domingo, 28 de marzo de 2010

Una asignación infructuosa


Henry Saylor, que fue asesinado en Covington, en una pelea con Antonio Finch, era un reportero de The Cincinnati Commercial. En 1859, una vivienda vacante de la calle Vine, en Cincinnati, se convirtió en el centro de excitación local, por las visiones y los sonidos extraños que, se decía, se observaban en ésta por la noche. De acuerdo al testimonio de muchos reputados residentes de la vecindad, éstos eran incompatibles con cualquier otra hipótesis de que la casa estaba embrujada. Figuras con algo singular no familiar a su alrededor, eran vistas por la multitud desde la acera, entrando y saliendo. Nadie podía decir dónde, justamente, aparecían en el césped abierto, en su camino a la puerta del frente por la que entraban, ni en qué punto exacto se desvanecían cuando salían; o más bien, mientras cada espectador estaba lo suficiente convencido de estas cosas, no había dos que convinieran. Todos eran similares en la variedad de sus descripciones de las mismas figuras. Algunos de los más audaces de la caterva curiosa, se aventuraron varias noches a pararse junto al umbral para interceptarlas, o fallando en eso, para echarles una mirada más cercana. Esos hombres corajudos, se dijo, fueron incapaces de forzar la puerta con su fuerza unida, y siempre fueron arrojados de los peldaños por algún organismo invisible, y lesionados con severidad; la puerta se abría inmediatamente después, al parecer por su propia voluntad, para admitir o liberar a algún visitante fantasmal. La vivienda era conocida como la casa de Roscoe, una familia con ese nombre había vivido allí por algunos años, y luego, uno por uno, desapareció; el último en irse fue una vieja. Las historias de juegos sucios y asesinatos sucesivos siempre habían sido abundantes, pero nunca fueron autenticadas.
Un día, durante la prevalencia de la excitación, Saylor se presentó en la oficina de órdenes del Commercial. Recibió una nota del editor citadino que decía lo siguiente: “Vaya y pase la noche solo en la casa embrujada de la calle Vine, y si ocurre alguna cosa que valga la pena haga dos columnas”. Saylor obedeció a su superior, no se podía permitir perder su posición en el periódico.
Avisado a la policía de su intención, efectuó una entrada por una ventana trasera antes del oscurecer, caminó por las habitaciones desiertas, privadas de mobiliario, polvorientas y desoladas, y se sentó por último en el recibidor, en un sofá viejo que había arrastrado desde otra habitación; observó el aumento de la tiniebla mientras se hacía de noche. Antes de que estuviera oscuro por completo, una multitud curiosa se había reunido en la calle, en silencio, según la regla, y expectante, con un mofador que profería su incredulidad y coraje por aquí y por allá, con comentarios despectivos o gritos procaces. Nadie sabía del ansioso vigilante interior. Éste temía prender una luz, las ventanas sin cortinas habrían revelado su presencia, obligándolo a insultar, posiblemente a injuriar. Además, era demasiado consciente para hacer cualquier cosa que debilitara sus impresiones, y no deseaba alterar ninguna de las condiciones habituales, bajo las que las manifestaciones se decía ocurrían.
Ahora estaba oscuro afuera, pero la luz de la calle iluminaba débilmente la parte de la habitación, donde él estaba. Había dejado abiertas todas las puertas en todo el interior, arriba y abajo, pero todas las exteriores estaban cerradas con cerrojo. Unas exclamaciones súbitas de la multitud, lo hicieron saltar hacia a la ventana y mirar afuera. Vio la figura de un hombre moviéndose con rapidez por el césped hacia el edificio, lo vio ascender por los peldaños, luego la proyección de la pared lo ocultó. Hubo un ruido como de la puerta de la sala abriéndose y cerrándose, oyó pasos rápidos, pesados a lo largo del pasillo, los oyó ascender por la escalera, los oyó en el suelo sin alfombra de la cámara inmediata sobre su cabeza.
Saylor sacó su pistola con presteza, y se abrió camino a tientas por la escalera, entró a la cámara, iluminada vagamente desde la calle. No había nadie allí. Oyó unos pasos en una habitación contigua y entró a ésta. Estaba oscura y silenciosa. Se golpeó el pie con algún objeto en el suelo, se arrodilló junto a éste, pasó su mano sobre éste. Era una cabeza humana, la de una mujer. Alzándola por los cabellos, este hombre con nervios de hierro volvió a la habitación medio iluminada de abajo, la llevó cerca de la ventana y la examinó con atención. Mientras estaba tan ocupado, fue medio consciente del rápido abrir y cerrar de la puerta exterior, de unas pisadas sonoras a su alrededor. Levantó los ojos de su espantoso objeto de atención, y se vio en el centro de una multitud de hombres y mujeres vagamente visibles, la habitación estaba abarrotada de éstos. Pensó que la gente había entrado.
-Damas y caballeros -dijo fríamente-, ustedes me ven en unas circunstancias sospechosas, pero... -su voz se ahogó en un fragor de risa, esa risa que se oye en los asilos de locos. Las personas a su alrededor señalaron el objeto en su mano, y su júbilo aumentó cuando él lo soltó y éste fue rodando hacia los pies de éstas. Éstas bailaron a su alrededor, con gestos grotescos y actitudes obscenas e indescriptibles. Lo golpearon con sus pies, impeliéndolo por la habitación de pared a pared; se empujaron y derribaron las unas a las otras en sus luchas por patearlo; maldijeron, gritaron y cantaron tramos de canciones procaces, mientras la cabeza maltratada saltaba por la habitación como con terror, y tratando de escapar. Por último fue disparada por la puerta hacia la sala, y seguida por todos con prisa tumultuosa. En ese momento la puerta se cerró con una aguda concusión. Saylor estaba solo, en un silencio mortuorio.
Poniendo aparte su pistola con cuidado, que todo el tiempo había tenido en su mano, fue a una ventana y miró afuera. La calle estaba desierta y silenciosa; los faroles estaban apagados, los tejados y las chimeneas de las casas se delineaban agudamente contra la luz del amanecer en el este. Dejó la casa, la puerta cedió a su mano fácilmente, y caminó hacia la oficina del Commercial. El editor citadino estaba aún en su oficina, dormido. Saylor lo despertó y le dijo: -Yo he estado en la casa embrujada.
El editor se le quedó mirando absorto, como no despierto por completo. -¡Buen Dios! -gritó-, ¿usted es Saylor?
-Sí, ¿por qué no?-. El editor no le dio respuesta, pero continuó mirándolo.
-Yo pasé la noche allí, parece -dijo Saylor.
-Dicen que las cosas estaban extrañamente tranquilas por ahí -dijo el editor, jugando con un pisapapeles hacia el que había bajado los ojos-, ¿ocurrió alguna cosa?
-Ninguna cosa.

