miércoles, 31 de marzo de 2010

El affair de la brecha de Coulter


-¿Usted cree, coronel, que a su valiente Coulter le gustaría poner uno de sus cañones aquí? -preguntó el general.
Era, al parecer, no en serio por completo; ciertamente, no parecía un lugar donde a cualquier artillero, por valiente que fuera, le gustaría poner un cañón. El coronel pensó que, posiblemente, su comandante de división trataba de insinuar con buen humor que, en una conversación reciente entre ellos, el coraje del capitán Coulter había sido demasiado, altamente ensalzado.
-General -replicó con calidez-, a Coulter le gustaría poner un cañón en cualquier lugar, dentro del alcance de esa gente-, con un movimiento de su mano en la dirección del enemigo.
-Es el único lugar -dijo el general. Era en serio, entonces.
El lugar era una depresión, una “brecha” en la aguda cresta de una colina. Era un paso, y por éste corría una carretera que, alcanzado el punto más alto de su curso, en un ascenso sinuoso por una foresta escasa, hacía un similar, aunque menos escarpado descenso hacia el enemigo. Por una milla a la izquierda y una milla a la derecha, la cima, aunque ocupada por la infantería federal, yaciente cerca detrás de la cresta aguda, y pareciendo como si se mantuviera en el lugar por la presión atmosférica, era inaccesible a la artillería. Allí no había más lugar que el fondo de la brecha, y éste era apenas lo suficiente ancho para el lecho del camino. Desde el lado de la Confederación, ese punto era dominado por dos baterías, apostadas en una elevación levemente baja, más allá de un riachuelo y a media milla de distancia. Todos los cañones, menos uno, estaban enmascarados por los árboles de una huerta, ese -que parecía un poco una impudencia- estaba en un césped abierto, directo frente a un edificio bastante fastuoso, la vivienda del plantador. El cañón estaba lo suficiente seguro en su exposición, pero sólo porque a la infantería federal se le había prohibido disparar. La brecha de Coulter -llegó a ser llamada así- no era, esa agradable tarde de verano, un lugar donde a uno le “gustaría poner un cañón”.
Tres o cuatro caballos muertos yacían allí, tendidos en el camino, tres o cuatro hombres muertos en una hilera pareja a un lado de éste, y un poco atrás, colina abajo. Todos menos uno eran soldados de caballería que pertenecían a la avanzada federal. Uno era intendente. El general que comandaba la división y el coronel que comandaba la brigada, con su personal y sus escoltas, habían cabalgado a la brecha para echar una mirada a los cañones enemigos, que se habían oscurecido en seguida entre elevadas nubes de humo. Tenía apenas provecho ser curioso sobre unos cañones que hacían la treta del calamar, y la temporada de observación había sido breve. En su conclusión -una breve movida hacia atrás, desde donde se inició- ocurrió la conversación reportada ya parcialmente. -Es el único lugar -repitió el general pensativo- para llegar a ellos.
El coronel lo miró con gravedad. -Hay espacio para un solo cañón, general, uno contra doce.
-Eso es verdad, para sólo uno a la vez -dijo el comandante con algo así, pero no por completo así como una sonrisa. -Pero entonces, su valiente Coulter es toda una batería en sí mismo.
El tono de ironía era ahora inequívoco. Éste enfadó al coronel, pero él no supo qué decir. El espíritu de la subordinación militar no era favorable a la réplica, ni incluso a la desaprobación.
En ese momento, un joven oficial de artillería llegó cabalgando por el camino con lentitud, asistido por su corneta. Era el capitán Coulter. No podía tener más de veintitrés años de edad. Era de mediana estatura, pero muy esbelto y ligero, y se sentaba en su caballo con algo del aire de un civil. Su rostro era de un tipo singular, distinto a los hombres a su alrededor; delgado, de nariz recta, ojos grises, con un ligero bigote rubio y un largo cabello bastante desaliñado del mismo color. Había un aparente descuido en su atuendo. Su gorra la usaba con la visera un poco torcida, su chaqueta estaba abrochada sólo en el cinturón de la espada, mostrando una considerable extensión de su camisa blanca, tolerablemente limpia para esa etapa de la campaña. Pero el descuido estaba en todo su vestido y porte; en su rostro había una mirada de intenso interés por su entorno. Sus ojos grises, que parecían en ocasiones atravesar el paisaje a derecha e izquierda, como las luces de un foco, estaban fijos la mayor parte del tiempo en el cielo más allá de la brecha; hasta que arribara a la cumbre del camino, no había más nada que ver en esa dirección. Al llegar frente a su división y a los comandantes de brigada al borde del camino, saludó de modo mecánico y estaba a punto de pasar. El coronel le señaló que se detuviera.
-Capitán Coulter -dijo-, el enemigo tiene doce piezas por ahí, en la cima siguiente. Si yo entiendo al general correctamente, él ordena que usted traiga un cañón y se ocupe de ellas.
Hubo un espacio de silencio, el general miró impasible a un regimiento distante, que pululaba con lentitud por la maleza áspera de la colina, como una rasgada y arrastrada nube de humo azul; el capitán parecía no haberlo observado a él. En ese instante, el capitán habló con lentitud, y con aparente esfuerzo:
-¿En la cima siguiente, dijo usted, señor? ¿Están los cañones cerca de la casa?
-Ah, usted ha estado por ese camino antes. Directamente por la casa.
-¿Y es necesario que me ocupe de ellos? ¿La orden es imperiosa?
Su voz era áspera y quebrada. Estaba visiblemente pálido. El coronel estaba sorprendido y mortificado. Lanzó una mirada al comandante. En ese rostro fijo, inmóvil no había un signo, era tan duro como el bronce. Un momento después el general cabalgó adelante, seguido por su personal y escolta. El coronel, humillado e indignado, estaba a punto de ordenar el arresto del capitán Coulter, cuando el último dijo algunas palabras a su corneta en voz baja, lo saludó y cabalgó directo hacia la brecha, donde en ese instante, en la cumbre del camino, sus anteojos de campaña en sus ojos, se mostró contra el cielo, él y su caballo, definido con agudeza y como una estatua. El corneta había aminorado la velocidad y desapareció detrás de un bosque. En ese instante su corneta se oyó tocando en los cedros, y en un tiempo increíblemente corto un solo cañón con su furgón, cada uno tirado por seis caballos y manejado por su apéndice de cañoneros completo, llegó saltando y golpeando la cuesta en una tormenta de polvo, inflexible bajo la cubierta, y fue corrido a mano hacia la cresta fatal, entre los caballos muertos. Un gesto del brazo del capitán, algunos movimientos extrañamente ágiles de los hombres que cargaban, y casi antes de que las tropas a lo largo del camino hubieran dejado de oír el traqueteo de las ruedas, una gran nube blanca se abalanzó sobre la ladera y, con un estruendo ensordecedor, el affair de la brecha de Coulter había empezado.
