miércoles, 28 de abril de 2010

Más allá de la pared


Hace muchos años, en mi camino de Hong-Kong a Nueva York, pasé una semana en San Francisco. Mucho tiempo había pasado desde que estuve en esa ciudad, durante el que mis venturas en el Oriente habían prosperado más allá de mi esperanza; yo era rico, y podía permitirme revisitar mi propio país para renovar mi amistad con esos compañeros de mi juventud, que aún vivían y me recordaban con el viejo afecto. El principal de éstos, esperaba yo, era Mohun Dampier, un viejo compañero de escuela con quien había mantenido una correspondencia desganada, que hacía tiempo había cesado, como es el modo de la correspondencia entre los hombres. Ustedes puede hayan observado que la indisposición a escribir una mera carta social, está en el radio del cuadrado de la distancia entre ustedes y vuestro corresponsal. Es una ley.
Yo recordaba a Dampier como un buen mozo, fuerte y joven colega de gustos estudiosos, con una aversión al trabajo y una marcada indiferencia a muchas de las cosas que le importan al mundo, incluyendo la riqueza; de la cual, sin embargo, había heredado lo suficiente, como para ponerse más allá del alcance de la miseria. En su familia, una de las más antiguas y aristocráticas del país, creo yo, era una cuestión de orgullo que ningún miembro de ésta nunca hubiera estado en el comercio ni en la política, ni sufrido ninguna clase de distinción. Mohun era un poco sentimental, y tenía en sí un singular elemento de superstición, que lo llevó al estudio de toda clase de temas ocultos, aunque su buena salud mental lo salvaguardó de la fe fantástica y peligrosa. Hizo atrevidas incursiones al reino de lo irreal, sin renunciar a su residencia en la parcialmente inspeccionada y cartografiada región, que nos place llamar certidumbre.
La noche de mi visita a él fue tormentosa. El invierno de California estaba andando, y una lluvia incesante enlodaba las calles desiertas o, levantada por las ráfagas de viento irregulares, era arrojada contra las casas con furia increíble. Con no poca dificultad, mi cochero encontró el lugar correcto, lejos hacia la playa del océano, en un suburbio escasamente poblado. La vivienda, una bastante fea, al parecer, se erguía en el centro de sus terrenos que, como apenas podía descifrar en la tiniebla, estaban desprovistos de cualquier flor o hierba. Tres o cuatro árboles, retorcidos y gimientes en el tormento de la tempestad, parecían estar tratando de escapar de su ambiente lúgubre, y de correr el riesgo de encontrar uno mejor en el mar. La casa era una estructura de ladrillo de dos pisos, con una torre un piso más alto en una esquina. En una ventana de ésta había la única luz visible. Algo en la apariencia del lugar me hizo estremecer, un desempeño que pudo ser asistido por el arroyuelo de agua de lluvia que bajaba por mi espalda, mientras echaba a correr para cubrirme en el umbral.
En respuesta a mi nota, que le informaba de mi deseo de llamar, Dampier había escrito: “No toques, abre la puerta y entra.” Así lo hice. La escalera estaba vagamente iluminada por un solo mechero de gas, encima del segundo tramo. Me las arreglé para alcanzar el rellano sin desastre, y entré por una puerta abierta a la iluminada habitación cuadrada de la torre. Dampier se adelantó en bata y zapatillas para recibirme, dándome el saludo que yo deseaba, y si yo había tenido el pensamiento, de que pudo ser más apropiado haberme otorgado la puerta frontal, mi primera mirada a él disipó cualquier sensación de inhospitalidad.
Él no era el mismo. Apenas pasada la edad madura, se había vuelto canoso y había adquirido un encorvado pronunciado. Su figura era delgada y angulosa, su rostro de líneas profundas, su tez blanca mortuoria, sin un toque de color. Sus ojos, grandes de una forma no natural, brillaban con un fuego que era casi extraño.
Me sentó, me propuso un puro y, con una sinceridad grave y obvia, me aseguró que le daba placer encontrarse conmigo. Alguna conversación sin importancia siguió, pero yo todo el tiempo estuve dominado por una sensación de melancolía, ante el gran cambio en él. Eso lo debió haber percibido, pues súbitamente dijo con una sonrisa lo suficiente brillante: -Usted está decepcionado de mí, non sum qualis eram.
Yo apenas sabía qué replicar, pero me las arreglé para decir: -Por qué, realmente, yo no sé: su latín es casi el mismo.
Él brilló de nuevo. -No -dijo-, siendo una lengua muerta, crece con propiedad. Pero por favor, tenga la paciencia de esperar: dónde yo voy hay acaso una mejor lengua. ¿Le importaría tener un mensaje en ésta?
La sonrisa se marchitó mientras hablaba, y cuando concluyó estaba buscando en mis ojos con una gravedad que me angustió. Pero yo no me hubiera rendido a su humor, ni le hubiera permitido ver cuán profundo me afectaba su presciencia de la muerte.
-Me imagino que será larga -dije-, antes de que el discurso humano deje de servir a nuestra necesidad, y entonces la necesidad, con sus posibilidades de servicio, habrá pasado.
Él no hizo una réplica, y yo también estaba en silencio, pues la plática había tomado un giro desalentador, y yo no sabía cómo darle un carácter más agradable. Súbitamente, en una pausa de la tormenta, cuando el silencio mortuorio era casi alarmante por contraste con el alboroto anterior, oí un golpeteo suave, que parecía venir de la pared detrás de mi silla. El sonido era como el que podía haber hecho una mano humana, no como en una puerta por uno pidiendo ser admitido, sino más bien, pensé, como una señal acordada, una seguridad de la presencia de alguien en una habitación contigua; la mayoría de nosotros, me imagino, ha tenido más experiencia en tales comunicaciones, de la que nos debería importar relatar. Yo eché una mirada a Dampier. Si había, posiblemente, algo de diversión en la mirada, él no lo observó. Él parecía haber olvidado mi presencia, y estaba mirando la pared detrás de mí con una expresión en sus ojos, que soy incapaz de decir, aunque mi recuerdo de ésta es hoy tan vívido, como era mi sensación entonces. La situación era embarazosa, me levanté para iniciar mi despedida. En eso pareció recobrarse.
-Por favor, siéntese -dijo-, no es nada, no hay nadie ahí.
Pero el golpeteo se repitió, y con la misma insistencia suave, lenta que antes.
-Perdóneme -dije-, es tarde. ¿Puedo llamar ma-ñana?
Él sonrió, un poco mecánicamente, pensé. -Es muy delicado de su parte -dijo-, pero innecesario por completo. Realmente, esta es la única habitación de la torre, y no hay nadie ahí. Al menos… -dejó la frase incompleta, se levantó y tironeó una ventana, la única abertura en la pared de la que el sonido parecía venir. -Vea.
No sabiendo con claridad qué otra cosa hacer, yo lo seguí hacia la ventana y miré afuera. Un farol de calle, a alguna poca distancia, daba suficiente luz a través de lo nublado de la lluvia, que de nuevo estaba cayendo en torrentes para hacer claro por entero, que “no había nadie ahí.” En verdad, no había nada más que la abrupta pared blanca de la torre.
Dampier cerró la ventana y, señalando hacia mi asiento, retomó el suyo.
El incidente en sí no era misterioso en particular; cualquiera de una docena de explicaciones era posible (aunque ninguna se me había ocurrido), pero me impresionó extrañamente más, acaso, el esfuerzo de mi amigo por asegurarme, que parecía dignificarlo con cierta significación e importancia. Había probado que no había nadie allí, pero en ese hecho yacía todo el interés, y no propuso una explicación. Su silencio era irritante y me sentía resentido.
-Mi buen amigo -dije un tanto irónicamente, me temo-, yo no estoy dispuesto a cuestionar su derecho a albergar a tantos espectros, como encuentre agradable para su gusto y conforme a sus nociones de compañerismo, eso no es asunto mío. Pero siendo, justamente, un hombre plano de affairs, sobre todo de este mundo, encuentro que los espectros no son necesarios para mi paz y comodidad. Yo me voy a mi hotel, donde mis colegas invitados todavía son de carne.
No fue un discurso muy civil, pero él no manifestó ninguna sensación al respecto. -Por amabilidad, quédese -dijo-. Yo estoy agradecido por su presencia aquí. Lo que usted ha oído esta noche, yo creo que lo he oído dos veces antes. Ahora que no fue una ilusión. Eso es mucho para mí, más de lo que cree. Tenga un puro fresco y una buena provisión de paciencia, mientras le cuento la historia.
La lluvia estaba cayendo ahora de modo más constante, con un susurro bajo, monótono, interrumpida con largos intervalos por el súbito azotarse de las ramas de los árboles, cuando el viento se levantaba y menguaba. La noche estaba muy avanzada, pero la simpatía y la curiosidad me mantuvieron como un oyente voluntario del monólogo de mi amigo, que no interrumpí con una sola palabra desde el principio hasta el final.
-Hace diez años -dijo-, yo ocupaba un apartamento de planta baja, en una de las hileras de casas, todas iguales, lejos, en el otro extremo del pueblo, en lo que llamamos Rincon Hill. Ese había sido el mejor barrio de San Francisco, pero había caído en el descuido y la decadencia, en parte por que el carácter primitivo de su arquitectura doméstica, ya no se adecuaba a los gustos maduros de nuestros ciudadanos acaudalados; en parte por que ciertas mejoras públicas habían hecho una ruina de éste. La hilera de viviendas, en una de las que yo vivía, estaba un poco alejada de la calle; cada una tenía un jardín en miniatura, separado de sus vecinos por unas verjas de hierro bajas, y dividido con precisión matemática por un camino de gravilla bordeado de bojes, desde el portón hasta la puerta.
