miércoles, 28 de abril de 2010

Más allá de la pared


Hace muchos años, en mi camino de Hong-Kong a Nueva York, pasé una semana en San Francisco. Mucho tiempo había pasado desde que estuve en esa ciudad, durante el que mis venturas en el Oriente habían prosperado más allá de mi esperanza; yo era rico, y podía permitirme revisitar mi propio país para renovar mi amistad con esos compañeros de mi juventud, que aún vivían y me recordaban con el viejo afecto. El principal de éstos, esperaba yo, era Mohun Dampier, un viejo compañero de escuela con quien había mantenido una correspondencia desganada, que hacía tiempo había cesado, como es el modo de la correspondencia entre los hombres. Ustedes puede hayan observado que la indisposición a escribir una mera carta social, está en el radio del cuadrado de la distancia entre ustedes y vuestro corresponsal. Es una ley.
Yo recordaba a Dampier como un buen mozo, fuerte y joven colega de gustos estudiosos, con una aversión al trabajo y una marcada indiferencia a muchas de las cosas que le importan al mundo, incluyendo la riqueza; de la cual, sin embargo, había heredado lo suficiente, como para ponerse más allá del alcance de la miseria. En su familia, una de las más antiguas y aristocráticas del país, creo yo, era una cuestión de orgullo que ningún miembro de ésta nunca hubiera estado en el comercio ni en la política, ni sufrido ninguna clase de distinción. Mohun era un poco sentimental, y tenía en sí un singular elemento de superstición, que lo llevó al estudio de toda clase de temas ocultos, aunque su buena salud mental lo salvaguardó de la fe fantástica y peligrosa. Hizo atrevidas incursiones al reino de lo irreal, sin renunciar a su residencia en la parcialmente inspeccionada y cartografiada región, que nos place llamar certidumbre.
La noche de mi visita a él fue tormentosa. El invierno de California estaba andando, y una lluvia incesante enlodaba las calles desiertas o, levantada por las ráfagas de viento irregulares, era arrojada contra las casas con furia increíble. Con no poca dificultad, mi cochero encontró el lugar correcto, lejos hacia la playa del océano, en un suburbio escasamente poblado. La vivienda, una bastante fea, al parecer, se erguía en el centro de sus terrenos que, como apenas podía descifrar en la tiniebla, estaban desprovistos de cualquier flor o hierba. Tres o cuatro árboles, retorcidos y gimientes en el tormento de la tempestad, parecían estar tratando de escapar de su ambiente lúgubre, y de correr el riesgo de encontrar uno mejor en el mar. La casa era una estructura de ladrillo de dos pisos, con una torre un piso más alto en una esquina. En una ventana de ésta había la única luz visible. Algo en la apariencia del lugar me hizo estremecer, un desempeño que pudo ser asistido por el arroyuelo de agua de lluvia que bajaba por mi espalda, mientras echaba a correr para cubrirme en el umbral.
En respuesta a mi nota, que le informaba de mi deseo de llamar, Dampier había escrito: “No toques, abre la puerta y entra.” Así lo hice. La escalera estaba vagamente iluminada por un solo mechero de gas, encima del segundo tramo. Me las arreglé para alcanzar el rellano sin desastre, y entré por una puerta abierta a la iluminada habitación cuadrada de la torre. Dampier se adelantó en bata y zapatillas para recibirme, dándome el saludo que yo deseaba, y si yo había tenido el pensamiento, de que pudo ser más apropiado haberme otorgado la puerta frontal, mi primera mirada a él disipó cualquier sensación de inhospitalidad.
Él no era el mismo. Apenas pasada la edad madura, se había vuelto canoso y había adquirido un encorvado pronunciado. Su figura era delgada y angulosa, su rostro de líneas profundas, su tez blanca mortuoria, sin un toque de color. Sus ojos, grandes de una forma no natural, brillaban con un fuego que era casi extraño.
Me sentó, me propuso un puro y, con una sinceridad grave y obvia, me aseguró que le daba placer encontrarse conmigo. Alguna conversación sin importancia siguió, pero yo todo el tiempo estuve dominado por una sensación de melancolía, ante el gran cambio en él. Eso lo debió haber percibido, pues súbitamente dijo con una sonrisa lo suficiente brillante: -Usted está decepcionado de mí, non sum qualis eram.
Yo apenas sabía qué replicar, pero me las arreglé para decir: -Por qué, realmente, yo no sé: su latín es casi el mismo.
Él brilló de nuevo. -No -dijo-, siendo una lengua muerta, crece con propiedad. Pero por favor, tenga la paciencia de esperar: dónde yo voy hay acaso una mejor lengua. ¿Le importaría tener un mensaje en ésta?
La sonrisa se marchitó mientras hablaba, y cuando concluyó estaba buscando en mis ojos con una gravedad que me angustió. Pero yo no me hubiera rendido a su humor, ni le hubiera permitido ver cuán profundo me afectaba su presciencia de la muerte.
-Me imagino que será larga -dije-, antes de que el discurso humano deje de servir a nuestra necesidad, y entonces la necesidad, con sus posibilidades de servicio, habrá pasado.
Él no hizo una réplica, y yo también estaba en silencio, pues la plática había tomado un giro desalentador, y yo no sabía cómo darle un carácter más agradable. Súbitamente, en una pausa de la tormenta, cuando el silencio mortuorio era casi alarmante por contraste con el alboroto anterior, oí un golpeteo suave, que parecía venir de la pared detrás de mi silla. El sonido era como el que podía haber hecho una mano humana, no como en una puerta por uno pidiendo ser admitido, sino más bien, pensé, como una señal acordada, una seguridad de la presencia de alguien en una habitación contigua; la mayoría de nosotros, me imagino, ha tenido más experiencia en tales comunicaciones, de la que nos debería importar relatar. Yo eché una mirada a Dampier. Si había, posiblemente, algo de diversión en la mirada, él no lo observó. Él parecía haber olvidado mi presencia, y estaba mirando la pared detrás de mí con una expresión en sus ojos, que soy incapaz de decir, aunque mi recuerdo de ésta es hoy tan vívido, como era mi sensación entonces. La situación era embarazosa, me levanté para iniciar mi despedida. En eso pareció recobrarse.
-Por favor, siéntese -dijo-, no es nada, no hay nadie ahí.
Pero el golpeteo se repitió, y con la misma insistencia suave, lenta que antes.
-Perdóneme -dije-, es tarde. ¿Puedo llamar ma-ñana?
Él sonrió, un poco mecánicamente, pensé. -Es muy delicado de su parte -dijo-, pero innecesario por completo. Realmente, esta es la única habitación de la torre, y no hay nadie ahí. Al menos… -dejó la frase incompleta, se levantó y tironeó una ventana, la única abertura en la pared de la que el sonido parecía venir. -Vea.
No sabiendo con claridad qué otra cosa hacer, yo lo seguí hacia la ventana y miré afuera. Un farol de calle, a alguna poca distancia, daba suficiente luz a través de lo nublado de la lluvia, que de nuevo estaba cayendo en torrentes para hacer claro por entero, que “no había nadie ahí.” En verdad, no había nada más que la abrupta pared blanca de la torre.
Dampier cerró la ventana y, señalando hacia mi asiento, retomó el suyo.
El incidente en sí no era misterioso en particular; cualquiera de una docena de explicaciones era posible (aunque ninguna se me había ocurrido), pero me impresionó extrañamente más, acaso, el esfuerzo de mi amigo por asegurarme, que parecía dignificarlo con cierta significación e importancia. Había probado que no había nadie allí, pero en ese hecho yacía todo el interés, y no propuso una explicación. Su silencio era irritante y me sentía resentido.
-Mi buen amigo -dije un tanto irónicamente, me temo-, yo no estoy dispuesto a cuestionar su derecho a albergar a tantos espectros, como encuentre agradable para su gusto y conforme a sus nociones de compañerismo, eso no es asunto mío. Pero siendo, justamente, un hombre plano de affairs, sobre todo de este mundo, encuentro que los espectros no son necesarios para mi paz y comodidad. Yo me voy a mi hotel, donde mis colegas invitados todavía son de carne.
No fue un discurso muy civil, pero él no manifestó ninguna sensación al respecto. -Por amabilidad, quédese -dijo-. Yo estoy agradecido por su presencia aquí. Lo que usted ha oído esta noche, yo creo que lo he oído dos veces antes. Ahora que no fue una ilusión. Eso es mucho para mí, más de lo que cree. Tenga un puro fresco y una buena provisión de paciencia, mientras le cuento la historia.
La lluvia estaba cayendo ahora de modo más constante, con un susurro bajo, monótono, interrumpida con largos intervalos por el súbito azotarse de las ramas de los árboles, cuando el viento se levantaba y menguaba. La noche estaba muy avanzada, pero la simpatía y la curiosidad me mantuvieron como un oyente voluntario del monólogo de mi amigo, que no interrumpí con una sola palabra desde el principio hasta el final.
-Hace diez años -dijo-, yo ocupaba un apartamento de planta baja, en una de las hileras de casas, todas iguales, lejos, en el otro extremo del pueblo, en lo que llamamos Rincon Hill. Ese había sido el mejor barrio de San Francisco, pero había caído en el descuido y la decadencia, en parte por que el carácter primitivo de su arquitectura doméstica, ya no se adecuaba a los gustos maduros de nuestros ciudadanos acaudalados; en parte por que ciertas mejoras públicas habían hecho una ruina de éste. La hilera de viviendas, en una de las que yo vivía, estaba un poco alejada de la calle; cada una tenía un jardín en miniatura, separado de sus vecinos por unas verjas de hierro bajas, y dividido con precisión matemática por un camino de gravilla bordeado de bojes, desde el portón hasta la puerta.
Una mañana, mientras yo dejaba mi alojamiento, observé a una joven que entraba al jardín contiguo, a la izquierda. Era un día caluroso de junio, y ella estaba vestida de blanco, a la ligera. De sus hombros colgaba un sombrero de pajilla ancho, decorado con flores de forma profusa, y encintado de modo maravilloso a la moda de la época. Mi atención no fue retenida mucho tiempo por la exquisita sencillez de su traje, pues nadie podía mirar su cara y pensar en algo terrenal. No tema, no la voy a profanar con una descripción, era excesivamente bella. Todo lo que yo haya visto o soñado jamás sobre lo encantador, estaba en esa incomparable pintura viviente por mano del Artista divino. Eso me conmovió de forma tan profunda que, sin pensar en la impropiedad del acto, me descubrí la cabeza de modo inconsciente, como un católico devoto o un protestante bien nacido ante la imagen de la Virgen bendita. La doncella no mostró desagrado; ella meramente volvió sus gloriosos ojos oscuros hacia mí, con una mirada que me hizo contener la respiración, y sin otro reconocimiento de mi acto, pasó adentro de la casa. Por un momento me quedé inmóvil, sombrero en mano, dolorosamente consciente de mi rudeza, pero tan dominado por la emoción inspirada por esa visión de una belleza incomparable, que mi penitencia fue menos punzante de lo que debiera haber sido. Entonces seguí mi camino, dejando atrás mi corazón. En el curso natural de las cosas yo, probablemente, debía haberme quedado afuera hasta el anochecer, pero a media tarde estaba de vuelta en el pequeño jardín, afectando un interés por esas pocas, necias flores que yo nunca había observado antes. Mi esperanza era vana, ella no apareció.
A una noche de inquietud sucedió un día de expectativa y desilusión, pero al día siguiente, cuando yo vagaba sin objetivo por el vecindario, la encontré. Por supuesto, no repetí la necedad de descubrirme, ni incluso la ventura de tanto, como una mirada demasiado larga para manifestar interés en ella; aunque mi corazón estaba latiendo audiblemente. Yo temblaba y me sonrojé de forma consciente, cuando ella volvió sus grandes ojos negros hacia mí, con una mirada de obvio reconocimiento, despojada por entero de audacia o coquetería.
Yo no lo cansaré con particularidades; después encontré a la doncella muchas veces, aunque nunca me dirigí a ella o busqué llamar su atención. Ni hice ninguna acción para trabar conocimiento con ella. Acaso mi abstinencia, que requería un esfuerzo de abnegación tan supremo, no le será clara a usted por entero. Que yo fui lanzado de cabeza al amor es verdad, ¿pero quién puede superar su hábito de pensamiento, o reconstruir su carácter?
Yo era lo que algunas personas necias se complacen en llamar, y otras más necias se complacen en ser llamadas, un aristócrata, y a despecho de su belleza, sus encantos y gracia, la muchacha no era de mi clase. Yo había sabido su nombre -que no es necesario decir-, y algo de su familia. Era una huérfana, la sobrina dependiente de una mujer gorda mayor imposible, en cuya casa de huéspedes vivía. Mi ingreso era pequeño y yo carecía del talento para casarme, acaso es un don. Una alianza con esa familia me hubiera condenado a su modo de vida, apartándome de mis libros y estudios, y en un sentido social me hubiera reducido a los rangos. Es fácil despreciar unas consideraciones como esas, y yo no me había abstenido de la defensa. Dejemos que el juicio esté contra mí por entero, pero en estricta justicia, todos mis ancestros por generaciones deben hacerse co-defensores, y que se me permita alegar la mitigación del castigo, el mandato imperioso de la herencia. Para una mésalliance de esa clase, cada glóbulo de mi sangre ancestral hablaba en oposición. En breve, mis gustos, hábitos, instintos, por cualquier razón mi amor me hubiera dejado, todo luchaba contra eso. Además, yo era un sentimental incorregible, y encontraba un encanto sutil en una relación impersonal y espiritual, que el conocimiento podía vulgarizar y el matrimonio ciertamente disiparía. Ninguna mujer, argumenté, es lo que esta amorosa criatura parece. El amor es un sueño delicioso, ¿por qué debía provocar mi propio despertar?
El curso dictado por toda esta sensación y sentimiento era obvio. El honor, el orgullo, la prudencia, la preservación de mis ideales, todo me ordenaba que me fuera, pero yo era demasiado débil para eso. Lo máximo que podía hacer con un vigoroso esfuerzo de voluntad, era dejar de encontrar a la muchacha, y eso hice. Incluso evité el albur de los encuentros del jardín, dejando mi alojamiento sólo cuando sabía, que ella había ido a sus lecciones de música, y regresaba después del anochecer. Aunque todo el tiempo estuve como en un trance, entregado a las fantasías más fascinantes, y ordenando mi vida intelectual entera de acuerdo con mi sueño. Ah, mi amigo, como uno cuyas acciones tienen una trazable relación con la razón, usted no puede conocer el paraíso necio en que yo vivía.
Una noche el diablo me metió en la cabeza que yo fuera un idiota indecible. Mediante unas preguntas, al parecer descuidadas y sin propósito, supe por mi chismosa patrona que el dormitorio de la joven era contiguo al mío, una pared media entre. Cediendo a un impulso súbito y ordinario, golpeteé la pared con suavidad. No hubo respuesta, naturalmente, pero yo no estaba de humor para aceptar una reprensión. Una locura había en mí, y repetía la necedad, la ofensa, pero de nuevo con ineficacia, y tuve la decencia de desistir.
Una hora más tarde, mientras estaba absorbido en alguno de mis estudios infernales, oí, o creí oír una respuesta a mi señal. Tirando abajo mis libros salté hacia la pared y, de forma tan constante como mi corazón latiente me lo permitía, di tres golpes lentos en ésta. Esta vez la respuesta fue distinta, inconfundible: uno, dos, tres, una repetición exacta de mi señal. Eso fue todo lo que pude educir, pero fue suficiente, demasiado.
La noche siguiente, y por muchas noches después, esa necedad continuó, yo siempre tenía “la última palabra”. Durante todo el período fui feliz de un modo delirante, pero con la perversidad de mi naturaleza, perseveré en mi resolución de no verla. Entonces, como debía haber esperado, no tuve más respuestas. “Ella está disgustada”, me dije a mí mismo, “con lo que cree mi timidez de no hacer más avances definidos”, y resolví buscarla y entablar conocimiento con ella, ¿y qué? Yo no sabía, ni sé ahora qué podía venir de eso. Sólo sé que pasé días y días tratando de encontrarla, y todo fue vano: ella era invisible, así como inaudible. Yo rondaba por las calles donde nos habíamos encontrado, pero ella no venía. Desde mi ventana vigilaba el jardín enfrente de su casa, pero ella no pasaba afuera ni adentro. Sentí una profunda decepción, creyendo que se había ido, pero no di ningún paso para resolver mi duda inquiriendo a mi patrona, a quien, en efecto, yo le había tomado una aversión invencible, por haber hablado una vez de la muchacha con menos reverencia de la que pensaba convenía.
Luego vino la noche fatídica. Agotado por la emoción, la irresolución y el desaliento, yo me había retirado temprano y caído en el sueño, que aun era posible para mí. En medio de la noche algo -algún poder maligno resuelto a arruinar mi paz para siempre- me hizo abrir los ojos y sentarme, despierto por completo y escuchando con intención yo no sabía qué. Entonces, creí oír un tenue golpeteo en la pared, el mero fantasma de la señal familiar. En unos momentos se repitió: uno, dos, tres, no más fuerte que antes, pero dirigido a un sentido alerta y que se esforzaba por recibirlo. Yo estaba a punto de replicar, cuando el Adversario de la paz intervino de nuevo en mis affairs, con una ruin sugestión de represalia. Ella me había ignorado por mucho tiempo y cruelmente, ahora yo la ignoraría a ella. Increíble fatuidad, ¡puede que Dios me la perdone! Todo el resto de la noche estuve acostado despierto, fortaleciendo mi obstinación con justificaciones desvergonzadas, y escuchando.
Tarde en la mañana siguiente, cuando estaba dejando la casa, me encontré con mi patrona, entrando.
-Buenos días, sr. Dampier -dijo-. ¿Ha oído usted la noticia?
Yo le repliqué con palabras que no había oído ninguna noticia, de una manera como que no me importaba oír ninguna. La manera escapó a su observación.
-Sobre la dama joven enferma de al lado -balbuceó-. ¡Cómo!, ¿usted no lo sabía? ¿Por qué?, ella ha estado enferma por semanas. Y ahora…
Casi salté sobre ella. -¿Y ahora -grité-, ahora qué?
-Ella está muerta.
Esa no es toda la historia. En medio de la noche, como supe más tarde, el paciente, despertando de un largo estupor después de una semana de delirio, había pedido -fue su última expresión- que su cama fuera movida al lado opuesto de la habitación. Los que la atendían pensaron que la solicitud era una vaguedad de su delirio, pero la cumplieron. Y luego la pobre alma pasajera había ejercido su menguada voluntad de restaurar una conexión rota, un hilo dorado de sentimiento entre su inocencia y la bajeza monstruosa, propia de la fidelidad ciega, brutal a la ley del ego.
¿Qué reparación podía hacer yo? ¿Hay misas que se puedan decir para el reposo de las almas, que estén afuera en noches como ésta, espíritus “llevados por los vientos invisibles”, viniendo en la tormenta y la oscuridad con signos y portentos, indicios de la memoria y presagios de condena?
Esta es la tercera visita. En la primera ocasión, yo era demasiado escéptico para hacer algo más que verificar, con métodos naturales, el carácter del incidente; en la segunda, respondí a la señal después que ésta se había repetido varias veces, pero sin resultado. La recurrencia de esta noche completa la “tríada fatal” expuesta por Parapelius Necromantius. No hay más que decir.
Cuando Dampier terminó su historia, no pude pensar nada relevante que me importara decir, y preguntarle hubiera sido una horrenda impertinencia. Me levanté y le di las buenas noches de forma tal, para trasmitirle mi sensación de simpatía, que él reconoció en silencio con la presión de su mano. Esa noche, a solas con su pesar y remordimiento, pasó a lo desconocido.