No se intenta relatar en detalle el progreso y los incidentes de esta contienda espantosa, una contienda sin vicisitudes, sus alternancias sólo fueron diferentes grados de desesperación. Casi en el instante cuando el cañón del capitán Coulter resopló su nube desafiante, doce nubes de respuesta rodaron hacia arriba; desde los árboles que rodeaban la casa de la plantación, un profundo estruendo múltiple rugió de vuelta como un eco quebrado, y desde entonces hasta el final los cañoneros federales lucharon su batalla desesperada, en una atmósfera de hierro candente, cuyos pensamientos eran relámpagos y cuyas acciones eran la muerte.
No deseoso de ver unos esfuerzos que él no podía socorrer, y una carnicería que él no podía detener, el coronel ascendió a la cima, en un punto a un cuarto de milla a la izquierda, desde donde la brecha, invisible en sí misma, pero lanzando hacia arriba sucesivas masas de humo, parecía el cráter de un volcán en erupción tronante. Con sus anteojos observó los cañones enemigos, notando como podía los efectos del fuego de Coulter, si Coulter aún vivía para dirigirlo. Vio que los cañoneros federales, ignorando esas piezas enemigas, cuyas posiciones se podían determinar sólo por su humo, le prestaban toda su atención a la que mantenía su lugar en el claro, el césped frente a la casa. Sobre y alrededor de esa pieza robusta, los obuses explotaron con intervalos de pocos segundos. Algunos explotaron en la casa, como se podía ver por las delgadas columnas de humo desde el tejado con roturas. Figuras de hombres y caballos postrados eran llanamente visibles.
-Si nuestros colegas están haciendo tan buen trabajo con un solo cañón -dijo el coronel a un aide que por casualidad se hallaba cerca-, deben estar sufriendo como el diablo con los doce. Vaya abajo y presente al comandante de esa pieza mis felicitaciones por la precisión de su fuego.
Volviéndose a su ayudante general, dijo: -¿Usted observó la maldita renuencia de Coulter a obedecer las órdenes?
-Sí, señor, lo hice.
-Bueno, no diga nada sobre eso, por favor. Yo no creo que al general le importe hacer alguna acusación. Él, probablemente, tendrá bastante que hacer con explicar su propia conexión con esa forma insólita, de divertir a la retaguardia de un enemigo en retirada.
Un joven oficial se aproximó desde abajo, escalando jadeante la pendiente. Casi antes de que hubiera saludado, dijo sofocado:
-Coronel, yo soy enviado por el coronel Harmon, para decir que los cañones enemigos están a buen alcance de nuestros rifles, y muchos de ellos son visibles desde varios puntos a lo largo de la cima.
El comandante de la brigada lo miró sin un rastro de interés en su expresión. –Yo lo sé -dijo sereno.
El joven ayudante estaba con un visible embarazo. -El coronel Harmon quisiera tener permiso para silenciar esos cañones-, tartamudeó.
-Así debiera yo -dijo el coronel en el mismo tono. -Presente mis cumplidos al coronel Harmon, y dígale que las órdenes del general para la infantería de no disparar, aún siguen en vigor.
El ayudante saludó y se retiró. El coronel hundió sus talones en la tierra y se volvió para mirar los cañones enemigos de nuevo.
-Coronel -dijo el ayudante general-, yo no sé si deba decir nada, pero hay algo malo en todo esto. ¿Usted sabe por casualidad que el capitán Coulter es del Sur?
-No, ¿era él, en efecto?
-Yo oí que el verano pasado la división que el general comandaba entonces, estuvo en la vecindad de la casa de Coulter, acamparon allí por semanas, y…
-¡Escuche! -dijo el coronel, interrumpiendo con un gesto hacia arriba. -¿Usted oye eso?
“Eso” era el silencio del cañón federal. El personal, los ordenanzas, las líneas de infantería detrás de la cresta, todos habían “oído”, y estaban mirando con curiosidad en la dirección del cráter, desde donde ahora no subía humo, excepto las nubecitas inconexas de los obuses enemigos. Entonces vino el toque de una corneta, un tenue traqueteo de ruedas, un minuto después los agudos estruendos se reanudaron con doble actividad. El cañón demolido había sido sustituido con uno intacto.
-Sí -dijo el ayudante general, resumiendo su narración-, el general entabló relación con la familia de Coulter. Había un problema, yo no sé la naturaleza exacta de este, algo sobre la esposa de Coulter. Ella es una secesionista al rojo vivo, como son todos ellos, excepto el mismo Coulter, pero ella es una buena esposa, y una dama de alta alcurnia. Hubo una queja al cuartel general del ejército. El general fue transferido a esta división. Es extraño que la batería de Coulter haya sido asignada después a ésta.
El coronel se había levantado de la roca sobre la que habían estado sentados. Sus ojos estaban brillando con una generosa indignación.
-Vea aquí, Morrison -dijo, mirando a su chismoso oficial de personal directo a la cara-, ¿usted sacó esa historia de un caballero o de un mentiroso?
-Yo no quiero decir de dónde la saqué, coronel, a menos que sea necesario -estaba un poco sonrojado-, pero apuesto mi vida a su verdad, en lo principal.
El coronel se volvió hacia un pequeño corrillo de oficiales a cierta distancia. -¡Teniente Williams! -gritó.
Uno de los oficiales se apartó del grupo, y viniendo hacia adelante saludó, diciendo: -Perdóneme, coronel, yo pensé que usted había sido informado. Williams está muerto allá abajo, junto al cañón. ¿Qué puedo hacer, señor?
El teniente Williams era el aide que había tenido el placer de trasmitir, al oficial a cargo del cañón, la felicitación de su comandante de brigada.
-Vaya -dijo el coronel-, y ordene la retirada de ese cañón al instante. No… iré yo mismo.
Anduvo a zancadas por el declive, hacia la parte trasera de la brecha, a paso rompe-cuello, por sobre las rocas y entre las zarzas, seguido por su pequeño séquito en desorden tumultuoso. Al pie del declive montaron a sus animales en espera y tomaron hacia el camino a trote vivo, doblando en un recodo y hacia la brecha. ¡El espectáculo que encontraron allí fue aterrador!