Una mañana, mientras yo dejaba mi alojamiento, observé a una joven que entraba al jardín contiguo, a la izquierda. Era un día caluroso de junio, y ella estaba vestida de blanco, a la ligera. De sus hombros colgaba un sombrero de pajilla ancho, decorado con flores de forma profusa, y encintado de modo maravilloso a la moda de la época. Mi atención no fue retenida mucho tiempo por la exquisita sencillez de su traje, pues nadie podía mirar su cara y pensar en algo terrenal. No tema, no la voy a profanar con una descripción, era excesivamente bella. Todo lo que yo haya visto o soñado jamás sobre lo encantador, estaba en esa incomparable pintura viviente por mano del Artista divino. Eso me conmovió de forma tan profunda que, sin pensar en la impropiedad del acto, me descubrí la cabeza de modo inconsciente, como un católico devoto o un protestante bien nacido ante la imagen de la Virgen bendita. La doncella no mostró desagrado; ella meramente volvió sus gloriosos ojos oscuros hacia mí, con una mirada que me hizo contener la respiración, y sin otro reconocimiento de mi acto, pasó adentro de la casa. Por un momento me quedé inmóvil, sombrero en mano, dolorosamente consciente de mi rudeza, pero tan dominado por la emoción inspirada por esa visión de una belleza incomparable, que mi penitencia fue menos punzante de lo que debiera haber sido. Entonces seguí mi camino, dejando atrás mi corazón. En el curso natural de las cosas yo, probablemente, debía haberme quedado afuera hasta el anochecer, pero a media tarde estaba de vuelta en el pequeño jardín, afectando un interés por esas pocas, necias flores que yo nunca había observado antes. Mi esperanza era vana, ella no apareció.
A una noche de inquietud sucedió un día de expectativa y desilusión, pero al día siguiente, cuando yo vagaba sin objetivo por el vecindario, la encontré. Por supuesto, no repetí la necedad de descubrirme, ni incluso la ventura de tanto, como una mirada demasiado larga para manifestar interés en ella; aunque mi corazón estaba latiendo audiblemente. Yo temblaba y me sonrojé de forma consciente, cuando ella volvió sus grandes ojos negros hacia mí, con una mirada de obvio reconocimiento, despojada por entero de audacia o coquetería.
Yo no lo cansaré con particularidades; después encontré a la doncella muchas veces, aunque nunca me dirigí a ella o busqué llamar su atención. Ni hice ninguna acción para trabar conocimiento con ella. Acaso mi abstinencia, que requería un esfuerzo de abnegación tan supremo, no le será clara a usted por entero. Que yo fui lanzado de cabeza al amor es verdad, ¿pero quién puede superar su hábito de pensamiento, o reconstruir su carácter?
Yo era lo que algunas personas necias se complacen en llamar, y otras más necias se complacen en ser llamadas, un aristócrata, y a despecho de su belleza, sus encantos y gracia, la muchacha no era de mi clase. Yo había sabido su nombre -que no es necesario decir-, y algo de su familia. Era una huérfana, la sobrina dependiente de una mujer gorda mayor imposible, en cuya casa de huéspedes vivía. Mi ingreso era pequeño y yo carecía del talento para casarme, acaso es un don. Una alianza con esa familia me hubiera condenado a su modo de vida, apartándome de mis libros y estudios, y en un sentido social me hubiera reducido a los rangos. Es fácil despreciar unas consideraciones como esas, y yo no me había abstenido de la defensa. Dejemos que el juicio esté contra mí por entero, pero en estricta justicia, todos mis ancestros por generaciones deben hacerse co-defensores, y que se me permita alegar la mitigación del castigo, el mandato imperioso de la herencia. Para una mésalliance de esa clase, cada glóbulo de mi sangre ancestral hablaba en oposición. En breve, mis gustos, hábitos, instintos, por cualquier razón mi amor me hubiera dejado, todo luchaba contra eso. Además, yo era un sentimental incorregible, y encontraba un encanto sutil en una relación impersonal y espiritual, que el conocimiento podía vulgarizar y el matrimonio ciertamente disiparía. Ninguna mujer, argumenté, es lo que esta amorosa criatura parece. El amor es un sueño delicioso, ¿por qué debía provocar mi propio despertar?
El curso dictado por toda esta sensación y sentimiento era obvio. El honor, el orgullo, la prudencia, la preservación de mis ideales, todo me ordenaba que me fuera, pero yo era demasiado débil para eso. Lo máximo que podía hacer con un vigoroso esfuerzo de voluntad, era dejar de encontrar a la muchacha, y eso hice. Incluso evité el albur de los encuentros del jardín, dejando mi alojamiento sólo cuando sabía, que ella había ido a sus lecciones de música, y regresaba después del anochecer. Aunque todo el tiempo estuve como en un trance, entregado a las fantasías más fascinantes, y ordenando mi vida intelectual entera de acuerdo con mi sueño. Ah, mi amigo, como uno cuyas acciones tienen una trazable relación con la razón, usted no puede conocer el paraíso necio en que yo vivía.
Una noche el diablo me metió en la cabeza que yo fuera un idiota indecible. Mediante unas preguntas, al parecer descuidadas y sin propósito, supe por mi chismosa patrona que el dormitorio de la joven era contiguo al mío, una pared media entre. Cediendo a un impulso súbito y ordinario, golpeteé la pared con suavidad. No hubo respuesta, naturalmente, pero yo no estaba de humor para aceptar una reprensión. Una locura había en mí, y repetía la necedad, la ofensa, pero de nuevo con ineficacia, y tuve la decencia de desistir.
Una hora más tarde, mientras estaba absorbido en alguno de mis estudios infernales, oí, o creí oír una respuesta a mi señal. Tirando abajo mis libros salté hacia la pared y, de forma tan constante como mi corazón latiente me lo permitía, di tres golpes lentos en ésta. Esta vez la respuesta fue distinta, inconfundible: uno, dos, tres, una repetición exacta de mi señal. Eso fue todo lo que pude educir, pero fue suficiente, demasiado.
La noche siguiente, y por muchas noches después, esa necedad continuó, yo siempre tenía “la última palabra”. Durante todo el período fui feliz de un modo delirante, pero con la perversidad de mi naturaleza, perseveré en mi resolución de no verla. Entonces, como debía haber esperado, no tuve más respuestas. “Ella está disgustada”, me dije a mí mismo, “con lo que cree mi timidez de no hacer más avances definidos”, y resolví buscarla y entablar conocimiento con ella, ¿y qué? Yo no sabía, ni sé ahora qué podía venir de eso. Sólo sé que pasé días y días tratando de encontrarla, y todo fue vano: ella era invisible, así como inaudible. Yo rondaba por las calles donde nos habíamos encontrado, pero ella no venía. Desde mi ventana vigilaba el jardín enfrente de su casa, pero ella no pasaba afuera ni adentro. Sentí una profunda decepción, creyendo que se había ido, pero no di ningún paso para resolver mi duda inquiriendo a mi patrona, a quien, en efecto, yo le había tomado una aversión invencible, por haber hablado una vez de la muchacha con menos reverencia de la que pensaba convenía.
Luego vino la noche fatídica. Agotado por la emoción, la irresolución y el desaliento, yo me había retirado temprano y caído en el sueño, que aun era posible para mí. En medio de la noche algo -algún poder maligno resuelto a arruinar mi paz para siempre- me hizo abrir los ojos y sentarme, despierto por completo y escuchando con intención yo no sabía qué. Entonces, creí oír un tenue golpeteo en la pared, el mero fantasma de la señal familiar. En unos momentos se repitió: uno, dos, tres, no más fuerte que antes, pero dirigido a un sentido alerta y que se esforzaba por recibirlo. Yo estaba a punto de replicar, cuando el Adversario de la paz intervino de nuevo en mis affairs, con una ruin sugestión de represalia. Ella me había ignorado por mucho tiempo y cruelmente, ahora yo la ignoraría a ella. Increíble fatuidad, ¡puede que Dios me la perdone! Todo el resto de la noche estuve acostado despierto, fortaleciendo mi obstinación con justificaciones desvergonzadas, y escuchando.
Tarde en la mañana siguiente, cuando estaba dejando la casa, me encontré con mi patrona, entrando.
-Buenos días, sr. Dampier -dijo-. ¿Ha oído usted la noticia?
Yo le repliqué con palabras que no había oído ninguna noticia, de una manera como que no me importaba oír ninguna. La manera escapó a su observación.
-Sobre la dama joven enferma de al lado -balbuceó-. ¡Cómo!, ¿usted no lo sabía? ¿Por qué?, ella ha estado enferma por semanas. Y ahora…
Casi salté sobre ella. -¿Y ahora -grité-, ahora qué?
-Ella está muerta.
Esa no es toda la historia. En medio de la noche, como supe más tarde, el paciente, despertando de un largo estupor después de una semana de delirio, había pedido -fue su última expresión- que su cama fuera movida al lado opuesto de la habitación. Los que la atendían pensaron que la solicitud era una vaguedad de su delirio, pero la cumplieron. Y luego la pobre alma pasajera había ejercido su menguada voluntad de restaurar una conexión rota, un hilo dorado de sentimiento entre su inocencia y la bajeza monstruosa, propia de la fidelidad ciega, brutal a la ley del ego.
¿Qué reparación podía hacer yo? ¿Hay misas que se puedan decir para el reposo de las almas, que estén afuera en noches como ésta, espíritus “llevados por los vientos invisibles”, viniendo en la tormenta y la oscuridad con signos y portentos, indicios de la memoria y presagios de condena?
Esta es la tercera visita. En la primera ocasión, yo era demasiado escéptico para hacer algo más que verificar, con métodos naturales, el carácter del incidente; en la segunda, respondí a la señal después que ésta se había repetido varias veces, pero sin resultado. La recurrencia de esta noche completa la “tríada fatal” expuesta por Parapelius Necromantius. No hay más que decir.
Cuando Dampier terminó su historia, no pude pensar nada relevante que me importara decir, y preguntarle hubiera sido una horrenda impertinencia. Me levanté y le di las buenas noches de forma tal, para trasmitirle mi sensación de simpatía, que él reconoció en silencio con la presión de su mano. Esa noche, a solas con su pesar y remordimiento, pasó a lo desconocido.