Título original: Beyond the Wall, publicado por primera vez en Cosmopolitan, diciembre de 1907, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Illugraphy, Haunted house, XXI.

miércoles, 21 de abril de 2010

Un affair en los puestos de avanzada

I
Concerniente al deseo de estar muerto

Dos hombres estaban sentados en una conversación. Uno era el gobernador del Estado. Era el año 1861, la guerra estaba andando y el gobernador ya era famoso por la inteligencia y el celo, con que dirigía todos los poderes y recursos de su Estado al servicio de la Unión.
-¡Qué!, ¿usted? -estaba diciendo el gobernador con evidente sorpresa-, ¿usted también quiere una comisión militar? Realmente, los pífanos y los tambores deben haber producido una profunda alteración en sus convicciones. En mi carácter de sargento de reclutamiento, yo supongo que no debo ser fastidioso, pero –había un toque de ironía en su manera-, bueno, ¿usted ha olvidado que se requiere un juramento de fidelidad?
-Yo no he alterado ni mis convicciones ni mis simpatías -dijo el otro de modo tranquilo-. Mientras que mis simpatías están con el Sur, como usted me hace el honor de recordar, nunca he dudado de que el Norte estaba en lo cierto. Yo soy un sureño de hecho y de sentimiento, pero mi hábito, en cuestiones de importancia, es actuar como pienso, no como siento.
El gobernador estaba golpeando su escritorio con un lápiz de forma ausente, no replicó de inmediato. Después de un rato dijo: -Yo he oído que hay toda clase de hombres en el mundo, así, supongo que hay algunos así, y sin dudas usted se cree uno. Yo lo conozco hace mucho tiempo y, perdóneme, no creo eso.
-¿Entonces, yo voy a entender que mi solicitud está denegada?
-A menos que usted pueda cambiar mi creencia, de que sus simpatías sureñas son en cierto grado una descalificación, sí. Yo no dudo de su buena fe, y sé que es bastante apropiado, por la inteligencia y el entrenamiento especial, para los deberes de un oficial. Sus convicciones, usted dice, favorecen la causa de la Unión, pero yo prefiero un hombre con el corazón en ésta. El corazón es con lo que los hombres luchan.
-Mire esto, gobernador -dijo el hombre más joven, con una sonrisa que tenía más luz que calidez: -Yo tengo algo arriba de la manga, una cualificación que había esperado no sería necesario mencionar. Una gran autoridad militar ha dado una receta simple para ser un buen soldado: “Trata siempre que te maten.” Es con ese propósito que deseo entrar al servicio. Yo no tengo, acaso, mucho de patriota, pero deseo estar muerto.
El gobernador lo miró más bien con agudeza, luego un poco fríamente. -Hay un modo simple y franco-, dijo.
-En mi familia, señor -fue la réplica-, nosotros no hacemos eso, ningún Armisted nunca ha hecho eso.
Sobrevino un largo silencio y ninguno de los hombres miró al otro. De repente, el gobernador alzó sus ojos del lápiz, que había reanudado su golpeteo, y dijo:
-¿Quién es ella?
-Mi esposa.
El gobernador lanzó el lápiz al escritorio, se levantó y caminó dos o tres veces por la habitación. Luego se volvió hacia Armisted, que también se había levantado, lo miró más fríamente que antes y dijo: -Pero el hombre, ¿no sería mejor que él, no podría el país dispensarlo a él mejor, de lo que puede dispensarlo a usted? ¿O los Armisteds son opuestos a “la ley no escrita”?
Los Armisteds, al parecer, podían sentir un insulto: el rostro del hombre más joven se sonrojó, luego palideció, pero se sometió al servicio de su propósito.
-La identidad del hombre me es desconocida -dijo, lo suficiente calmado.
-Perdóneme -dijo el gobernador, con mucho menos visible contrición de la que, comúnmente, subyace en esas palabras. Después de un momento de reflexión, agregó: -Yo le voy a enviar mañana una comisión de capitán en la Décima infantería, ahora en Nashville, Tennessee. Buenas noches.
-Buenas noches, señor. Yo le doy las gracias.
Dejado solo, el gobernador se quedó inmóvil por un tiempo, apoyado en su escritorio. De repente se encogió de hombros, como si se quitara una carga. -Esto es un mal negocio -dijo.
Sentándose en la mesa de lectura ante el fuego, tomó el libro más cercano a su mano, abriéndolo de forma ausente. Sus ojos cayeron sobre esta sentencia:
"Cuando Dios hizo necesario para la esposa infiel mentirle a su esposo en justificación de sus propios pecados, Él tuvo la ternura de dotar a los hombres con la necedad de creerle."
Miró el título del libro, éste era Su excelencia el necio.
Arrojó el volumen al fuego.
II
Cómo decir lo que vale oír