En ese desfiladero, apenas lo suficiente ancho para un solo cañón, se apilaban los escombros de no menos de cuatro. Habían notado el silencio sólo del último inutilizado, había habido falta de hombres para sustituirlo por otro con rapidez. Los despojos yacían a ambos lados del camino; los hombres habían logrado mantener una vía abierta en el medio, por la que la quinta pieza estaba ahora disparando. ¿Los hombres?, ¡lucían como los demonios de un hoyo! Todos estaban sin sombrero, todos desnudos hasta la cintura, sus pieles humeantes, negras con manchas de pólvora y salpicadas de gotas de sangre. Trabajaban como dementes, con el pisón y el cartucho, la palanca y la correa. Apoyaban sus hombros hinchados y manos sangrantes contra las ruedas en cada reculada, y jalaban el pesado cañón de vuelta a su lugar. Allí no había comandos, en ese ambiente horrible de disparos chillones, obuses explosivos, fragmentos de hierro aulladores y astillas de madera voladoras, ninguno podía haber sido oído. Los oficiales, si había oficiales allí, eran indistinguibles, todos trabajaban juntos -cada uno mientras duraba- gobernados por el ojo. Cuando el cañón era esponjado, era cargado, cuando era cargado, era apuntado y disparado. El coronel observó algo nuevo para su experiencia militar, algo horrible y no natural: ¡el cañón estaba sangrando por la boca! Con una falta de agua temporal, el hombre que esponjaba había hundido su esponja en el charco de sangre de un camarada. En todo ese trabajo no había nada chocante, el deber del instante era obvio. Cuando uno caía, otro, luciendo un poco más limpio, parecía surgir de la tierra en el rastro del hombre muerto, para caer en su turno.
Con los cañones arruinados yacían los hombres arruinados, al lado de los escombros, abajo de éstos y arriba de éstos; y bajando por el camino -¡una procesión espantosa!- se arrastraban con las manos y las rodillas los heridos que eran capaces de moverse. El coronel -que de modo compasivo había enviado su cabalgata a la derecha- tuvo que cabalgar sobre los que estaban muertos por entero, para no aplastar a los que estaban medio vivos. En ese infierno mantuvo su camino tranquilo, cabalgó por el lado de un cañón y, en la oscuridad de la última descarga, golpeó en la mejilla al hombre que tenía el pisón, que se cayó en seguida, creyendo que lo habían matado. Un demonio siete veces condenado surgió del humo para ocupar su lugar, pero se detuvo y miró fijamente al oficial montado con un respeto no terrenal, sus dientes brillando entre sus labios negros, sus ojos feroces y dilatados, ardiendo como carbones bajo su frente sangrante. El coronel hizo un gesto autoritario y apuntó a la parte trasera. El demonio se inclinó en señal de obediencia. Era el capitán Coulter.
Simultáneamente, con la señal de arresto del coronel, sobrevino un silencio en todo el campo de acción. La procesión de misiles ya no caía en torrentes sobre ese desfiladero de muerte, pues el enemigo asimismo había dejado de disparar. Su ejército se había ido hacía horas, y el comandante de su retaguardia, que había mantenido su posición peligrosamente, largo tiempo, con la esperanza de silenciar al fuego federal, en ese extraño momento había silenciado el suyo. -Yo no era consciente del alcance de mi autoridad -dijo el coronel a nadie, cabalgando hacia la cresta para ver qué había sucedido realmente.
Una hora después su brigada estaba en bivouac en el terreno enemigo, y sus ociosos estaban examinando con algo de temor, como un fiel inspecciona las reliquias de un santo, una veintena de caballos muertos despatarrados y tres cañones inutilizados, todos clavados. Los hombres caídos habían sido llevados, sus cuerpos rasgados y quebrados hubieran brindado también una gran satisfacción.
Naturalmente, el coronel se estableció con su familia militar en la casa de la plantación. Estaba un tanto destruida, pero era mejor que al aire libre. El mobiliario estaba bastante desordenado y quebrado. Las paredes y los techos estaban tumbados por aquí y por allá, y había un persistente olor a humo de pólvora en todas partes. Las camas, los armarios de ropa de las mujeres, las alacenas no estaban muy dañados. Los nuevos inquilinos de una noche se pusieron cómodos, y la virtual borradura de la batería de Coulter les suministró un tópico interesante.
Durante la cena, un ordenanza de la escolta se presentó en el comedor y pidió permiso para hablarle al coronel.
-¿Qué es, Barbour? -dijo el oficial gratamente, habiendo oído la solicitud.
-Coronel, hay algo malo en el sótano, yo no sé qué, hay alguien ahí. Yo estuve allá abajo, revolviendo por ahí.
-Yo iré abajo y veré -dijo un oficial de personal, levantándose.
-Yo iré también -dijo el coronel-, dejen que los otros se queden. Guíenos, ordenanza.
Tomaron una vela de la mesa y descendieron por la escalera del sótano, el ordenanza con visible trepidación. La vela daba sólo una luz débil, pero en ese instante, mientras avanzaban, su estrecho círculo de iluminación reveló una figura humana, sentada en la tierra contra la pared de piedra negra, que ellos estaban orillando, sus rodillas subidas, su cabeza inclinada hacia adelante agudamente. El rostro, que debió ser visto de perfil, era invisible, pues el hombre estaba tan doblado hacia adelante, que su cabello largo lo ocultaba; y extraño de relatar, la barba, de un tono mucho más oscuro, caía en una gran masa enredada y yacía por la tierra a su lado. Se detuvieron de forma involuntaria, entonces el coronel, tomando la vela de la mano trémula del ordenanza, se aproximó al hombre y lo consideró atentamente. La larga barba oscura era el cabello de una mujer… muerta. La mujer muerta estrechaba entre sus brazos a un bebé muerto. Ambos estaban estrechados entre los brazos del hombre, apretados contra su pecho, contra sus labios. Había sangre en el cabello de la mujer, había sangre en el cabello del hombre. A una yarda de distancia, cerca de una depresión irregular en la tierra apisonada que formaba el suelo del sótano -una excavación fresca con un trozo de hierro convexo, de bordes dentados, visible en uno de los lados- yacía el pie de un infante. El coronel mantuvo la luz tan alto como pudo. El suelo de la habitación de arriba estaba quebrado a través, las astillas apuntaban en todos los ángulos hacia abajo. -Esta casamata no está a prueba de bombas -dijo el coronel con gravedad. No se le ocurrió que su resumen del asunto tuviera alguna levedad en sí.
Se pararon junto al grupo un rato, en silencio; el oficial de personal estaba pensando en su cena no terminada, el ordenanza en lo que podría haber, posiblemente, en uno de los barriles del otro lado del sótano. Súbitamente, el hombre al que habían creído muerto, levantó la cabeza y los miró a las caras fijamente, tranquilo. Su tez era negra como el carbón, sus mejillas estaban, al parecer, tatuadas de modo irregular, con líneas sinuosas desde los ojos hacia abajo. Sus labios también eran blancos, como los de un negro de escena. Había sangre en su frente.
El oficial de personal dio un paso atrás, el ordenanza dos pasos.
-¿Qué está haciendo aquí, hombre mío? -dijo el coronel, impasible.
-Esta casa me pertenece a mí, señor -fue la respuesta, proferida con civilidad.
-¿A usted? ¡Ah, ya veo! ¿Y esos?
-Mi esposa y el niño. Yo soy el capitán Coulter.