Título original: Beyond the Wall, publicado por primera vez en Cosmopolitan, diciembre de 1907, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Illugraphy, Haunted house, XXI.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un affair en los puestos de avanzada

I
Concerniente al deseo de estar muerto

Dos hombres estaban sentados en una conversación. Uno era el gobernador del Estado. Era el año 1861, la guerra estaba andando y el gobernador ya era famoso por la inteligencia y el celo, con que dirigía todos los poderes y recursos de su Estado al servicio de la Unión.
-¡Qué!, ¿usted? -estaba diciendo el gobernador con evidente sorpresa-, ¿usted también quiere una comisión militar? Realmente, los pífanos y los tambores deben haber producido una profunda alteración en sus convicciones. En mi carácter de sargento de reclutamiento, yo supongo que no debo ser fastidioso, pero –había un toque de ironía en su manera-, bueno, ¿usted ha olvidado que se requiere un juramento de fidelidad?
-Yo no he alterado ni mis convicciones ni mis simpatías -dijo el otro de modo tranquilo-. Mientras que mis simpatías están con el Sur, como usted me hace el honor de recordar, nunca he dudado de que el Norte estaba en lo cierto. Yo soy un sureño de hecho y de sentimiento, pero mi hábito, en cuestiones de importancia, es actuar como pienso, no como siento.
El gobernador estaba golpeando su escritorio con un lápiz de forma ausente, no replicó de inmediato. Después de un rato dijo: -Yo he oído que hay toda clase de hombres en el mundo, así, supongo que hay algunos así, y sin dudas usted se cree uno. Yo lo conozco hace mucho tiempo y, perdóneme, no creo eso.
-¿Entonces, yo voy a entender que mi solicitud está denegada?
-A menos que usted pueda cambiar mi creencia, de que sus simpatías sureñas son en cierto grado una descalificación, sí. Yo no dudo de su buena fe, y sé que es bastante apropiado, por la inteligencia y el entrenamiento especial, para los deberes de un oficial. Sus convicciones, usted dice, favorecen la causa de la Unión, pero yo prefiero un hombre con el corazón en ésta. El corazón es con lo que los hombres luchan.
-Mire esto, gobernador -dijo el hombre más joven, con una sonrisa que tenía más luz que calidez: -Yo tengo algo arriba de la manga, una cualificación que había esperado no sería necesario mencionar. Una gran autoridad militar ha dado una receta simple para ser un buen soldado: “Trata siempre que te maten.” Es con ese propósito que deseo entrar al servicio. Yo no tengo, acaso, mucho de patriota, pero deseo estar muerto.
El gobernador lo miró más bien con agudeza, luego un poco fríamente. -Hay un modo simple y franco-, dijo.
-En mi familia, señor -fue la réplica-, nosotros no hacemos eso, ningún Armisted nunca ha hecho eso.
Sobrevino un largo silencio y ninguno de los hombres miró al otro. De repente, el gobernador alzó sus ojos del lápiz, que había reanudado su golpeteo, y dijo:
-¿Quién es ella?
-Mi esposa.
El gobernador lanzó el lápiz al escritorio, se levantó y caminó dos o tres veces por la habitación. Luego se volvió hacia Armisted, que también se había levantado, lo miró más fríamente que antes y dijo: -Pero el hombre, ¿no sería mejor que él, no podría el país dispensarlo a él mejor, de lo que puede dispensarlo a usted? ¿O los Armisteds son opuestos a “la ley no escrita”?
Los Armisteds, al parecer, podían sentir un insulto: el rostro del hombre más joven se sonrojó, luego palideció, pero se sometió al servicio de su propósito.
-La identidad del hombre me es desconocida -dijo, lo suficiente calmado.
-Perdóneme -dijo el gobernador, con mucho menos visible contrición de la que, comúnmente, subyace en esas palabras. Después de un momento de reflexión, agregó: -Yo le voy a enviar mañana una comisión de capitán en la Décima infantería, ahora en Nashville, Tennessee. Buenas noches.
-Buenas noches, señor. Yo le doy las gracias.
Dejado solo, el gobernador se quedó inmóvil por un tiempo, apoyado en su escritorio. De repente se encogió de hombros, como si se quitara una carga. -Esto es un mal negocio -dijo.
Sentándose en la mesa de lectura ante el fuego, tomó el libro más cercano a su mano, abriéndolo de forma ausente. Sus ojos cayeron sobre esta sentencia:
"Cuando Dios hizo necesario para la esposa infiel mentirle a su esposo en justificación de sus propios pecados, Él tuvo la ternura de dotar a los hombres con la necedad de creerle."
Miró el título del libro, éste era Su excelencia el necio.
Arrojó el volumen al fuego.
II
Cómo decir lo que vale oír

El enemigo, derrotado en dos días de batalla en Pittsburg Landing, se retiró huraño a Corinth, de donde había venido. Por manifiesta incompetencia Grant, cuyo ejército abatido fue salvado de la destrucción y la captura, por la actividad y la habilidad de soldado de Buell, fue relevado de su comando; que no obstante no se le dio a Buell, sino a Halleck, un hombre de poderes no probados, un teorético, indolente e irresoluto. Paso a paso sus tropas, siempre desplegadas en línea de batalla para resistir a las trifulcas con los tiradores enemigos, siempre atrincheradas contra columnas que nunca llegaban, avanzaron por treinta millas de forestas y pantanos hacia un antagonista preparado para desvanecerse al contacto, como un fantasma al canto del gallo. Fue una campaña de “excursiones y alarmas”, de reconocimientos y contramarchas, de propósitos cruzados y órdenes de contramando. Por semanas la farsa solemne ocupó la atención, tentando a civiles distinguidos de los campos de la ambición política, para ver lo que podían a salvo de los horrores de la guerra. Entre ellos estaba nuestro amigo el gobernador. En el cuartel general del ejército y en los campamentos de las tropas de su Estado, era una figura familiar, asistida por varios miembros de su personal privado, de caballos vistosos, sastrería impecable y valientes sombreros de seda. Eran seres de encanto, ricos en sugestiones de las tierras pacíficas, un mar más allá de la refriega. El soldado desaseado levantaba la mirada desde su trinchera cuando ellos pasaban, se apoyaba en su pala y los maldecía de modo audible, para expresar su sensación de la irrelevancia ornamental de ellos ante las austeridades de su oficio.
-Yo creo, gobernador -decía el general Masterson un día, yendo a una sesión informal encima de su caballo y echando una pierna sobre el pomo de la silla, su postura favorita: -Yo creo que no cabalgaría más lejos en esa dirección, si fuera usted. No tenemos nada más por ahí, que una línea de tiradores. Por eso es, presumo, que me enviaron a poner estos cañones de sitio aquí: si los tiradores son conducidos adentro, el enemigo se morirá de tristeza al ser incapaz de cazarlos, son un poco pesados.
Hay razones para temer que la no entrenada calidad de este humor militar, no cayó como una gentil lluvia del cielo sobre el lugar bajo el sombrero de seda del civil. De todas formas, no disminuyó su dignidad al reconocer.
-Yo entiendo -dijo con gravedad-, que algunos de mis hombres están por ahí, una compañía del Décimo, comandada por el capitán Armisted. Me gustaría encontrarme con él, si a usted no le importa.
-Él vale el encuentro. Pero hay un trozo de jungla malo por ahí, y yo le aconsejaría que deje su caballo y -con una mirada a la comitiva del gobernador- su otra impedimenta.
El gobernador fue adelante solo y a pie. En una media hora había avanzado por una maleza enredada, que cubría un suelo pantanoso, y entró a un terreno más firme y abierto. Allí encontró una media compañía de infantería siestando tras una línea de rifles apilados. Los hombres llevaban sus pertrechos: sus cinturones, cartucheras, mochilas y cantinas. Algunos, yacientes en toda su longitud sobre las hojas secas, estaban profundamente dormidos: otros, en grupos pequeños, chismeaban de esto y aquello ociosamente; unos pocos jugaban a las cartas, ninguno estaba lejos de la línea de armas apiladas. Para el ojo de un civil la escena era de descuido, confusión e indiferencia, un soldado habría observado expectativa y disposición.
A una pequeña distancia, apartado, un oficial en uniforme de faena, armado, estaba sentado en un árbol caído, notando la aproximación del visitante, hacia quien un sargento, levantado de uno de los grupos, venía ahora.
-Yo deseo ver al capitán Armisted -dijo el gobernador.
El sargento lo miró de modo entornado, sin decir nada, apuntó al oficial y, tomando un rifle de una de las pilas, lo acompañó.
-Este hombre quiere verlo, señor -dijo el sargento, saludando. El oficial se levantó.
Hubiera sido un ojo agudo el que lo hubiera reconocido. Su cabello, que unos pocos meses antes había sido castaño, estaba veteado de gris. Su rostro, bronceado por la exposición, estaba como cosido por la edad. Una larga cicatriz lívida en la frente marcaba el golpe de un sable, una mejilla estaba retraída y fruncida por obra de una bala. Sólo una mujer del leal Norte habría pensado que el hombre era guapo.
-Armisted, capitán -dijo el gobernador, extendiendo la mano-, ¿usted no me conoce?
-Yo lo conozco, señor, y lo saludo, como el gobernador de mi Estado.
Alzando su mano derecha al nivel de sus ojos, la lanzó hacia afuera y hacia abajo. En el código de la etiqueta militar no había provisión para estrechar las manos. La del civil fue retirada. Si sintió sorpresa o desazón, su rostro no lo traicionó.
-Es la mano que firmó su comisión -dijo.
-Y es la mano…
La sentencia quedó sin terminar. Una aguda detonación de rifle vino de enfrente, seguida por otra y otra. Una bala silbó por la foresta y alcanzó un árbol cercano. Los hombres saltaron del terreno y, mucho antes de que la alta, clara voz del capitán entonara el comando -¡A-ten-ción!-, cayeron en la línea, detrás de las armas apiladas. Otra vez -y ahora a través del fragor del crepitar de la fusilería- resonó el fuerte, deliberado sonsonete de la autoridad: -¡Tomar… armas!-, seguido por el traqueteo de las bayonetas destrabadas.
Las balas del enemigo invisible estaban volando ahora tupidas y rápidas, aunque en su mayoría bien gastadas, y emitiendo el sonido zumbante que significa la interferencia de las ramitas y la rotación en el plano de vuelo. Dos o tres hombres de la línea ya habían sido alcanzados y tumbados. Unos pocos hombres heridos llegaban cojeando con torpeza, fuera de la maleza de la línea de tiradores de enfrente; la mayoría de ellos no se detenía, pero se abría camino con los rostros blancos y los dientes apretados hacia la retaguardia.
Súbitamente, hubo una detonación profunda, sacudida enfrente, seguida por la alarmante ráfaga de un obús que, pasando por encima, explotó en el linde de un boscaje, dejando ardiendo las hojas caídas. Penetrando el fragor -pareciendo flotar por encima de éste como la melodía de un ave planeando- resonó la lenta, aspirada monotonía de los diversos comandos del capitán, sin énfasis, sin acento, musical y reposada como una víspera bajo la luna de la cosecha. Familiarizados con ese cántico tranquilizador en los momentos de peligro inminente, los soldados crudos, con menos de un año de entrenamiento, se rindieron al hechizo, ejecutando sus mandatos con la compostura y la precisión de unos veteranos. Incluso el civil distinguido detrás de su árbol, vacilando entre el orgullo y el terror, fue accesible a su encanto y persuasión. Fue consciente de la resolución fortalecida, y corrió sólo cuando los tiradores, bajo las órdenes de reunirse en la reserva, salieron del bosque como liebres cazadas y se formaron a la izquierda de una pequeña línea rígida, respirando con dificultad y agradecidos por la bendición de la respiración.
III
La lucha de uno cuyo corazón no estaba en la pelea