El enemigo, derrotado en dos días de batalla en Pittsburg Landing, se retiró huraño a Corinth, de donde había venido. Por manifiesta incompetencia Grant, cuyo ejército abatido fue salvado de la destrucción y la captura, por la actividad y la habilidad de soldado de Buell, fue relevado de su comando; que no obstante no se le dio a Buell, sino a Halleck, un hombre de poderes no probados, un teorético, indolente e irresoluto. Paso a paso sus tropas, siempre desplegadas en línea de batalla para resistir a las trifulcas con los tiradores enemigos, siempre atrincheradas contra columnas que nunca llegaban, avanzaron por treinta millas de forestas y pantanos hacia un antagonista preparado para desvanecerse al contacto, como un fantasma al canto del gallo. Fue una campaña de “excursiones y alarmas”, de reconocimientos y contramarchas, de propósitos cruzados y órdenes de contramando. Por semanas la farsa solemne ocupó la atención, tentando a civiles distinguidos de los campos de la ambición política, para ver lo que podían a salvo de los horrores de la guerra. Entre ellos estaba nuestro amigo el gobernador. En el cuartel general del ejército y en los campamentos de las tropas de su Estado, era una figura familiar, asistida por varios miembros de su personal privado, de caballos vistosos, sastrería impecable y valientes sombreros de seda. Eran seres de encanto, ricos en sugestiones de las tierras pacíficas, un mar más allá de la refriega. El soldado desaseado levantaba la mirada desde su trinchera cuando ellos pasaban, se apoyaba en su pala y los maldecía de modo audible, para expresar su sensación de la irrelevancia ornamental de ellos ante las austeridades de su oficio.
-Yo creo, gobernador -decía el general Masterson un día, yendo a una sesión informal encima de su caballo y echando una pierna sobre el pomo de la silla, su postura favorita: -Yo creo que no cabalgaría más lejos en esa dirección, si fuera usted. No tenemos nada más por ahí, que una línea de tiradores. Por eso es, presumo, que me enviaron a poner estos cañones de sitio aquí: si los tiradores son conducidos adentro, el enemigo se morirá de tristeza al ser incapaz de cazarlos, son un poco pesados.
Hay razones para temer que la no entrenada calidad de este humor militar, no cayó como una gentil lluvia del cielo sobre el lugar bajo el sombrero de seda del civil. De todas formas, no disminuyó su dignidad al reconocer.
-Yo entiendo -dijo con gravedad-, que algunos de mis hombres están por ahí, una compañía del Décimo, comandada por el capitán Armisted. Me gustaría encontrarme con él, si a usted no le importa.
-Él vale el encuentro. Pero hay un trozo de jungla malo por ahí, y yo le aconsejaría que deje su caballo y -con una mirada a la comitiva del gobernador- su otra impedimenta.
El gobernador fue adelante solo y a pie. En una media hora había avanzado por una maleza enredada, que cubría un suelo pantanoso, y entró a un terreno más firme y abierto. Allí encontró una media compañía de infantería siestando tras una línea de rifles apilados. Los hombres llevaban sus pertrechos: sus cinturones, cartucheras, mochilas y cantinas. Algunos, yacientes en toda su longitud sobre las hojas secas, estaban profundamente dormidos: otros, en grupos pequeños, chismeaban de esto y aquello ociosamente; unos pocos jugaban a las cartas, ninguno estaba lejos de la línea de armas apiladas. Para el ojo de un civil la escena era de descuido, confusión e indiferencia, un soldado habría observado expectativa y disposición.
A una pequeña distancia, apartado, un oficial en uniforme de faena, armado, estaba sentado en un árbol caído, notando la aproximación del visitante, hacia quien un sargento, levantado de uno de los grupos, venía ahora.
-Yo deseo ver al capitán Armisted -dijo el gobernador.
El sargento lo miró de modo entornado, sin decir nada, apuntó al oficial y, tomando un rifle de una de las pilas, lo acompañó.
-Este hombre quiere verlo, señor -dijo el sargento, saludando. El oficial se levantó.
Hubiera sido un ojo agudo el que lo hubiera reconocido. Su cabello, que unos pocos meses antes había sido castaño, estaba veteado de gris. Su rostro, bronceado por la exposición, estaba como cosido por la edad. Una larga cicatriz lívida en la frente marcaba el golpe de un sable, una mejilla estaba retraída y fruncida por obra de una bala. Sólo una mujer del leal Norte habría pensado que el hombre era guapo.
-Armisted, capitán -dijo el gobernador, extendiendo la mano-, ¿usted no me conoce?
-Yo lo conozco, señor, y lo saludo, como el gobernador de mi Estado.
Alzando su mano derecha al nivel de sus ojos, la lanzó hacia afuera y hacia abajo. En el código de la etiqueta militar no había provisión para estrechar las manos. La del civil fue retirada. Si sintió sorpresa o desazón, su rostro no lo traicionó.
-Es la mano que firmó su comisión -dijo.
-Y es la mano…
La sentencia quedó sin terminar. Una aguda detonación de rifle vino de enfrente, seguida por otra y otra. Una bala silbó por la foresta y alcanzó un árbol cercano. Los hombres saltaron del terreno y, mucho antes de que la alta, clara voz del capitán entonara el comando -¡A-ten-ción!-, cayeron en la línea, detrás de las armas apiladas. Otra vez -y ahora a través del fragor del crepitar de la fusilería- resonó el fuerte, deliberado sonsonete de la autoridad: -¡Tomar… armas!-, seguido por el traqueteo de las bayonetas destrabadas.
Las balas del enemigo invisible estaban volando ahora tupidas y rápidas, aunque en su mayoría bien gastadas, y emitiendo el sonido zumbante que significa la interferencia de las ramitas y la rotación en el plano de vuelo. Dos o tres hombres de la línea ya habían sido alcanzados y tumbados. Unos pocos hombres heridos llegaban cojeando con torpeza, fuera de la maleza de la línea de tiradores de enfrente; la mayoría de ellos no se detenía, pero se abría camino con los rostros blancos y los dientes apretados hacia la retaguardia.
Súbitamente, hubo una detonación profunda, sacudida enfrente, seguida por la alarmante ráfaga de un obús que, pasando por encima, explotó en el linde de un boscaje, dejando ardiendo las hojas caídas. Penetrando el fragor -pareciendo flotar por encima de éste como la melodía de un ave planeando- resonó la lenta, aspirada monotonía de los diversos comandos del capitán, sin énfasis, sin acento, musical y reposada como una víspera bajo la luna de la cosecha. Familiarizados con ese cántico tranquilizador en los momentos de peligro inminente, los soldados crudos, con menos de un año de entrenamiento, se rindieron al hechizo, ejecutando sus mandatos con la compostura y la precisión de unos veteranos. Incluso el civil distinguido detrás de su árbol, vacilando entre el orgullo y el terror, fue accesible a su encanto y persuasión. Fue consciente de la resolución fortalecida, y corrió sólo cuando los tiradores, bajo las órdenes de reunirse en la reserva, salieron del bosque como liebres cazadas y se formaron a la izquierda de una pequeña línea rígida, respirando con dificultad y agradecidos por la bendición de la respiración.
III
La lucha de uno cuyo corazón no estaba en la pelea

Guiado en su retirada por la de los heridos fugitivos, el gobernador bregó hacia la retaguardia con valentía, a través del “trozo de jungla malo”. Estaba bastante sin resuello y un poco confundido. Exceptuando un solo disparo de rifle de vez en cuando, no había sonido de refriega detrás de él; el enemigo estaba tratando de juntarse para una nueva arremetida contra un antagonista, de cuyo número y disposición táctica estaba dudoso. El fugitivo sentía que, probablemente, sería dispensado para su país, y sólo se encomendó a los designios de la providencia para ese fin, pero saltando un arroyo pequeño en un terreno más abierto, uno de los designios incurrió en la desgracia de una invalidante torcedura de tobillo. Fue incapaz de continuar su vuelo, pues era demasiado gordo para brincar, y después de varios intentos vanos, que le causaron un dolor intolerable, se sentó en la tierra para cuidar de su innoble invalidez y desaprobar la situación militar.
Un enérgico renuevo del tiroteo se declaró, y las balas perdidas llegaron volando y zumbando. Luego vino el estallido de dos descargas limpias, definidas, seguidas por un traqueteo continuo, a través del cual oyó los gritos y los vítores de los combatientes, puntuados por las batidas tronantes del cañón. Todo eso le dijo que el pequeño comando de Armisted estaba acosado acremente y luchando en los cuarteles cercanos. Los hombres heridos de quienes se había distanciado, empezaron a rezagarse por una y otra mano, su número aumentó visiblemente con nuevas levas de la línea. Solos, y de a dos y tres, algunos apoyando a los camaradas heridos de forma más desesperada que ellos, pero todos sordos a sus apelaciones de asistencia, buscaban entre la maleza y desaparecían. El tiroteo era cada vez más ruidoso y más distinto, y de repente los fugitivos achacosos fueron sucedidos por hombres que andaban con paso más firme, que enfrentaban ocasionalmente y descargaban sus piezas, y luego reanudaban su retirada con tenacidad, recargando mientras caminaban. Dos o tres cayeron mientras él miraba, y yacieron inmóviles. Uno tuvo suficiente de la vida que le quedaba, para hacer el lastimoso intento de arrastrarse hacia la cobertura. Un camarada que pasaba se detuvo junto a él el tiempo suficiente para disparar, apreciar la invalidez del pobre diablo con una mirada y moverse huraño adelante, insertando un cartucho en su arma.
En todo eso no había nada de la pompa de la guerra, ningún rastro de gloria. Incluso en su angustia y peligro, el civil indefenso no pudo evitar contrastar eso con los preciosos desfiles y revistas hechos en honor de él mismo, con los uniformes brillantes, la música, los estandartes y la marcha. Era un negocio feo y enfermizo: para todo lo que era artístico en su naturaleza, repulsivo, brutal, de mal gusto.
-¡Ugh, -gruñó, estremecido-, esto es bestial! ¿Dónde está el encanto de todo esto? ¿Dónde están los sentimientos elevados, la devoción, el heroísmo, la…
Desde un punto en algún lugar cercano, en la dirección del enemigo que perseguía, se levantó el claro, deliberado sonsonete del capitán Armisted.
-Fir-mes, hombres, fir-mes. ¡Alto! Em-pezar a dis-parar.
El traqueteo de menos de una veintena de rifles, se podía distinguir a través del alboroto general, y otra vez el penetrante falsete:
-Dejar de dis-parar. En re-tirada... ¡en maaarcha!
En unos pocos momentos, ese remanente se había dispersado lentamente detrás del gobernador, todos a la derecha de él, mientras enfrentaban en retirada, los hombres desplegados con intervalos de media docena de pasos. Por el extremo izquierdo y a unas yardas por detrás, venía el capitán. El civil lo llamó por su nombre, pero él no lo oyó. Un enjambre de hombres de gris salió ahora de la cobertura en su persecución, haciéndolo directamente hacia el sitio donde el gobernador yacía, algún accidente del terreno los había hecho converger en ese punto: su línea se había vuelto una multitud. En un último bregar por la vida y la libertad, el gobernador intentó levantarse, y al mirar hacia atrás el capitán lo vio. Con presteza, pero con la misma precisión lenta que antes, cantó sus comandos:
-¡Tira-do-res, alto! Los hombres se detuvieron y, de acuerdo a la regla, se volvieron para enfrentar al enemigo.
-¡Reu-nirse a la derecha! -y vinieron a la carrera, fijando las bayonetas y formándose sueltamente junto al hombre en ese extremo de la línea.
-Adelante... para salvar al gober-na-dor de su Estado... doblar rápido... ¡en maaarcha!
¡Sólo un hombre desobedeció ese comando asombroso! Estaba muerto. Con un vítor, se saltaron los veinte o treinta pasos entre ellos y su tarea. El capitán, teniendo una distancia más corta que andar, arribó primero, de modo simultáneo con el enemigo. Una media docena de tiros apurados se le disparó, y el hombre delantero, un colega de heroica estatura, sin sombrero y con el pecho desnudo, le dio una viciosa barrida por la cabeza con un rifle garrote. El oficial paró el golpe a costa de un brazo roto, y empujó su espada hasta el puño en el pecho del gigante. Al caer el cuerpo el arma le fue arrancada de la mano y, antes de que pudiera tironear el revólver de la funda de su cinturón, otro hombre saltó sobre él como un tigre, cerrando ambas manos sobre su garganta y llevándolo hacia atrás, sobre el postrado gobernador, que aún bregaba por levantarse. Ese hombre fue arrojado con presteza sobre la bayoneta de un sargento federal, y su apriete de muerte en la garganta del capitán aflojado por una patada en cada muñeca. Cuando el capitán se levantó, estaba en la retaguardia de sus hombres, que todos le habían pasado por encima y a la redonda, y estaban acometiendo ferozmente a sus más numerosos, pero menos coherentes antagonistas. Casi todos los rifles de ambos lados estaban vaciados, y en el aplastamiento no había tiempo ni lugar para recargar. Los confederados estaban en desventaja, por que la mayoría de ellos carecían de bayonetas, luchaban a cachiporra, y un rifle garrote era un arma formidable. El sonido del conflicto era un repiqueteo, como el de los cuernos trabados de unos toros peleando; de vez en cuando el crujido de un cráneo aplastado, un juramento o un gruñido causado por el impacto de la boca de un rifle contra un abdomen, atravesado por su bayoneta. Por la abertura hecha por la caída de uno de sus hombres, el capitán Armisted saltó, con el brazo izquierdo colgando; en su mano derecha un revólver cargado por completo, con el que disparó con rápido y terrible efecto en el grueso de la multitud gris; pero sobre los cuerpos de los muertos, los sobrevivientes del frente fueron empujados hacia adelante por sus camaradas de la retaguardia, hasta que de nuevo enfrentaron con sus pechos las incansables bayonetas. Había menos bayonetas que enfrentar con los pechos ahora, una mísera media docena, todas juntas. Unos minutos más de este rudo trabajo -una pequeña lucha espalda contra espalda-, y todo hubiera acabado.
Súbitamente, un vívido tiroteo se oyó a la derecha y a la izquierda: una línea fresca de tiradores federales vino adelante a la carrera, llevando por delante esas partes de la línea confederada, que habían sido separadas para detener el avance del centro. Y detrás de esos combatientes nuevos y ruidosos, a una distancia de doscientas o trescientas yardas, se podía ver, indistinta entre los árboles, ¡una línea de batalla!
Instintivamente, antes de retirarse, la multitud de gris dio una tremenda embestida a su puñado de antagonistas, abrumándolos con el mero impulso e, incapaz de usar armas en el aplastamiento, los pisoteó, les pateó salvajemente los miembros, los cuerpos, los cuellos, los rostros; luego, retirándose con los pies sangrantes sobre sus propios muertos, se unió a la desbandada general y el incidente había terminado.