Título original: The Affair at Coulter's Notch, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, octubre de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Frank McCarthy, The Long Knives, XX.

domingo, 28 de marzo de 2010

Una asignación infructuosa


Henry Saylor, que fue asesinado en Covington, en una pelea con Antonio Finch, era un reportero de The Cincinnati Commercial. En 1859, una vivienda vacante de la calle Vine, en Cincinnati, se convirtió en el centro de excitación local, por las visiones y los sonidos extraños que, se decía, se observaban en ésta por la noche. De acuerdo al testimonio de muchos reputados residentes de la vecindad, éstos eran incompatibles con cualquier otra hipótesis de que la casa estaba embrujada. Figuras con algo singular no familiar a su alrededor, eran vistas por la multitud desde la acera, entrando y saliendo. Nadie podía decir dónde, justamente, aparecían en el césped abierto, en su camino a la puerta del frente por la que entraban, ni en qué punto exacto se desvanecían cuando salían; o más bien, mientras cada espectador estaba lo suficiente convencido de estas cosas, no había dos que convinieran. Todos eran similares en la variedad de sus descripciones de las mismas figuras. Algunos de los más audaces de la caterva curiosa, se aventuraron varias noches a pararse junto al umbral para interceptarlas, o fallando en eso, para echarles una mirada más cercana. Esos hombres corajudos, se dijo, fueron incapaces de forzar la puerta con su fuerza unida, y siempre fueron arrojados de los peldaños por algún organismo invisible, y lesionados con severidad; la puerta se abría inmediatamente después, al parecer por su propia voluntad, para admitir o liberar a algún visitante fantasmal. La vivienda era conocida como la casa de Roscoe, una familia con ese nombre había vivido allí por algunos años, y luego, uno por uno, desapareció; el último en irse fue una vieja. Las historias de juegos sucios y asesinatos sucesivos siempre habían sido abundantes, pero nunca fueron autenticadas.
Un día, durante la prevalencia de la excitación, Saylor se presentó en la oficina de órdenes del Commercial. Recibió una nota del editor citadino que decía lo siguiente: “Vaya y pase la noche solo en la casa embrujada de la calle Vine, y si ocurre alguna cosa que valga la pena haga dos columnas”. Saylor obedeció a su superior, no se podía permitir perder su posición en el periódico.
Avisado a la policía de su intención, efectuó una entrada por una ventana trasera antes del oscurecer, caminó por las habitaciones desiertas, privadas de mobiliario, polvorientas y desoladas, y se sentó por último en el recibidor, en un sofá viejo que había arrastrado desde otra habitación; observó el aumento de la tiniebla mientras se hacía de noche. Antes de que estuviera oscuro por completo, una multitud curiosa se había reunido en la calle, en silencio, según la regla, y expectante, con un mofador que profería su incredulidad y coraje por aquí y por allá, con comentarios despectivos o gritos procaces. Nadie sabía del ansioso vigilante interior. Éste temía prender una luz, las ventanas sin cortinas habrían revelado su presencia, obligándolo a insultar, posiblemente a injuriar. Además, era demasiado consciente para hacer cualquier cosa que debilitara sus impresiones, y no deseaba alterar ninguna de las condiciones habituales, bajo las que las manifestaciones se decía ocurrían.
Ahora estaba oscuro afuera, pero la luz de la calle iluminaba débilmente la parte de la habitación, donde él estaba. Había dejado abiertas todas las puertas en todo el interior, arriba y abajo, pero todas las exteriores estaban cerradas con cerrojo. Unas exclamaciones súbitas de la multitud, lo hicieron saltar hacia a la ventana y mirar afuera. Vio la figura de un hombre moviéndose con rapidez por el césped hacia el edificio, lo vio ascender por los peldaños, luego la proyección de la pared lo ocultó. Hubo un ruido como de la puerta de la sala abriéndose y cerrándose, oyó pasos rápidos, pesados a lo largo del pasillo, los oyó ascender por la escalera, los oyó en el suelo sin alfombra de la cámara inmediata sobre su cabeza.
Saylor sacó su pistola con presteza, y se abrió camino a tientas por la escalera, entró a la cámara, iluminada vagamente desde la calle. No había nadie allí. Oyó unos pasos en una habitación contigua y entró a ésta. Estaba oscura y silenciosa. Se golpeó el pie con algún objeto en el suelo, se arrodilló junto a éste, pasó su mano sobre éste. Era una cabeza humana, la de una mujer. Alzándola por los cabellos, este hombre con nervios de hierro volvió a la habitación medio iluminada de abajo, la llevó cerca de la ventana y la examinó con atención. Mientras estaba tan ocupado, fue medio consciente del rápido abrir y cerrar de la puerta exterior, de unas pisadas sonoras a su alrededor. Levantó los ojos de su espantoso objeto de atención, y se vio en el centro de una multitud de hombres y mujeres vagamente visibles, la habitación estaba abarrotada de éstos. Pensó que la gente había entrado.
-Damas y caballeros -dijo fríamente-, ustedes me ven en unas circunstancias sospechosas, pero... -su voz se ahogó en un fragor de risa, esa risa que se oye en los asilos de locos. Las personas a su alrededor señalaron el objeto en su mano, y su júbilo aumentó cuando él lo soltó y éste fue rodando hacia los pies de éstas. Éstas bailaron a su alrededor, con gestos grotescos y actitudes obscenas e indescriptibles. Lo golpearon con sus pies, impeliéndolo por la habitación de pared a pared; se empujaron y derribaron las unas a las otras en sus luchas por patearlo; maldijeron, gritaron y cantaron tramos de canciones procaces, mientras la cabeza maltratada saltaba por la habitación como con terror, y tratando de escapar. Por último fue disparada por la puerta hacia la sala, y seguida por todos con prisa tumultuosa. En ese momento la puerta se cerró con una aguda concusión. Saylor estaba solo, en un silencio mortuorio.
Poniendo aparte su pistola con cuidado, que todo el tiempo había tenido en su mano, fue a una ventana y miró afuera. La calle estaba desierta y silenciosa; los faroles estaban apagados, los tejados y las chimeneas de las casas se delineaban agudamente contra la luz del amanecer en el este. Dejó la casa, la puerta cedió a su mano fácilmente, y caminó hacia la oficina del Commercial. El editor citadino estaba aún en su oficina, dormido. Saylor lo despertó y le dijo: -Yo he estado en la casa embrujada.
El editor se le quedó mirando absorto, como no despierto por completo. -¡Buen Dios! -gritó-, ¿usted es Saylor?
-Sí, ¿por qué no?-. El editor no le dio respuesta, pero continuó mirándolo.
-Yo pasé la noche allí, parece -dijo Saylor.
-Dicen que las cosas estaban extrañamente tranquilas por ahí -dijo el editor, jugando con un pisapapeles hacia el que había bajado los ojos-, ¿ocurrió alguna cosa?
-Ninguna cosa.

Título original: A Fruitless Assignment, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, Muddy Morning, XX.

jueves, 25 de marzo de 2010

Un velador junto al muerto

I

En la habitación superior de una vivienda desocupada, en la parte de San Francisco conocida como North Beach, yacía el cuerpo de un hombre bajo una sábana. La hora era cerca de las nueve de la noche, la habitación estaba iluminada por una única vela vagamente. Aunque hacía un tiempo caluroso las dos ventanas, contrario a la costumbre de dar abundante aire al muerto, estaban cerradas y las celosías bajadas. El mobiliario de la habitación consistía sólo de tres piezas: una butaca, un pequeño atril de lectura que sostenía la vela y una larga mesa de cocina que sostenía el cuerpo del hombre. Todo eso, como asimismo el cadáver, parecía haber sido traído recién; un observador, si hubiera habido uno, habría visto que todo estaba libre de polvo, mientras que todas las demás cosas de la habitación estaban cubiertas de éste con espesor, y había telarañas en los ángulos de las paredes.
Bajo la sábana los contornos del cuerpo podían ser rastreados, incluso las facciones; éstas teniendo esa aguzada definición no natural que parece pertenecer a los rostros de los muertos, pero que es realmente característica sólo de esos que han sido consumidos por la enfermedad. Por el silencio de la habitación, uno habría inferido de forma correcta que no estaba en la delantera de la casa, frente a una calle. Realmente, en frente no había nada más que el alto pecho de una roca, estando situada la trasera del edificio en una colina.
Mientras el reloj de la iglesia vecina estaba dando las nueve, con una indolencia que parecía implicar tal indiferencia al vuelo del tiempo, que uno apenas podía evitar preguntarse por qué se tomaba el trabajo de darla en absoluto, la única puerta de la habitación se abrió y entró un hombre, que avanzó hacia el cuerpo. Mientras hacía eso la puerta se cerró, al parecer por su propia voluntad; hubo un crujido, como el de una llave girada con dificultad, y el chasquido del cerrojo de la cerradura, cuando se disparó en su enchufe. Sobrevino un sonido de pisadas que se retiraban por el pasillo de afuera, y el hombre, según todas las apariencias, fue un prisionero. Avanzando hacia la mesa, se quedó mirando el cuerpo un momento; entonces, con un leve encogimiento de hombros, caminó hacia una de las ventanas y levantó la celosía. La oscuridad afuera era absoluta, los cristales estaban cubiertos de polvo, pero al frotarlos, pudo ver que la ventana estaba fortificada con fuertes barrotes de hierro, que la cruzaban a unas pulgadas del cristal, y se incrustaban en la mampostería a cada lado. Examinó la otra ventana. Era lo mismo. No manifestó una gran curiosidad por el asunto, ni incluso tanto como levantar el bastidor. Si era un prisionero, era al parecer uno tratable. Habiendo completado su examen de la habitación, se sentó en la butaca, tomó un libro de su bolsillo, arrastró el atril con su vela hacia su lado y empezó a leer.
El hombre era joven -no más de treinta años-, de tez oscura, estaba bien afeitado, de cabello castaño. Su rostro era delgado y de nariz larga, con una frente ancha y una “firmeza” en la barbilla y la mandíbula, que decían quienes la tenían denotaba resolución. Los ojos eran grises y firmes, sin moverse excepto con un propósito definitivo. Éstos estaban ahora, la mayor parte del tiempo, fijos en el libro, pero él los apartaba ocasionalmente y los volvía al cuerpo sobre la mesa; no, al parecer, por alguna fascinación lúgubre que, bajo tales circunstancias, se pudiera suponer se ejerciera incluso en una persona corajuda, ni con una rebelión consciente contra la influencia contraria que pudiera dominar a una tímida. Él lo miraba como si hubiera llegado en su lectura a algo que le recordara la sensación de sus entornos. Claramente, este velador junto al muerto estaba liberando su confianza con inteligencia y compostura, como le convenía.
Después de leer acaso una media hora, pareció haber llegado al final del capítulo, y puso el libro en silencio. Entonces se levantó y, tomando el atril de lectura del suelo, lo llevó a una esquina de la habitación, cerca de una de las ventanas, levantó la vela de éste y la regresó a la estufa vacía, ante la que había estado sentado.
Un momento después caminó hacia el cuerpo sobre la mesa, levantó la sábana y la volvió atrás desde la cabeza, descubriendo una masa de cabello oscuro y un delgado paño de lavarse, bajo el que se mostraron las facciones con una definición más angulosa que antes. Cubriendo sus ojos, al interponer su mano libre entre éstos y la vela, se quedó mirando a su compañero inmóvil con un respeto serio y tranquilo. Satisfecho con su inspección, tiró la sábana sobre el rostro otra vez y regresó a la silla, tomó algunos cerillos del candelero, se los puso en el bolsillo lateral de su saco-chaqueta y se sentó. Entonces levantó la vela de su enchufe y la miró de modo crítico, como calculando cuánto tiempo duraría. Ésta era apenas de dos pulgadas de largo, en otra hora estaría en la oscuridad. La repuso en el candelero y la sopló.
II

