domingo, 25 de octubre de 2009

La isla de pinos


Por muchos años cerca del pueblo de Gallipolis, en Ohio, vivió un viejo llamado Herman Deluse. Muy poco se sabía de su historia, pues él mismo no quería hablar de ésta ni sufrir a los otros. Era una creencia común entre sus vecinos que había sido pirata, si había alguna mejor evidencia que su colección de garfios de abordaje, alfanjes y antiguas pistolas de chispa, nadie lo sabía. Vivía solo por completo en una casa pequeña de cuatro habitaciones, que se caía de podrida con rapidez y nunca fue reparada, más allá de lo requerido por el tiempo. Ésta se alzaba en una menuda elevación, en medio de un largo campo pedregoso, cubierto de zarzas y cultivado por parcelas, solamente, del modo más primitivo. Ésa era su única propiedad visible, que podía haberle brindado apenas un modo de vida, tan simple y magro como sus necesidades. Parecía tener siempre dinero al alcance, y pagaba en efectivo todas las compras con un rodeo por las tiendas del pueblo, sin comprar nunca más de dos o tres veces en el mismo lugar, hasta después de un lapso de tiempo considerable. Él no obtenía encomio, sin embargo, por esa distribución equitativa de su patrocinio, la gente se inclinaba a mirarlo como un intento ineficaz de ocultar su posesión de tanto dinero. Que él tenía grandes reservas de oro mal habido, enterradas en algún lugar de su vivienda hundida, no podía dudarlo de modo razonable ningún alma honesta, versada en los hechos de la tradición local y dotada de un sentido de lo propio de las cosas.
El 9 de noviembre de 1867 el viejo murió, al menos, su cuerpo muerto fue descubierto el 10, y los médicos testificaron que la muerte había ocurrido en las veinticuatro horas previas; cómo precisamente, fueron incapaces de decirlo, pues el examen post-mortem mostraba que todos los órganos estaban sanos en absoluto, sin indicio de desorden o violencia. Según ellos, la muerte debía haber tenido lugar hacia el mediodía, ya que el cuerpo fue hallado en la cama. El veredicto del médico forense fue que “había hallado su muerte a causa de una visita de Dios”. El cuerpo fue enterrado y el administrador público se hizo cargo del patrimonio.
Una búsqueda rigurosa no descubrió nada más, de lo que ya se sabía del hombre muerto, y la muy paciente excavación de los juiciosos y frugales vecinos, aquí y allá en la posesión, no dio recompensa. El administrador cerró la casa hasta el momento en que la propiedad, raíz y personal, fuera vendida por la ley, con vistas a sufragar parcialmente los gastos de la venta.
La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un furioso temporal sacudió la comarca alrededor, azotándola con una desoladora ventisca de aguanieve. Los grandes árboles fueron arrancados de la tierra y arrojados sobre los caminos. Nunca se había sabido de una noche tan salvaje en toda la región, pero hacia la mañana la tormenta se había sofocado y quedado sin aliento, y el día amaneció claro y radiante. Hacia las ocho de esa mañana, el rev. Henry Galbraith, un conocido y muy estimado ministro luterano, llegó a pie a su casa, a milla y media del lugar de Deluse. El sr. Galbraith había estado por un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un buque de vapor, y desembarcado en Gallipolis la tarde previa, había obtenido de inmediato una calesa y un caballo, y se había ido a casa. La violencia de la tormenta lo había rezagado por la noche, y por la mañana los árboles caídos lo habían obligado a abandonar su transporte y continuar el viaje a pie.
-¿Pero dónde pasaste la noche? -inquirió su esposa, después que él había relatado su aventura con brevedad.
-Con el viejo Deluse en la “isla de pinos” -fue su risible réplica-, y pasé un tiempo bastante sombrío en ésta. Él no hizo ninguna objeción a que me quedara, pero no le pude sacar ni una palabra.
Afortunadamente, en interés de la verdad, estaba presente en la conversación el sr. Robert Mosely Maren, abogado y littérateur de Columbus, el mismo que había escrito el delicioso Los papeles de Mellowcraft. Advirtiendo, aunque al parecer no compartiendo, el estupor causado por la respuesta del sr. Galbraith, esta persona perspicaz refrenó con un gesto las exclamaciones que naturalmente siguieron, e inquirió de modo tranquilo: -¿Cómo fue que usted entró allí?
Ésta es la versión del sr. Maren de la réplica del sr. Galbraith:
-Yo vi una luz moviéndose por la casa, y estando casi ciego por el aguanieve, y además medio helado, me dirigí a la entrada y amarré mi caballo en la vieja baranda del establo, donde está ahora. Entonces toqué la puerta, y al no recibir una invitación entré sin ninguna. La habitación estaba oscura, pero teniendo cerillos encontré una vela y la prendí. Intenté entrar a la habitación contigua, pero la puerta estaba trabada, y aunque yo oía las pesadas pisadas del viejo adentro, él no daba respuesta a mis llamadas. No había fuego en la chimenea, así que hice uno y me acosté (sic) delante de ésta, con mi sobretodo bajo mi cabeza, y me preparé para dormir. Muy pronto, la puerta que yo había probado se abrió en silencio, y el viejo entró llevando una vela. Le hablé con amabilidad, pidiéndole disculpas por mi intrusión, pero él no me advirtió. Parecía estar buscando algo, aunque sus ojos estaban inmóviles en sus cuencas. Me pregunté si andaría en su sueño. Hizo un circuito en parte del camino, alrededor de la habitación, y salió de la misma forma que había entrado. Volvió a la habitación dos veces más antes de que yo me durmiera, actuando exactamente del mismo modo, y partiendo como al principio. En los intervalos lo oía vagando por toda la casa, sus pisadas eran claramente audibles en las pausas de la tormenta. Cuando me desperté por la mañana ya se había ido. El sr. Maren intentó algunas preguntas más, pero fue incapaz de contener las lenguas de los familiares por más tiempo; la historia de la muerte de Deluse y su entierro fue revelada, para gran estupor del buen ministro.
-La explicación de su aventura es muy sencilla -dijo el sr. Maren-. Yo no creo que el viejo Deluse ande en sueños, no en este suyo actual; pero usted, evidentemente, sueña en los suyos.
Y con esa visión del asunto, el sr. Galbraith se vio obligado a convenir con reticencia.
No obstante, a una hora tardía de la noche siguiente, estos dos caballeros se hallaban, acompañados por un hijo del ministro, en el camino enfrente de la casa del viejo Deluse. Había una luz adentro, ésta aparecía ya en una ventana, ya en otra. Los tres hombres avanzaron hacia la puerta. Justo al llegar a ésta, del interior vino una confusión de sonidos aterradores: ¡un choque de armas, de acero contra acero, de agudas explosiones, como de armas de fuego, de chillidos de mujeres, de gemidos y maldiciones de hombres en combate! Los investigadores se pararon por un momento, irresolutos, asustados. Entonces el sr. Galbraith probó la puerta. Ésta estaba trabada. Pero el ministro era un hombre de coraje, un hombre, además, con una fuerza hercúlea. Se retiró uno o dos pasos y se arrojó contra la puerta, golpeándola con su hombro derecho, y arrancándola del marco con un fuerte estruendo. En un momento los tres estuvieron adentro. ¡Oscuridad y silencio! El único sonido era el latido de sus corazones.
El sr. Maren se había provisto de cerillos y de una vela. Con cierta dificultad, producida por su excitación, prendió una luz, y procedieron a explorar el lugar, pasando de habitación a habitación. Todo estaba en disposición ordenada, como había sido dejado por el sheriff, nada había sido alterado. Una leve capa de polvo yacía en todas partes. La puerta trasera estaba semi abierta, como por descuido, y su primera idea fue que los autores de la juerga horrible pudieron haber escapado. La puerta fue abierta, y la luz de la vela brilló por el suelo. El expirado esfuerzo de la tormenta de la noche previa, había sido una leve caída de nieve; no había huellas, la blanca superficie estaba inviolada. Cerraron la puerta y entraron a la última habitación, de las cuatro que tenía la casa, la más alejada del camino, en un ángulo de la vivienda. Allí la vela en la mano del sr. Maren fue apagada de súbito por una corriente de aire. Casi de inmediato siguió el sonido de una caída pesada. Cuando la vela fue prendida de modo apurado, se vio al joven sr. Galbraith postrado en el suelo, a una pequeña distancia de los otros. Estaba muerto. Con una mano el cuerpo agarraba un pesado saco de monedas, cuyo posterior examen mostró eran todas de una vieja casa española. Directo sobre el cuerpo como yacía, había una tabla que había sido arrancada de sus sostenes en la pared, y era evidente que la bolsa había sido tomada de la cavidad así descubierta.
Otra pesquisa se hizo: otro examen post-mortem fracasó en revelar la probable causa de muerte. Otro veredicto de “la visita de Dios” dejó a todos en libertad de sacar sus propias conclusiones. El sr. Maren sostuvo que el joven había muerto de excitación.