Título original: A Fruitless Assignment, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, junio de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, Muddy Morning, XX.

jueves, 25 de marzo de 2010

Un velador junto al muerto

I

En la habitación superior de una vivienda desocupada, en la parte de San Francisco conocida como North Beach, yacía el cuerpo de un hombre bajo una sábana. La hora era cerca de las nueve de la noche, la habitación estaba iluminada por una única vela vagamente. Aunque hacía un tiempo caluroso las dos ventanas, contrario a la costumbre de dar abundante aire al muerto, estaban cerradas y las celosías bajadas. El mobiliario de la habitación consistía sólo de tres piezas: una butaca, un pequeño atril de lectura que sostenía la vela y una larga mesa de cocina que sostenía el cuerpo del hombre. Todo eso, como asimismo el cadáver, parecía haber sido traído recién; un observador, si hubiera habido uno, habría visto que todo estaba libre de polvo, mientras que todas las demás cosas de la habitación estaban cubiertas de éste con espesor, y había telarañas en los ángulos de las paredes.
Bajo la sábana los contornos del cuerpo podían ser rastreados, incluso las facciones; éstas teniendo esa aguzada definición no natural que parece pertenecer a los rostros de los muertos, pero que es realmente característica sólo de esos que han sido consumidos por la enfermedad. Por el silencio de la habitación, uno habría inferido de forma correcta que no estaba en la delantera de la casa, frente a una calle. Realmente, en frente no había nada más que el alto pecho de una roca, estando situada la trasera del edificio en una colina.
Mientras el reloj de la iglesia vecina estaba dando las nueve, con una indolencia que parecía implicar tal indiferencia al vuelo del tiempo, que uno apenas podía evitar preguntarse por qué se tomaba el trabajo de darla en absoluto, la única puerta de la habitación se abrió y entró un hombre, que avanzó hacia el cuerpo. Mientras hacía eso la puerta se cerró, al parecer por su propia voluntad; hubo un crujido, como el de una llave girada con dificultad, y el chasquido del cerrojo de la cerradura, cuando se disparó en su enchufe. Sobrevino un sonido de pisadas que se retiraban por el pasillo de afuera, y el hombre, según todas las apariencias, fue un prisionero. Avanzando hacia la mesa, se quedó mirando el cuerpo un momento; entonces, con un leve encogimiento de hombros, caminó hacia una de las ventanas y levantó la celosía. La oscuridad afuera era absoluta, los cristales estaban cubiertos de polvo, pero al frotarlos, pudo ver que la ventana estaba fortificada con fuertes barrotes de hierro, que la cruzaban a unas pulgadas del cristal, y se incrustaban en la mampostería a cada lado. Examinó la otra ventana. Era lo mismo. No manifestó una gran curiosidad por el asunto, ni incluso tanto como levantar el bastidor. Si era un prisionero, era al parecer uno tratable. Habiendo completado su examen de la habitación, se sentó en la butaca, tomó un libro de su bolsillo, arrastró el atril con su vela hacia su lado y empezó a leer.
El hombre era joven -no más de treinta años-, de tez oscura, estaba bien afeitado, de cabello castaño. Su rostro era delgado y de nariz larga, con una frente ancha y una “firmeza” en la barbilla y la mandíbula, que decían quienes la tenían denotaba resolución. Los ojos eran grises y firmes, sin moverse excepto con un propósito definitivo. Éstos estaban ahora, la mayor parte del tiempo, fijos en el libro, pero él los apartaba ocasionalmente y los volvía al cuerpo sobre la mesa; no, al parecer, por alguna fascinación lúgubre que, bajo tales circunstancias, se pudiera suponer se ejerciera incluso en una persona corajuda, ni con una rebelión consciente contra la influencia contraria que pudiera dominar a una tímida. Él lo miraba como si hubiera llegado en su lectura a algo que le recordara la sensación de sus entornos. Claramente, este velador junto al muerto estaba liberando su confianza con inteligencia y compostura, como le convenía.
Después de leer acaso una media hora, pareció haber llegado al final del capítulo, y puso el libro en silencio. Entonces se levantó y, tomando el atril de lectura del suelo, lo llevó a una esquina de la habitación, cerca de una de las ventanas, levantó la vela de éste y la regresó a la estufa vacía, ante la que había estado sentado.
Un momento después caminó hacia el cuerpo sobre la mesa, levantó la sábana y la volvió atrás desde la cabeza, descubriendo una masa de cabello oscuro y un delgado paño de lavarse, bajo el que se mostraron las facciones con una definición más angulosa que antes. Cubriendo sus ojos, al interponer su mano libre entre éstos y la vela, se quedó mirando a su compañero inmóvil con un respeto serio y tranquilo. Satisfecho con su inspección, tiró la sábana sobre el rostro otra vez y regresó a la silla, tomó algunos cerillos del candelero, se los puso en el bolsillo lateral de su saco-chaqueta y se sentó. Entonces levantó la vela de su enchufe y la miró de modo crítico, como calculando cuánto tiempo duraría. Ésta era apenas de dos pulgadas de largo, en otra hora estaría en la oscuridad. La repuso en el candelero y la sopló.
II

En la oficina de un médico en la calle Kearny, tres hombres estaban sentados alrededor de una mesa, bebiendo ponche y fumando. Era de noche tarde, casi medianoche, en efecto, y allí no había falta de ponche. El más grave de los tres, el dr. Helberson, era el anfitrión, era en sus habitaciones donde estaban sentados. Tenía unos treinta años de edad, los otros eran incluso más jóvenes, y todos eran médicos.
-El temor supersticioso con que los vivos miran a los muertos -dijo el dr. Helberson-, es hereditario e incurable. Uno no necesita estar más avergonzado de éste, que del hecho de que herede, por ejemplo, una incapacidad para las matemáticas, o una tendencia a mentir.
Los otros se rieron. -¿No debería un hombre estar avergonzado de mentir? -preguntó el más joven de los tres, que era de hecho un estudiante de medicina no graduado aún.
-Mi querido Harper, yo no dije nada de eso. La tendencia a mentir es una cosa, y mentir es otra.
-¿Pero usted piensa -dijo el tercer hombre-, que ese sentimiento supersticioso, ese miedo a los muertos, tan irracional como sabemos que es, es universal? Yo mismo no soy consciente de éste.
-Oh, pero está “en su sistema” para todo eso -replicó Helberson-, sólo se necesitan las condiciones adecuadas, lo que Shakespeare llama “la temporada confederada”, para que se manifieste de cierta forma muy desagradable, que le abrirá los ojos. Los médicos y los soldados, por supuesto, están mucho más libres de éste, que los otros.
-¡Los médicos y los soldados!, ¿por qué no agrega a los ahorcadores y los degolladores? Vamos a tener de todas las clases de asesinos.
-No, mi querido Mancher, los jurados no van a dejar que los ejecutores públicos adquieran suficiente familiaridad con la muerte, como para que ésta no los conmueva por completo.
El joven Harper, que se había estado sirviendo un puro fresco junto al aparador, retomó su asiento. -¿Cuáles condiciones consideraría usted, bajo las que cualquier hombre nacido de mujer, se volvería insoportablemente consciente de su parte, de nuestra debilidad común a este respecto? -preguntó de modo bastante verboso.
-Bueno, yo diría que si un hombre fuera encerrado toda una noche con un cadáver, solo, en un cuarto oscuro de una casa vacía, sin ningún cubre-cama para tirarse por la cabeza, y viviera eso sin volverse loco por completo, podría jactarse con justicia de no haber nacido de mujer, ni tampoco, como Macduff, de ser el producto de una sección de cesárea.
-Yo pensé que usted nunca terminaría de amontonar condiciones -dijo Harper-, pero yo conozco a un hombre que no es ni un médico ni un soldado, y que las aceptaría todas, por cualquier estaca1 que a usted le guste decir.
-¿Quién es él?
-Su nombre es Jarette, un extraño aquí, viene de mi pueblo en Nueva York. Yo no tengo dinero para ponerle a él, pero él se va a poner a sí mismo con creces.
-¿Cómo usted sabe eso?
-Él antes apostaría que comería. En cuanto al miedo, yo me atrevo a decir que él piensa que es algún trastorno cutáneo, o posiblemente un tipo particular de herejía religiosa.
¿Cómo luce él? -Helberson, evidentemente, empezaba a interesarse.
-Como Mancher aquí, podría ser su hermano gemelo.
-Yo acepto el desafío -dijo Helberson con presteza.
-Terriblemente agradecido a usted por el cumplido, estoy seguro -arrastró las palabras Mancher, que se estaba quedando dormido-. ¿No puedo meterme en eso?
-No contra mí -dijo Helberson-. Yo no quiero su dinero.
-Está bien -dijo Mancher-, yo seré el cadáver.
Los otros se rieron.
El resultado de esta loca conversación ya lo hemos visto.
III

