miércoles, 2 de diciembre de 2009

El extraño


Un hombre caminó desde la oscuridad hacia el pequeño círculo iluminado, alrededor de nuestra fogata agonizante, y se sentó sobre una roca.
-Ustedes no son los primeros en explorar esta región- dijo gravemente.
Nadie contradijo su declaración; él mismo era la prueba de su verdad, pues no era de nuestra partida, y debió haber estado en algún lugar cercano cuando acampamos. Más aún, debía tener compañeros no lejos, no era un lugar donde uno pudiera estar viviendo o viajando solo. Por más de una semana habíamos visto, además de a nosotros mismos y a nuestros animales, sólo a tales seres vivos como víboras de cascabel y sapos cornudos. En el desierto de Arizona uno no coexistía mucho tiempo sólo, con criaturas como esas: uno debía tener animales de carga, suministros, armas: un "equipo". Y todo eso implicaba camaradas. Fue acaso la duda, de qué clase de hombres podían ser los camaradas de ese extraño inceremonioso, junto a algo en sus palabras interpretado como un desafío, que provocó que cada hombre de nuestra media docena de “caballeros aventureros” se levantara hacia una postura de sentado, y pusiera su mano sobre el arma, un acto que significaba en ese tiempo y lugar una política de expectativa. El extraño no prestó atención al asunto, y empezó a hablar otra vez en el mismo tono deliberado, inalterable y monótono, en que había proferido su primera sentencia:
-Hace treinta años Ramón Gallegos, William Shaw, George M. Kent y Berry Davis, todos de Tucson, cruzaron las montañas de Santa Catalina y viajaron hacia el oeste, tanto como la configuración de la comarca lo permitía. Estábamos buscando y nuestra intención era, si no hallábamos nada, continuar hasta el río Gila en algún punto cerca de Big Bend, donde entendíamos que había un poblado. Teníamos un buen equipo pero no un guía, sólo Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.
El hombre repitió los nombres con lentitud y distinción, como para fijarlos en las memorias de su audiencia, cada miembro de la cual lo observaba ahora atentamente, pero con una aprensión relajada respecto a sus posibles compañeros en algún lugar de la oscuridad, que parecía encerrarnos como un muro negro; en las maneras de ese historiador voluntario no había una sugerencia de propósito no amistoso. Su acto era más de un lunático inofensivo que de un enemigo. Nosotros no éramos tan nuevos en la comarca, como para no saber que la vida solitaria de muchos llaneros, tenía la tendencia a desarrollar excentricidades de conducta y carácter, que no siempre se distinguían fácilmente de la aberración mental. Un hombre era como un árbol: en una foresta con sus colegas, crecía tan derecho como su naturaleza genérica e individual se lo permitiera; solo en un campo abierto cedía a las tensiones y torsiones deformantes que lo rodeaban. Algunos de tales pensamientos estaban en mi mente, mientras yo miraba al hombre desde la sombra de mi sombrero, jalado hacia abajo para cubrirme de la luz del fuego. Un tipo insensato, sin dudas, ¿pero qué podía estar haciendo aquí, en el corazón del desierto?
Habiendo decidido contar esta historia, yo quisiera poder describir la apariencia del hombre, esa sería la cosa natural que hacer. Desafortunada, y un tanto extrañamente, me siento incapaz de hacerlo con algún grado de confianza, pues después no hubo dos de nosotros que convinieran en qué él usaba y cómo lucía; y cuando yo intenté registrar mis propias impresiones, éstas me eludieron. Cualquiera puede contar algún tipo de historia, la narración es uno de los poderes elementales de la raza. Pero el talento de la descripción es un don.
