de esa noche trágica evolucionaba con lentitud en mi cerebro enfermo, reconocí en mi asistente al obrero confidencial de Moxon, Haley. Respondiendo a una mirada, éste se aproximó, sonriendo.
-Cuénteme de eso -me las arreglé para decir, ténuemente-, todo de eso.
-Ciertamente -dijo-, a usted se lo llevaron inconsciente de una casa incendiada, la de Moxon. Nadie sabe cómo llegó a estar allí. Puede tenga que dar una pequeña explicación. El origen del fuego es un poco misterioso, demasiado. Mi idea propia es que la casa fue golpeada por un rayo.
-¿Y Moxon?
-Enterrado ayer, lo que quedaba de él.
Al parecer, esta persona reticente se podía desdoblar en ocasiones. Cuando impartía una noticia chocante a un enfermo, era bastante afable. Después de algunos momentos del más agudo sufrimiento mental, me aventuré a hacer otra pregunta:
-¿Quién me rescató?
-Bueno, si le interesa, yo lo hice.
-Gracias, sr. Haley, y que Dios lo bendiga por eso. ¿Usted rescató, también, a ese encantador producto de su habilidad, el autómata jugador de ajedrez que asesinó a su inventor?
El hombre estuvo en silencio largo tiempo, mirando a otro lado. De repente se volvió y dijo con gravedad:
-¿Usted sabe eso?
-Yo lo sé -repliqué-, yo lo vi hecho.
Esto fue hace muchos años. Si me preguntaran hoy, respondería con menos confianza.

Título original: Moxon's Master, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, abril de 1899, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Sobrefotos.com, Terminator robot, XXI.