Título original: The Isle of Pines, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, agosto de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Beyond The Ridge, XX.

jueves, 22 de octubre de 2009

Un diagnóstico de muerte


-Yo no soy tan supersticioso como algunos de sus médicos; los hombres de ciencia, como les complace ser llamados -dijo Hawver, replicando a una acusación que no había sido hecha-. Algunos de ustedes, sólo unos pocos, confieso, creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que no tienen la honestidad de llamar fantasmas. Yo no voy más lejos de la convicción de que los vivos, a veces, son vistos donde no están pero han estado; donde han vivido mucho tiempo, quizás de un modo tan intenso, como para haber dejado su impresión en todo lo que les rodeaba. Yo sé, en verdad, que un ambiente puede ser tan afectado por una persona, como para producir, mucho tiempo después, una imagen de sí misma en los ojos de otra. Indudablemente, la persona impresa tiene que ser el tipo justo de persona, como los ojos perceptores tienen que ser el tipo justo de ojos; los míos, por ejemplo.
-Sí, el tipo justo de ojos, las sensaciones convincentes para el tipo erróneo de cerebro -dijo el dr. Frayley, sonriendo.
-Gracias, a uno le gusta tener una expectativa satisfecha; esto es sobre la réplica, que yo supuse usted tendría la cortesía de hacer.
-Perdóneme. Pero usted dice que lo sabe. Eso es fácil de decir, ¿no cree? Quizás, usted no tendrá problema para decirme cómo lo supo.
-Usted lo llamaría una alucinación- dijo Hawver-, pero eso no importa. Y contó la historia.
El último verano yo fui, como sabe, a pasar el término del tiempo caluroso al pueblo de Meridian. El pariente, en cuya casa había intentado quedarme, estaba enfermo, así que busqué otro alojamiento. Después de alguna dificultad, tuve éxito en rentar una vivienda vacante, que había estado ocupada por un doctor excéntrico de nombre Mannering, que se había ido años antes nadie sabía a dónde, ni incluso su agente. Él había construido la casa él mismo, y había vivido en ésta con un viejo sirviente, por cerca de diez años. Su práctica, nunca muy extensa, después de unos años se había agotado por entero. No sólo eso, sino que él mismo se había apartado, casi por completo, de la vida social, y se había convertido en un recluso. A mí me dijo el doctor de la villa, la única persona con quien mantuvo alguna relación, que durante su retiro se había dedicado a una única línea de estudio, cuyo resultado había expuesto en un libro, que no se comendó a la aprobación de sus hermanos de profesión, quienes, en verdad, lo consideraban a él no sano por entero. Yo no he visto el libro, y no puedo ahora recordar su título, pero me han dicho que éste exponía una teoría, más bien, de espanto. Él mantenía que era posible, en muchos casos, que una persona de buena salud pronosticara su muerte con precisión, varios meses antes del suceso. El límite, yo creo, era dieciocho meses. Hubo cuentos locales, de que él había ejercido sus poderes de pronóstico, o quizás usted diría de diagnóstico; y se dijo que en cualquier instancia la persona, a cuyos amigos había advertido, había muerto de súbito en el tiempo señalado, y sin una causa asignada. Todo esto, de algún modo, no tiene nada que ver con lo que tengo que decir, yo pensé que podría divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, justo como cuando él había vivido en ésta. Era una vivienda más bien lúgubre, para alguien que no era ni un recluso ni un estudiante, y yo pienso que me dio algo de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; pues siempre sentí en ésta cierta melancolía, que no estaba en mi disposición natural, ni pienso, era debido a la soledad. Yo no tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre fui, como usted sabe, más bien aficionado a mi propia sociedad, siendo muy adicto a la lectura, aunque poco al estudio. Cualquiera fuera la causa, el efecto fue el desaliento y una sensación de mal inminente; eso era, especialmente, en el estudio del dr. Mannering, aunque esa habitación era la más luminosa y aireada de la casa. El retrato al óleo del doctor a tamaño natural, colgaba en esa habitación y parecía dominarla por completo. No había nada inusual en la pintura; el hombre era, evidentemente, bien parecido más bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metálico, un rostro bien afeitado y unos ojos serios, oscuros. Algo en la pintura siempre atraía y retenía mi atención. La apariencia del hombre se volvió familiar para mí, y más bien me hechizó.
Una noche, yo pasaba por esa habitación hacia mi dormitorio, con una lámpara, no había gas en Meridian. Me paré como de costumbre ante el retrato, que parecía tener a la luz de la lámpara una nueva expresión, no fácil de definir pero claramente extraña. Me interesó pero no me disturbó. Yo moví la lámpara de un lado a otro, y observé los efectos de la luz alterada. Mientras estaba ocupado en eso, sentí el impulso de voltearme. Y al hacerlo, ¡vi a un hombre que se movía por la habitación directo hacia mí! Tan pronto se acercó lo suficiente, para que la luz de la lámpara iluminara el rostro, vi que era el dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato estuviera caminando!
-Le pido disculpas -dije, algo fríamente-, pero si usted tocó, yo no lo oí.
Él me pasó a un palmo de distancia, levantó su dedo índice derecho como en advertencia y, sin una palabra, salió de la habitación, aunque yo observé su salida no más, de lo que había observado su entrada.
Por supuesto, no necesito decirle que eso fue, lo que usted llamaría una alucinación, y yo llamaría una aparición. Esa habitación tenía sólo dos puertas, una de las cuales estaba cerrada, la otra llevaba al dormitorio, de donde no había salida. Mi sensación al entender eso, no es una parte importante del incidente.
Indudablemente, esto le parecerá un “cuento de fantasmas”, un lugar muy común, algo construido sobre las líneas regulares dejadas por los viejos maestros del arte. Si fuera así, no se lo habría contado, incluso si fuera verdad. El hombre no estaba muerto, yo lo encontré hoy en la calle Unión. Me pasó por el lado entre la multitud.
Hawver había terminado su historia, y ambos hombres se quedaron en silencio. El dr. Frayley, de modo ausente, tamborileó en la mesa con sus dedos.
-¿Le dijo alguna cosa hoy?- preguntó-, ¿alguna cosa, por la que usted hubiera inferido que él no estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
-Quizás- continuó Frayley-, hizo una señal, un gesto, levantó un dedo como en advertencia. Es una treta que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de un diagnóstico, por ejemplo.
-Sí, lo hizo, justo al hacer su aparición. ¡Pero, buen Dios! ¿Usted lo conoció alguna vez?
Hawver, al parecer, se estaba poniendo nervioso.
-Yo lo conocía. Había leído su libro, como hará todo médico algún día. Es una de las más sorprendentes e importantes contribuciones del siglo a la ciencia médica. Sí, yo lo conocía, lo atendí en su enfermedad hace tres años. Él murió.
Hawver saltó de su silla, visiblemente disturbado. Caminó atrás y adelante por la habitación, luego se aproximó a su amigo y, con una voz no serena por completo, dijo: -Doctor, ¿usted tiene algo que decirme, como médico?
-No, Hawver, usted es el hombre más saludable que yo he conocido. Como amigo, le aconsejo que vaya a su habitación. Usted toca el violín como un ángel. Tóquelo, toque algo ligero y avivado. Saque ese maldito mal negocio de su mente.
Al día siguiente Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello, el arco sobre las cuerdas, su música abierta ante él en la marcha fúnebre de Chopin.