Al apagar su magra asignación de vela, el objetivo del sr. Jarette era preservar ésta para alguna necesidad imprevista. Él pudo haber pensado también, o pensado a medias, que la oscuridad no sería peor en un momento que en otro, y que si la situación se volvía insoportable sería mejor tener un medio de ayuda, o incluso de salida. En todo caso, era sabio tener una pequeña reserva de luz, incluso, si sólo para que lo dejara mirar su reloj.
Tan pronto sopló la vela y la puso en el suelo a su lado, se instaló cómodo en la butaca, se recostó y cerró los ojos, confiando y esperando dormir. En eso se decepcionó, nunca en su vida se había sentido menos soñoliento, y a los pocos minutos renunció al intento. ¿Pero qué podía hacer? Él no podía andar a tientas en la oscuridad absoluta con el riesgo de golpearse, con el riesgo también de tropezar con la mesa y perturbar al muerto de forma grosera. Todos reconocemos el derecho de ellos a yacer en reposo, con inmunidad contra todo lo que es áspero y violento. Jarette casi tuvo éxito en hacerse creer, que las consideraciones de este tipo lo refrenaban de arriesgarse a una colisión, y se fijó a la silla.
Mientras estaba pensando de esta manera, le pareció que había oído un sonido tenue en la dirección de la mesa, qué tipo de sonido apenas podría habérselo explicado. No volvió la cabeza. ¿Por qué debía, en la oscuridad? Pero escuchó, ¿por qué no debía? Y al escuchar se sintió aturdido, y se agarró de los brazos de la butaca en busca de apoyo. Había un zumbido extraño en sus oídos, su cabeza parecía estallar, su pecho estaba oprimido por la constricción de su ropa. Se preguntó por qué era así, y si eso eran síntomas de miedo. Entonces, con una larga y fuerte expiración, su pecho pareció colapsar y, con la gran boqueada con que rellenó sus pulmones exhaustos, el vértigo lo abandonó, y supo que había escuchado con tal intensidad, que había contenido su respiración casi hasta la sofocación. La revelación fue vejatoria, se levantó, empujó la butaca con el pie y caminó a zancadas hacia el centro de la habitación. Pero uno no camina a zancadas lejos en la oscuridad, empezó a andar a tientas, y hallando la pared la siguió hacia el ángulo, se volvió, la siguió, pasó las dos ventanas y allí, en la otra esquina, hizo un violento contacto con el atril de lectura, volcándolo. Se hizo un alboroto que lo sobresaltó. Estaba molesto. -¿Cómo diablos pude haber olvidado dónde estaba?-, murmuró, y buscó a tientas su camino a lo largo de la tercera pared, hacia la estufa. -Tengo que poner las cosas bien-, dijo, tanteando el suelo en busca de la vela.
Habiéndola recuperado, la prendió y al instante volvió sus ojos a la mesa donde, naturalmente, nada había sufrido ningún cambio. El atril de lectura yacía en el suelo no observado: se había olvidado de “ponerlo bien”. Miró alrededor de la habitación, dispersando las sombras más profundas con movimientos de la vela en su mano, y cruzando hacia la puerta la probó, girando y tirando del pomo con todas sus fuerzas. Éste no cedió, y eso pareció brindarle cierta satisfacción; en efecto, la aseguró más firmemente con un pestillo que no había observado antes. Regresando a su butaca, miró su reloj: eran las nueve y media. Con un principio de sorpresa se llevó el reloj a la oreja. Éste no se había parado. La vela ahora se veía más corta. La apagó otra vez, poniéndola en el suelo a su lado como antes.
El sr. Jarette no estaba a su gusto, estaba claramente insatisfecho con sus entornos, y consigo mismo por ser así. “¿Qué tengo que temer?”, pensó. “Esto es ridículo y oprobioso, yo no voy a ser tan gran imbécil.” Pero el coraje no viene por decir “yo voy a tener coraje”, ni por reconocer su propiedad para la ocasión. Cuanto más se condenaba a sí mismo Jarette, más razón se daba para condenarse; cuanto mayor era el número de variaciones que ensayaba sobre el simple tema de la inocuidad de los muertos, más insoportable se hacía la discordia de sus emociones. -¡Qué! -gimoteó en voz alta en la angustia de su espíritu-, ¡qué!, ¿voy yo, que no tengo una sombra de superstición en mi naturaleza, yo, que no tengo una creencia en la inmortalidad, yo, que sé (y nunca más claro que ahora) que después de la vida es el sueño de un deseo, voy yo a perder a la vez mi apuesta, mi honor y mi autoestima, quizás mi razón, porque ciertos ancestros salvajes que habitan en cuevas y guaridas, tuvieron la noción monstruosa de que los muertos caminan por la noche?; en eso, de un modo claramente inequívoco, el sr. Jarette oyó detrás de sí el sonido leve, suave de unas pisadas ¡deliberada, regular, sucesivamente más cercanas!