Guiado en su retirada por la de los heridos fugitivos, el gobernador bregó hacia la retaguardia con valentía, a través del “trozo de jungla malo”. Estaba bastante sin resuello y un poco confundido. Exceptuando un solo disparo de rifle de vez en cuando, no había sonido de refriega detrás de él; el enemigo estaba tratando de juntarse para una nueva arremetida contra un antagonista, de cuyo número y disposición táctica estaba dudoso. El fugitivo sentía que, probablemente, sería dispensado para su país, y sólo se encomendó a los designios de la providencia para ese fin, pero saltando un arroyo pequeño en un terreno más abierto, uno de los designios incurrió en la desgracia de una invalidante torcedura de tobillo. Fue incapaz de continuar su vuelo, pues era demasiado gordo para brincar, y después de varios intentos vanos, que le causaron un dolor intolerable, se sentó en la tierra para cuidar de su innoble invalidez y desaprobar la situación militar.
Un enérgico renuevo del tiroteo se declaró, y las balas perdidas llegaron volando y zumbando. Luego vino el estallido de dos descargas limpias, definidas, seguidas por un traqueteo continuo, a través del cual oyó los gritos y los vítores de los combatientes, puntuados por las batidas tronantes del cañón. Todo eso le dijo que el pequeño comando de Armisted estaba acosado acremente y luchando en los cuarteles cercanos. Los hombres heridos de quienes se había distanciado, empezaron a rezagarse por una y otra mano, su número aumentó visiblemente con nuevas levas de la línea. Solos, y de a dos y tres, algunos apoyando a los camaradas heridos de forma más desesperada que ellos, pero todos sordos a sus apelaciones de asistencia, buscaban entre la maleza y desaparecían. El tiroteo era cada vez más ruidoso y más distinto, y de repente los fugitivos achacosos fueron sucedidos por hombres que andaban con paso más firme, que enfrentaban ocasionalmente y descargaban sus piezas, y luego reanudaban su retirada con tenacidad, recargando mientras caminaban. Dos o tres cayeron mientras él miraba, y yacieron inmóviles. Uno tuvo suficiente de la vida que le quedaba, para hacer el lastimoso intento de arrastrarse hacia la cobertura. Un camarada que pasaba se detuvo junto a él el tiempo suficiente para disparar, apreciar la invalidez del pobre diablo con una mirada y moverse huraño adelante, insertando un cartucho en su arma.
En todo eso no había nada de la pompa de la guerra, ningún rastro de gloria. Incluso en su angustia y peligro, el civil indefenso no pudo evitar contrastar eso con los preciosos desfiles y revistas hechos en honor de él mismo, con los uniformes brillantes, la música, los estandartes y la marcha. Era un negocio feo y enfermizo: para todo lo que era artístico en su naturaleza, repulsivo, brutal, de mal gusto.
-¡Ugh, -gruñó, estremecido-, esto es bestial! ¿Dónde está el encanto de todo esto? ¿Dónde están los sentimientos elevados, la devoción, el heroísmo, la…
Desde un punto en algún lugar cercano, en la dirección del enemigo que perseguía, se levantó el claro, deliberado sonsonete del capitán Armisted.
-Fir-mes, hombres, fir-mes. ¡Alto! Em-pezar a dis-parar.
El traqueteo de menos de una veintena de rifles, se podía distinguir a través del alboroto general, y otra vez el penetrante falsete:
-Dejar de dis-parar. En re-tirada... ¡en maaarcha!
En unos pocos momentos, ese remanente se había dispersado lentamente detrás del gobernador, todos a la derecha de él, mientras enfrentaban en retirada, los hombres desplegados con intervalos de media docena de pasos. Por el extremo izquierdo y a unas yardas por detrás, venía el capitán. El civil lo llamó por su nombre, pero él no lo oyó. Un enjambre de hombres de gris salió ahora de la cobertura en su persecución, haciéndolo directamente hacia el sitio donde el gobernador yacía, algún accidente del terreno los había hecho converger en ese punto: su línea se había vuelto una multitud. En un último bregar por la vida y la libertad, el gobernador intentó levantarse, y al mirar hacia atrás el capitán lo vio. Con presteza, pero con la misma precisión lenta que antes, cantó sus comandos:
-¡Tira-do-res, alto! Los hombres se detuvieron y, de acuerdo a la regla, se volvieron para enfrentar al enemigo.
-¡Reu-nirse a la derecha! -y vinieron a la carrera, fijando las bayonetas y formándose sueltamente junto al hombre en ese extremo de la línea.
-Adelante... para salvar al gober-na-dor de su Estado... doblar rápido... ¡en maaarcha!
¡Sólo un hombre desobedeció ese comando asombroso! Estaba muerto. Con un vítor, se saltaron los veinte o treinta pasos entre ellos y su tarea. El capitán, teniendo una distancia más corta que andar, arribó primero, de modo simultáneo con el enemigo. Una media docena de tiros apurados se le disparó, y el hombre delantero, un colega de heroica estatura, sin sombrero y con el pecho desnudo, le dio una viciosa barrida por la cabeza con un rifle garrote. El oficial paró el golpe a costa de un brazo roto, y empujó su espada hasta el puño en el pecho del gigante. Al caer el cuerpo el arma le fue arrancada de la mano y, antes de que pudiera tironear el revólver de la funda de su cinturón, otro hombre saltó sobre él como un tigre, cerrando ambas manos sobre su garganta y llevándolo hacia atrás, sobre el postrado gobernador, que aún bregaba por levantarse. Ese hombre fue arrojado con presteza sobre la bayoneta de un sargento federal, y su apriete de muerte en la garganta del capitán aflojado por una patada en cada muñeca. Cuando el capitán se levantó, estaba en la retaguardia de sus hombres, que todos le habían pasado por encima y a la redonda, y estaban acometiendo ferozmente a sus más numerosos, pero menos coherentes antagonistas. Casi todos los rifles de ambos lados estaban vaciados, y en el aplastamiento no había tiempo ni lugar para recargar. Los confederados estaban en desventaja, por que la mayoría de ellos carecían de bayonetas, luchaban a cachiporra, y un rifle garrote era un arma formidable. El sonido del conflicto era un repiqueteo, como el de los cuernos trabados de unos toros peleando; de vez en cuando el crujido de un cráneo aplastado, un juramento o un gruñido causado por el impacto de la boca de un rifle contra un abdomen, atravesado por su bayoneta. Por la abertura hecha por la caída de uno de sus hombres, el capitán Armisted saltó, con el brazo izquierdo colgando; en su mano derecha un revólver cargado por completo, con el que disparó con rápido y terrible efecto en el grueso de la multitud gris; pero sobre los cuerpos de los muertos, los sobrevivientes del frente fueron empujados hacia adelante por sus camaradas de la retaguardia, hasta que de nuevo enfrentaron con sus pechos las incansables bayonetas. Había menos bayonetas que enfrentar con los pechos ahora, una mísera media docena, todas juntas. Unos minutos más de este rudo trabajo -una pequeña lucha espalda contra espalda-, y todo hubiera acabado.
Súbitamente, un vívido tiroteo se oyó a la derecha y a la izquierda: una línea fresca de tiradores federales vino adelante a la carrera, llevando por delante esas partes de la línea confederada, que habían sido separadas para detener el avance del centro. Y detrás de esos combatientes nuevos y ruidosos, a una distancia de doscientas o trescientas yardas, se podía ver, indistinta entre los árboles, ¡una línea de batalla!
Instintivamente, antes de retirarse, la multitud de gris dio una tremenda embestida a su puñado de antagonistas, abrumándolos con el mero impulso e, incapaz de usar armas en el aplastamiento, los pisoteó, les pateó salvajemente los miembros, los cuerpos, los cuellos, los rostros; luego, retirándose con los pies sangrantes sobre sus propios muertos, se unió a la desbandada general y el incidente había terminado.