Título original: A Diagnosis of Death, publicado por primera vez en The New York Journal, diciembre de 1901, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Singer Sargent, Self Portrait, 1906.

domingo, 18 de octubre de 2009

El habitante de Carcosa


Pues hay diversas clases de muerte, algunas en las que el cuerpo permanece, y en algunas se desvanece por completo con el espíritu. Eso ocurre comúnmente sólo en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y nadie viendo el final, decimos que el hombre se ha perdido, o ido en un largo viaje, lo que en efecto ha hecho; pero a veces eso ha sucedido a la vista de muchos, como el abundante testimonio ha mostrado. En un tipo de muerte el espíritu muere asimismo, y se ha sabido que eso ha sucedido aún, mientras el cuerpo estuvo en vigor por muchos años. A veces, como se ha atestiguado verazmente, éste ha muerto con el cuerpo, pero después de una estación se ha elevado de nuevo, en ese lugar donde el cuerpo se había podrido.
Ponderando estas palabras de Hali (para quien el descanso de Dios), y cuestionando su sentido completo como uno quien, teniendo una intimación, aún duda de si no habrá algo más detrás de eso que ha discernido, no advertí dónde me había extraviado hasta que un súbito viento frío, golpeando mi rostro, revivió en mí la sensación de mis contornos. Yo observé con estupor que todo parecía no familiar. A todos mis costados se expandía la yerma y desolada extensión de una llanura, cubierta por una alta maleza de hierba reseca que susurraba y zumbaba bajo el viento del otoño, con saben los cielos qué sugestión misteriosa e inquietante. Sobresaliendo con largos intervalos arriba de ésta, se paraban unas rocas de labrado extraño y colores sombríos, que parecían tener un entendimiento una con otra, e intercambiar miradas de significado incómodo, como si hubieran alzado sus cabezas para ver el emanar de algún suceso previsto. Unos pocos árboles marchitos aparecían aquí y allá, como líderes de esa malévola conspiración de expectativa silenciosa.
El día, pensé, debía estar muy avanzado, aunque el sol era invisible; y aunque era sensible que el aire era crudo y frío, mi conciencia de ese hecho era más bien mental que física, yo no tenía una sensación de incomodidad. Por encima de todo el paisaje lúgubre, una bóveda de nubes bajas, de color plomizo colgaba como una maldición visible. En todo esto había una amenaza y un portento, un indicio del mal y una intimación de condena. Ningún pájaro, bestia o insecto había allí. El viento suspiraba en las ramas peladas de los árboles muertos, y la hierba gris se encorvaba para susurrar a la tierra su secreto de espanto, pero ningún otro sonido o movimiento violaba el reposo horrendo de ese lugar lúgubre.
Yo observé en el herbaje un número de piedras gastadas por el tiempo, evidentemente, labradas con utensilios. Éstas estaban quebradas, cubiertas de musgo y medio hundidas en la tierra. Algunas yacían postradas, algunas se inclinaban en varios ángulos, ninguna estaba vertical. Eran obviamente lápidas de tumbas, aunque las tumbas en sí mismas no existían más como montículos u hondonadas, los años lo habían nivelado todo. Dispersos aquí y allá, los bloques más macizos mostraban dónde, algún sepulcro pomposo o monumento ambicioso, había lanzado alguna vez su feble desafío al olvido. Esas reliquias, esos vestigios de vanidad y memorias de afecto y piedad parecían tan viejos, tan abatidos, gastados y manchados, el lugar tan descuidado, desierto y olvidado, que no pude evitar creerme yo mismo el descubridor del camposanto de una raza prehistórica de hombres, cuyo nombre verdadero estaba extinto hacía largo tiempo.
Lleno de estas reflexiones, estuve por algún tiempo desatento a la secuencia de mis propias experiencias, pero pronto pensé: ¿Cómo llegué yo hasta aquí? Un momento de reflexión pareció hacer claro todo esto, y explicar al mismo tiempo, aunque de una manera inquietante, el carácter singular con que mi fantasía había invertido todo cuanto yo veía u oía. Yo estaba enfermo. Recuerdo ahora que había estado postrado por una fiebre súbita, y que mi familia me había contado que en mis períodos de delirio, yo había clamado por libertad y aire de modo constante, y había sido mantenido en la cama para prevenir mi escape fuera de puertas. Ahora había eludido la vigilancia de mis asistentes, y había vagado hasta aquí para ir... ¿a dónde? No lo podía conjeturar. Claramente, yo estaba a una distancia considerable de la ciudad donde residía, la antigua y famosa ciudad de Carcosa.