IV

Justo antes del amanecer del día siguiente, el dr. Helberson y su joven amigo Harper viajaban con lentitud por las calles de North Beach, en el coupé del doctor.
-¿Tiene usted aún la confianza de la juventud en el coraje o la estolidez de su amigo? -dijo el hombre mayor-. ¿Usted cree que yo he perdido esta apuesta?
-Yo que sí -replicó el otro con un énfasis endeble.
-Bueno, en mi alma, yo espero eso.
Fue dicho con seriedad, casi con solemnidad. Hubo un silencio por unos momentos.
-Harper -retomó el médico, luciendo muy serio bajo las cambiantes medias-luces que entraban al carruaje, mientras pasaban por los faroles de calle-, yo no me siento cómodo por completo en este negocio. Si su amigo no me hubiera irritado, por la manera despectiva en que trató mi duda de su resistencia, una cualidad puramente física, y por la fría incivilidad de su sugerencia de que el cadáver fuera el de un médico, yo no hubiera ido a esto. Si algo ocurriera, estamos arruinados, como me temo que nos merecemos estar.
-¿Qué puede ocurrir? Incluso si la cosa debe tomar un giro serio, al cual no le temo en absoluto, Mancher sólo tiene que “resucitarse” a sí mismo y explicar las cosas. Con un “sujeto” genuino de la sala de disección, o con uno de sus finados pacientes, podría ser diferente.
El dr. Mancher, entonces, había sido tan bueno como su promesa, él fue el “cadáver”.
El dr. Helberson estuvo en silencio por largo tiempo, mientras el carruaje, a paso de tortuga, se deslizaba a lo largo de la misma calle por la que ya habían viajado dos o tres veces. De repente dijo: -Bueno, vamos a esperar que Mancher, si ha tenido que levantarse de los muertos, haya sido discreto sobre eso. Un error en eso podría poner las cosas peor, en lugar de mejor.
-Sí- dijo Harper -Jarette lo mataría. Pero, doctor- mirando su reloj mientras el carruaje pasaba por un farol de gas, -son cerca de las cuatro por fin.
Un momento después los dos habían renunciado al vehículo, y caminaban con animación hacia la casa largo tiempo desocupada, perteneciente al doctor, en la que habían encerrado al sr. Jarette, de acuerdo con los términos de la loca apuesta. Mientras se acercaban a ésta se encontraron con un hombre corriendo. -¿Pueden ustedes decirme -gritó, de repente controlando su velocidad-, dónde puedo encontrar un doctor?
-¿Qué es lo que pasa? -preguntó Helberson sin compromiso.
-Vaya y vea por sí mismo -dijo el hombre, retomando su carrera.
Se apuraron. Al llegar a la casa, vieron a varias personas entrando con apuro y excitación. En algunas de las viviendas cercanas y enfrente de la vía, las ventanas de las cámaras estaban elevadas, mostrando una profusión de cabezas. Todas las cabezas estaban haciendo preguntas, ninguna atendiendo a las preguntas de las otras. Algunas de las ventanas con las celosías cerradas estaban iluminadas, los inquilinos de esas habitaciones se estaban vistiendo para bajar. Exactamente, opuesto a la puerta de la casa que éstos buscaban, un farol de calle lanzaba una luz amarilla, insuficiente sobre la escena, pareciendo decir que podría destapar mucho más si lo deseara. Harper hizo una pausa en la puerta y puso una mano sobre el brazo de su compañero. -Todo está bien para nosotros, doctor-, dijo con una extrema agitación, que contrastó extrañamente con sus palabras libres y fáciles-, el juego se ha vuelto contra todos nosotros. No vamos a entrar ahí, yo estoy por un perfil bajo.
-Yo soy médico -dijo el dr. Helberson con calma-, puede que haya necesidad de uno.
Subieron hacia el umbral y estaban a punto de entrar. La puerta se abrió, el farol de calle opuesto iluminó el pasillo al que ésta se abría. Estaba lleno de hombres. Algunos habían ascendido por la escalera hasta el extremo más lejano y, negada la entrada arriba, esperaban una mejor suerte. Todos estaban hablando, ninguno escuchando. Súbitamente, en el rellano superior hubo una gran conmoción, un hombre se había lanzado por una puerta, y se escapaba de los que se esforzaban por detenerlo. A través de la masa de ociosos asustados venía empujándolos aparte, aplastándolos contra la pared de un lado, u obligándolos a pegarse a la baranda de la otra, agarrándolos por la garganta, golpeándolos salvajemente, impeliéndolos hacia abajo por la escalera y caminando sobre los caídos. Su ropa estaba en desorden, estaba sin sombrero. Sus ojos, salvajes e inquietos, tenían en sí algo más aterrador que su aparente fuerza sobrehumana. Su rostro, bien afeitado, estaba lívido, su cabello blanco como la escarcha.
Mientras la multitud al pie de la escalera, teniendo más libertad, se apartaba para dejarlo pasar, Harper se lanzó hacia delante. -¡Jarette! ¡Jarette! -gritó.
El dr. Helberson cogió a Harper por el cuello y lo arrastró hacia atrás. El hombre miró sus rostros al parecer sin verlos y se lanzó por la puerta, bajando por los peldaños hacia la calle, y lejos. Un policía robusto, que había tenido un éxito inferior en la conquista de su camino por la escalera, siguió un momento después y lo empezó a perseguir, todas las cabezas en las ventanas -las de las mujeres y los niños ahora- gritando la dirección.
La escalera estaba ahora despejada en parte, la mayoría de la multitud se había abalanzado a la calle, para observar el vuelo y la persecución, el Dr. Helberson montado en el aterrizaje, seguido por Harper. En una puerta del pasillo superior un oficial les negó la entrada. -Somos médicos-, dijo el doctor, y pasaron. La habitación estaba llena de hombres, vagamente visibles, agrupados alrededor de la mesa. Los recién llegados bordearon su camino hacia adelante, y miraron por encima de los hombros de aquellos en primera fila. Sobre la mesa, los miembros inferiores cubiertos por una sábana, yacía el cuerpo de un hombre, iluminado con brillantez por el haz de una linterna de ojo de buey, sostenida por un policía parado a los pies. Los otros, excepto los cercanos a la cabeza -el oficial mismo-, todos estaban en la oscuridad. ¡El rostro del cadáver se mostraba amarillo, repulsivo, horrible! Los ojos estaban parcialmente abiertos y vueltos hacia arriba, y la mandíbula caída; restos de espuma profanaban los labios, la barbilla, las mejillas. Un hombre alto, evidentemente un doctor, se inclinó sobre el cuerpo con su mano impelida bajo la pechera de la camisa. La retiró y puso dos dedos en la boca abierta. -Este hombre lleva cerca de seis horas muerto -dijo-. Es un caso para el forense.
Sacó una tarjeta de su bolsillo, se la entregó al oficial y se abrió camino hacia la puerta.
-¡Despejen la habitación, fuera todos! -dijo el oficial de forma cortante, y el cuerpo desapareció como si hubiera sido arrebatado, mientras él, moviendo la linterna, disparaba sus haces de luz aquí y allá, contra los rostros de la multitud. ¡El efecto fue asombroso! Los hombres cegados, confundidos, casi aterrados, salieron en abalanza tumultuosa por la puerta, empujando, apretujando y cayéndose unos sobre otros mientras huían, como los anfitriones de La noche antes de los ejes de Apolo. El oficial vertía su luz sin piedad y sin cesación sobre la masa luchadora, pisoteada. Atrapados en la corriente, Helberson y Harper fueron barridos de la habitación y bajaron en cascada por la escalera hacia la calle.
-¡Buen Dios, doctor! ¿No le dije que Jarette lo mataría? -dijo Harper, tan pronto estuvieron liberados de la multitud.
-Yo creo que lo hizo usted -replicó el otro, al parecer sin emoción.
Caminaron en silencio, cuadra tras cuadra. Contra el este grisáceo, las viviendas de las colinas salvajes mostraron su silueta. El familiar carro de la leche ya estaba activo por las calles, el panadero llegaría pronto a la escena, el repartidor de periódicos estaba fuera de la tierra.
-Me golpea, joven- dijo Helberson-, que usted y yo hemos estado mucho tiempo al aire de la mañana, últimamente. Es insalubre, necesitamos un cambio. ¿Qué dice usted de una gira por Europa?
-¿Cuándo?
-Yo no soy particular. Yo debo suponer, que a las cuatro de esta tarde sería lo suficiente temprano.
-Lo veré en el barco -dijo Harper.
V