En la oficina de un médico en la calle Kearny, tres hombres estaban sentados alrededor de una mesa, bebiendo ponche y fumando. Era de noche tarde, casi medianoche, en efecto, y allí no había falta de ponche. El más grave de los tres, el dr. Helberson, era el anfitrión, era en sus habitaciones donde estaban sentados. Tenía unos treinta años de edad, los otros eran incluso más jóvenes, y todos eran médicos.
-El temor supersticioso con que los vivos miran a los muertos -dijo el dr. Helberson-, es hereditario e incurable. Uno no necesita estar más avergonzado de éste, que del hecho de que herede, por ejemplo, una incapacidad para las matemáticas, o una tendencia a mentir.
Los otros se rieron. -¿No debería un hombre estar avergonzado de mentir? -preguntó el más joven de los tres, que era de hecho un estudiante de medicina no graduado aún.
-Mi querido Harper, yo no dije nada de eso. La tendencia a mentir es una cosa, y mentir es otra.
-¿Pero usted piensa -dijo el tercer hombre-, que ese sentimiento supersticioso, ese miedo a los muertos, tan irracional como sabemos que es, es universal? Yo mismo no soy consciente de éste.
-Oh, pero está “en su sistema” para todo eso -replicó Helberson-, sólo se necesitan las condiciones adecuadas, lo que Shakespeare llama “la temporada confederada”, para que se manifieste de cierta forma muy desagradable, que le abrirá los ojos. Los médicos y los soldados, por supuesto, están mucho más libres de éste, que los otros.
-¡Los médicos y los soldados!, ¿por qué no agrega a los ahorcadores y los degolladores? Vamos a tener de todas las clases de asesinos.
-No, mi querido Mancher, los jurados no van a dejar que los ejecutores públicos adquieran suficiente familiaridad con la muerte, como para que ésta no los conmueva por completo.
El joven Harper, que se había estado sirviendo un puro fresco junto al aparador, retomó su asiento. -¿Cuáles condiciones consideraría usted, bajo las que cualquier hombre nacido de mujer, se volvería insoportablemente consciente de su parte, de nuestra debilidad común a este respecto? -preguntó de modo bastante verboso.
-Bueno, yo diría que si un hombre fuera encerrado toda una noche con un cadáver, solo, en un cuarto oscuro de una casa vacía, sin ningún cubre-cama para tirarse por la cabeza, y viviera eso sin volverse loco por completo, podría jactarse con justicia de no haber nacido de mujer, ni tampoco, como Macduff, de ser el producto de una sección de cesárea.
-Yo pensé que usted nunca terminaría de amontonar condiciones -dijo Harper-, pero yo conozco a un hombre que no es ni un médico ni un soldado, y que las aceptaría todas, por cualquier estaca1 que a usted le guste decir.
-¿Quién es él?
-Su nombre es Jarette, un extraño aquí, viene de mi pueblo en Nueva York. Yo no tengo dinero para ponerle a él, pero él se va a poner a sí mismo con creces.
-¿Cómo usted sabe eso?
-Él antes apostaría que comería. En cuanto al miedo, yo me atrevo a decir que él piensa que es algún trastorno cutáneo, o posiblemente un tipo particular de herejía religiosa.
¿Cómo luce él? -Helberson, evidentemente, empezaba a interesarse.
-Como Mancher aquí, podría ser su hermano gemelo.
-Yo acepto el desafío -dijo Helberson con presteza.
-Terriblemente agradecido a usted por el cumplido, estoy seguro -arrastró las palabras Mancher, que se estaba quedando dormido-. ¿No puedo meterme en eso?
-No contra mí -dijo Helberson-. Yo no quiero su dinero.
-Está bien -dijo Mancher-, yo seré el cadáver.
Los otros se rieron.
El resultado de esta loca conversación ya lo hemos visto.
III

Al apagar su magra asignación de vela, el objetivo del sr. Jarette era preservar ésta para alguna necesidad imprevista. Él pudo haber pensado también, o pensado a medias, que la oscuridad no sería peor en un momento que en otro, y que si la situación se volvía insoportable sería mejor tener un medio de ayuda, o incluso de salida. En todo caso, era sabio tener una pequeña reserva de luz, incluso, si sólo para que lo dejara mirar su reloj.
Tan pronto sopló la vela y la puso en el suelo a su lado, se instaló cómodo en la butaca, se recostó y cerró los ojos, confiando y esperando dormir. En eso se decepcionó, nunca en su vida se había sentido menos soñoliento, y a los pocos minutos renunció al intento. ¿Pero qué podía hacer? Él no podía andar a tientas en la oscuridad absoluta con el riesgo de golpearse, con el riesgo también de tropezar con la mesa y perturbar al muerto de forma grosera. Todos reconocemos el derecho de ellos a yacer en reposo, con inmunidad contra todo lo que es áspero y violento. Jarette casi tuvo éxito en hacerse creer, que las consideraciones de este tipo lo refrenaban de arriesgarse a una colisión, y se fijó a la silla.
Mientras estaba pensando de esta manera, le pareció que había oído un sonido tenue en la dirección de la mesa, qué tipo de sonido apenas podría habérselo explicado. No volvió la cabeza. ¿Por qué debía, en la oscuridad? Pero escuchó, ¿por qué no debía? Y al escuchar se sintió aturdido, y se agarró de los brazos de la butaca en busca de apoyo. Había un zumbido extraño en sus oídos, su cabeza parecía estallar, su pecho estaba oprimido por la constricción de su ropa. Se preguntó por qué era así, y si eso eran síntomas de miedo. Entonces, con una larga y fuerte expiración, su pecho pareció colapsar y, con la gran boqueada con que rellenó sus pulmones exhaustos, el vértigo lo abandonó, y supo que había escuchado con tal intensidad, que había contenido su respiración casi hasta la sofocación. La revelación fue vejatoria, se levantó, empujó la butaca con el pie y caminó a zancadas hacia el centro de la habitación. Pero uno no camina a zancadas lejos en la oscuridad, empezó a andar a tientas, y hallando la pared la siguió hacia el ángulo, se volvió, la siguió, pasó las dos ventanas y allí, en la otra esquina, hizo un violento contacto con el atril de lectura, volcándolo. Se hizo un alboroto que lo sobresaltó. Estaba molesto. -¿Cómo diablos pude haber olvidado dónde estaba?-, murmuró, y buscó a tientas su camino a lo largo de la tercera pared, hacia la estufa. -Tengo que poner las cosas bien-, dijo, tanteando el suelo en busca de la vela.
Habiéndola recuperado, la prendió y al instante volvió sus ojos a la mesa donde, naturalmente, nada había sufrido ningún cambio. El atril de lectura yacía en el suelo no observado: se había olvidado de “ponerlo bien”. Miró alrededor de la habitación, dispersando las sombras más profundas con movimientos de la vela en su mano, y cruzando hacia la puerta la probó, girando y tirando del pomo con todas sus fuerzas. Éste no cedió, y eso pareció brindarle cierta satisfacción; en efecto, la aseguró más firmemente con un pestillo que no había observado antes. Regresando a su butaca, miró su reloj: eran las nueve y media. Con un principio de sorpresa se llevó el reloj a la oreja. Éste no se había parado. La vela ahora se veía más corta. La apagó otra vez, poniéndola en el suelo a su lado como antes.
El sr. Jarette no estaba a su gusto, estaba claramente insatisfecho con sus entornos, y consigo mismo por ser así. “¿Qué tengo que temer?”, pensó. “Esto es ridículo y oprobioso, yo no voy a ser tan gran imbécil.” Pero el coraje no viene por decir “yo voy a tener coraje”, ni por reconocer su propiedad para la ocasión. Cuanto más se condenaba a sí mismo Jarette, más razón se daba para condenarse; cuanto mayor era el número de variaciones que ensayaba sobre el simple tema de la inocuidad de los muertos, más insoportable se hacía la discordia de sus emociones. -¡Qué! -gimoteó en voz alta en la angustia de su espíritu-, ¡qué!, ¿voy yo, que no tengo una sombra de superstición en mi naturaleza, yo, que no tengo una creencia en la inmortalidad, yo, que sé (y nunca más claro que ahora) que después de la vida es el sueño de un deseo, voy yo a perder a la vez mi apuesta, mi honor y mi autoestima, quizás mi razón, porque ciertos ancestros salvajes que habitan en cuevas y guaridas, tuvieron la noción monstruosa de que los muertos caminan por la noche?; en eso, de un modo claramente inequívoco, el sr. Jarette oyó detrás de sí el sonido leve, suave de unas pisadas ¡deliberada, regular, sucesivamente más cercanas!