Ni un signo de vida humana, visible o audible, había en algún lugar; ni un humo subiente, ni un ladrido de perro guardián, ni un mugido de ganado, ni gritos de niños en juego, nada más que ese camposanto lúgubre, con su aire de misterio y espanto, debido a mi propio cerebro en desorden. ¿No me estaría yo poniendo delirante de nuevo, aquí, más allá de la ayuda humana? ¿No sería todo, en efecto, una ilusión de mi locura? Dije en voz alta los nombres de mi esposa e hijos, extendí mis manos en búsqueda de las suyas, incluso mientras caminaba entre las piedras trituradas y la hierba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo voltearme. Un animal salvaje, un lince, se aproximaba. Me vino un pensamiento: si me derrumbo aquí, en el desierto, si la fiebre retorna y me decaigo, esa bestia estará sobre mi garganta. Salté hacia ésta, gritando. Pasó trotando tranquila, a una anchura de un palmo de mí, y desapareció detrás de una roca.
Un momento más tarde la cabeza de un hombre pareció alzarse del terreno, a una corta distancia. Estaba ascendiendo por la ladera más lejana de una colina baja, cuya cresta era apenas distinguible de la planicie general. Toda su figura pronto se puso a la vista, contra el trasfondo de una nube gris. Estaba medio desnudo, medio vestido de pieles. Su cabello era desgreñado, su barba larga y andrajosa. En una mano cargaba un arco y una flecha, la otra mantenía una antorcha llameante, con un largo rastro de humo negro. Caminaba con lentitud y cautela, como si temiera caer en alguna tumba abierta, ocultada por la hierba alta. Esa extraña aparición me sorprendió, pero no me alarmó, y tomando tal curso como para interceptarlo, me encontré con él casi cara a cara, abordándolo con un saludo familiar: -Dios te guarde.
No me prestó atención, ni arrestó su paso.
-Buen extraño- continué-, yo estoy enfermo y perdido. Guíame, te lo suplico, a Carcosa.
El hombre rompió en un cántico bárbaro en una lengua desconocida, pasando por delante y de largo.
Un búho, en la rama de un árbol podrido, ululó de forma lúgubre, y fue respondido por otro en la distancia. Mirando arriba vi, a través de una súbita fisura en las nubes, ¡a Aldebarán y las Híadas! En todo esto había un indicio de la noche: el lince, el hombre con la antorcha, el búho. Aunque yo veía, veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía pero, al parecer, no era visto ni oído. ¿Bajo qué hechizo horrendo yo existía?
Me senté en la raíz de un gran árbol, para considerar seriamente qué era mejor hacer. De que yo estaba loco no podía dudar más, aunque reconocía un terreno de duda en la convicción. De fiebre no tenía rastro. Tenía, con todo, una sensación de hilaridad y vigor que me eran desconocidas por completo, un sentimiento de exaltación mental y física. Todos mis sentidos parecían en alerta, yo podía sentir el aire como una sustancia ponderosa, podía oír el silencio.
La gran raíz del árbol gigante, contra cuyo tronco yo me inclinaba al sentarme, había encerrado en su agarre una losa de piedra, una parte de la cual sobresalía en un receso formado por otra raíz. La piedra estaba así protegida parcialmente del tiempo, aunque estaba bastante descompuesta. Sus bordes estaban gastados en redondo, sus esquinas comidas del todo, su superficie surcada y escamada de modo profundo. Unas brillantes partículas de mica eran visibles en la tierra alrededor, vestigios de su descomposición. Esa piedra, al parecer, había marcado la tumba, de la que el árbol había brotado siglos antes. Las exigentes raíces del árbol se habían robado la tumba y hecho prisionera la piedra.
Un viento súbito empujó algunas hojas secas y ramitas de la cara superior de la piedra, yo vi las letras en bajorrelieve de una inscripción, y me encorvé para leerlas. ¡Dios del cielo, mi nombre completo!, ¡la fecha de mi nacimiento, la fecha de mi muerte!
Un eje de luz nivelado iluminó todo el costado del árbol, mientras yo me ponía en pie de un salto con terror. El sol estaba saliendo por el oriente rosado. Yo estaba parado entre el árbol y su ancho disco rojizo, ¡ninguna sombra oscurecía el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó el amanecer. Yo los vi sentados sobre sus ancas, solos y en grupos, en las cimas de los montículos y los túmulos irregulares que llenaban una mitad de mi perspectiva desierta, y se extendían hasta el horizonte. Y entonces supe que esas eran las ruinas de la antigua y famosa ciudad de Carcosa.
Tales son los hechos impartidos al médium Bayrolles por el espíritu de Hoseib Alar Robardin.