Siete años después, estos dos hombres estaban sentados en un banco de Madison Square, en Nueva York, en una conversación familiar. Otro hombre, que los había estado observando por algún tiempo, él mismo no observado, se aproximó y, elevando su sombrero con cortesía desde unos bucles blancos como la escarcha, dijo: -Les pido disculpas, señores, pero cuando usted ha matado a un hombre para volver a la vida, es mejor cambiar de ropa con él, y en la primera oportunidad hacer una pausa para la libertad.
Helberson y Harper intercambiaron unas miradas significativas. Estaban evidentemente divertidos. El primero entonces miró a los ojos al extraño con amabilidad, y replicó:
-Ese siempre ha sido mi plan. Yo estoy de acuerdo con usted por completo, en cuanto a su advant.
Se detuvo de repente, se levantó y se puso blanco. Miró al hombre fijamente, con la boca abierta, tembló de modo visible.
-¡Ah! -dijo el extraño-, yo veo que usted está indispuesto, doctor. Si no puede tratarse a sí mismo, el dr. Harper puede hacer algo por usted, estoy seguro.
-¿Quién diablos es usted? -dijo Harper con brusquedad.
El extraño se acercó e, inclinándose hacia ellos, dijo en susurro: -Yo me llamo Jarette a veces, pero no me importa decirle a ustedes, por una vieja amistad, que yo soy el dr. William Mancher.
La revelación puso de pie a Harper. -¡Mancher! -gritó, y Helberson agregó: -¡Es verdad, por Dios!
-Sí -dijo el extraño, sonriendo vagamente-, es lo suficiente verdad, sin dudas.
Vaciló y pareció estar tratando de recordar algo, entonces empezó a tararear una tonada popular. Había olvidado, al parecer, la presencia de ellos.
-Mire esto, Mancher -dijo el mayor de los dos-, díganos sólo lo que ocurrió esa noche, a Jarette, usted sabe.
-¡Oh sí, sobre Jarette! -dijo el otro-. Es raro, yo debo haberme olvidado de decirles, lo digo tan a menudo. Ustedes ven, yo sabía, por oírlo mucho a él hablar consigo mismo, que estaba muy, bastante asustado. Así que yo no pude resistir la tentación de volver a la vida, y tener un poco de diversión con él, no pude, realmente. Eso estaba bien, aunque ciertamente yo no pensé que él lo fuera a tomar tan en serio, yo no pensé, de verdad. Y después, bueno, fue un trabajo duro cambiar de lugar con él, y entonces, ¡maldita sea, ustedes no me dejaron salir!
Nada podía exceder la ferocidad con que fueron lanzadas esas últimas palabras. Ambos hombres dieron un paso atrás con alarma.
-¿Nosotros?, ¿por qué, por qué? -tartamudeó Helberson, perdiendo su auto-dominio por completo-, nosotros no tuvimos nada que ver con eso.
-¿Yo no dije que ustedes eran los dres. Hellborn y Sharper1? -inquirió el hombre, riendo.
-Mi nombre es Helberson, sí, y este señor es el sr. Harper -replicó el primero, calmado por la risa-. Pero nosotros no somos médicos ahora, somos, bueno, maldita sea, viejo, somos jugadores.
Y esa era la verdad.
-Una profesión muy buena, muy buena, en efecto; y por cierto, yo espero que Sharper aquí, haya pagado el dinero de Jarette, como un apostador honesto. Una profesión muy buena y honorable -repitió pensativo, alejándose con descuido-, pero yo me aferro a lo viejo. Yo soy un alto, supremo oficial médico del asilo Bloomingdale, mi deber es curar al superintendente.

1Estaca, apuesta.
2"...dres. Hellborn y Sharper, dres. Nacido del infierno y Más afilado.

Título original: A Watcher by the Dead, publicado por primera vez en San Francisco Examiner, diciembre de 1889, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Henri Fantin-Latour, Portrait of Edouard Manet, 1867.