No habiendo nadie roto el silencio, el visitante empezó a decir:
-Esta comarca no era entonces lo que es ahora. No había un rancho entre el Gila y el Golfo. Había un poco de caza aquí y allá en las montañas, y cerca de los huecos de agua poco frecuentes, suficiente hierba para salvar a nuestros animales de la hambruna. Si hubiéramos tenido la fortuna de no encontrar indios, habríamos podido atravesarla. Pero en una semana, el propósito de la expedición había cambiado de descubrir riqueza, a conservar la vida. Habíamos ido demasiado lejos para volver atrás, pues lo que había adelante, no podía ser peor que lo que había atrás, así que continuamos, cabalgando de noche para evitar a los indios y el intolerable calor, y ocultándonos de día lo mejor que podíamos. A veces, habiendo agotado nuestras provisiones de carne salvaje y vaciado nuestras cantimploras, teníamos días sin comida ni agua; entonces un hueco de agua o una laguna poco profunda, al fondo de un arroyo, restauraba tanto nuestra fuerza y cordura, que éramos capaces de disparar a algunos animales salvajes que la buscaban también. A veces era un oso, a veces un antílope, un coyote, un puma, era como Dios quisiera, todo era comida.
Una mañana, mientras bordeábamos una cadena de montañas, buscando un paso practicable, fuimos atacados por una banda de apaches, que había seguido nuestro rastro por la quebrada, no está lejos de aquí. Sabiendo que nos superaban diez a uno, no tomaron ninguna de sus cobardes precauciones usuales, sino que se lanzaron sobre nosotros al galope, disparando y gritando. Pelear estaba fuera de cuestión: urgimos a nuestros animales débiles hacia la quebrada, tan lejos como había pie para un casco, después nos tiramos de nuestras monturas, y tomamos hacia el chaparral en una de las laderas, dejando al enemigo nuestro equipo entero. Pero retuvimos nuestros rifles, cada hombre: Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.
-La misma vieja pandilla- dijo el humorista de nuestra partida. Era un hombre del este, no familiarizado con las observancias decentes de la interacción social. Un gesto de desaprobación de nuestro líder lo silenció, y el extraño prosiguió su historia:
Los salvajes se apearon también, y algunos de ellos subieron corriendo por la quebrada, más allá del punto en que la habíamos dejado, cerrándonos además la retirada en esa dirección, y forzándonos hacia el costado. Desafortunadamente, el chaparral se extendía sólo una corta distancia por la ladera, y mientras llegábamos al campo abierto arriba, recibimos el fuego de una docena de rifles; pero los apaches disparan mal cuando están apurados, y Dios dispuso que ninguno de nosotros cayera. Veinte yardas arriba de la ladera, más allá del límite del matorral, había unos farallones verticales en los que, directo enfrente de nosotros, había una abertura estrecha. Por esta corrimos, y nos hallamos en una caverna tan grande, como la habitación de una casa ordinaria. Allí, por un tiempo, estábamos a salvo; un hombre solo con un rifle de repetición, podía defender la entrada contra todos los apaches de la tierra. Pero contra el hambre y la sed no teníamos defensa. Coraje seguíamos teniendo, pero la esperanza era un recuerdo.
A ninguno de esos indios lo vimos después, pero por el humo y el resplandor de sus fuegos en la quebrada, sabíamos que nos observaban día y noche, con los rifles preparados, en el límite del matorral; sabíamos que si hacíamos una salida, ningún hombre de nosotros viviría para dar tres pasos en campo abierto. Por tres días, vigilando por turno, nos mantuvimos allí hasta que nuestro sufrimiento se hizo insoportable. Entonces -era la mañana del cuarto día-, Ramón Gallegos dijo:
-Señores, yo no sé bien del buen Dios y de qué le place. Yo he vivido sin religión, y no estoy enterado de eso en ustedes. Perdón, señores, si los choqueo, pero para mí ha llegado la hora de romperle el juego a los apaches.
Se arrodilló en el suelo rocoso de la cueva, y presionó su pistola contra su sien. -Madre de Dios- dijo-, ahora va el alma de Ramón Gallegos.
-Y así nos dejó, a William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.
-Yo era el líder: me tocaba hablar.
-Fue un hombre valiente- dije-, supo cuándo morir, y cómo. Es una locura volverse loco de sed y caer bajo las balas de los apaches, o ser desollado vivo, es de mal gusto. Vamos a unirnos a Ramón Gallegos.