Título original: An Inhabitant of Carcosa, publicado por primera vez en San Francisco News Letter y California Advertiser, diciembre de 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Vasiliy Polenov, Partenon, XIX.

jueves, 15 de octubre de 2009

La vid de una casa


A unas tres millas del pequeño pueblo de Norton, en Missouri, en el camino que conduce a Maysville, se levanta una casa vieja que fue ocupada, últimamente, por una familia de apellido Harding. Desde 1886 nadie ha vivido en ésta, ni nadie ha querido vivir de nuevo. El tiempo y el disfavor de las personas que habitan sus contornos, la han convertido más bien en una ruina pintoresca. Un observador no conocedor de su historia, la pondría con dificultad en la categoría de las "casas embrujadas", aunque en toda la región a la redonda tal es su mala reputación. Sus ventanas están sin cristales, sus entradas sin puertas, hay anchas roturas en el tejado de bardas, y por la falta de pintura el entablado es de un gris parduzco. Pero esos signos infalibles de lo sobrenatural están ocultados parcial, y mitigados mayormente por el follaje abundante de una larga vid, que desborda la estructura completa. Esa vid -de una especie que ningún botánico jamás ha sido capaz de nombrar- tiene un papel importante en la historia de la casa.
La familia Harding consistía de Robert Harding, su esposa Matilda, la señorita Julia Went, que era su hermana, y dos niños pequeños. Robert Harding era un hombre silencioso, de frías maneras, que no hizo amigos en el vecindario y, al parecer, no le importaba hacer ninguno. Tenía unos cuarenta años de edad, era frugal y laborioso, y se ganaba la vida en la granja pequeña, que ahora estaba cubierta de maleza y zarzas. Él y su cuñada eran más bien un tabú para sus vecinos, quienes parecían pensar que ellos eran vistos juntos con demasiada frecuencia; no era culpa suya por completo, pues en esos tiempos ellos, evidentemente, no reputaron la observación. El código moral del Missouri rural era severo y exigente.
La sra. Harding era una mujer gentil, de ojos tristes, a quien le faltaba el pie izquierdo.
En algún momento de 1884, se supo que ella había ido a visitar a su madre en Iowa. Eso fue lo que dijo su esposo en respuesta a las preguntas, y su manera de decirlo no animaba a inquirir más. Ella nunca regresó, y dos años más tarde, sin vender su granja o cualquier cosa que fuera suya, o designar a un agente que velara por sus intereses, o trasladar sus bienes domésticos, Harding, con el resto de la familia, abandonó la comarca. Nadie sabía a dónde había ido, a nadie en ese tiempo le importó. Naturalmente, todo lo del lugar que era mudable, pronto desapareció, y la casa desierta se volvió “embrujada”, a la manera de su clase.
Una tarde de verano, cuatro o cinco años después, el rev. J. Gruber, de Norton, y un abogado de Maysville, nombrado Hyatt, se juntaron montados a caballo frente al lugar de Harding. Teniendo cuestiones de negocio que discutir, amarraron a sus animales y fueron a la casa, y se sentaron en el portal a conversar. Alguna referencia humorística a la reputación sombría del lugar fue hecha, y olvidada tan pronto como expresada, y hablaron de sus asuntos de negocios hasta que se hizo casi oscuro. La noche era opresivamente calurosa, con un aire estancado.
Al rato, ambos hombres saltaron de sus asientos con sorpresa: una vid larga, que cubría la mitad del frente de la casa, y colgaba sus ramas del borde del portal, sobre ellos, se agitó de modo visible y audible, temblando con cada tallo y hoja de modo violento.
-Vamos a tener tormenta-, exclamó Hyatt.
Gruber no dijo nada, pero dirigió en silencio la atención del otro hacia el follaje de los árboles adyacentes, que no mostraban movimiento; incluso, las delicadas puntas de las siluetas de las ramas contra el cielo claro, estaban inmóviles. Bajaron apurados por los peldaños a lo que había sido un césped, y miraron hacia arriba a la vid, cuya longitud completa era ahora visible. Ésta continuó con su agitación violenta, aunque ellos no podían discernir la causa del disturbio.
-Vamos a irnos-, dijo el ministro.
Y se fueron. Olvidando que habían viajado en direcciones opuestas, se alejaron montando juntos. Fueron a Norton, donde relataron su extraña experiencia a unos cuantos amigos discretos. La tarde siguiente, sobre la misma hora, acompañados de otros dos, cuyos nombres no se recuerdan, estaban de nuevo en el portal de la casa de Harding, y el misterioso fenómeno ocurrió de nuevo: la vid se agitó de modo violento, mientras que, ni el escrutinio más cercano de la raíz a la punta, ni sus fuerzas combinadas aplicadas al tronco, sirvieron para aquietarla. Después de una hora de observación se retiraron, no menos sabios, se piensa, que cuando habían llegado.
Éstos hechos singulares no requirieron mucho tiempo, para despertar la curiosidad del vecindario completo. De día y de noche una multitud de personas se reunió en la casa de Harding, "buscando una señal." No parece que alguien la hallara, pero lo mencionado por los testigos era tan creíble, que nadie dudó de la realidad de las "manifestaciones" que ellos habían testificado.
Por alguna feliz inspiración o algún designio destructivo, un día se propuso -nadie parecía saber de quien vino la sugerencia- desenterrar la vid, y después de un buen debate, se hizo eso. No se encontró nada más que la raíz, ¡pero nada pudo haber sido más extraño!
A cinco o seis pies desde el tronco, que tenía en la superficie de la tierra un diámetro de varias pulgadas, ésta corría hacia abajo sola y directa, hacia la tierra suelta, friable; luego se dividía y subdividía en raicitas, fibras y filamentos, la mayoría curiosamente entrelazadas. Cuando fueron libradas del suelo con cuidado, éstas mostraron una formación singular. En sus ramificaciones y doblamientos sobre sí mismas hacían una red compacta, que tenía por su talla y forma un parecido asombroso a una figura humana. La cabeza, el tronco y los miembros estaban allí, incluso los dedos y los pies estaban claramente definidos, y muchos confesaron ver representados, en la distribución y disposición de las fibras de la masa globular, la cabeza y la grotesca sugerencia de un rostro. La figura estaba horizontal, las raíces más pequeñas habían empezado a unirse en el pecho.
En el punto de semejanza a la forma humana, la imagen era imperfecta. A unas diez pulgadas de una de las rodillas, el cilio que formaba la pierna se había doblado abruptamente hacia atrás y adentro, en el curso de su crecimiento. A la figura le faltaba el pie izquierdo.
No había más que una inferencia, la obvia, pero en la excitación siguiente fueron propuestos tantos cursos de acción, como consejeros incapaces había. La cuestión fue resuelta por el sheriff del condado que, como custodio legal de la propiedad abandonada, ordenó la sustitución de la raíz y el rellenado de la excavación con la tierra que había sido removida.
Más tarde la pesquisa sacó a la luz, solamente, un hecho de relevancia y significado: la sra. Harding nunca había visitado a sus parientes en Iowa, y ellos tampoco sabían que se suponía ella lo hubiera hecho.
De Robert Harding y el resto de su familia, no se sabe nada. La casa conserva su mala reputación, pero la vid replantada es un vegetal tan ordenado y de buena conducta, que una persona nerviosa podría desear sentarse bajo ésta en una noche agradable, cuando el saltamontes chirría su revelación inmemorial, y el distante chotacabras da a entender su noción de lo que debe hacerse al respecto.