martes, 23 de marzo de 2010

Aceite de perro


Mi nombre es Boffer Bings. Yo nací de padres honestos en uno de los andares más humildes de la vida, mi padre era un fabricante de aceite de perro, y mi madre tenía un pequeño estudio a la sombra de la iglesia de la villa, donde disponía de los bebés no deseados. En mi pubertad fui entrenado en los hábitos de la industria; yo no sólo asistí a mi padre en procurar perros para sus tinas, sino también fui empleado por mi madre con frecuencia, para llevarle los desechos de su trabajo al estudio. En el cumplimiento de este deber, a veces tuve necesidad de toda mi inteligencia natural, pues todos los agentes de la ley de la vecindad se oponían al negocio de mi madre. Éstos no eran elegidos por una boleta de la oposición, y el asunto nunca se había hecho una cuestión política, simplemente sucedía así. El negocio de mi padre de hacer aceite de perro era, naturalmente, menos impopular, aunque los dueños de los perros perdidos lo miraban a veces con una sospecha, que se reflejaba hasta cierto punto en mí. Mi padre tenía como socios silenciosos a todos los médicos del pueblo, que raramente escribían una receta, que no contuviera lo que ellos se complacían en designar como aceicán. Era realmente la medicina más valiosa jamás descubierta. Pero la mayoría de las personas, no están dispuestas a hacer sacrificios personales por los afligidos, y era evidente que a muchos de los perros más gordos del pueblo, les habían prohibido jugar conmigo, un hecho que hería mi joven sensibilidad, y al mismo tiempo estuvo cerca de hacerme un pirata.
Mirando esos días atrás, yo no puedo sino lamentar por momentos, que por llevar de modo indirecto a mis amados padres a la muerte, fui el autor de un infortunio que afectó de forma profunda mi futuro.
Una noche, mientras pasaba por la fábrica de aceite de mi padre, con el cuerpo de un expósito del estudio de mi madre, vi a un alguacil que parecía estar observando de cerca mis movimientos. Siendo tan joven como era, yo había aprendido que los actos de un alguacil, o de cualquier carácter semejante, son causados por los motivos más reprensibles, y lo eludí colándome en la aceitería por una puerta lateral, que solía estar entreabierta. Yo la cerré enseguida y me quedé solo con mi muerto. Mi padre se había retirado por esa noche. La única luz en el lugar venía del horno, que brillaba con un rico, profundo carmesí debajo de una de las tinas, lanzando reflejos rubicundos a las paredes. Dentro del caldero el aceite seguía girando en indolente ebullición, empujando a la superficie ocasionalmente un pedazo de perro. Sentándome a esperar que el alguacil se fuera, tomé en mi regazo el cuerpo desnudo del expósito, y toqué con ternura su corto cabello sedoso. ¡Ah, qué bello era! Incluso a esa temprana edad yo era un apasionado aficionado de los niños, y mirando a ese querubín casi pude encontrar en mi corazón, el deseo de que la pequeña herida roja de su pecho -obra de mi querida madre- no hubiera sido mortal.
Había sido mi costumbre arrojar los bebés a un río, que la naturaleza había provisto expresamente para tal propósito, pero esa noche no me atrevía a dejar la aceitería por miedo al alguacil. “Después de todo,” me decía a mí mismo, “no puede importar mucho si lo pongo en ese caldero. Mi padre nunca sabrá si son los huesos de un cachorro, y las pocas muertes que puedan resultar de la administración de otro tipo de aceite al incomparable aceicán, no son importantes en una población que aumenta tan rápido.” En resumen, di el primer paso en el crimen, y me dio una tristeza indecible tirar a la criatura en el caldero.
Al día siguiente, un tanto para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, me informó a mí y a mi madre, que había obtenido la mejor calidad de aceite que se haya visto jamás, que los médicos a quienes había enseñado las muestras se habían pronunciado así. Añadió que no tenía conocimiento de cómo había obtenido tal resultado; los perros habían sido tratados con todo respeto, como usualmente, y eran de una raza ordinaria. Yo consideré mi deber explicarlo, lo que hice, aunque mi lengua se hubiera paralizado si pudiera haber previsto las consecuencias. Lamentando su previa ignorancia de las ventajas de combinar sus industrias, mis padres enseguida tomaron medidas para reparar el error. Mi madre mudó su estudio a un ala del edificio de la fábrica, y mis deberes en relación con el negocio cesaron; no fui requerido más para disponer de los cuerpos de los pequeños superfluos, y no hubo necesidad de perros seductores para su condena, pues mi padre los desechó por completo, aunque siguieron teniendo un lugar honorable en el nombre del aceite. Súbitamente arrojado a la ociosidad yo, naturalmente, podía haber esperado volverme vicioso y disoluto, pero no lo hice. La santa influencia de mi querida madre siempre estaba sobre mí, para protegerme de las tentaciones de los jóvenes acosados, y mi padre era diácono de una iglesia. ¡Ay, que por mi culpa estas estimables personas debieran llegar a tan mal final!
Hallando un doble provecho en su negocio, mi madre se dedicó a éste con nueva asiduidad. Eliminó no sólo a los bebés superfluos y no deseados en orden, sino que salió a los caminos y las veredas a recoger niños más crecidos, e incluso adultos que pudiera atraer a la aceitería. Mi padre también, enamorado de la calidad superior del aceite producido, proveyó para sus tinas con diligencia y celo. La conversión de sus vecinos en aceite de perro se convirtió, en resumen, en la única pasión de sus vidas, una absorbente y abrumadora codicia se apoderó de sus almas, y les sirvió en lugar de la esperanza del cielo por el que, asimismo, fueron inspirados.
Se habían vuelto ahora tan emprendedores, que se hizo una asamblea pública y se aprobaron resoluciones que los censuraban con severidad. Se dio a entender por el presidente, que cualquier otra incursión en la población sería recibida con un espíritu de hostilidad. Mis pobres padres dejaron la asamblea con el corazón roto, desesperados y, creo, no del todo cuerdos. De todos modos, consideré prudente no entrar a la aceitería con ellos esa noche, sino dormir afuera en el establo.
Cerca de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantarme y escudriñar por una ventana la habitación del horno, donde sabía que mi padre dormía ahora. Los fuegos ardían de forma tan brillante, como si esperaran que la cosecha del día siguiente fuera abundante. Uno de los grandes calderos estaba “bullendo” con lentitud, con una misteriosa apariencia de auto-restricción, como si aguardara un momento para exponer toda su energía. Mi padre no estaba en la cama, se había levantado en su ropa de noche y estaba preparando un lazo corredizo con una cuerda fuerte. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, yo sabía muy bien el propósito que tenía en mente. Acallado e inmóvil por el terror, yo no podía hacer nada en prevención o advertencia. Súbitamente, la puerta del apartamento de mi madre se abrió, sin ruido, y los dos se enfrentaron el uno al otro, ambos aparentemente sorprendidos. La señora también estaba en ropa de noche, y tenía en su mano derecha el utensilio de su oficio, una larga daga de hoja angosta.
Ella también había sido incapaz de negarse a sí misma el provecho último, que la acción no amistosa de los ciudadanos y mi ausencia le habían dejado. Por un instante se miraron el uno al otro con ojos llameantes, y luego saltaron juntos con una furia indescriptible. Vueltas y vueltas, la habitación en la que luchaban, la maldición del hombre, el aullido de la mujer, ambos peleando como demonios; ella para herirlo con la daga, él para estrangularla con sus grandes manos desnudas. Yo no sé cuánto tiempo tuve la desdicha de observar esa desagradable instancia de infelicidad doméstica, pero al fin, después de una lucha más vigorosa que lo usual, los combatientes se separaron súbitamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban evidencias de contacto. Por otro instante se miraron el uno al otro de la forma menos amable, entonces mi pobre padre herido, sintiendo la mano de la muerte sobre él, saltó hacia adelante, no pensando en la resistencia, tomó a mi querida madre entre sus brazos, la arrastró hacia el lado del caldero hirviente, reunió todas sus energías menguadas, ¡y saltó con ella! En un momento ambos habían desaparecido, y su aceite se añadió al del comité de ciudadanos que habían llamado el día anterior, con una invitación para una asamblea pública.
Convencido de que esos sucesos desdichados me cerraban todo camino a una carrera honorable en ese pueblo, me mudé a la famosa ciudad de Otumwee, donde estas memorias son escritas con un corazón lleno de remordimiento, por el acto incauto que implicó tan funesto desastre comercial.

Título original: The Oil of a Dog: A Tragic Episode in the Life of an Eminent Educator, publicado por primera vez en Oakland Tribune, octubre de 1890, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Jean-Baptiste-Simeon Chardin, Rabbit and Copper Pot, 1740.