IV

El grande honra al grande

El gobernador, que había estado inconsciente, abrió los ojos y miró a su alrededor, recordando los sucesos del día con lentitud. Un hombre con uniforme de mayor estaba arrodillado junto a él, era un cirujano. Agrupados alrededor estaban los miembros civiles del personal del gobernador, sus rostros expresando una solicitud natural respecto a sus oficios. Un poco aparte estaba parado el general Masterson, dirigiéndose a otro oficial y gesticulando con un puro. Estaba diciendo: -Fue la lucha más bella jamás hecha, ¡por Dios, señor, fue grandioso!
La belleza y la grandeza estaban atestiguadas por una hilera de muertos, dispuesta parejamente, y otra de heridos, puesta menos formalmente, inquietos, medio desnudos, pero vendados con valentía.
-¿Cómo se siente, señor? -dijo el cirujano-. Yo no encuentro herida.
-Yo creo que estoy bien -replicó el paciente, sentándose-. Es este tobillo.
El cirujano transfirió su atención al tobillo, cortando la bota. Todos los ojos siguieron el cuchillo.
Al mover la pierna se descubrió un papel doblado. El paciente lo recogió y lo abrió con descuido. Era una carta de tres meses de vieja, firmada “Julia”. Al tener una visión de su nombre en ésta, la leyó. No era nada muy notable -meramente, la confesión de una mujer débil de un pecado sin provecho- la penitencia de una mujer infiel abandonada por su seductor. La carta se había caído del bolsillo del capitán Armisted, el lector la transfirió al suyo en silencio.
Un aide-de-camp llegó cabalgando y se apeó. Avanzando hacia el gobernador, saludó.
-Señor -dijo-, yo lamento encontrarlo herido, el comandante general no ha sido informado. Él presenta sus cumplidos, y se me ha enviado a decir, que él ha ordenado para mañana una gran revista de los cuerpos de reserva, en su honor. Me aventuro a agregar que el carruaje del general está a su servicio, si usted es capaz de asistir.
-Me complace decirle al comandante general, que yo estoy profundamente conmovido por su amabilidad. Si usted tiene la paciencia de esperar unos pocos minutos, va a transmitir una respuesta más definida.
Él sonrió de modo brillante y, echando una mirada al cirujano y a sus asistentes, agregó: -En el presente, si me permite una alusión a los horrores de la paz, yo estoy “en manos de mis amigos”.
El humor del grande es infeccioso, todos los que oyeron se rieron.
-¿Dónde está el capitán Armisted? -preguntó el gobernador, no con descuido por completo.
El cirujano levantó la mirada de su trabajo, apuntando en silencio al cuerpo más cercano en la hilera de muertos, las facciones cubiertas con un pañuelo discretamente. Estaba tan cerca, que el gran hombre podría haber puesto su mano sobre éste, pero no lo hizo. Él podía haber temido que sangrara.

Título original: An Affair of Outposts, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, diciembre de 1897, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Bucktails, 2003.

domingo, 18 de abril de 2010

Chickamauga


Una soleada tarde de otoño un niño se apartó de su hogar rústico en un campo pequeño, y entró a una foresta sin ser observado. Era dichoso en un nuevo sentido de la libertad del control, dichoso por la oportunidad de la exploración y la aventura, pues el espíritu de este niño, en los cuerpos de sus ancestros, por miles de años, se había entrenado para las hazañas memorables de los descubrimientos y las conquistas, de las victorias en batallas cuyos momentos críticos fueron siglos, cuyos campamentos victoriosos fueron ciudades de piedra labrada. Desde la cuna de su raza, éste había conquistado su camino a través de dos continentes y, pasando por un gran mar, había penetrado en un tercero, para nacer allí para la guerra y el dominio como una herencia.
El niño era un chico de unos seis años de edad, el hijo de un plantador pobre. En su valerosa juventud el padre había sido soldado, había luchado contra los salvajes desnudos, y seguido la bandera de su país hacia la capital de una raza civilizada en el lejano Sur. En la vida pacífica del plantador el fuego del guerrero sobrevivió, una vez encendido nunca se apagaba. El hombre amaba los libros y las pinturas militares, y el chico había entendido lo suficiente como para hacerse una espada de madera, aunque el ojo de su padre apenas habría sabido para qué era. Esa arma la portaba ahora con valentía, como convenía al hijo de una raza heroica, y se detenía de vez en cuando en el espacio soleado de la foresta, asumiendo con cierta exageración las posturas de agresión y de defensa, que le había enseñado el arte del grabador. Vuelto temerario por la facilidad con que superaba a los enemigos invisibles, que intentaban detener su avance, cometió el error militar bastante común de llevar la persecución a un extremo peligroso, hasta que se encontró en la margen de un arroyo ancho pero poco profundo, cuyas aguas rápidas le obstruían su avance directo hacia el enemigo volador, que había cruzado con ilógica facilidad. Pero el vencedor intrépido no iba a ser frustrado; el espíritu de la raza que había pasado por el gran mar, ardía invencible en ese pecho pequeño y no sería negado. Hallando un lugar donde algunos pedruscos, en el lecho de la corriente, yacían a un paso o un salto de distancia, se abrió camino por éstos, y cayó de nuevo sobre la retaguardia de su enemigo imaginario, pasando a todos a cuchillo.
Ahora que la batalla había sido ganada, la prudencia requería que se retirara a su base de operaciones. ¡Ay!, como muchos conquistadores poderosos, y como uno, el más poderoso, no pudo
frenar el ansia de guerra,
ni saber que el destino tentador dejaría a la estrella más alta.