Título original: A Vine on a House, publicado por primera vez en The Cosmopolitan, octubre de 1905, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, Brush Country Cowboys (Detail), XX.

domingo, 11 de octubre de 2009

La ventana tapiada


En 1830, a sólo unas pocas millas de lo que es ahora la gran ciudad de Cincinatti, había una foresta inmensa y casi inviolada. Toda la región estaba escasamente poblada por gente de la frontera, almas incansables, que tan pronto levantaron con intrepidez hogares habitables fuera de la espesura, y alcanzaron un grado de prosperidad que hoy llamaríamos indigencia, impelidas por algún misterioso impulso de su naturaleza, lo abandonaron todo y se encaminaron al lejano oeste para encontrar nuevos peligros y privaciones, en un esfuerzo por recobrar la magra comodidad a la que habían renunciado de forma voluntaria. Muchos de ellos ya habían dejado esa región por asentamientos remotos, pero entre los que quedaban había uno que fue de los primeros que arribaron. Éste vivía solo en una casa de troncos, rodeada en todos los costados por la gran foresta, de cuya lobreguez y silencio parecía ser parte, pues nadie lo vio jamás sonreír o decir una palabra no necesaria. Sus simples necesidades las satisfacía con la venta o el trueque de pieles de animales salvajes en el pueblo del río, pero no con cosas que hubiera cosechado en una tierra que, de ser necesario, podría haber reclamado por derecho de posesión inalterada. Hubo evidencias de “mejoría”, unos pocos acres de la tierra inmediata a la casa fueron limpiados una vez de sus árboles, cuyos tocones podridos fueron ocultados a medias por una nueva vegetación, que debió sufrir para reparar el estrago causado por el hacha. Al parecer, el fervor del hombre por la agricultura ardió con una llama lánguida, expirando en cenizas penitentes.
La pequeña casa de troncos con su chimenea de estacas, su tejado de tablitas combadas, apoyadas con pértigas atravesadas y sus sellados de barro, tenía una sola puerta y, opuesta de modo directo, una ventana. La última, no obstante, estaba tapiada, nadie podía recordar un tiempo cuando no lo estuviera. Y nadie sabía por qué estaba tan cerrada; ciertamente, no por el desagrado del ocupante hacia la luz y el aire, pues en esas raras ocasiones, en que un cazador había pasado por aquel sitio solitario, el recluso había sido visto, comúnmente, tomando sol él mismo en el umbral, si el cielo le proveía resolana para su necesidad. Yo me figuro que hay pocas personas vivientes hoy, que hayan conocido alguna vez el secreto de esa ventana, y yo soy una de ellas, como verán.
El nombre del hombre se ha dicho que era Murlock. Tenía en apariencia setenta años, pero en realidad unos cincuenta. Algo, años atrás, le había dado una mano en su envejecer. Su cabello y toda su larga barba eran blancos, sus ojos grises, sin brillo, hundidos, su rostro singular estaba suturado por unas arrugas, que parecían pertenecer a dos sistemas interceptados. De figura era alto y enjuto, con una joroba en los hombros, como si cargara algo. Yo nunca lo vi, esas señas las supe por mi abuelo, de quien obtuve también la historia del hombre, cuando yo era un chico. Él lo había conocido cuando vivía cerca de allí, en esos días lejanos.
Un día Murlock fue hallado en su cabaña, muerto. No hubo tiempo ni lugar para coronas ni periódicos, y yo supongo fue acordado que había muerto de causas naturales, o me lo habrían dicho y lo habría recordado. Yo sólo sé que, con lo que fue, probablemente, un sentido de lo propio de las cosas, el cuerpo fue enterrado cerca de la cabaña, al lado de la tumba de su esposa, quien lo había precedido hacía tantos años, que la tradición local retenía con dificultad algún indicio de su existencia. Esto cierra el capítulo final de su historia verdadera, excepto, en verdad, la circunstancia de que muchos años después, en compañía de un espíritu igualmente intrépido, yo penetré hasta el lugar y me aventuré lo suficiente cerca de la cabaña ruinosa, como para lanzar una piedra a ésta, y correr de allí para huir del fantasma, que todo chico bien informado de la localidad, sabía que rondaba el sitio. Pero hay un capítulo anterior, ese me lo ofreció mi abuelo.
Cuando Murlock construyó su cabaña, y empezó a cortar con su hacha tenazmente, para levantar la granja -el rifle, entre tanto, era su medio de sostén-, era joven, fuerte y estaba lleno de esperanza. En ese país occidental de donde venía, se había casado, como era la moda, con una mujer joven, digna en todas las formas de su honesta devoción, y que compartió los peligros y privaciones de su suerte, con un espíritu de voluntad y un corazón ardiente. No hay registro conocido de su nombre; de los encantos de su mente y persona la tradición guarda silencio, y el dudoso está en libertad de acariciar su duda, ¡pero Dios no quiera que yo la comparta! De su afecto y dicha, hay certeza suficiente en cada día adicional de la vida del hombre viudo, ¿pues qué, si no el magnetismo de su memoria sagrada, pudo haber encadenado ese espíritu venturoso a una suerte como esa?