IV

El grande honra al grande

El gobernador, que había estado inconsciente, abrió los ojos y miró a su alrededor, recordando los sucesos del día con lentitud. Un hombre con uniforme de mayor estaba arrodillado junto a él, era un cirujano. Agrupados alrededor estaban los miembros civiles del personal del gobernador, sus rostros expresando una solicitud natural respecto a sus oficios. Un poco aparte estaba parado el general Masterson, dirigiéndose a otro oficial y gesticulando con un puro. Estaba diciendo: -Fue la lucha más bella jamás hecha, ¡por Dios, señor, fue grandioso!
La belleza y la grandeza estaban atestiguadas por una hilera de muertos, dispuesta parejamente, y otra de heridos, puesta menos formalmente, inquietos, medio desnudos, pero vendados con valentía.
-¿Cómo se siente, señor? -dijo el cirujano-. Yo no encuentro herida.
-Yo creo que estoy bien -replicó el paciente, sentándose-. Es este tobillo.
El cirujano transfirió su atención al tobillo, cortando la bota. Todos los ojos siguieron el cuchillo.
Al mover la pierna se descubrió un papel doblado. El paciente lo recogió y lo abrió con descuido. Era una carta de tres meses de vieja, firmada “Julia”. Al tener una visión de su nombre en ésta, la leyó. No era nada muy notable -meramente, la confesión de una mujer débil de un pecado sin provecho- la penitencia de una mujer infiel abandonada por su seductor. La carta se había caído del bolsillo del capitán Armisted, el lector la transfirió al suyo en silencio.
Un aide-de-camp llegó cabalgando y se apeó. Avanzando hacia el gobernador, saludó.
-Señor -dijo-, yo lamento encontrarlo herido, el comandante general no ha sido informado. Él presenta sus cumplidos, y se me ha enviado a decir, que él ha ordenado para mañana una gran revista de los cuerpos de reserva, en su honor. Me aventuro a agregar que el carruaje del general está a su servicio, si usted es capaz de asistir.
-Me complace decirle al comandante general, que yo estoy profundamente conmovido por su amabilidad. Si usted tiene la paciencia de esperar unos pocos minutos, va a transmitir una respuesta más definida.
Él sonrió de modo brillante y, echando una mirada al cirujano y a sus asistentes, agregó: -En el presente, si me permite una alusión a los horrores de la paz, yo estoy “en manos de mis amigos”.
El humor del grande es infeccioso, todos los que oyeron se rieron.
-¿Dónde está el capitán Armisted? -preguntó el gobernador, no con descuido por completo.
El cirujano levantó la mirada de su trabajo, apuntando en silencio al cuerpo más cercano en la hilera de muertos, las facciones cubiertas con un pañuelo discretamente. Estaba tan cerca, que el gran hombre podría haber puesto su mano sobre éste, pero no lo hizo. Él podía haber temido que sangrara.

Título original: An Affair of Outposts, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, diciembre de 1897, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Dale Gallon, Bucktails, 2003.

domingo, 18 de abril de 2010

Chickamauga


Una soleada tarde de otoño un niño se apartó de su hogar rústico en un campo pequeño, y entró a una foresta sin ser observado. Era dichoso en un nuevo sentido de la libertad del control, dichoso por la oportunidad de la exploración y la aventura, pues el espíritu de este niño, en los cuerpos de sus ancestros, por miles de años, se había entrenado para las hazañas memorables de los descubrimientos y las conquistas, de las victorias en batallas cuyos momentos críticos fueron siglos, cuyos campamentos victoriosos fueron ciudades de piedra labrada. Desde la cuna de su raza, éste había conquistado su camino a través de dos continentes y, pasando por un gran mar, había penetrado en un tercero, para nacer allí para la guerra y el dominio como una herencia.
El niño era un chico de unos seis años de edad, el hijo de un plantador pobre. En su valerosa juventud el padre había sido soldado, había luchado contra los salvajes desnudos, y seguido la bandera de su país hacia la capital de una raza civilizada en el lejano Sur. En la vida pacífica del plantador el fuego del guerrero sobrevivió, una vez encendido nunca se apagaba. El hombre amaba los libros y las pinturas militares, y el chico había entendido lo suficiente como para hacerse una espada de madera, aunque el ojo de su padre apenas habría sabido para qué era. Esa arma la portaba ahora con valentía, como convenía al hijo de una raza heroica, y se detenía de vez en cuando en el espacio soleado de la foresta, asumiendo con cierta exageración las posturas de agresión y de defensa, que le había enseñado el arte del grabador. Vuelto temerario por la facilidad con que superaba a los enemigos invisibles, que intentaban detener su avance, cometió el error militar bastante común de llevar la persecución a un extremo peligroso, hasta que se encontró en la margen de un arroyo ancho pero poco profundo, cuyas aguas rápidas le obstruían su avance directo hacia el enemigo volador, que había cruzado con ilógica facilidad. Pero el vencedor intrépido no iba a ser frustrado; el espíritu de la raza que había pasado por el gran mar, ardía invencible en ese pecho pequeño y no sería negado. Hallando un lugar donde algunos pedruscos, en el lecho de la corriente, yacían a un paso o un salto de distancia, se abrió camino por éstos, y cayó de nuevo sobre la retaguardia de su enemigo imaginario, pasando a todos a cuchillo.
Ahora que la batalla había sido ganada, la prudencia requería que se retirara a su base de operaciones. ¡Ay!, como muchos conquistadores poderosos, y como uno, el más poderoso, no pudo
frenar el ansia de guerra,
ni saber que el destino tentador dejaría a la estrella más alta.