Avanzando desde la orilla del riachuelo, súbitamente, se encontró enfrentado a un nuevo y más formidable enemigo: en el sendero que estaba siguiendo, sentado muy derecho, con las orejas paradas y las patas suspendidas ante sí, ¡había un conejo! Con un grito de espanto, el niño se volvió y huyó sin saber en qué dirección, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, su piel tierna desgarrada por las zarzas cruelmente, su pequeño corazón latiendo fuerte con terror, sofocado, ciego de lágrimas, ¡perdido en la foresta! Luego, por más de una hora, vagó con pie errabundo por la maleza enredada, hasta que por último, superado por la fatiga, se acostó en un espacio estrecho entre dos rocas, a unas pocas yardas de la corriente, y siguió agarrando su espada de juguete, ya no más un arma sino un compañero, y sollozó hasta dormirse. Los pájaros del bosque cantaron alegremente sobre su cabeza; las ardillas, batiendo sus colas con valentía, corrieron chillando de árbol en árbol, inconscientes de la piedad hacia él, y en algún lugar muy lejano hubo un trueno extraño, apagado, como si las perdices tocaran los tambores, en celebración de la victoria de la naturaleza sobre el hijo de sus esclavizadores inmemoriales. Y de vuelta en la pequeña plantación, donde los hombres blancos y los negros buscaban apurados por los campos y los setos con alarma, el corazón de una madre se rompía por su hijo perdido.
Pasaron las horas, y entonces el pequeño durmiente se puso de pie. El fresco de la noche estaba en sus miembros, el miedo a la tiniebla en su corazón. Pero había descansado, y no lloraba más. Con cierto instinto ciego que lo impelía a la acción, luchó con la maleza a su alrededor y llegó a un terreno más abierto; a su derecha el arroyo, a la izquierda una ladera gentil, salpicada de árboles infrecuentes; sobre todo, la creciente tiniebla del crepúsculo. Una niebla delgada, fantasmal se levantaba a lo largo del agua. Esta lo asustaba y lo repelía; en lugar de volver a cruzar en la dirección de donde había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque oscuro que lo cercaba. Súbitamente, vio ante él un objeto extraño que se movía, que tomó por algún animal grande -un perro, un cerdo- no podía decirlo, acaso era un oso. Había visto pinturas de osos, pero no sabía nada para su descrédito, y había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o el movimiento de ese objeto -algo en la torpeza de su aproximarse-, le decía que no era un oso, y la curiosidad fue detenida por el miedo. El seguía parado y, mientras eso se acercaba con lentitud, ganaba en coraje a cada momento, pues veía que al menos no tenía las orejas largas, amenazantes de un conejo. Posiblemente, su mente impresionable era medio consciente de algo familiar en su andar torpe, vacilante. Antes de que se hubiera aproximado lo suficiente como para resolver sus dudas, vio que era seguido por otro y otro. A la derecha y a la izquierda había muchos más, todo el espacio abierto a su alrededor estaba colmado de éstos, todos moviéndose hacia el arroyo.
Eran hombres. Se arrastraban sobre sus manos y rodillas. Usaban las manos solamente, deslizando las piernas. Usaban las rodillas solamente, los brazos colgando inactivos a los costados. Se esforzaban por ponerse de pie, pero caían postrados en el intento. No hacían nada de modo natural, ni nada igual, salvo solamente avanzar paso a paso en la misma dirección. Solos, en parejas y en grupos pequeños venían a través de la tiniebla, algunos parando de vez en cuando, mientras otros se arrastraban detrás con lentitud, y luego reanudaban su movimiento. Llegaban por docenas y centenas; tan lejos como uno podía ver en la tiniebla profunda, se extendían a ambos lados, y el bosque negro detrás de ellos parecía inagotable. El mismo terreno parecía moverse hacia el riachuelo. Ocasionalmente, uno que se había detenido no volvía a andar, sino yacía inmóvil. Estaba muerto. Algunos, al detenerse, hacían gestos extraños con sus manos, levantaban sus brazos y los bajaban de nuevo, se apretaban las cabezas; extendían sus palmas hacia arriba, como se veía a los hombres hacer, a veces, en las plegarias públicas.
No todo eso lo notaba el niño; eso era lo que hubiera notado un observador mayor; el sólo veía que eso eran hombres, aunque se arrastraban como bebés. Siendo hombres, no eran terribles, aunque estaban vestidos de forma no familiar. Él se movía entre ellos con libertad, yendo de uno a otro y mirando los rostros con curiosidad infantil. Todos los rostros eran singularmente blancos, y muchos estaban veteados y goteaban algo rojizo. Algo en eso -algo también, acaso, en sus actitudes y movimientos grotescos- le recordó un payaso pintado que había visto el verano pasado en el circo, y se rió mientras los miraba. Pero una y otra vez se arrastraban, esos hombres mutilados y sangrantes, tan desatentos como él al dramático contraste entre la risa y su propia gravedad horrible. Para él era un espectáculo alegre. Él había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre sus manos y rodillas para su diversión, los había montado así, para “hacerles creer” que ellos eran sus caballos. Él ahora se aproximó a una de esas figuras reptantes por detrás y, con un movimiento ágil, se montó a horcajadas. El hombre cayó sobre su pecho, se recobró, arrojó al pequeño chico al terreno ferozmente, como un potrillo salvaje podría haber hecho, y luego volvió hacia él un rostro que carecía de mandíbula inferior; desde los dientes superiores hasta la garganta había un gran boquete rojizo, bordeado por jirones de carne colgante y astillas de hueso. La no natural prominencia de la nariz, la ausencia de barbilla, los ojos feroces, daban a ese hombre la apariencia de un gran ave de rapiña, con la garganta y el pecho carmesíes por la sangre de su presa. El hombre se puso de rodillas, el niño de pie. El hombre le agitó el puño al niño; el niño, aterrado por último, corrió hacia un árbol cercano, se puso del lado más lejano de éste, y asumió una visión más seria de la situación. Y así la zafia multitud se deslizó a lo largo lenta y penosamente, en horrenda pantomima; se movió hacia abajo por la ladera, como un enjambre de grandes escarabajos negros, nunca con ruido en su marcha, en silencio profundo, absoluto.
En lugar de oscurecerse, el paisaje encantado empezó a aclararse. A través del cinturón de árboles más allá del arroyo, brilló una extraña luz rojiza, los troncos y las ramas de los árboles haciendo un encaje negro contra ésta. Ésta golpeó las figuras rastreras y les dio sombras monstruosas, que caricaturizaron sus movimientos en la hierba iluminada. Ésta cayó sobre sus rostros, pintando su blancura con un tinte rubicundo, acentuando las manchas con que muchos de ellos estaban jaspeados y maculados. Ésta centelleó en los botones y los trozos de metal de sus ropas. Instintivamente, el niño se volvió hacia el esplendor creciente y bajó por la ladera con sus horribles compañeros; en unos pocos momentos había pasado al delantero del tropel, no era una gran hazaña al considerar sus ventajas. Se puso de líder, la espada de madera seguía en su mano, y dirigió la marcha con solemnidad, conformando su paso al de ellos y, ocasionalmente, volviéndose como para ver que sus fuerzas no se rezagaban. Seguramente, tal líder nunca antes tuvo tales seguidores.
Dispersos por el terreno, que ahora se angostaba con lentitud por la intrusión de esa marcha terrible hacia el agua, había algunos artículos que, en la mente del líder, acoplaron asociaciones no significativas: una manta ocasional, enrollada de modo apretado, longitudinal, doblada en los extremos, arqueados juntos con una cuerda; una mochila pesada aquí y un rifle roto allá; las cosas, en resumen, que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, la “huella” de los hombres que volaban lejos de sus cazadores. En todas partes, cerca del riachuelo, que aquí tenía una margen de tierra baja, la tierra se había convertido en barro, hollada por los pies de los hombres y los caballos. Un observador con mejor experiencia en el uso de sus ojos, habría notado que esas pisadas apuntaban en ambas direcciones, por el terreno habían pasado dos veces, en avanzada y en retirada. Unas pocas horas antes, esos hombres desesperados, agobiados, con sus compañeros más afortunados y ahora distantes, habían penetrado en la foresta por miles. Sus sucesivos batallones, irrumpiendo en enjambres y reformados en líneas, le habían pasado al niño por todos los costados, casi lo habían hollado mientras dormía. El susurro y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a un tiro de piedra de donde yacía, ellos habían luchado en una batalla, pero para él fue inaudito todo el estruendo de los mosquetes, el impacto de los cañones, “el tronar de los capitanes y la gritería”. Había dormido a pesar de todo eso, agarrando su pequeña espada de madera, acaso, apretándola de forma más estrecha, con simpatía inconsciente hacia su marcial medio ambiente, pero como desatento a la grandeza de la lucha, como los muertos que habían muerto para hacer la gloria.
El fuego más allá del cinturón de árboles, en la orilla más lejana del riachuelo, reflejado en la tierra desde la bóveda de su propio humo, se difundía ahora por todo el paisaje. Éste transformó la línea sinuosa de la niebla en vapor de oro. El agua centelleó con rayas rojizas, y rojizas también eran muchas de las piedras que sobresalían por encima de la superficie. Pero eso era sangre, los heridos menos desesperados las habían manchado al cruzarlas. Por esas también, el niño cruzó ahora con pasos ansiosos, estaba yendo hacia el fuego. Mientras se quedaba parado en la orilla más lejana, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La avanzada estaba arribando al riachuelo. Los más fuertes ya se habían arrastrado hasta la margen y hundido sus rostros en la riada. Tres o cuatro que yacían inmóviles parecían no tener cabezas. Ante eso los ojos del niño se dilataron con asombro, incluso su comprensión hospitalaria no podía aceptar un fenómeno que implicaba tal vitalidad como esa. Después de saciar su sed, esos hombres no habían tenido la fuerza para volver del agua, ni para mantener sus cabezas por encima de ésta. Se habían ahogado. Detrás de estos, los espacios abiertos de la foresta mostraron al líder, como a muchas figuras deformes de su ceñudo comando como al principio, pero apenas no muchos se estaban moviendo. Él agitó su gorra para animarlos y, sonriendo, apuntó con su arma en la dirección de la luz guía, un pilar de fuego para ese éxodo extraño.
Confiado en la fidelidad de sus fuerzas, entró ahora en el cinturón de árboles, pasó por éste fácilmente bajo la iluminación rojiza, trepó una cerca, corrió por un campo, volviéndose de vez en cuando para coquetear con su sombra respondiente, y así se aproximó a la incendiada ruina de una vivienda. ¡La desolación en todas partes! En todo el amplio resplandor no se veía un ser viviente. Eso no le importó nada, el espectáculo le complació, y bailó con júbilo en imitación de las llamas vacilantes. Corrió por alrededor, recogiendo combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados para él, para lanzarlos desde la distancia a la que el calor limitaba su proximidad. Con desespero, arrojó su espada, en una rendición a las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Cambiando su posición, sus ojos cayeron en algunas accesorias, que tenían una apariencia raramente familiar, como si hubiera soñado con éstas. Se quedó considerándolas con asombro, cuando súbitamente la plantación entera, con la foresta que la cercaba, pareció volverse como desde un pivote. Su pequeño mundo dio media vuelta, los puntos de la brújula se invirtieron. ¡Él reconoció el edificio incendiado como su propia casa!
Por un momento se quedó estupefacto ante el poder de la revelación, luego corrió con pie tropezante, haciendo un medio circuito por la ruina. Allí, conspicuo en la luz de la conflagración, yacía el cuerpo muerto de una mujer, el rostro blanco vuelto hacia arriba, las manos extendidas y apretadas, llenas de hierba; la ropa desordenada, el largo cabello oscuro con enredos y lleno de sangre coagulada. La mayor parte de la frente estaba arrancada, y desde el hueco dentado el cerebro sobresalía, rebosando la sien; una masa espumosa grisácea, coronada por racimos de burbujas carmesíes: la obra de un obús.
El niño movió sus manos pequeñas, haciendo gestos salvajes, inciertos. Lanzó una serie de gritos inarticulados e indescriptibles -algo entre el chillido de un mono y el graznido de un pavo-, un sonido espantoso, desalmado, sacrílego, el lenguaje del diablo. El niño era sordomudo.
Luego se quedó inmóvil, con labios trémulos, mirando el despojo.

Título original:
-->Chickamauga, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".Imagen: Albert Anker, Sleeping boy in the hay, XIX.