-Eso es cierto- dijo William Shaw.
-Eso es cierto- dijo George W. Kent.
-Yo estiré los miembros de Ramón Gallegos y puse un pañuelo sobre su cara. Entonces William Shaw dijo: -A mí me gustaría lucir así, por un rato pequeño.
Y George W. Kent dijo que sentía de ese modo también.
-Será eso- dije-, los diablos rojos esperarán una semana. William Shaw y George W. Kent, desenfunden y arrodíllense.
-Lo hicieron, y yo me paré frente a ellos.
-Dios todopoderoso, padre nuestro -dije yo.
-Dios todopoderoso, padre nuestro -dijo William Shaw.
-Dios todopoderoso, padre nuestro -dijo George W. Kent.
-Perdona nuestros pecados -dije yo.
-Perdona nuestros pecados -dijeron ellos.
-Y recibe nuestras almas.
-Y recibe nuestras almas.
-¡Amén!
-¡Amén!
-Yo los acosté junto a Ramón Gallegos y cubrí sus caras.
Hubo una rápida conmoción en el lado opuesto de la fogata: uno de nuestra partida se puso en pie de un salto, pistola en mano.
-¡Y tú! -gritó-, ¿ te atreviste a escapar?, ¿tú te atreves a estar vivo? ¡Tú, perro cobarde, yo te mandaré a que te unas a ellos, aunque me cuelguen por eso!
Pero con un salto de pantera el capitán estaba sobre él, agarrando su muñeca. -¡Aguántate, Sam Yountsey, aguántate!
Ahora todos estábamos de pie, excepto el extraño, que estaba sentado inmóvil y al parecer desatento. Alguien había aferrado el otro brazo de Yountsey.
-Capitán- dije-, aquí hay algo mal. Este tipo es un lunático o un simple mentiroso, sólo un común mentiroso de todos los días, que Yountsey no está llamado a matar. Si este hombre era de esa partida, ésta tenía cinco miembros, uno de los cuales, probablemente él mismo, él no ha nombrado.
-Sí- dijo el capitán liberando al insurgente, quien se sentó-, hay algo inusual. Hace unos años, cuatro cuerpos muertos de hombres blancos, sin cuero cabelludo y mutilados de modo vergonzoso, fueron hallados cerca de la boca de la cueva. Están enterrados ahí, yo he visto las tumbas, todos las veremos mañana.
El extraño se levantó, parándose alto a la luz del fuego moribundo, que en nuestra jadeante atención a su historia habíamos olvidado mantener vivo.
-Había cuatro- dijo-, Ramón Gallegos, William Shaw, George M. Kent y Berry Davis.
Con ese reiterado pase de lista a los muertos, caminó hacia la oscuridad y no lo vimos más.
En ese momento uno de nuestra partida, que había estado de guardia, se acercó a zancadas a nosotros rifle en mano y algo excitado.
-Capitán- dijo-, en la última media hora tres hombres han estado parados allá, en la mesa. Señaló en la dirección tomada por el extraño. -Pude verlos claramente, pues había luna, pero como no tenían armas y yo los tenía cubiertos con la mía, pensé que se iban. No han hecho nada, ¡pero los malditos!, me han tenido con los nervios de punta.
-Regresa a tu puesto, y quédate hasta que los veas de nuevo- dijo el capitán. -El resto de ustedes acuéstense de nuevo, o los voy a patear a todos hasta el fuego.
El centinela se retiró de modo obediente, jurando, y no regresó. Mientras arreglábamos nuestras mantas, el fogoso Yountsey dijo: -Disculpe, capitán, ¿pero quién diablos cree que eran?
-Ramón Gallegos, William Shaw y George W. Kent.
-¿Pero qué hay de Berry Davis? Yo debí haberle disparado.
-Ninguna necesidad, no podías haberlo matado más. Ve a dormir.

Título original: The Stranger, publicado por primera vez en Cosmopolitan, febrero de 1909, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Return to Camp (Detail), XX.