martes, 16 de marzo de 2010

El secreto del barranco de Macarger


Al norte poniente de Colina india, a unas nueve millas a vuelo de cuervo1, está el barranco de Macarger. Éste no tiene mucho de barranco, es una mera depresión entre dos cimas boscosas de altura inconsiderable. Desde su boca hasta su cabeza -pues los barrancos, como los ríos, tienen su propia anatomía- la distancia no excede las dos millas, y la anchura del fondo es, en sólo un lugar, de más de doce yardas; en la mayor parte de la distancia, a ambos lados del pequeño arroyo que se desagua en invierno, y se seca en la primavera temprana no hay terreno llano en absoluto; las escarpadas laderas de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiza, están partidas nada más que por la anchura del curso del agua. Nadie, excepto el ocasional cazador intrépido de la vecindad, va nunca al barranco de Macarger, que cinco millas adelante se desconoce, incluso por el nombre. Dentro de esa distancia, en cualquier dirección, hay muchas más conspicuas características topográficas sin nombre, y uno podría intentar en vano averiguar, por pesquisa local, el origen del nombre de éste.
A medio camino entre la cabeza y la boca del barranco de Macarger, la colina de la derecha, mientras usted asciende, está hendida por otro barranco, uno corto y seco, y en la juntura de los dos hay un espacio llano de dos o tres acres; y allí, hace unos pocos años, había una vieja casa de tablas, que tenía una pequeña habitación. ¿Cómo las partes componentes de la casa, pocas y simples como eran, habían sido ensambladas en aquel punto casi inaccesible?, es un problema, en cuya solución habría más satisfacción que beneficio. Posiblemente, el lecho del riachuelo fuera un camino reformado. Es cierto que el barranco, en un tiempo, fue explorado de modo bastante minucioso por los mineros, que debieron haber tenido algún medio para entrar, al menos, con animales de carga que llevaban los utensilios y los suministros; sus beneficios, al parecer, no fueron tales como para justificar cualquier desembolso considerable, para conectar el barranco de Macarger con cualquier centro civilizado, que disfrutara la distinción de un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí en su mayor parte. Le faltaba la puerta y el marco de la ventana, y la chimenea de barro y piedras había devenido en una hacina no atractiva, cubierta de yerbajos tupidos. El humilde moblaje que pudo haber alguna vez, y la mayor parte de las bajas tablas de chilla, habían servido de combustible en las fogatas de los cazadores; como había asimismo, probablemente, el brocal del viejo pozo que, en el tiempo que escribo, existía en forma de una depresión cercana, bastante ancha pero no muy profunda.
Una tarde del verano de 1874, yo subía por el barranco de Macarger, desde el valle estrecho hacia donde éste se abre, siguiendo el lecho seco del arroyo. Estaba cazando codornices, y había logrado una bolsa de unos doce pájaros en el momento que había alcanzado la casa descrita, de cuya existencia era ignorante hasta entonces. Después de inspeccionar la ruina con bastante descuido, reanudé mi deporte, y teniendo justamente un gran éxito lo prolongué hasta cerca del atardecer, cuando se me ocurrió que estaba a un largo camino de cualquier habitáculo humano, demasiado lejos para alcanzar uno al anochecer. Pero en mi morral había comida, y la vieja casa podría brindarme refugio, si se necesitaba refugio en una noche cálida y seca, en las estribaciones de la Sierra Nevada, donde uno podía dormir cómodo sobre las agujas de pino, sin cobija. Yo soy un aficionado a la soledad y amo la noche, así, mi resolución de “acampar” pronto fue tomada, y para el tiempo que estuvo oscuro, ya tenía hecha mi cama de ramas y hierbas en una esquina de la habitación, y estaba asando una codorniz al fuego que había prendido en el hogar. El humo se escapaba por la arruinada chimenea, la luz iluminaba la habitación con su benévolo resplandor, y mientras yo comía mi sencilla comida de un simple pájaro, y me bebía los restos de una botella de vino tinto, que me había servido toda la tarde en lugar del agua, que la región no me había provisto, experimenté una sensación de comodidad, que mejores tarifas y alojamientos no siempre ofrecían.
No obstante, allí faltaba algo. Yo tenía una sensación de comodidad, pero no de seguridad. Me detecté a mí mismo mirando la puerta abierta y la ventana vacía con más frecuencia, de lo que podía encontrar justificado hacer. Fuera de esas aberturas todo estaba negro, y yo era incapaz de reprimir una cierta sensación de aprensión, mientras mi fantasía pintaba el mundo de afuera y lo llenaba con entidades no amistosas, naturales y sobrenaturales, entre las que estaban de modo principal, en sus respectivas clases, el oso pardo, que yo sabía era visto aún ocasionalmente por esa región, y el fantasma, que tenía una razón para pensar no era visto. Infortunadamente, nuestras sensaciones no siempre respetan la ley de probabilidades, y para mí en esa noche, lo posible y lo imposible eran igualmente inquietantes.
Todo quien haya tenido una experiencia en el asunto, debe haber observado que uno enfrenta los peligros verdaderos e imaginarios de la noche, con mucha menos aprensión al aire libre que en una casa con una puerta abierta. Yo sentía eso ahora, mientras yacía en mi sofá frondoso en una esquina de la habitación, junto a la chimenea, y permitía que mi fuego muriera. Tan fuerte se volvió mi sensación de la presencia de algo maligno y amenazador en el lugar, que me encontré a mí mismo casi incapaz de apartar los ojos de la abertura, mientras que en la profunda oscuridad ésta se volvía más y más indistinta. Y cuando la última pequeña llama parpadeó y se apagó, agarré la escopeta con la que yacía al costado, y volví el cañón en dirección de la ahora invisible entrada, mi pulgar en uno de los martillos, listo a montar la pieza, mi respiración suspendida, mis músculos rígidos por la tensión. Pero más tarde bajé el arma con una sensación de vergüenza y mortificación. ¿Qué temía, y por qué? Yo, para quien la noche había sido

un rostro más familiar
que el del hombre...