Avanzando desde la orilla del riachuelo, súbitamente, se encontró enfrentado a un nuevo y más formidable enemigo: en el sendero que estaba siguiendo, sentado muy derecho, con las orejas paradas y las patas suspendidas ante sí, ¡había un conejo! Con un grito de espanto, el niño se volvió y huyó sin saber en qué dirección, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, su piel tierna desgarrada por las zarzas cruelmente, su pequeño corazón latiendo fuerte con terror, sofocado, ciego de lágrimas, ¡perdido en la foresta! Luego, por más de una hora, vagó con pie errabundo por la maleza enredada, hasta que por último, superado por la fatiga, se acostó en un espacio estrecho entre dos rocas, a unas pocas yardas de la corriente, y siguió agarrando su espada de juguete, ya no más un arma sino un compañero, y sollozó hasta dormirse. Los pájaros del bosque cantaron alegremente sobre su cabeza; las ardillas, batiendo sus colas con valentía, corrieron chillando de árbol en árbol, inconscientes de la piedad hacia él, y en algún lugar muy lejano hubo un trueno extraño, apagado, como si las perdices tocaran los tambores, en celebración de la victoria de la naturaleza sobre el hijo de sus esclavizadores inmemoriales. Y de vuelta en la pequeña plantación, donde los hombres blancos y los negros buscaban apurados por los campos y los setos con alarma, el corazón de una madre se rompía por su hijo perdido.
Pasaron las horas, y entonces el pequeño durmiente se puso de pie. El fresco de la noche estaba en sus miembros, el miedo a la tiniebla en su corazón. Pero había descansado, y no lloraba más. Con cierto instinto ciego que lo impelía a la acción, luchó con la maleza a su alrededor y llegó a un terreno más abierto; a su derecha el arroyo, a la izquierda una ladera gentil, salpicada de árboles infrecuentes; sobre todo, la creciente tiniebla del crepúsculo. Una niebla delgada, fantasmal se levantaba a lo largo del agua. Esta lo asustaba y lo repelía; en lugar de volver a cruzar en la dirección de donde había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el bosque oscuro que lo cercaba. Súbitamente, vio ante él un objeto extraño que se movía, que tomó por algún animal grande -un perro, un cerdo- no podía decirlo, acaso era un oso. Había visto pinturas de osos, pero no sabía nada para su descrédito, y había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o el movimiento de ese objeto -algo en la torpeza de su aproximarse-, le decía que no era un oso, y la curiosidad fue detenida por el miedo. El seguía parado y, mientras eso se acercaba con lentitud, ganaba en coraje a cada momento, pues veía que al menos no tenía las orejas largas, amenazantes de un conejo. Posiblemente, su mente impresionable era medio consciente de algo familiar en su andar torpe, vacilante. Antes de que se hubiera aproximado lo suficiente como para resolver sus dudas, vio que era seguido por otro y otro. A la derecha y a la izquierda había muchos más, todo el espacio abierto a su alrededor estaba colmado de éstos, todos moviéndose hacia el arroyo.
Eran hombres. Se arrastraban sobre sus manos y rodillas. Usaban las manos solamente, deslizando las piernas. Usaban las rodillas solamente, los brazos colgando inactivos a los costados. Se esforzaban por ponerse de pie, pero caían postrados en el intento. No hacían nada de modo natural, ni nada igual, salvo solamente avanzar paso a paso en la misma dirección. Solos, en parejas y en grupos pequeños venían a través de la tiniebla, algunos parando de vez en cuando, mientras otros se arrastraban detrás con lentitud, y luego reanudaban su movimiento. Llegaban por docenas y centenas; tan lejos como uno podía ver en la tiniebla profunda, se extendían a ambos lados, y el bosque negro detrás de ellos parecía inagotable. El mismo terreno parecía moverse hacia el riachuelo. Ocasionalmente, uno que se había detenido no volvía a andar, sino yacía inmóvil. Estaba muerto. Algunos, al detenerse, hacían gestos extraños con sus manos, levantaban sus brazos y los bajaban de nuevo, se apretaban las cabezas; extendían sus palmas hacia arriba, como se veía a los hombres hacer, a veces, en las plegarias públicas.
No todo eso lo notaba el niño; eso era lo que hubiera notado un observador mayor; el sólo veía que eso eran hombres, aunque se arrastraban como bebés. Siendo hombres, no eran terribles, aunque estaban vestidos de forma no familiar. Él se movía entre ellos con libertad, yendo de uno a otro y mirando los rostros con curiosidad infantil. Todos los rostros eran singularmente blancos, y muchos estaban veteados y goteaban algo rojizo. Algo en eso -algo también, acaso, en sus actitudes y movimientos grotescos- le recordó un payaso pintado que había visto el verano pasado en el circo, y se rió mientras los miraba. Pero una y otra vez se arrastraban, esos hombres mutilados y sangrantes, tan desatentos como él al dramático contraste entre la risa y su propia gravedad horrible. Para él era un espectáculo alegre. Él había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre sus manos y rodillas para su diversión, los había montado así, para “hacerles creer” que ellos eran sus caballos. Él ahora se aproximó a una de esas figuras reptantes por detrás y, con un movimiento ágil, se montó a horcajadas. El hombre cayó sobre su pecho, se recobró, arrojó al pequeño chico al terreno ferozmente, como un potrillo salvaje podría haber hecho, y luego volvió hacia él un rostro que carecía de mandíbula inferior; desde los dientes superiores hasta la garganta había un gran boquete rojizo, bordeado por jirones de carne colgante y astillas de hueso. La no natural prominencia de la nariz, la ausencia de barbilla, los ojos feroces, daban a ese hombre la apariencia de un gran ave de rapiña, con la garganta y el pecho carmesíes por la sangre de su presa. El hombre se puso de rodillas, el niño de pie. El hombre le agitó el puño al niño; el niño, aterrado por último, corrió hacia un árbol cercano, se puso del lado más lejano de éste, y asumió una visión más seria de la situación. Y así la zafia multitud se deslizó a lo largo lenta y penosamente, en horrenda pantomima; se movió hacia abajo por la ladera, como un enjambre de grandes escarabajos negros, nunca con ruido en su marcha, en silencio profundo, absoluto.
En lugar de oscurecerse, el paisaje encantado empezó a aclararse. A través del cinturón de árboles más allá del arroyo, brilló una extraña luz rojiza, los troncos y las ramas de los árboles haciendo un encaje negro contra ésta. Ésta golpeó las figuras rastreras y les dio sombras monstruosas, que caricaturizaron sus movimientos en la hierba iluminada. Ésta cayó sobre sus rostros, pintando su blancura con un tinte rubicundo, acentuando las manchas con que muchos de ellos estaban jaspeados y maculados. Ésta centelleó en los botones y los trozos de metal de sus ropas. Instintivamente, el niño se volvió hacia el esplendor creciente y bajó por la ladera con sus horribles compañeros; en unos pocos momentos había pasado al delantero del tropel, no era una gran hazaña al considerar sus ventajas. Se puso de líder, la espada de madera seguía en su mano, y dirigió la marcha con solemnidad, conformando su paso al de ellos y, ocasionalmente, volviéndose como para ver que sus fuerzas no se rezagaban. Seguramente, tal líder nunca antes tuvo tales seguidores.
Dispersos por el terreno, que ahora se angostaba con lentitud por la intrusión de esa marcha terrible hacia el agua, había algunos artículos que, en la mente del líder, acoplaron asociaciones no significativas: una manta ocasional, enrollada de modo apretado, longitudinal, doblada en los extremos, arqueados juntos con una cuerda; una mochila pesada aquí y un rifle roto allá; las cosas, en resumen, que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, la “huella” de los hombres que volaban lejos de sus cazadores. En todas partes, cerca del riachuelo, que aquí tenía una margen de tierra baja, la tierra se había convertido en barro, hollada por los pies de los hombres y los caballos. Un observador con mejor experiencia en el uso de sus ojos, habría notado que esas pisadas apuntaban en ambas direcciones, por el terreno habían pasado dos veces, en avanzada y en retirada. Unas pocas horas antes, esos hombres desesperados, agobiados, con sus compañeros más afortunados y ahora distantes, habían penetrado en la foresta por miles. Sus sucesivos batallones, irrumpiendo en enjambres y reformados en líneas, le habían pasado al niño por todos los costados, casi lo habían hollado mientras dormía. El susurro y el murmullo de su marcha no lo habían despertado. Casi a un tiro de piedra de donde yacía, ellos habían luchado en una batalla, pero para él fue inaudito todo el estruendo de los mosquetes, el impacto de los cañones, “el tronar de los capitanes y la gritería”. Había dormido a pesar de todo eso, agarrando su pequeña espada de madera, acaso, apretándola de forma más estrecha, con simpatía inconsciente hacia su marcial medio ambiente, pero como desatento a la grandeza de la lucha, como los muertos que habían muerto para hacer la gloria.
El fuego más allá del cinturón de árboles, en la orilla más lejana del riachuelo, reflejado en la tierra desde la bóveda de su propio humo, se difundía ahora por todo el paisaje. Éste transformó la línea sinuosa de la niebla en vapor de oro. El agua centelleó con rayas rojizas, y rojizas también eran muchas de las piedras que sobresalían por encima de la superficie. Pero eso era sangre, los heridos menos desesperados las habían manchado al cruzarlas. Por esas también, el niño cruzó ahora con pasos ansiosos, estaba yendo hacia el fuego. Mientras se quedaba parado en la orilla más lejana, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La avanzada estaba arribando al riachuelo. Los más fuertes ya se habían arrastrado hasta la margen y hundido sus rostros en la riada. Tres o cuatro que yacían inmóviles parecían no tener cabezas. Ante eso los ojos del niño se dilataron con asombro, incluso su comprensión hospitalaria no podía aceptar un fenómeno que implicaba tal vitalidad como esa. Después de saciar su sed, esos hombres no habían tenido la fuerza para volver del agua, ni para mantener sus cabezas por encima de ésta. Se habían ahogado. Detrás de estos, los espacios abiertos de la foresta mostraron al líder, como a muchas figuras deformes de su ceñudo comando como al principio, pero apenas no muchos se estaban moviendo. Él agitó su gorra para animarlos y, sonriendo, apuntó con su arma en la dirección de la luz guía, un pilar de fuego para ese éxodo extraño.
Confiado en la fidelidad de sus fuerzas, entró ahora en el cinturón de árboles, pasó por éste fácilmente bajo la iluminación rojiza, trepó una cerca, corrió por un campo, volviéndose de vez en cuando para coquetear con su sombra respondiente, y así se aproximó a la incendiada ruina de una vivienda. ¡La desolación en todas partes! En todo el amplio resplandor no se veía un ser viviente. Eso no le importó nada, el espectáculo le complació, y bailó con júbilo en imitación de las llamas vacilantes. Corrió por alrededor, recogiendo combustible, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados para él, para lanzarlos desde la distancia a la que el calor limitaba su proximidad. Con desespero, arrojó su espada, en una rendición a las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Cambiando su posición, sus ojos cayeron en algunas accesorias, que tenían una apariencia raramente familiar, como si hubiera soñado con éstas. Se quedó considerándolas con asombro, cuando súbitamente la plantación entera, con la foresta que la cercaba, pareció volverse como desde un pivote. Su pequeño mundo dio media vuelta, los puntos de la brújula se invirtieron. ¡Él reconoció el edificio incendiado como su propia casa!
Por un momento se quedó estupefacto ante el poder de la revelación, luego corrió con pie tropezante, haciendo un medio circuito por la ruina. Allí, conspicuo en la luz de la conflagración, yacía el cuerpo muerto de una mujer, el rostro blanco vuelto hacia arriba, las manos extendidas y apretadas, llenas de hierba; la ropa desordenada, el largo cabello oscuro con enredos y lleno de sangre coagulada. La mayor parte de la frente estaba arrancada, y desde el hueco dentado el cerebro sobresalía, rebosando la sien; una masa espumosa grisácea, coronada por racimos de burbujas carmesíes: la obra de un obús.
El niño movió sus manos pequeñas, haciendo gestos salvajes, inciertos. Lanzó una serie de gritos inarticulados e indescriptibles -algo entre el chillido de un mono y el graznido de un pavo-, un sonido espantoso, desalmado, sacrílego, el lenguaje del diablo. El niño era sordomudo.
Luego se quedó inmóvil, con labios trémulos, mirando el despojo.

Título original:
-->Chickamauga, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, enero de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".Imagen: Albert Anker, Sleeping boy in the hay, XIX.