domingo, 11 de abril de 2010

Una ocurrencia en el puente del riachuelo del búho

I

Un hombre estaba parado en un puente ferroviario en la Alabama del norte, mirando abajo el agua rápida veinte pies por debajo. Las manos del hombre estaban detrás de su espalda, las muñecas atadas con una cuerda. Una soga rodeaba su cuello de modo ajustado. Ésta estaba sujeta a un robusto madero cruzado por encima de su cabeza, y el cabo caía al nivel de sus rodillas. Algunas tablas sueltas yacían sobre las traviesas que apoyaban los rieles de la vía férrea, brindando un basamento para él y sus ejecutores, dos soldados rasos del ejército federal dirigidos por un sargento, que en la vida civil podía haber sido un sheriff diputado. Un poco movido de la misma plataforma temporal, había un oficial con el uniforme de su rango, armado. Era un capitán. Un centinela estaba parado a cada extremo del puente, con su rifle en la posición conocida como de “apoyo”, es decir, vertical de frente al hombro izquierdo; el martillo descansando en el antebrazo, tirado derecho sobre el pecho, una posición formal y no natural, que forzaba a una postura erguida del cuerpo. No parecía ser el deber de esos dos hombres saber lo que estaba ocurriendo en el centro del puente, ellos, meramente, bloqueaban los dos extremos de la base de tablones que lo atravesaba.
Más allá de uno de los centinelas no había nadie a la vista, la vía férrea corría derecho a una foresta por unas cien yardas, luego, curvándose, se perdía de vista. Sin dudas, había un puesto de avanzada más lejos. La otra orilla de la corriente era un campo abierto, una ladera gentil rematada por una empalizada de troncos de árbol verticales, agujereada con aspilleras para los rifles, con una sola tronera por la que sobresalía la boca de un cañón de bronce, que dominaba el puente. A medio camino ladera arriba, entre el puente y el fuerte, estaban los espectadores: una sola compañía de infantería en línea, en “posición de descanso”, las culatas de sus rifles en el terreno, los cañones inclinados levemente hacia atrás, contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. Un teniente estaba parado a la derecha de la línea, la punta de su espada sobre el terreno, su mano izquierda descansando sobre su derecha. Exceptuando el grupo de cuatro en el centro del puente, ningún hombre se movía. La compañía estaba frente al puente, mirando pétreamente, inmóvil. Los centinelas frente a las orillas de la corriente, podían haber sido estatuas que adornaran el puente. El capitán estaba parado con los brazos cruzados, en silencio, observando el trabajo de sus subordinados, pero sin hacer ningún signo. La muerte era un dignatario que cuando venía anunciado, debía ser recibido con formales manifestaciones de respeto, incluso por aquellos más familiarizados con ésta. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la firmeza eran formas de deferencia.
El hombre que estaba ocupado en ser ahorcado tenía, al parecer, unos treinta y cinco años de edad. Era un civil, si uno podía juzgar por su hábito, que era el de un plantador. Sus facciones estaban bien: una nariz recta, una boca firme, una frente ancha, desde la que su largo cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, cayendo detrás de sus orejas sobre el cuello de su levita bien ajustada. Usaba un bigote y una barba puntiaguda, pero no patillas; sus ojos eran grandes y gris oscuro, y tenían una expresión bondadosa, que uno apenas hubiera esperado en uno, cuyo cuello estaba en el cáñamo. Evidentemente, no era un vulgar asesino. El liberal código militar hacía provisión para colgar a muchos tipos de personas, y los caballeros no estaban excluidos.
Estando los preparativos completos, los dos soldados rasos dieron un paso a un costado, y cada uno quitó el tablón sobre el que había estado parado. El sargento se volvió hacia el capitán, lo saludó y se situó de inmediato detrás del oficial, quien a su vez se movió un paso aparte. Esos movimientos dejaron al hombre condenado y al sargento parados en los dos extremos del mismo tablón, que abarcaba tres de las traviesas cruzadas del puente. El extremo en que el civil estaba parado casi, pero no del todo, alcanzaba una cuarta. Ese tablón se había mantenido en el lugar por el peso del capitán, ahora se mantenía por el del sargento. A una señal del anterior, el último daría un paso a un costado, la tabla se inclinaría y el hombre condenado bajaría entre las dos traviesas. El dispositivo se comendaba a su juicio como algo simple y efectivo. Su rostro no había sido cubierto ni sus ojos vendados. Miró un momento su “basamento inestable”, luego dejó su mirada vagar hacia el agua arremolinada de la corriente, que corría locamente abajo de sus pies. Un pedazo de madera danzante, a la deriva atrajo su atención, y sus ojos lo siguieron corriente abajo. ¡Qué lento parecía moverse! ¡Qué corriente indolente!
Cerró los ojos para fijar sus últimos pensamientos sobre su esposa e hijos. El agua, pintada de oro por el sol temprano, la niebla lánguida bajo las orillas a cierta distancia corriente abajo, el fuerte, los soldados, el pedazo a la deriva, todo lo había distraído. Y ahora fue consciente de una nueva turbación. Golpeando a través del pensamiento de sus seres queridos, había un sonido que él no podía ni ignorar ni entender, una percusión aguda, distinta, metálica, como el golpe de un martillo de herrero sobre el yunque, tenía la misma cualidad vibrante. Se preguntó qué cosa era, y si era inmensamente distante o cercana, parecía ambas cosas. Su recurrencia era regular, pero tan lenta como el tañido de un toque de difunto. Aguardaba cada nuevo golpe con impaciencia y -no sabía por qué- con aprensión. Los intervalos de silencio se hicieron más largos de modo progresivo, las demoras se volvieron exasperantes. Con su grandiosa no frecuencia, los sonidos aumentaron en fuerza y agudeza. Estos herían sus oídos, como la espera de un cuchillo, temía que iba a gritar. Lo que oía era el tic-tac de su reloj.
Abrió los ojos y vio de nuevo el agua por debajo de él. “Si yo pudiera liberar mis manos”, pensó, “podría tirar del lazo y saltar a la corriente. Buceando podría eludir las balas y, nadando de forma vigorosa, alcanzar la orilla, tomar hacia el bosque e irme a casa. Mi casa, gracias a Dios, aún está fuera de sus líneas, mi esposa y los pequeños aún están más allá del más lejano avance del invasor”.
Mientras esos pensamientos, que tenemos aquí para ser puestos en palabras, destellaban en el cerebro del hombre condenado más que evolucionar en éste, el capitán asintió con la cabeza al sargento. El sargento dio un paso a un costado.

II

Peyton Farquhar era un plantador de buen pasar, de una vieja y muy respetada familia de Alabama. Siendo un dueño de esclavos, y como otros dueños de esclavos un político era, naturalmente, un secesionista original y un ardiente devoto de la causa sureña. Circunstancias de naturaleza imperiosa, que no es necesario relatar aquí, le habían impedido prestar servicio en ese ejército gallardo, que había luchado en las campañas desastrosas que terminaron con la caída de Corinth, y él se enfadaba bajo la restricción ingloriosa, anhelando la liberación de sus energías, la grandiosa vida del soldado, la oportunidad de la distinción. Esa oportunidad, sentía él, iba a llegar, como le llegaba a todos en tiempos de guerra. Mientras tanto, hacía lo que podía. Ningún servicio era demasiado humilde para prestarlo en la ayuda del Sur, ninguna aventura demasiado peligrosa para emprenderla si era compatible con el carácter de un civil, que era un soldado de corazón, y que de buena fe y sin demasiada calificación consentía, al menos, una parte del franco dictado villano, de que todo se valía en el amor y en la guerra.
Una tarde, mientras Farquhar y su esposa estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada a sus campos, un soldado vestido de gris cabalgó hasta el portón y pidió un trago de agua. La sra. Farquhar estuvo más que dichosa de servirle con sus propias manos blancas. Mientras ella iba a buscar el agua, su marido se aproximó al jinete polvoriento y le pidió noticias del frente con ansiedad.
-Los yankees están reparando las vías férreas -dijo el hombre-, y se están preparando para otro avance. Han alcanzado el puente del riachuelo del búho, lo han puesto en orden y han construido una empalizada en la orilla norte. El comandante ha emitido una orden, que se ha puesto en todas partes, declarando que cualquier civil atrapado al interferir en la vía férrea, sus puentes, túneles o trenes, será ahorcado sumariamente. Yo vi la orden.
-¿Cuán lejos es hasta el puente del riachuelo del búho? -preguntó Farquhar.
-Unas treinta millas.
-¿No hay fuerza en este lado del riachuelo?
-Sólo un puesto de piquetes a media milla, en la vía férrea, y un solo centinela en este extremo del puente.
-Supongamos que un hombre, un civil y estudiante de la horca, deba eludir el puesto del piquete, y acaso sacar lo mejor del centinela -dijo Farquhar sonriendo-, ¿qué podría lograr?
El soldado reflexionó. -Yo estuve allí hace un mes -replicó. -Yo observé que la inundación del invierno pasado, había dejado una gran cantidad de restos de árboles, en el pilar de madera en este extremo del puente. Ahora están secos y arderían como la yesca.
La dama había traído ahora el agua, que el soldado se bebió. Le dio las gracias de modo ceremonioso, reverenció a su marido y cabalgó adelante. Una hora más tarde, después del anochecer, volvió a pasar por la plantación, yendo hacia el norte, en la dirección de donde había venido. Era un explorador federal.