¡Yo, en quien ese elemento de superstición hereditaria, del que ninguno de nosotros está libre por completo, había conferido a la soledad, la oscuridad y el silencio sólo un interés y un encanto más seductor! Era incapaz de entender mi locura y, perdido en la conjetura de la cosa conjeturada, me quedé dormido.
Estaba en una gran ciudad, en una tierra extranjera, una ciudad cuyas personas eran de mi propia raza, con mínimas diferencias de habla y vestido; aunque cuáles eran éstas precisamente, no podía decirlo, mi sensación de éstas era indistinta. La ciudad estaba dominada por un gran castillo sobre una altura prominente, cuyo nombre sabía pero no podía decir. Yo caminaba por muchas calles, algunas anchas y rectas, con edificios altos, modernos; algunas estrechas, lóbregas y tortuosas, entre los gabletes de viejas casas curiosas, cuyos pisos voladizos, y elaborados ornamentos con esculpidos en piedra y madera, se hallaban casi encima de mi cabeza.
Buscaba a alguien a quien nunca había visto, aunque sabía que debía reconocerlo cuando lo encontrara. Mi búsqueda no era sin designio y fortuita, tenía un método definido. Yo volvía de una calle a otra sin vacilación, y avanzaba por una ofuscación de pasajes intrincados, exento del miedo a perder mi camino.
Al instante, me paré ante una puerta baja, en una casa de piedra plana, que podía haber sido la vivienda de un artesano de la mejor clase, y entré sin anunciarme. La habitación, amueblada de modo bastante escaso, e iluminada por una sola ventana con cristales en forma de diamante, tenía sólo dos ocupantes, un hombre y una mujer. No se dieron cuenta de mi intrusión, una circunstancia que, a la manera de los sueños, parecía natural por entero. No estaban conversando, estaban sentados aparte, desocupados y taciturnos.
La mujer era joven y bastante robusta, de finos ojos grandes y cierta belleza grave; mi recuerdo de su expresión es sumamente vívido, pero en los sueños uno no observa los detalles de los rostros. Sobre sus hombros había un chal a cuadros. El hombre era mayor, moreno, con un rostro maligno, que se hacía más amenazador por una larga cicatriz, que se extendía desde cerca de la sien izquierda de modo diagonal, bajando hasta el bigote negro; aunque en mi sueño ésta parecía antes rondar el rostro, como una cosa aparte -no puedo expresarlo de otra forma-, que pertenecer a éste. En el momento que yo encontré al hombre y a la mujer, supe que eran marido y mujer.
Lo que siguió, lo recuerdo de modo indistinto; todo era confuso e inconsistente, hecho, pienso, de destellos de la conciencia. Era como si las dos imágenes, la escena de mi sueño y la de mis entornos actuales se hubieran mezclado, sobrepuesto la una a la otra, hasta que la anterior, diluyéndose gradualmente, desapareció, y yo estaba despierto plenamente en la cabaña desierta, tranquilo y consciente por entero de mi situación.
Mi miedo estúpido se había ido y, abriendo mis ojos, vi que mi fuego, que no ardía por completo, se había reavivado al caer un palo, e iluminaba la habitación de nuevo. Yo había dormido, probablemente, sólo unos minutos, pero mi sueño común, de algún modo, me había impresionado tan fuertemente, que ya no estaba soñoliento; y al cabo de un rato me levanté, puse las brasas de mi fuego juntas y, tras prender mi pipa, procedí a meditar sobre mi visión de una forma bastante metódica y ridícula.
Me habría aturdido entonces decir, en qué aspecto eso era digno de atención. En el primer momento de seria cavilación que concedí al asunto, reconocí la ciudad de mi sueño como Edimburgo, donde yo nunca había estado; así, si el sueño era un recuerdo, era un recuerdo de imágenes y descripción. El reconocer eso, de algún modo, me impresionó de forma profunda; era como si algo en mi mente insistiera en rebelarse contra la voluntad, y la razón de la importancia de todo eso. Y esa facultad, fuera la que fuera, afirmaba asimismo un control de mi habla. -Seguramente -dije en voz alta, de modo bastante involuntario-, los MacGregor deben haber venido aquí de Edimburgo.
Al momento, ni la sustancia de ese comentario, ni el hecho de haberlo hecho, me sorprendió lo más mínimo; me pareció natural por entero que yo conociera el nombre de la gente de mi sueño, y algo de su historia. Pero pronto se me aclaró el absurdo de todo eso. Me reí en voz alta, sacudí las cenizas de mi pipa y me tendí de nuevo en mi lecho de ramas y hierbas, donde yací mirando absorto el fuego agonizante, sin pensar más ni en el sueño ni en mis entornos. Súbitamente, la única llama que quedaba se redujo por un momento, entonces, saltando hacia arriba, se elevó en sí misma, separada de sus brasas, y expiró en el aire. La oscuridad fue absoluta.
En ese instante -al menos eso me pareció, antes que el destello de la llamarada se hubiera desvaído en mis ojos- hubo un sonido sordo, muerto, como el de un cuerpo pesado cayendo al suelo, que sacudió debajo de mí, donde yo yacía. Me levanté hacia una postura de sentado, y tanteé por mi arma en mi costado; tenía la noción, de que alguna bestia salvaje había saltado adentro por la ventana abierta. Mientras la endeble estructura seguía temblando por el impacto, oí un sonido de golpes, de unos pies arrastrados por el suelo, y entonces -pareció venir casi del alcance de mi mano- el agudo grito de una mujer en agonía mortal. Yo nunca había oído ni concebido un aullido tan horrible, éste me enervó por completo; ¡por un momento fui consciente nada más que de mi propio terror! Afortunadamente, mi mano encontró ahora el arma que había estado buscando, y el tacto familiar me restauró un tanto. Me puse en pie de un salto, esforzando mis ojos para penetrar la oscuridad. Los violentos sonidos habían cesado pero, más terrible que eso, ¡yo oía, con lo que parecían largos intervalos, el tenue jadeo intermitente de algo viviente, de una cosa muriente!
Mientras mis ojos se habituaban a la luz tenue de los carbones de la estufa, vi primero las formas de la puerta y la ventana, luciendo más negras que el negro de las paredes. Seguido, la distinción entre la pared y el suelo se tornó discernible, y por último fui sensible a las formas y la extensión completa del suelo, de un extremo al otro, de un costado al otro. Nada era visible y el silencio era inviolado.
Con una mano que temblaba un poco, la otra aún agarrando mi arma, restauré mi fuego e hice un examen crítico del lugar. Allí no había en ningún lugar, algún signo de que la cabaña hubiera sido visitada. Mis propios rastros eran visibles en el polvo que cubría el suelo, pero no había otros allí. Yo volví a prender mi pipa, me abastecí de combustible fresco, arrancando uno o dos tablones delgados del interior de la casa -no tenía cuidado en ir a la oscuridad, afuera de la puerta-, y pasé el resto de la noche fumando y pensando, y alimentando mi fuego; ni por más años de vida habría permitido que la pequeña llama expirara de nuevo.
Unos años después, conocí en Sacramento a un hombre llamado Morgan, para quien tenía una nota de introducción de un amigo de San Francisco. Cenando con él en su casa una noche, observé varios “trofeos” en la pared, que indicaban era aficionado a la caza. Resultó que así era y, al relatar algunas de sus hazañas, mencionó haber estado en la región de mi aventura.
-Sr. Morgan -le pregunté abruptamente-, ¿conoce usted un lugar allá arriba, llamado el Barranco de Macarger?
-Yo tengo una buena razón para eso -replicó; -yo fui quien dio cuenta a la prensa, el año pasado, del hallazgo de un esqueleto allí.
Yo no había oído de eso; el cuento había sido publicado, al parecer, mientras estaba ausente, en el Este.
-Por cierto -dijo Morgan-, el nombre del barranco es una corrupción, debería ser llamado “de MacGregor”. Querida mía -añadió, hablando a su esposa, -el sr. Elderson ha volcado su vino.
Apenas era preciso. Simplemente, se me había caído, con vaso y todo.
-Hubo una vieja choza una vez, en el barranco -reasumió Morgan, cuando la ruina causada por mi torpeza había sido reparada-, pero justamente, previo a mi visita, había sido derribada, o antes demolida, pues sus escombros fueron dispersos por todo su alrededor; el mismo suelo fue partido, tablón por tablón. Entre dos traviesas que seguían en posición, mi compañero y yo observamos los restos de un chal a cuadros, y al examinarlo, hallamos que estaba envuelto en los hombros del cuerpo de una mujer, de la que quedaba muy poco, además de los huesos, cubiertos parcialmente por fragmentos de ropa, y una piel marrón y seca. Pero le vamos a ahorrar a la sra. Morgan -añadió con una sonrisa. La dama había mostrado, en verdad, signos de disgusto antes que de simpatía.
-Es necesario decir, sin embargo -siguió-, que el cráneo estaba fracturado en varios lugares, como por los golpes de algún instrumento romo; y que el propio instrumento, una pica de mano, todavía manchada de sangre, yacía bajo unos tablones cercanos.
El señor Morgan se volvió hacia su esposa. -Perdóname, querida mía -dijo con afectación solemne-, por mencionar estas peculiaridades desagradables, estos incidentes naturales, aunque lamentables, de una pelea conyugal, resultado, sin dudas, de una infortunada insubordinación de la esposa.
-Yo debería ser capaz de pasar por alto eso -replicó la dama con compostura, -tú me lo has pedido tantas veces, con esas mismas palabras...
Yo pensé que él parecía más bien contento de seguir con su historia.
-A partir de éstas y otras circunstancias -dijo-, el médico forense del jurado encontró que la difunta, Janet MacGregor, había hallado la muerte a causa de los golpes infligidos por alguna persona desconocida para el jurado; pero se añadió que las evidencias apuntaban fuertemente hacia su esposo, Thomas MacGregor, como la persona culpable. Pero Thomas MacGregor nunca fue encontrado, ni se oyó de él. Se supo que la pareja venía de Edimburgo, aunque no... querida mía, ¿no has observado, que el hueso del sr. Elderson tiene agua?
Yo había depositado un hueso de pollo en mi cuenco.
-Yo encontré, en un armario pequeño, una fotografía de MacGregor, pero eso no condujo a su captura.
-¿Me dejaría verla? -dije.
La imagen mostraba a un hombre moreno, con un rostro maligno, que se hacía más amenazador por una larga cicatriz, que se extendía desde cerca de la sien de modo diagonal, bajando hacia el bigote negro.
-Por cierto, sr. Elderson -dijo mi afable anfitrión-, ¿puedo yo saber, por qué usted preguntó por el barranco de Macarger?
-Yo perdí una mula cerca de ahí una vez -repliqué-, y esa desgracia me ha... me ha disgustado bastante.
-Querida mía -dijo el sr. Morgan con la entonación mecánica de un intérprete traduciendo-, la pérdida de la mula del sr. Elderson le ha puesto pimienta en su café.

1A vuelo de cuervo (expresión familiar), en línea recta.

Título original: The Secret of Macarger's Gulch, publicado por primera vez en The Wave, abril de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, The mountain man, XX.