jueves, 8 de abril de 2010

El golpe de gracia


La lucha había sido dura y continua, eso era atestiguado por todos los sentidos. El mismo sabor de la batalla estaba en el aire. Todo ahora había terminado; sólo quedaba socorrer a los heridos y enterrar a los muertos, “poner un poco de orden”, como el humorista de una escuadra de entierro lo ponía. Una buena ración de “orden” se requería. Tan lejos como uno podía ver a través de la foresta, entre los árboles astillados, yacían los despojos de los hombres y los caballos. Entre éstos se movían los camilleros, recogiendo y llevándose a los pocos que mostraban signos de vida. La mayoría de los heridos había muerto por descuido, mientras que el derecho a ministrar sus necesidades estaba en disputa. Era una regulación del ejército que los heridos debían esperar, el mejor modo de cuidarlos era ganar la batalla. Se debía confesar que la victoria era una clara ventaja para un hombre que requería atención, pero muchos no vivían para valerse de ésta.
Los muertos eran reunidos en grupos de una docena o veintena, y acostados lado a lado en filas, mientras se cavaban las trincheras para recibirlos. Algunos, hallados a una gran distancia de esos puntos de reunión, eran enterrados donde yacían. Había pocos intentos de identificación, aunque en la mayoría de los casos, las partidas de entierro eran asignadas a espigar el mismo terreno que habían ayudado a segar, los nombres de los muertos victoriosos eran conocidos y enlistados. Los caídos enemigos tenían que contentarse con un conteo. Pero con eso tenían suficiente: muchos de ellos eran contados varias veces, y el total, como se daba después en el reporte oficial del comandante victorioso, denotaba más esperanza que resultado.
A una pequeña distancia del sitio, donde una de las partidas de entierro había establecido su “bivouac de los muertos”, un hombre con uniforme de oficial federal estaba parado, recostado contra un árbol. Desde sus pies hasta su cuello su actitud era de cansancio reposado, pero volvía la cabeza de un lado a otro con inquietud, su mente al parecer no estaba en reposo. Estaba acaso indeciso sobre en qué dirección ir, no estaba gustoso de quedarse largo tiempo donde estaba, pues ya los rayos planos del sol poniente se expandían rojizos por los espacios abiertos del bosque, y los soldados cansados estaban dejando su tarea del día. Él apenas haría noche solo allí, entre los muertos. Nueve de diez hombres que usted encontraba después de una batalla, inquirían el camino a alguna fracción del ejército, como si alguien pudiera saberlo. Sin dudas, este oficial estaba perdido. Después de descansar un momento él, era presumible, seguiría a una de las partidas de entierro en retirada.
Cuando todos se habían ido, caminó derecho a la foresta, hacia el oeste rojizo, su luz tiñendo su rostro como de sangre. El aire de confianza con que andaba a zancadas ahora, mostraba que estaba en un terreno familiar, había recobrado su orientación. Los muertos a su derecha y a su izquierda, fueron inestimados mientras pasaba. Un ocasional gemido bajo, de algún adolorido-aquejado desdichado, a quien las partidas de relevo no habían llegado, y que tendría que pasar una noche incómoda bajo las estrellas, con su sed haciéndole compañía, fue desatendido por igual. ¿Qué, en efecto, podía haber hecho el oficial, no siendo cirujano y no teniendo agua?
En la cabeza de un barranco poco profundo, una mera depresión del terreno, yacía un menudo grupo de cuerpos. Él los vio y, girando de súbito desde su curso, caminó hacia ellos con rapidez. Observando a cada uno con agudeza mientras pasaba, se detuvo por último ante uno, que yacía un poco movido de los otros, cerca de un macizo de árboles menudos. Lo miró de cerca. Parecía moverse. Se agachó y puso su mano sobre su rostro. Este gritó.
El oficial era el capitán Downing Madwell, de un regimiento de infantería de Massachusetts, un soldado atrevido e inteligente, un hombre honorable.
En el regimiento había dos hermanos de apellido Halcrow, Caffal y Creede Halcrow. Caffal Halcrow era sargento en la compañía del capitán Madwell, y estos dos hombres, el sargento y el capitán, eran amigos devotos. Tan lejos como la disparidad de rango, la diferencia de deberes y las consideraciones de la disciplina militar se lo permitían, andaban juntos comúnmente. Ellos, en efecto, habían crecido juntos desde la infancia. Un hábito del corazón no se rompe con facilidad. Caffal Halcrow no tenía ningún gusto por lo militar, ni la disposición, pero la idea de separarse de su amigo era desagradable; se alistó en la compañía en la que Madwell era segundo teniente. Cada uno había dado dos pasos arriba en el rango, pero entre el alto oficial no-comisionado y el bajo comisionado, el océano era ancho y profundo, y la vieja relación se mantenía con dificultad y diferencia.
Creede Halcrow, el hermano de Caffal, era el mayor del regimiento, un hombre cínico, saturnino, entre él y el capitán Madwell había una antipatía natural, que las circunstancias habían alimentado y convertido en una activa animosidad. Pero por la influencia restrictiva de su relación mutua con Caffal, estos dos patriotas, sin dudas, se habrían esforzado por privar a su país de los servicios del otro.
En la apertura de la batalla esa mañana, el regimiento estaba cumpliendo un deber de puesto de avanzada, a una milla de distancia del ejército principal. Fue atacado y casi rodeado en la foresta, pero mantuvo su terreno con tenacidad. Durante una tregua en la lucha, el mayor Halcrow fue a ver al capitán Madwell. Los dos cambiaron saludos formales, y el mayor dijo: -Capitán, el coronel le ordena que adelante su compañía a la cabeza de ese barranco, y mantenga su lugar allí hasta que sea llamado. Yo apenas necesito informarle a usted, sobre el carácter peligroso del movimiento, pero si lo desea, usted puede, yo supongo, cederle el comando a su primer teniente. A mí, sin embargo, no se me ordenó autorizar la sustitución, es simplemente una sugerencia mía, hecha de forma no oficial.
A este insulto mortal, el capitán Madwell replicó con frialdad:
-Señor, yo lo invito a acompañar el movimiento. Un oficial montado sería un blanco conspicuo, y yo he mantenido por largo tiempo la opinión, de que sería mejor si usted estuviera muerto.
El arte de la réplica se cultivaba en los círculos militares desde tan temprano como 1862.
Una media hora más tarde, la compañía del capitán Madwell fue conducida desde su posición a la cabeza del barranco, con una pérdida de un tercio de su número. Entre los caídos estaba el sargento Halcrow. El regimiento poco después fue forzado a volver a la línea principal, y al cierre de la batalla estaba a millas de distancia. El capitán estaba ahora parado, al lado de su subordinado y amigo.
El sargento Halcrow estaba mortalmente herido. Su ropa estaba desarreglada, parecía haber sido desgarrada con violencia, mostrando el abdomen. Algunos de los botones de su chaqueta habían sido arrancados y yacían en el terreno junto a él, y fragmentos de sus otras prendas estaban esparcidos alrededor. Su cinturón de cuero estaba partido y, al parecer, había sido arrastrado desde abajo mientras él yacía. No había habido una gran efusión de sangre. La única herida visible era una apertura amplia, andrajosa en el abdomen. Estaba profanada con tierra y hojas muertas. Sobresalía de ésta un rizo de intestino delgado. En toda su experiencia, el capitán Madwell no había visto una herida como esa. Él no podía conjeturar cómo había sido hecha, ni explicar las circunstancias concurrentes, la ropa extrañamente desgarrada, el cinturón partido, el escarnecido de la piel blanca. Se arrodilló e hizo un examen más cercano. Cuando se puso de pie, volvió sus ojos en diferentes direcciones como si buscara a un enemigo. A cincuenta yardas de distancia, en la cresta de una baja colina escasamente boscosa, vio varios objetos oscuros moviéndose entre los hombres caídos, una piara de cerdos. Uno estaba parado de espaldas a él, sus hombros elevados con agudeza. Sus patas delanteras estaban sobre un cuerpo humano, su cabeza estaba bajada y era invisible. El borde cerdoso de su mentón se mostraba negro contra el oeste rojizo. El capitán Madwell desvió los ojos y los fijó de nuevo en la cosa que había sido su amigo.
El hombre que había sufrido esas mutilaciones monstruosas estaba vivo. A intervalos movía sus miembros, gemía a cada aspiración. Miró absorto, con fijeza el rostro de su amigo, y si lo tocaba gritaba. En su agonía gigante, había arrancado del terreno en que yacía, sus manos apretadas estaban llenas de hojas, ramitas y tierra. Articular un discurso estaba más allá de su poder, era imposible saber si era sensible a alguna otra cosa, que el dolor. La expresión de su rostro era una apelación, sus ojos estaban llenos de ruego. ¿De qué?
No era mal leída esa mirada, el capitán la había visto con demasiada frecuencia en los ojos de aquellos, cuyos labios tenían aún el poder de formularla en la súplica de la muerte. Consciente o inconscientemente, este retorcido fragmento de humanidad, este tipo y ejemplo de sensación aguda, esta obra artesanal de hombre y de bestia, este humilde, no heroico Prometeo, estaba implorando todas las cosas, todo, el no-ego total, por la dádiva del olvido. A la tierra y al cielo por igual, a los árboles, al hombre, a cualquier cosa que tomara forma en el sentido o la conciencia, este sufriente encarnado dirigía esa petición silenciosa.
¿De qué, en efecto? De eso que concedemos, incluso, a la criatura más mezquina sin un sentido para exigirla, negándosela sólo a los desdichados de nuestra propia raza: por la liberación bendita, el rito de la suma compasión, el golpe de gracia.
El capitán Madwell dijo el nombre de su amigo. Lo repitió una y otra vez sin efecto, hasta que la emoción ahogó sus palabras. Sus lágrimas salpicaron el rostro lívido bajo él mismo, y lo cegaron. No veía nada más, que un objeto movible y borroso, pero los gemidos eran más claros que nunca, interrumpidos a breves intervalos por gritos agudos. Se volvió, se golpeó la frente con la mano, y se alejó a zancadas del sitio. Un cerdo, teniendo una visión de él, levantó su hocico carmesí, lo contempló un segundo con sospecha y luego, con un gruñido áspero, concertado, corrió lejos de la visión. Un caballo, su pata delantera astillada por un disparo de cañón, levantó su cabeza ladeada del terreno y relinchó de modo lastimero. Madwell caminó adelante, sacó su revólver y le disparó a la pobre bestia entre los ojos, observando cercanamente su lucha de muerte que, contrario a lo que esperaba, fue violenta y larga, pero al fin yació quieto. Los tensos músculos de sus belfos, que habían descubierto los dientes en una mueca horrible, se relajaron; el perfil agudo, de limpio corte, tomó un aspecto de paz profunda y descanso.
A lo largo de una cresta distante, escasamente boscosa, hacia el oeste, la franja de fuego del ocaso ahora casi se había fundido. La luz en los troncos de los árboles se había diluido en un gris tierno, las sombras estaban en sus copas como grandes pájaros oscuros posados. La noche estaba llegando, y había millas de foresta embrujada entre el capitán Madwell y el campamento. Sin embargo, él estaba parado al lado del animal muerto, al parecer, perdido todo el sentido de su entorno. Sus ojos estaban volcados sobre la tierra a sus pies, su mano izquierda colgaba suelta a su lado, su derecha aún sostenía la pistola. De repente, levantó su rostro, lo volvió hacia su amigo moribundo, y caminó atrás con rapidez, hacia su lado. Se hincó sobre una rodilla, montó el arma, puso la boca sobre la frente del hombre y, volviendo sus ojos, apretó el gatillo. No hubo detonación. Había usado su último cartucho en el caballo.
El sufrido gimió, y sus labios se movieron de forma convulsiva. La espuma que brotó de éstos tenía un tinte de sangre.
El capitán Madwell se puso de pie y sacó su espada de la vaina. Pasó los dedos de su mano izquierda a lo largo del filo, desde el puño hasta la punta. La sostuvo derecha ante sí, como para probar sus nervios. No hubo un temblor visible en la hoja; el rayo de helada luz celeste que ésta reflejó, era firme y verdadero. Se agachó y, con su mano izquierda, desgarró la camisa del hombre moribundo, se levantó y puso la punta de la espada justo sobre el corazón. Esta vez no retiró sus ojos. Agarrando el puño con ambas manos, empujó hacia abajo con toda su fuerza y peso. La hoja se hundió en el cuerpo del hombre, a través de su cuerpo en la tierra; el capitán Madwell se acercó, cayendo hacia adelante sobre su obra. El hombre moribundo encogió las rodillas y, al mismo tiempo, levantó el brazo derecho sobre su pecho, y agarró el acero de modo tan apretado, que los nudillos de la mano se blanquearon visiblemente. Con un violento pero vano esfuerzo por retirar la hoja, ensanchó la herida; un río de sangre escapó, corriendo hacia abajo de forma sinuosa, por la ropa desarreglada. En ese momento, tres hombres caminaron adelante en silencio, desde un macizo de árboles jóvenes que había ocultado su aproximación. Dos eran asistentes de hospital, y llevaban una camilla.
El tercero era el mayor Creede Halcrow.

Título original: The Coup de Grâce, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Mort Kunstler, Courage In Blue, XX.