III


Mientras Peyton Farquhar caía directo abajo, a través del puente, perdió la conciencia y estaba ya como muerto. De ese estado fue despertado -eras más tarde, le pareció- por el dolor de una aguda presión en su garganta, seguido por una sensación de sofocación. Unas agonías aguzadas, punzantes parecían dispararse desde su cuello hacia abajo, por cada fibra de su cuerpo y miembros. Esos dolores parecían destellar a lo largo de unas líneas de ramificación bien definidas, y batir con una periodicidad de inconcebible rapidez. Parecían como corrientes de un fuego palpitante, que lo calentaba hasta una temperatura intolerable. En cuanto a su cabeza, era consciente nada más que de una sensación de saciedad, de congestión. Esas sensaciones no eran acompañadas por el pensamiento. La parte intelectual de su naturaleza ya estaba borrada, tenía sólo el poder de sentir, y sentir era un tormento. Era consciente del movimiento. Encerrado en una nube luminosa, de la que era ahora meramente el corazón fogoso, sin sustancia material, se balanceó con arcos de oscilación impensables, como un vasto péndulo. Luego de una vez, con una terrible brusquedad, la luz sobre él se disparó hacia arriba, con el ruido de una rociada fuerte, un rugido temible estaba en sus oídos, y todo fue frío y oscuro. El poder del pensamiento fue restaurado, supo que la soga se había roto y él había caído en la corriente. No hubo una estrangulación adicional, el lazo de su cuello ya lo estaba sofocando, y mantenía el agua fuera de sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río!, la idea le pareció ridícula. Abrió los ojos en la oscuridad y vio arriba un destello de luz, ¡pero qué distante, qué inaccesible! Aún se estaba hundiendo, pues la luz se hacía más y más débil, hasta que fue un mero centelleo. Luego empezó a crecer y radiar, y supo que estaba subiendo hacia la superficie, lo supo con renuencia, pues ahora estaba muy cómodo. "Ser ahorcado y ahogado -pensó-, eso no es tan malo, pero no deseo ser fusilado. No, yo no voy a ser fusilado, eso no es justo."
No era consciente del esfuerzo, pero un agudo dolor en sus muñecas le avisó que estaba tratando de liberar sus manos. Prestó atención a su lucha, como un ocioso pudiera observar la hazaña de un acróbata, sin interés en el resultado. ¡Qué esfuerzo espléndido!, ¡qué fuerza magnífica, sobrehumana! ¡Ah, eso fue un buen intento! ¡Bravo! La cuerda cayó lejos, sus brazos se separaron y flotaron hacia arriba, las manos se veían vagamente a cada lado en la luz creciente. Las miró con un nuevo interés, mientras primero una, y luego la otra se arrojaban sobre el lazo de su cuello. Éstas lo arrancaron y lanzaron a un costado con ferocidad, sus ondulaciones semejantes a las de una culebra acuática. “¡Póntela de nuevo, póntela de nuevo!” Pensó que le gritaba esas palabras a sus manos, pues al desanudado del lazo había seguido la más acuciante punzada que había experimentado. Su cuello le dolió terriblemente, su cerebro estaba en llamas, su corazón, que había estado ondeando débilmente, dio un gran salto, tratando de salirse por la boca. ¡Todo su cuerpo fue fustigado y arrebatado por una angustia insoportable! Pero sus manos desobedientes no hacían caso a la orden. Batían el agua de forma vigorosa, con raudos golpes hacia abajo, forzándose hacia la superficie. Sintió que su cabeza emergía, sus ojos fueron cegados por la luz del sol, su pecho se expandió de modo convulsivo y, con una agonía suprema y coronada, sus pulmones engulleron un gran torrente de aire, ¡que al instante expelió con un aullido!
Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos físicos. Éstos estaban, en efecto, aguzados y alertados de una forma preternatural. Algo en la horrible turbación de su sistema orgánico los había exaltado y refinado tanto, que hacían un registro de cosas nunca antes percibidas. Sentía las ondas en su rostro, y oía sus sonidos por separado mientras éstas lo golpeaban. Miró la foresta en la orilla de la corriente, vio los árboles individuales, las hojas y las venas de cada hoja, vio a los mismos insectos sobre éstas: las langostas, las brillantes moscas corpóreas, las arañas grises tendiendo sus redes de ramita en ramita. Notó los colores del prisma en todas las gotas de rocío en un millón de hojas de hierba. El zumbido de los jejenes que bailaban por arriba de los torbellinos de la corriente, el batir de las alas de las libélulas, los golpes de las patitas de las arañas acuáticas, como remos que hubieran levantado su bote, todo eso hacía una música audible. Un pez se deslizó por debajo de sus ojos, y oyó la ráfaga de su cuerpo partiendo el agua.
Había llegado a la superficie, bajando de frente a la corriente; por un momento el mundo visible pareció dar una vuelta con lentitud, él mismo el punto de pivote, y vio el puente, el fuerte, a los soldados en el puente, al capitán, al sargento, a los dos soldados rasos, sus ejecutores. Estaban en silueta contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, apuntando a él. El capitán había sacado su pistola, pero no disparó, los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, sus formas gigantescas.
Súbitamente, oyó una aguda detonación, y algo golpeó el agua con agudeza a pocas pulgadas de su cabeza, salpicando su rostro con rociadas. Oyó una segunda detonación, y vio a uno de los centinelas con su rifle al hombro, una leve nube de humo azul subiendo de la boca del cañón. El hombre en el agua vio el ojo del hombre en el puente, mirando al suyo propio por la mirilla del rifle. Observó que era un ojo gris, y recordó haber leído que los ojos grises eran más aguzados, y que todos los tiradores famosos los tenían. No obstante, éste había fallado.
Un remolino contrario había atrapado a Farquhar y le dio una media vuelta; estaba de nuevo mirando a la foresta de la orilla opuesta al fuerte. El sonido de la voz clara, alta de un sonsonete monótono repercutió ahora detrás de él, y vino por el agua con una distinción que perforó y sometió a todos los otros sonidos, incluso el batir de las ondas en sus oídos. Aunque no era un soldado, había frecuentado los campamentos lo suficiente, como para conocer el significado espantoso de ese cántico deliberado, arrastrado y aspirado; el teniente de la costa estaba tomando parte en el trabajo de la mañana. Con cuánta frialdad e impiedad, con qué incluso calmada entonación, previendo y forzando la tranquilidad en los hombres, con qué estricto, mesurado intervalo cayeron estas crueles palabras:
-¡Compañía!.. ¡Atención!.. ¡Armas al hombro!.. ¡Listos!.. ¡Apunten!.. ¡Fuego!
Farquhar se sumergió, se sumergió tan profundo como pudo. El agua rugía en sus oídos como la voz del Niágara, pero oyó el trueno sordo de la descarga y, subiendo hacia la superficie de nuevo, se encontró con brillantes trozos de metal, aplanados de modo singular, oscilando hacia abajo con lentitud. Algunos de éstos le tocaron el rostro y las manos, luego se alejaron cayendo, continuando su descenso. Uno se alojó entre su camisa y el cuello, estaba caliente de una forma incómoda, y se lo arrancó.
Mientras subía a la superficie, luchando por respirar, vio que había estado largo tiempo bajo el agua, estaba perceptiblemente más lejos, corriente abajo, más cerca de la salvación. Los soldados habían casi terminado la recarga, las baquetas metálicas destellaron todas a la vez a la luz del sol, mientras eran sacadas de los cañones, volteadas en el aire y metidas en sus enchufes. Los dos centinelas dispararon de nuevo, de modo independiente e inefectivo.
El hombre cazado vio todo eso por encima de su hombro, ahora estaba nadando con la corriente de forma vigorosa. Su cerebro estaba tan enérgico como sus brazos y sus piernas, pensó con la rapidez de un relámpago:
“El oficial”, razonó, “no cometerá ese error de ordenancista por segunda vez. Es tan fácil esquivar una descarga como un solo disparo. Él, probablemente, ya ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Dios me ayude, yo no los puedo esquivar todos!”
Una rociada aterradora a dos yardas de él fue seguida por un sonido fuerte, de ráfaga disminuyente, que pareció viajar atrás por el aire al fuerte, ¡y murió en una explosión que removió al mismo río hasta sus profundidades! ¡Una creciente marea de agua se encurvó sobre él, cayó sobre él, lo cegó, lo estranguló! El cañón había dado una mano en el juego. Mientras sacudía su cabeza liberada de la conmoción del agua asoladora, oyó un disparo desviado zumbando en el aire por encima de su cabeza, que en un instante restalló y destrozó unas ramas en la foresta cercana.
“Ellos no van a volver a hacer eso”, pensó, “la próxima vez van a utilizar una carga de metralla. Yo tengo que mantener mi ojo en el cañón, el humo me avisará, la detonación llega demasiado tarde, está por detrás del misil. Ese es un buen cañón.”
Súbitamente, se sintió dando vueltas y vueltas, girando como un trompo. El agua, las orillas, las forestas, el puente ahora distante, el fuerte y los hombres, todos estaban mezclados y borrosos. Los objetos estaban representados solamente por sus colores, bandas de color circulares horizontales, eso era todo lo que veía. Había sido capturado en una vorágine, y era volteado con una velocidad de avance y giración, que lo dejaba mareado y enfermo. En unos momentos fue lanzado a la grava, a los pies de la orilla izquierda de la corriente -la orilla sureña-, y detrás de un punto saliente que lo ocultó de sus enemigos. La súbita detención de su movimiento, la abrasión de una de sus manos con la grava, lo restituyó, y lloró con deleite. Metió los dedos en la arena, se la lanzó a sí mismo en puñados y la bendijo de modo audible. Ésta lucía como diamantes, rubíes, esmeraldas, no podía pensar en nada hermoso a que ésta no se semejara. Los árboles de la orilla eran plantas de jardín gigantes, notó un orden definido en su disposición, inhaló la fragancia de su floración. Una extraña luz rosada brillaba por los espacios entre sus troncos, y el viento hacía en sus ramas una música de arpas eólicas. No tenía deseo de culminar su escape, estaba contento con quedarse en ese sitio encantado hasta retomarlo.
Un zumbido y un tableteo de metralla en las ramas altas, arriba de su cabeza, lo despertó de su sueño. El cañonero frustrado le había disparado una despedida azarosa. Se puso en pie de un salto, subió corriendo la orilla escarpada y se internó en la foresta.
Todo aquel día viajó, tomando su rumbo por la curvatura del sol. La foresta parecía interminable, en ningún lugar descubrió una ruptura de ésta, ni incluso el camino de un leñador. No sabía que vivía en una región tan salvaje. Había algo insólito en la revelación.
Al anochecer estaba fatigado, despeado, famélico. El pensamiento de su esposa e hijos lo impelía. Por último, encontró un camino que lo condujo en la que él sabía era la dirección correcta. Era tan ancho y derecho como una calle citadina, aunque parecía no transitado. Ningún campo lo bordeaba, ninguna vivienda en ningún lugar. No más que los ladridos de un perro sugerían el habitar humano. Los cuerpos negros de los árboles formaban una pared derecha a ambos costados, que terminaba en el horizonte en un punto, como el diagrama de una lección de perspectiva. Encima de su cabeza, cuando miró a través de la fisura del bosque, brillaban unas grandes estrellas doradas de aspecto no familiar, y agrupadas en constelaciones extrañas. Estaba seguro de que estaban dispuestas en cierto orden, que tenía un significado secreto y maligno. El bosque a ambos costados estaba lleno de ruidos singulares, entre los que -una vez, dos veces y otra vez- oyó claramente susurros en una lengua desconocida.
Su cuello le dolía y, alzando la mano hacia éste, lo encontró horriblemente hinchado. Sabía que tenía un círculo negro donde la soga lo había lacerado. Sus ojos los sentía congestionados, ya no los podía cerrar más. Su lengua estaba hinchada por la sed; alivió su fiebre empujándola hacia adelante, por entre sus dientes al aire frío. ¡Con qué suavidad el césped había alfombrado la avenida no transitada, no podía sentir más el camino bajo sus pies!
Sin dudas, a despecho de su sufrimiento, se había quedado dormido mientras caminaba, pues ahora veía otra escena, acaso se había recobrado meramente de un delirio. Él estaba parado en el portón de su propia casa. Todo estaba como lo había dejado, y todo era radiante y hermoso en el sol de la mañana. Debía haber viajado la noche entera. Mientras abría el portón empujando y pasaba por el ancho camino blanco, veía un ondear de prendas femeninas; su esposa, luciendo fresca, calmada y dulce, bajaba caminando desde la veranda para recibirlo. Al pie de los peldaños se paraba a esperar, con una sonrisa de júbilo inefable, y una actitud de gracia y dignidad inigualables. ¡Ah, qué hermosa era! Él saltaba hacia adelante con los brazos extendidos. Cuando estaba a punto de estrecharla, sintió un golpe tremendo atrás del cuello, una luz blanca cegadora lo encendió todo a su alrededor, con un sonido como el impacto de un cañón, ¡luego todo fue oscuridad y silencio!
Peyton Farquhar había muerto; su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro gentilmente, debajo de los maderos del puente del riachuelo del búho.

Título original: An Occurrence at Owl Creek Bridge, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, julio de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Sound the Charge, 1989.