IV

Justo antes del amanecer del día siguiente, el dr. Helberson y su joven amigo Harper viajaban con lentitud por las calles de North Beach, en el coupé del doctor.
-¿Tiene usted aún la confianza de la juventud en el coraje o la estolidez de su amigo? -dijo el hombre mayor-. ¿Usted cree que yo he perdido esta apuesta?
-Yo que sí -replicó el otro con un énfasis endeble.
-Bueno, en mi alma, yo espero eso.
Fue dicho con seriedad, casi con solemnidad. Hubo un silencio por unos momentos.
-Harper -retomó el médico, luciendo muy serio bajo las cambiantes medias-luces que entraban al carruaje, mientras pasaban por los faroles de calle-, yo no me siento cómodo por completo en este negocio. Si su amigo no me hubiera irritado, por la manera despectiva en que trató mi duda de su resistencia, una cualidad puramente física, y por la fría incivilidad de su sugerencia de que el cadáver fuera el de un médico, yo no hubiera ido a esto. Si algo ocurriera, estamos arruinados, como me temo que nos merecemos estar.
-¿Qué puede ocurrir? Incluso si la cosa debe tomar un giro serio, al cual no le temo en absoluto, Mancher sólo tiene que “resucitarse” a sí mismo y explicar las cosas. Con un “sujeto” genuino de la sala de disección, o con uno de sus finados pacientes, podría ser diferente.
El dr. Mancher, entonces, había sido tan bueno como su promesa, él fue el “cadáver”.
El dr. Helberson estuvo en silencio por largo tiempo, mientras el carruaje, a paso de tortuga, se deslizaba a lo largo de la misma calle por la que ya habían viajado dos o tres veces. De repente dijo: -Bueno, vamos a esperar que Mancher, si ha tenido que levantarse de los muertos, haya sido discreto sobre eso. Un error en eso podría poner las cosas peor, en lugar de mejor.
-Sí- dijo Harper -Jarette lo mataría. Pero, doctor- mirando su reloj mientras el carruaje pasaba por un farol de gas, -son cerca de las cuatro por fin.
Un momento después los dos habían renunciado al vehículo, y caminaban con animación hacia la casa largo tiempo desocupada, perteneciente al doctor, en la que habían encerrado al sr. Jarette, de acuerdo con los términos de la loca apuesta. Mientras se acercaban a ésta se encontraron con un hombre corriendo. -¿Pueden ustedes decirme -gritó, de repente controlando su velocidad-, dónde puedo encontrar un doctor?
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Helberson sin compromiso.
-Vaya y vea por sí mismo -dijo el hombre, retomando su carrera.
Se apuraron. Al llegar a la casa, vieron a varias personas entrando con apuro y excitación. En algunas de las viviendas cercanas y enfrente de la vía, las ventanas de las cámaras estaban elevadas, mostrando una profusión de cabezas. Todas las cabezas estaban haciendo preguntas, ninguna atendiendo a las preguntas de las otras. Algunas de las ventanas con las celosías cerradas estaban iluminadas, los inquilinos de esas habitaciones se estaban vistiendo para bajar. Exactamente, opuesto a la puerta de la casa que éstos buscaban, un farol de calle lanzaba una luz amarilla, insuficiente sobre la escena, pareciendo decir que podría destapar mucho más si lo deseara. Harper hizo una pausa en la puerta y puso una mano sobre el brazo de su compañero. -Todo está bien para nosotros, doctor-, dijo con una extrema agitación, que contrastó extrañamente con sus palabras libres y fáciles-, el juego se ha vuelto contra todos nosotros. No vamos a entrar ahí, yo estoy por un perfil bajo.
-Yo soy médico -dijo el dr. Helberson con calma-, puede que haya necesidad de uno.
Subieron hacia el umbral y estaban a punto de entrar. La puerta se abrió, el farol de calle opuesto iluminó el pasillo al que ésta se abría. Estaba lleno de hombres. Algunos habían ascendido por la escalera hasta el extremo más lejano y, negada la entrada arriba, esperaban una mejor suerte. Todos estaban hablando, ninguno escuchando. Súbitamente, en el rellano superior hubo una gran conmoción, un hombre se había lanzado por una puerta, y se escapaba de los que se esforzaban por detenerlo. A través de la masa de ociosos asustados venía empujándolos aparte, aplastándolos contra la pared de un lado, u obligándolos a pegarse a la baranda de la otra, agarrándolos por la garganta, golpeándolos salvajemente, impeliéndolos hacia abajo por la escalera y caminando sobre los caídos. Su ropa estaba en desorden, estaba sin sombrero. Sus ojos, salvajes e inquietos, tenían en sí algo más aterrador que su aparente fuerza sobrehumana. Su rostro, bien afeitado, estaba lívido, su cabello blanco como la escarcha.
Mientras la multitud al pie de la escalera, teniendo más libertad, se apartaba para dejarlo pasar, Harper se lanzó hacia delante. -¡Jarette! ¡Jarette! -gritó.
El dr. Helberson cogió a Harper por el cuello y lo arrastró hacia atrás. El hombre miró sus rostros al parecer sin verlos y se lanzó por la puerta, bajando por los peldaños hacia la calle, y lejos. Un policía robusto, que había tenido un éxito inferior en la conquista de su camino por la escalera, siguió un momento después y lo empezó a perseguir, todas las cabezas en las ventanas -las de las mujeres y los niños ahora- gritando la dirección.
La escalera estaba ahora despejada en parte, la mayoría de la multitud se había abalanzado a la calle, para observar el vuelo y la persecución, el Dr. Helberson montado en el aterrizaje, seguido por Harper. En una puerta del pasillo superior un oficial les negó la entrada. -Somos médicos-, dijo el doctor, y pasaron. La habitación estaba llena de hombres, vagamente visibles, agrupados alrededor de la mesa. Los recién llegados bordearon su camino hacia adelante, y miraron por encima de los hombros de aquellos en primera fila. Sobre la mesa, los miembros inferiores cubiertos por una sábana, yacía el cuerpo de un hombre, iluminado con brillantez por el haz de una linterna de ojo de buey, sostenida por un policía parado a los pies. Los otros, excepto los cercanos a la cabeza -el oficial mismo-, todos estaban en la oscuridad. ¡El rostro del cadáver se mostraba amarillo, repulsivo, horrible! Los ojos estaban parcialmente abiertos y vueltos hacia arriba, y la mandíbula caída; restos de espuma profanaban los labios, la barbilla, las mejillas. Un hombre alto, evidentemente un doctor, se inclinó sobre el cuerpo con su mano impelida bajo la pechera de la camisa. La retiró y puso dos dedos en la boca abierta. -Este hombre lleva cerca de seis horas muerto -dijo-. Es un caso para el forense.
Sacó una tarjeta de su bolsillo, se la entregó al oficial y se abrió camino hacia la puerta.
-¡Despejen la habitación, fuera todos! -dijo el oficial de forma cortante, y el cuerpo desapareció como si hubiera sido arrebatado, mientras él, moviendo la linterna, disparaba sus haces de luz aquí y allá, contra los rostros de la multitud. ¡El efecto fue asombroso! Los hombres cegados, confundidos, casi aterrados, salieron en abalanza tumultuosa por la puerta, empujando, apretujando y cayéndose unos sobre otros mientras huían, como los anfitriones de La noche antes de los ejes de Apolo. El oficial vertía su luz sin piedad y sin cesación sobre la masa luchadora, pisoteada. Atrapados en la corriente, Helberson y Harper fueron barridos de la habitación y bajaron en cascada por la escalera hacia la calle.
-¡Buen Dios, doctor! ¿No le dije que Jarette lo mataría? -dijo Harper, tan pronto estuvieron liberados de la multitud.
-Yo creo que lo hizo usted -replicó el otro, al parecer sin emoción.
Caminaron en silencio, cuadra tras cuadra. Contra el este grisáceo, las viviendas de las colinas salvajes mostraron su silueta. El familiar carro de la leche ya estaba activo por las calles, el panadero llegaría pronto a la escena, el repartidor de periódicos estaba fuera de la tierra.
-Me golpea, joven- dijo Helberson-, que usted y yo hemos estado mucho tiempo al aire de la mañana, últimamente. Es insalubre, necesitamos un cambio. ¿Qué dice usted de una gira por Europa?
-¿Cuándo?
-Yo no soy particular. Yo debo suponer, que a las cuatro de esta tarde sería lo suficiente temprano.
-Lo veré en el barco -dijo Harper.
V