sábado, 3 de abril de 2010

Uno de los perdidos


Jerome Searing, un soldado raso del ejército del general Sherman, que entonces afrontaba al enemigo en y por la montaña Kennesaw, en Georgia, le dio la espalda a un menudo grupo de oficiales, con quienes había estado hablando en voz baja, caminó por la línea luminosa del terraplén y desapareció en la foresta. Ninguno de los hombres en la línea detrás del terraplén le dijo una palabra, ni él hizo más que asentirles con la cabeza de pasada, pero todo el que lo vio, entendió que a ese hombre valiente se le había confiado algún deber peligroso. Jerome Searing, aunque soldado raso, no servía en las filas, estaba asignado al servicio en la división de los cuarteles generales, siendo aceptado en las listas como ordenanza. “Ordenanza” era una palabra que daba cobertura a una multitud de deberes. Un ordenanza podía ser un mensajero, un dependiente, un sirviente de oficiales, cualquier cosa. Éste podía realizar servicios, para los que no se hacía provisión en las órdenes y los reglamentos del ejército. La naturaleza de éstos podía depender de su aptitud, del favor, del accidente. El soldado raso Searing, un tirador incomparable, joven, robusto, inteligente e insensible al miedo, era un explorador. El general que comandaba su división no estaba contento con obedecer las órdenes ciegamente, sin conocer lo que había en su frente, incluso cuando su comando no estaba destacado en servicio, sino formaba una fracción de la línea del ejército; ni estaba satisfecho con recibir su conocimiento del vis-à-vis por los canales habituales, él quería conocer más, de lo que le informaban el comandante de cuerpos y las colisiones de los piquetes y los tiradores. De ahí Jerome Searing con su audacia extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus ojos agudos y su lengua veraz. En esta ocasión sus instrucciones eran simples: llegar lo más cerca posible de las líneas enemigas y averiguar todo lo que pudiera.
En unos momentos había arribado a la línea del piquete, los hombres de deber allí yacían en grupos de dos y cuatro, detrás de bancos de tierra pequeños, excavados en la leve depresión en que yacían, sus fusiles sobresalían de las ramas verdes con que habían enmascarado sus menudas defensas. La foresta se extendía sin término hacia el frente, tan solemne y silenciosa, que sólo con un esfuerzo de la imaginación se la podía concebir poblada de hombres armados, alertas y vigilantes, una foresta formidable con posibilidades de batalla. Deteniéndose un momento en uno de esos hoyos de rifle, para informar a los hombres de su intención, Searing se arrastró hacia adelante con sigilo, con sus manos y rodillas, y pronto se perdió de vista en un tupido matorral de la maleza.
-Eso es lo último de él -dijo uno de los hombres-; yo quisiera tener su rifle, esos colegas van a herir a algunos de nosotros con él.
Searing se arrastró, sacando ventaja de cada accidente del terreno y la vegetación, para darse una mejor cobertura. Sus ojos penetraban en todas partes, sus oídos tomaban nota de cada sonido. Apaciguó su respiración y, al crujido de una ramita debajo de su rodilla, detuvo su progreso y se abrazó a la tierra. Era un trabajo lento, pero no tedioso; el peligro lo hacía excitante, pero no en los signos físicos se manifestaba la excitación. Su pulso era tan regular, sus nervios estaban tan calmados, como si estuviera tratando de atrapar un gorrión.
-Parece mucho tiempo -pensó-, pero no puedo haber llegado muy lejos, yo aún estoy vivo.
Sonrió ante su propio método de estimar la distancia, y se arrastró hacia adelante. Un momento después, súbitamente, se aplastó contra la tierra y yació inmóvil, minuto tras minuto. Por una estrecha abertura en los arbustos, había tenido la visión de un menudo montículo de arcilla amarilla, uno de los hoyos de rifle enemigos. Después de un breve tiempo, levantó la cabeza con cautela, pulgada a pulgada, luego su cuerpo sobre las manos, tendidas a cada lado, todo el tiempo mirando el montecito de arcilla con intención. En otro momento estuvo sobre sus pies, rifle en mano, andando a zancadas con rapidez hacia adelante, con un pequeño intento de ocultación. Había interpretado correctamente los signos, cualquiera que fueran, el enemigo se había ido.
Para asegurarse más allá de la duda, antes de ir atrás para reportar sobre un asunto tan importante, Searing se adelantó por la línea de hoyos abandonados, corriendo de cobertura en cobertura por la foresta más abierta, sus ojos vigilantes para descubrir posibles rezagados. Llegó al linde de una plantación, a una de esas casas solariegas abandonadas, desiertas de los últimos años de la guerra, cubiertas de zarzas, feas, con cercas rotas y desoladas, con edificios vacantes teniendo aberturas vacías en lugar de puertas y ventanas. Después de un reconocimiento aguzado desde el seguro aislamiento de un boscaje de pinos jóvenes, Searing corrió con ligereza por un campo y a través de una huerta, hacia una estructura menuda que se erguía aparte de los otros edificios de la granja, en una leve elevación. Esto, pensó, le permitiría examinar una gran extensión de la comarca, en la dirección que él suponía el enemigo había tomado en la retirada. Este edificio, que consistía originalmente de una sola habitación, elevada sobre cuatro postes de unos diez pies de altura, era ahora poco más que un tejado; el suelo se había caído, las vigas y los tablones se apilaban disueltos en el terreno abajo, o colgando de su extremo en varios ángulos, no desgarrados totalmente de sus sujeciones arriba. Los postes de soporte ya no estaban verticales. Parecía como si todo el edificio se iría abajo con el toque de un dedo.
Ocultándose en los despojos de las vigas y el entablado, Searing miró el campo abierto entre su punto de vista y el estribo de la montaña Kennesaw, a media milla de distancia. Un camino, que llevaba arriba y por ese estribo, estaba abarrotado de tropas, la retaguardia del enemigo en retirada, los cañones de sus fusiles brillando al sol de la mañana.
Searing había averiguado ahora todo lo que podía esperar saber. Era su deber retornar a su propio comando a toda la velocidad posible, y reportar su descubrimiento. Pero la columna gris de los confederados, subiendo con esfuerzo por el camino de la montaña, era singularmente tentadora. Su rifle -un springfield ordinario, pero equipado con una mirilla esférica y un gatillo de pelo- enviaría su onza y cuarto de plomo fácilmente, silbando hacia su centro. Eso, probablemente, no afectaría la duración y el resultado de la guerra, pero el negocio de un soldado era matar. Era asimismo su hábito, si era un buen soldado. Searing montó su rifle y “colocó” el gatillo.
Pero estaba decretado desde el principio de los tiempos, que el soldado raso Searing no mataría a nadie esa radiante mañana de verano, y que la retirada confederada no sería anunciada por él. Pues los sucesos de eras incontables se habían apareado y ajuntado tanto en ese mosaico maravilloso, a ciertas partes del cual, vagamente discernibles, nosotros le dábamos el nombre de historia, que los actos que él tenía en voluntad habrían estropeado la armonía del modelo. Unos veinticinco años antes, el Poder encargado de la ejecución del trabajo, de acuerdo al diseño, había provisto contra ese percance, al causar el nacimiento de cierto hijo varón en una villa pequeña, al pie de las montañas de los Cárpatos; lo había criado con cuidado, supervisado su educación, dirigido sus deseos por un canal militar y, a su debido tiempo, lo había hecho un oficial de artillería. Por la concurrencia de un número infinito de influencias favorables, y su preponderancia sobre un número infinito de otras opuestas, este oficial de artillería había sido hecho para cometer una falta de disciplina, y huir de su país nativo para evitar el castigo. Había sido dirigido a Nueva Orleans (en lugar de Nueva York), donde un oficial de reclutamiento lo esperaba en el muelle. Fue alistado y promovido, y las cosas fueron ordenadas así, que él ahora comandaba una batería confederada a unas dos millas, a lo largo de la línea donde Jerome Searing, el explorador federal, estaba montando su rifle. Nada había sido descuidado en cada paso, en el progreso de las vidas de estos dos hombres, y en las vidas de sus contemporáneos y ancestros, y en las vidas de los contemporáneos de sus ancestros, se había hecho la cosa correcta para traer el resultado deseado. Si alguna cosa, en toda esta vasta concatenación, se hubiera pasado por alto, el soldado raso Searing podría haber disparado a los confederados en retirada esa mañana, y acaso habría fallado. Mientras eso fracasaba, un capitán de artillería confederado, no teniendo nada mejor que hacer, mientras esperaba su turno para tirar y estar libre, se divertía apuntando una pieza de campaña, oblicuamente, hacia su derecha, a lo que él tomó de modo equívoco por algunos oficiales federales en la cresta de una colina, y la descargó. El disparo voló alto sobre su blanco.
Mientras Jerome Searing tiraba del martillo de su rifle y, con los ojos en los distantes confederados, consideraba dónde podría plantar su disparo, con la mejor esperanza de hacer una viuda, un huérfano o una madre sin hijos -acaso todos los tres, pues el soldado raso Searing, aunque había rechazado la promoción de modo repetido, no estaba exento de cierto tipo de ambición, -oyó un sonido de ráfaga en el aire, como el hecho por las alas de un gran pájaro volando en picada hacia su presa. Más pronto de lo que pudiera aprehender la gradación, esta se convirtió en un rugido ronco y horrible, mientras el misil que lo hacía se abalanzaba sobre él desde el cielo, golpeando con un impacto ensordecedor uno de los postes que soportaban la confusión de maderos arriba de él, haciéndolos astillas, y trayendo abajo el demente edificio con un fuerte estruendo, ¡en nubes de polvo cegador!
Cuando Jerome Searing recuperó la conciencia, no entendió al instante qué había ocurrido. Fue, en efecto, algún tiempo antes de que abriera los ojos. Por un rato creyó que había muerto y sido sepultado, y trató de recordar algunas partes del servicio funeral. Pensó que su esposa estaba arrodillada sobre su tumba, añadiendo su peso al de la tierra sobre su pecho. Los dos, la viuda y la tierra, habían aplastado su ataúd. A menos que los niños la persuadieran de ir a casa, él no sería capaz de respirar por mucho tiempo. Tenía la sensación de algo malo. “Yo no puedo hablar con ella", pensó, "los muertos no tienen voz, y si abro mis ojos, los voy a llenar de tierra."
Abrió los ojos. Una gran extensión de cielo azul, naciendo de una franja en las copas de los árboles. En primer plano, dejando afuera algunos de los árboles, un alto, pardo montículo, de contornos angulosos y cruzado por un intrincado, no modelado sistema de líneas rectas, toda una inmensurable distancia de lejanía, una distancia tan inconcebiblemente grande que lo fatigó, y cerró los ojos. En el momento en que lo hizo, fue consciente de una luz insufrible. El sonido en sus oídos fue como el del trueno bajo, rítmico de una distante rompiente marina, en olas sucesivas sobre la playa, y fuera de ese ruido, pareciendo una parte de éste, o posiblemente viniendo de más allá, y entremezclado con su bajo tono incesante, vinieron las articuladas palabras: “Jerome Searing, estás atrapado como una rata en una trampa, en una trampa, una trampa, una trampa”.
Súbitamente, sobrevino un gran silencio, una negra oscuridad, una infinita tranquilidad, y Jerome Searing, perfectamente consciente de su condición de rata, y bien seguro de la trampa en la que estaba, recordando todo y de ningún modo alarmado, abrió los ojos de nuevo para reconocer, para notar la fuerza de su enemigo, para planificar su defensa.
Estaba atrapado en una postura reclinada, su espalda apoyada con firmeza por una vigueta sólida. Otra yacía a través de su pecho, pero él fue capaz de retirarse un poco de ésta, así que ya no lo oprimía más, aunque era inmovible. Un tirante juntado a ésta en un ángulo, lo había acuñado contra una pila de tablas a su izquierda, sujetando su brazo de ese lado. Sus piernas, levemente separadas y estiradas por el terreno, estaban cubiertas hasta las rodillas por una masa de despojos, que se elevaban por encima de su estrecho horizonte. Su cabeza estaba fijada con tal rigidez, como en un torno de banco; podía mover los ojos, la barbilla, no más. Sólo su brazo derecho era en parte libre. -Tienes que ayudarnos a salir de esto -le dijo a éste. Pero no podía sacarlo de debajo del madero pesado a través de su pecho, ni moverlo hacia afuera más de quince pulgadas por el codo.
Searing no estaba herido de seriedad, ni sufría dolor. Un golpe punzante en la cabeza, del fragmento volador de un poste astillado que incurrió, de modo simultáneo, en una asustada, súbita sacudida del sistema nervioso, lo había aturdido por un momento. Su término de inconsciencia, incluido el período de recuperación, durante el que había tenido extrañas fantasías, no había excedido, probablemente, unos pocos segundos, pues el polvo del derrumbe no se había despejado totalmente, cuando empezó un estudio inteligente de la situación.
Con su mano derecha en parte libre, trató ahora de obtener la vigueta que yacía a través, pero no del todo contra su pecho. De ningún modo podía hacer eso. Él era incapaz de encoger el hombro así, como para empujar el codo más allá del borde del madero, que estaba más cercano a sus rodillas; fallando en eso, no podía levantar el antebrazo y la mano para agarrar la vigueta. El tirante que hacía ángulo con éste, hacia abajo y hacia atrás, le impidió hacer alguna cosa en esa dirección, y entre éste y su cuerpo, el espacio no era ni la mitad del ancho, de la longitud de su antebrazo. Obviamente, no podía meter su mano abajo de la vigueta, ni sobre ésta; la mano no podía, de hecho, tocarla en absoluto. Habiendo demostrado su inhabilidad, desistió y empezó a pensar si podría alcanzar alguno de los despojos apilados sobre sus piernas.
Al estudiar la masa, con vistas a determinar ese punto, detuvo su atención en lo que parecía ser un anillo de metal brillante, inmediato frente a sus ojos. Le pareció al principio rodeado de alguna sustancia perfectamente negra, y éste era de un poco más de media pulgada de diámetro. Súbitamente, se le ocurrió en su mente, que la negrura era simplemente una sombra, y que el anillo era de hecho la boca de su fusil, sobresaliendo de la pila de despojos. No se demoró en sentir la satisfacción de que era eso, si eso era una satisfacción. Al cerrar un ojo, podía mirar un poco a lo largo del cañón, hacia el punto donde era ocultado por la basura que lo sostenía. Podía ver un lado, con el ojo correspondiente, al parecer el mismo ángulo, que en el otro lado con el otro ojo. Mirando con el ojo derecho, el arma parecía estar dirigida a un punto a la izquierda de su cabeza, y viceversa. Fue incapaz de ver la superficie superior del cañón, pero podía ver la superficie inferior de la culata en un ángulo leve. La pieza, de hecho, apuntaba hacia el centro exacto de su frente.
En la percepción de esta circunstancia, al recordar que justo antes del percance, del que esta situación incómoda era el resultado, él había montado el rifle y colocado el gatillo así, que un toque lo hubiera descargado, el soldado raso Searing fue afectado por una sensación de inquietud. Pero eso estaba lo más lejos posible del miedo; él era un hombre valiente, un tanto familiarizado con el aspecto de los rifles desde ese punto de vista, y con los cañones también. Y ahora recordó, con algo así como una diversión, un incidente de su experiencia en el asalto a la cima Missionary, donde, subiendo hacia una de las troneras enemigas, en la que había visto un pesado cañón tirar carga tras carga de metralla entre los asaltantes, él había pensado por un momento que la pieza había sido retirada; él no podía ver nada en la apertura, excepto un círculo broncíneo. Lo que había entendido justo a tiempo, para hacerse a un lado mientras éste lanzaba otro montón de hierro, hacia la ladera abarrotada. Enfrentar armas de fuego era uno de los incidentes más comunes en la vida de un soldado, armas de fuego, también, con ojos malévolos ardiendo tras ellas. Para eso estaba un soldado. Aún así, el soldado raso Searing no se deleitaba con la situación por completo, y apartó los ojos.
Después de tantear sin rumbo, con su mano derecha por un tiempo, hizo un intento inútil para liberar su izquierda. Luego trató de desatar su cabeza, cuya fijeza era más molesta por su ignorancia de lo que la sujetaba. Seguido trató de liberar sus pies, pero mientras ejercitaba los poderosos músculos de sus piernas con tal propósito, se le ocurrió que un disturbio de la basura podría llevarlas a descargar el rifle, ¿cómo podía éste haber resistido lo que recién le había sucedido?, no lo podía entender, aunque la memoria lo asistió con varias instancias al punto. Uno en particular, recordó, en que, en un momento de abstracción mental, había aporreado con su rifle y sacado los sesos a otro caballero, observando después que el arma, que él había blandido por la boca con diligencia, estaba cargada, taponada y montada por completo, cuyo conocimiento de esa circunstancia, sin dudas, habría alentado a su antagonista a una mayor resistencia. Siempre había sonreído al recordar ese desatino de sus “días verdes y de ensalada” como soldado, pero ahora no sonrió. Volvió los ojos de nuevo a la boca del rifle, y le pareció por un momento que éste se había movido, parecía un tanto más cerca.
De nuevo miró a otro lado. Las copas de los árboles distantes, más allá de los lindes de la plantación, le interesaron: no había observado antes cuán ligeros y plumosos eran, ni cuán azul oscuro era el cielo, incluso entre sus ramas, donde lo palidecían un tanto con sus verdes; arriba de éste parecía casi negro. “Va a hacer un calor incómodo aquí -pensó -, mientras avanza el día. Me pregunto de qué forma luzco.
A juzgar por las sombras que podía ver, decidió que su rostro estaba hacia el norte; al menos, no tendría el sol en los ojos, y el norte, bueno, eso era hacia su esposa e hijos.
-¡Bah! -exclamó en voz alta-, ¿qué tienen que ver ellos con esto?
Cerró los ojos. “Así como no puedo salir, así puedo dormir. Los rebeldes se han ido, y algunos de nuestros colegas, seguro, están vagando por aquí, de forrajeo. Me van a encontrar".
Pero no durmió. Gradualmente, se volvió sensible al dolor de su frente, un dolor sordo, apenas perceptible al principio, pero haciéndose cada vez más incómodo. Abrió los ojos y se había ido, los cerró y retornó. -¡El diablo! -dijo de modo irrelevante, y miró el cielo con fijeza de nuevo. Oyó el canto de los pájaros, la extraña nota metálica de la alondra pradeña, que sugería el choque de unas briznas vibrantes. Cayó en los agradables recuerdos de su infancia, jugó con su hermano y su hermana de nuevo, corrió por los campos, gritando para alarmar a las alondras sedentarias, entró más allá de la sombría foresta y, con pasos tímidos, siguió el tenue sendero a la Roca del Fantasma, parándose por último, con audibles pálpitos del corazón, ante la Cueva del Muerto, y buscando penetrar su misterio terrible. Por primera vez, observó que la apertura de la caverna embrujada estaba rodeada por un anillo de metal. Luego todo lo demás se desvaneció, y lo dejó mirando con fijeza el cañón de su rifle, como antes. Pero mientras que antes le había parecido cercano, ahora le parecía a una distancia lejana inconcebible, y todo más siniestro por eso. Dio un grito y, asustado por algo en su propia voz -la nota del miedo- se mintió a sí mismo en la negación: “Si yo no canto, me puedo quedar aquí hasta que muera.”
Ahora no hizo ningún intento para eludir la mirada amenazante del cañón del fusil. Si apartó sus ojos un instante, fue para buscar ayuda (aunque no podía ver el terreno a cada lado de la ruina), y les permitió regresar, obedientes a la imperativa fascinación. Si los cerró fue por cansancio, y al instante el dolor intenso en su frente -la profecía y la amenaza de la bala- lo obligó a abrirlos de nuevo.
La tensión de los nervios y el cerebro era demasiado severa, la naturaleza vino en su ayuda con intervalos de inconsciencia. Reviviendo de uno de éstos, fue sensible a un dolor agudo, punzante en su mano derecha, y cuando movió sus dedos juntos, o se frotó la palma con éstos, pudo sentir que estaban mojados y resbalosos. No podía ver la mano, pero conocía la sensación, estaba corriendo la sangre. En su delirio, le había pegado con ésta a los fragmentos puntiagudos de un escombro, lo había agarrado lleno de astillas. Resolvió que iba a enfrentar su destino de modo más varonil. Él era un soldado llano, común, no tenía religión y no mucha filosofía, no podía morir como un héroe, con unas grandes y sabias últimas palabras, incluso si hubiera habido allí alguien que las oyera, pero podía morir "dispuesto", y lo haría. ¡Pero si sólo pudiera saber cuándo esperar el disparo!
Algunas ratas que habían, probablemente, habitado el cobertizo, llegaron a escondidas y correteando alrededor. Una de ellas subió a la pila de despojos que sujetaba el rifle, la siguió otra, y otra. Searing las contempló al principio con indiferencia, luego con amistoso interés, luego, cuando el pensamiento destelló en su mente aturdida, de que éstas podrían tocar el gatillo de su rifle, las maldijo y les ordenó que se fueran. -No es asunto vuestro -gritó.
Las criaturas se fueron, ellas volverían más tarde, atacarían su rostro, roerían toda su nariz, le cortarían la garganta, él sabía eso, pero esperaba estar muerto por ese tiempo.
Nada podía ahora apartar su mirada del pequeño anillo de metal con su interior negro. El dolor de su frente era feroz e incesante. Lo sintió penetrando gradualmente el cerebro de un modo más profundo, hasta que por último su progreso fue detenido por la madera en la parte posterior de su cabeza. Se hizo por un momento más insufrible: empezó a pegarle con la mano lacerada, de modo perverso, a las astillas de nuevo, para contrarrestar el dolor horrible. Éste parecía palpitar con una lenta, regular recurrencia, cada pulsación más aguda que la anterior, y a veces gritó, pensando que sentía la bala fatal. No había pensamientos de la casa, de la esposa y los niños, del país, de la gloria. El registro completo de la memoria fue borrado. El mundo había pasado, no quedaba ni un vestigio. Aquí, en esta confusión de maderos y tablas, estaba el único universo. Aquí estaba la inmortalidad del tiempo, cada dolor de la vida perpetua. Los pálpitos sonaron desde la eternidad.
Jerome Searing, el hombre de coraje, el enemigo formidable, el guerrero fuerte, resuelto, estaba pálido como un fantasma. Su mandíbula estaba caída, sus ojos salidos, le temblaba cada fibra, un sudor frío le bañaba el cuerpo entero, gritó con miedo. Él no estaba loco, estaba aterrado.
Al tantear alrededor con su mano rasgada y sangrante, agarró por último un listón de tabla y, tirando, sintió que cedía. Éste yacía paralelo a su cuerpo, y doblando su codo tanto como el contraído espacio se lo permitía, pudo sacarlo unas cuantas pulgadas de una vez. Finalmente, lo liberó por completo de los escombros que cubrían sus piernas, pudo levantarlo del suelo despejado, en toda su longitud. Una gran esperanza llegó a su mente: acaso él podría moverla hacia arriba, eso era decir hacia atrás, lo suficiente lejos para levantar el extremo y empujar el rifle a un costado o, si estaba acuñado demasiado apretado, poner el listón de tabla para que desviara la bala. Con este objeto lo pasó hacia atrás pulgada a pulgada, sin atreverse a respirar, por miedo a que ese acto, de algún modo, derrotara su intención; y más incapaz que nunca de apartar sus ojos del rifle, que podría acaso apurarse ahora a mejorar su menguante oportunidad. Algo por último se había ganado: al ocupar su mente en este intento de auto-defensa, era menos sensible al dolor de su cabeza, y había dejado de hacer muecas. Pero aún estaba terriblemente asustado, y sus dientes rechinaban como castañuelas.
El listón de tabla dejó de moverse bajo la persuasión de su mano. Tiró de éste con todas sus fuerzas, cambió la dirección de su longitud todo lo que pudo, pero éste había hallado alguna obstrucción extendida detrás de él, y el extremo de adelante aún estaba demasiado lejos, para despejar la pila de despojos y alcanzar la boca del arma. Ésta se extendía, en efecto, casi tan lejos como el seguro del gatillo que, no cubierto por la basura, podía ver con su ojo derecho de modo imperfecto. Trató de romper el listón con la mano, pero no tenía una palanca. En su defecto, todo su terror retornó, aumentado por diez. La negra abertura del rifle parecía amenazar con una muerte más aguda e inminente en castigo a su rebelión. El trayecto de la bala a través de su cabeza le dolió con una angustia más intensa. Empezó a temblar de nuevo.
Súbitamente, se sintió compuesto. Su temblor disminuía. Apretó los dientes y frunció las cejas. Él no había agotado sus medios de defensa; un nuevo diseño se había formado en su mente, otro plan de batalla. Alzando el extremo delantero del listón de tabla, lo empujó hacia adelante con cuidado, a través de los escombros del lado del rifle, hasta que éste presionó el seguro del gatillo. Luego movió el extremo hacia afuera con lentitud, hasta que pudo sentir que lo había despejado, luego, cerrando los ojos, ¡lo empujó contra el gatillo con todas sus fuerzas! No hubo estallido, el rifle se había descargado al caérsele de la mano, cuando el edificio se cayó. Pero hizo su trabajo.
El teniente Adrian Searing, al comando del piquete de guardias en esa parte de la línea, por la que su hermano Jerome había pasado en su misión, se sentó en su parapeto detrás de la línea con los oídos atentos. Ni el más tenue sonido se le escapaba; el grito de un pájaro, el aullido de una ardilla, el ruido del viento entre los pinos, todo era notado con ansiedad por su sentido muy forzado. Súbitamente, justo frente a su línea, oyó un tenue, confuso retumbar, como el estruendo de un edificio cayendo, traducido por la distancia. El teniente miró su reloj de modo mecánico. Las seis horas y dieciocho minutos. En el mismo momento, un oficial se le aproximó a pie desde la retaguardia y lo saludó.
-Teniente -dijo el oficial-, el coronel le ordena mover su línea adelante y sentir el enemigo si lo encuentra. Si no, continuar el avance hasta que se ordene el alto. No hay razón para pensar que el enemigo se ha retirado.
El teniente asintió con la cabeza y no dijo nada, el otro oficial se retiró. En un momento los hombres, informados de su deber por los oficiales no comisionados en voz baja, se habían desplegado desde sus hoyos de rifle y se movían hacia adelante en orden de escaramuza, con los dientes apretados y el corazón latiendo.
Esta línea de tiradores se extendió por la plantación hacia la montaña. Pasaron por ambos lados del edificio derrumbado, sin observar nada. A corta distancia de su retaguardia, venía su comandante. Éste lanzó sus ojos hacia la ruina con curiosidad, y vio un cuerpo muerto medio sepultado entre las tablas y los maderos. Estaba tan cubierto de polvo, que su ropa de confederado era gris. Su rostro estaba blanco amarillento, sus mejillas estaban caídas, sus sienes hundidas también, con cimas agudas a su alrededor, haciendo la frente adustamente estrecha; el labio superior, levemente levantado, mostraba unos dientes blancos, apretados con rigidez. El cabello estaba cargado de humedad, el rostro estaba tan mojado como la hierba rociada a todo alrededor. Desde su punto de vista, el oficial no observó el rifle, al hombre lo había matado, al parecer, la caída del edificio.
-Una semana de muerto -dijo el oficial con sequedad, moviéndose y sacando su reloj de modo ausente, como para verificar su hora estimada. Las seis horas y cuarenta minutos.

Título original: One of the Missing, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, marzo de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: James Bama, The Volunteer, XX.