Siete años después, estos dos hombres estaban sentados en un banco de Madison Square, en Nueva York, en una conversación familiar. Otro hombre, que los había estado observando por algún tiempo, él mismo no observado, se aproximó y, elevando su sombrero con cortesía desde unos bucles blancos como la escarcha, dijo: -Les pido disculpas, señores, pero cuando usted ha matado a un hombre para volver a la vida, es mejor cambiar de ropa con él, y en la primera oportunidad hacer una pausa para la libertad.
Helberson y Harper intercambiaron unas miradas significativas. Estaban evidentemente divertidos. El primero entonces miró a los ojos al extraño con amabilidad, y replicó:
-Ese siempre ha sido mi plan. Yo estoy de acuerdo con usted por completo, en cuanto a su advant.
Se detuvo de repente, se levantó y se puso blanco. Miró al hombre fijamente, con la boca abierta, tembló de modo visible.
-¡Ah! -dijo el extraño-, yo veo que usted está indispuesto, doctor. Si no puede tratarse a sí mismo, el dr. Harper puede hacer algo por usted, estoy seguro.
-¿Quién diablos es usted? -dijo Harper con brusquedad.
El extraño se acercó e, inclinándose hacia ellos, dijo en susurro: -Yo me llamo Jarette a veces, pero no me importa decirle a ustedes, por una vieja amistad, que yo soy el dr. William Mancher.
La revelación puso de pie a Harper. -¡Mancher! -gritó, y Helberson agregó: -¡Es verdad, por Dios!
-Sí -dijo el extraño, sonriendo vagamente-, es lo suficiente verdad, sin dudas.
Vaciló y pareció estar tratando de recordar algo, entonces empezó a tararear una tonada popular. Había olvidado, al parecer, la presencia de ellos.
-Mire esto, Mancher -dijo el mayor de los dos-, díganos sólo lo que ocurrió esa noche, a Jarette, usted sabe.
-¡Oh sí, sobre Jarette! -dijo el otro-. Es raro, yo debo haberme olvidado de decirles, lo digo tan a menudo. Ustedes ven, yo sabía, por oírlo mucho a él hablar consigo mismo, que estaba muy, bastante asustado. Así que yo no pude resistir la tentación de volver a la vida, y tener un poco de diversión con él, no pude, realmente. Eso estaba bien, aunque ciertamente yo no pensé que él lo fuera a tomar tan en serio, yo no pensé, de verdad. Y después, bueno, fue un trabajo duro cambiar de lugar con él, y entonces, ¡maldita sea, ustedes no me dejaron salir!
Nada podía exceder la ferocidad con que fueron lanzadas esas últimas palabras. Ambos hombres dieron un paso atrás con alarma.
-¿Nosotros?, ¿por qué, por qué? -tartamudeó Helberson, perdiendo su auto-dominio por completo-, nosotros no tuvimos nada que ver con eso.
-¿Yo no dije que ustedes eran los dres. Hellborn y Sharper1? -inquirió el hombre, riendo.
-Mi nombre es Helberson, sí, y este señor es el sr. Harper -replicó el primero, calmado por la risa-. Pero nosotros no somos médicos ahora, somos, bueno, maldita sea, viejo, somos jugadores.
Y esa era la verdad.
-Una profesión muy buena, muy buena, en efecto; y por cierto, yo espero que Sharper aquí, haya pagado el dinero de Jarette, como un apostador honesto. Una profesión muy buena y honorable -repitió pensativo, alejándose con descuido-, pero yo me aferro a lo viejo. Yo soy un alto, supremo oficial médico del asilo Bloomingdale, mi deber es curar al superintendente.

1Estaca, apuesta.
2"...dres. Hellborn y Sharper, dres. Nacido del infierno y Más afilado.

Título original: A Watcher by the Dead, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, diciembre de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Henri Fantin-Latour, Portrait of Edouard Manet, 1867.

martes, 23 de marzo de 2010

Aceite de perro


Mi nombre es Boffer Bings. Yo nací de padres honestos en uno de los andares más humildes de la vida, mi padre era un fabricante de aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño estudio a la sombra de la iglesia de la villa, donde disponía de los bebés no deseados. En mi pubertad fui entrenado en los hábitos de la industria; yo no sólo asistí a mi padre en procurar perros para sus tinas, sino también fui empleado por mi madre con frecuencia, para llevarle los desechos de su trabajo al estudio. En el cumplimiento de este deber, a veces tuve necesidad de toda mi inteligencia natural, pues todos los agentes de la ley de la vecindad se oponían al negocio de mi madre. Éstos no eran elegidos por una boleta de la oposición, y el asunto nunca se había hecho una cuestión política, simplemente sucedía así. El negocio de mi padre de hacer aceite de perro era, naturalmente, menos impopular, aunque los dueños de los perros perdidos lo miraban a veces con una sospecha, que se reflejaba hasta cierto punto en mí. Mi padre tenía como socios silenciosos a todos los médicos del pueblo, que raramente escribían una receta, que no contuviera lo que ellos se complacían en designar como aceicán. Era realmente la medicina más valiosa jamás descubierta. Pero la mayoría de las personas, no están dispuestas a hacer sacrificios personales por los afligidos, y era evidente que a muchos de los perros más gordos del pueblo, les habían prohibido jugar conmigo, un hecho que hería mi joven sensibilidad, y al mismo tiempo estuvo cerca de hacerme un pirata.
Mirando esos días atrás, yo no puedo sino lamentar por momentos, que por llevar de modo indirecto a mis amados padres a la muerte, fui el autor de un infortunio que afectó de forma profunda mi futuro.
Una noche, mientras pasaba por la fábrica de aceite de mi padre, con el cuerpo de un expósito del estudio de mi madre, vi a un alguacil que parecía estar observando de cerca mis movimientos. Siendo tan joven como era, yo había aprendido que los actos de un alguacil, o de cualquier carácter semejante, son causados por los motivos más reprensibles, y lo eludí colándome en la aceitería por una puerta lateral, que solía estar entreabierta. Yo la cerré enseguida y me quedé solo con mi muerto. Mi padre se había retirado por esa noche. La única luz en el lugar venía del horno, que brillaba con un rico, profundo carmesí debajo de una de las tinas, lanzando reflejos rubicundos a las paredes. Dentro del caldero el aceite seguía girando en indolente ebullición, empujando a la superficie ocasionalmente un pedazo de perro. Sentándome a esperar que el alguacil se fuera, tomé en mi regazo el cuerpo desnudo del expósito, y toqué con ternura su corto cabello sedoso. ¡Ah, qué bello era! Incluso a esa temprana edad yo era un apasionado aficionado de los niños, y mirando a ese querubín casi pude encontrar en mi corazón, el deseo de que la pequeña herida roja de su pecho -obra de mi querida madre- no hubiera sido mortal.
Había sido mi costumbre arrojar los bebés a un río, que la naturaleza había provisto expresamente para tal propósito, pero esa noche no me atrevía a dejar la aceitería por miedo al alguacil. “Después de todo,” me decía a mí mismo, “no puede importar mucho si lo pongo en ese caldero. Mi padre nunca sabrá si son los huesos de un cachorro, y las pocas muertes que puedan resultar de la administración de otro tipo de aceite al incomparable aceicán, no son importantes en una población que aumenta tan rápido.” En resumen, di el primer paso en el crimen, y me dio una tristeza indecible tirar a la criatura en el caldero.
Al día siguiente, un tanto para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, me informó a mí y a mi madre, que había obtenido la mejor calidad de aceite que se haya visto jamás, que los médicos a quienes había enseñado las muestras se habían pronunciado así. Añadió que no tenía conocimiento de cómo había obtenido tal resultado; los perros habían sido tratados con todo respeto, como usualmente, y eran de una raza ordinaria. Yo consideré mi deber explicarlo, lo que hice, aunque mi lengua se hubiera paralizado si pudiera haber previsto las consecuencias. Lamentando su previa ignorancia de las ventajas de combinar sus industrias, mis padres enseguida tomaron medidas para reparar el error. Mi madre mudó su estudio a un ala del edificio de la fábrica, y mis deberes en relación con el negocio cesaron; no fui requerido más para disponer de los cuerpos de los pequeños superfluos, y no hubo necesidad de perros seductores para su condena, pues mi padre los desechó por completo, aunque siguieron teniendo un lugar honorable en el nombre del aceite. Súbitamente arrojado a la ociosidad yo, naturalmente, podía haber esperado volverme vicioso y disoluto, pero no lo hice. La santa influencia de mi querida madre siempre estaba sobre mí, para protegerme de las tentaciones de los jóvenes acosados, y mi padre era diácono de una iglesia. ¡Ay, que por mi culpa estas estimables personas debieran llegar a tan mal final!
Hallando un doble provecho en su negocio, mi madre se dedicó a éste con nueva asiduidad. Eliminó no sólo a los bebés superfluos y no deseados en orden, sino que salió a los caminos y las veredas a recoger niños más crecidos, e incluso adultos que pudiera atraer a la aceitería. Mi padre también, enamorado de la calidad superior del aceite producido, proveyó para sus tinas con diligencia y celo. La conversión de sus vecinos en aceite de perro se convirtió, en resumen, en la única pasión de sus vidas, una absorbente y abrumadora codicia se apoderó de sus almas, y les sirvió en lugar de la esperanza del cielo por el que, asimismo, fueron inspirados.
Se habían vuelto ahora tan emprendedores, que se hizo una asamblea pública y se aprobaron resoluciones que los censuraban con severidad. Se dio a entender por el presidente, que cualquier otra incursión en la población sería recibida con un espíritu de hostilidad. Mis pobres padres dejaron la asamblea con el corazón roto, desesperados y, creo, no del todo cuerdos. De todos modos, consideré prudente no entrar a la aceitería con ellos esa noche, sino dormir afuera en el establo.
Cerca de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantarme y escudriñar por una ventana la habitación del horno, donde sabía que mi padre dormía ahora. Los fuegos ardían de forma tan brillante, como si esperaran que la cosecha del día siguiente fuera abundante. Uno de los grandes calderos estaba “bullendo” con lentitud, con una misteriosa apariencia de auto-restricción, como si aguardara un momento para exponer toda su energía. Mi padre no estaba en la cama, se había levantado en su ropa de noche y estaba preparando un lazo corredizo con una cuerda fuerte. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, yo sabía muy bien el propósito que tenía en mente. Acallado e inmóvil por el terror, yo no podía hacer nada en prevención o advertencia. Súbitamente, la puerta del apartamento de mi madre se abrió, sin ruido, y los dos se enfrentaron el uno al otro, ambos aparentemente sorprendidos. La señora también estaba en ropa de noche, y tenía en su mano derecha el utensilio de su oficio, una larga daga de hoja angosta.
Ella también había sido incapaz de negarse a sí misma el provecho último, que la acción no amistosa de los ciudadanos y mi ausencia le habían dejado. Por un instante se miraron el uno al otro con ojos llameantes, y luego saltaron juntos con una furia indescriptible. Vueltas y vueltas, la habitación en la que luchaban, la maldición del hombre, el aullido de la mujer, ambos peleando como demonios; ella para herirlo con la daga, él para estrangularla con sus grandes manos desnudas. Yo no sé cuánto tiempo tuve la desdicha de observar esa desagradable instancia de infelicidad doméstica, pero al fin, después de una lucha más vigorosa que lo usual, los combatientes se separaron súbitamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban evidencias de contacto. Por otro instante se miraron el uno al otro de la forma menos amable, entonces mi pobre padre herido, sintiendo la mano de la muerte sobre él, saltó hacia adelante, no pensando en la resistencia, tomó a mi querida madre entre sus brazos, la arrastró hacia el lado del caldero hirviente, reunió todas sus energías menguadas, ¡y saltó con ella! En un momento ambos habían desaparecido, y su aceite se añadió al del comité de ciudadanos que habían llamado el día anterior, con una invitación para una asamblea pública.
Convencido de que esos sucesos desdichados me cerraban todo camino a una carrera honorable en ese pueblo, me mudé a la famosa ciudad de Otumwee, donde estas memorias son escritas con un corazón lleno de remordimiento, por el acto incauto que implicó tan funesto desastre comercial.

Título original: The Oil of a Dog: A Tragic Episode in the Life of an Eminent Educator, publicado por primera vez en Oakland Tribune, octubre de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Jean-Baptiste-Simeon Chardin, Rabbit and Copper Pot, 1740.