Un día Murlock regresó de una cacería en una parte distante de la foresta, y encontró a su mujer postrada con fiebre y delirio. No había un médico en millas, ni un vecino, ella tampoco estaba en condición de ser dejada para buscar ayuda. Así que se dio a la tarea de cuidarla para devolverle la salud, pero al final del tercer día ella cayó inconsciente y falleció, al parecer, sin tener nunca un atisbo de razón.
Por lo que sabemos de una naturaleza como la suya, nos podemos aventurar a esbozar algunos detalles de la pintura de bosquejo, dibujada por mi abuelo. Cuando se convenció de que ella estaba muerta, Murlock tuvo suficiente sentido para recordar, que el muerto debía ser preparado para el entierro. En la ejecución de ese deber sagrado, se confundió una y otra vez, hizo ciertas cosas de forma incorrecta, y otras que hizo de forma correcta fueron hechas una y otra vez. Sus fallas ocasionales para culminar un acto tan simple y ordinario, lo llenaron de estupor, como el de un borracho que se pregunta ante la suspensión de las leyes familiares naturales. Se sintió sorprendido también de que no había llorado -sorprendido y un poco avergonzado-, seguro de que era descortés no llorar por el muerto. -Mañana- dijo en voz alta, -tendré que hacer el ataúd y cavar la tumba, y entonces la echaré de menos, cuando no esté más a la vista; pero ahora ella está muerta, por supuesto, pero todo está bien, debe estar bien de algún modo. Las cosas no pueden ser tan malas como parecen.
Se puso sobre el cuerpo en la luz menguante, ajustando el cabello y dando los toques finales al simple toilet, haciéndolo todo de una forma mecánica, con un cuidado desalmado. Y aún le pasaba por la conciencia, la sensación de la convicción de que todo estaba bien, de que él debía tenerla otra vez, como antes, y todo se explicaba. No había tenido experiencia del dolor, su capacidad no había aumentado con su uso. Su corazón no podía contenerlo todo, ni su imaginación concebirlo de forma correcta. No sabía que había sido golpeado tan fuertemente, ese conocimiento vendría más tarde, y nunca se iría. El dolor es un artista de poderes tan variados, como los instrumentos con los que interpreta sus endechas para los muertos, evocando en algunos las notas más agudas y estridentes, y en otros los acordes más graves y bajos, que palpitan de modo recurrente, como el lento batir de un tambor distante. Algunas naturalezas se sobresaltan, otras se quedan estupefactas. Para unas viene como el golpe de una flecha, hiriendo toda la sensibilidad de la vida más perspicaz; para otras es como el leñazo de un garrote, que aplasta a los entumecidos. Podemos concebir que Murlock fue afectado de esa manera, pues (y aquí estamos en un terreno no más seguro que el de la conjetura) tan pronto terminó su labor piadosa, sentándose en una silla a un lado de la mesa, en la que yacía el cuerpo, y advirtiendo cuán blanco se mostraba su perfil en la lobreguez profunda, apoyó sus brazos en el borde de la mesa y hundió su rostro en éstos, aún sin lágrimas y fatigado de modo indecible. En ese momento entró por la ventana abierta el extenso sonido de un gemido, ¡como el llanto de un niño perdido en las lejanías profundas del bosque más oscuro! Pero el hombre no se movió. De nuevo, y más cerca que antes, resonó ese llanto no terreno sobre su sentido lánguido. Acaso era una bestia salvaje, acaso era un sueño. Pues Murlock estaba dormido.
Algunas horas más tarde, como pareció después, el vigilante infidente se despertó y levantó su cabeza de los brazos, intentando escuchar no sabía por qué. Allí, en la negra oscuridad, al lado de la muerta, tras recordarlo todo sin sobresalto, esforzó sus ojos para ver no sabía qué. Todos sus sentidos estaban en alerta, su respiración estaba suspendida, su sangre había paralizado su circulación, como para ayudar al silencio. ¿Quién, qué lo había despertado, y dónde estaba eso?
Súbitamente, la mesa se sacudió bajo sus brazos, y al mismo tiempo oyó, o se figuró que oyó un paso leve, tenue, otro, ¡como el sonido de un pie descalzo sobre el suelo!
Estaba aterrado, más allá de poder gritar o moverse. A la fuerza esperó, esperó allí en la oscuridad por lo que parecieron siglos del mayor horror, que uno pudiera conocer y vivir para contarlo. Intentó en vano decir el nombre de su mujer muerta, extendió en vano su mano alrededor de la mesa, para saber si ella estaba allí. Su garganta estaba impotente, sus brazos y manos eran como de plomo. Entonces sucedió algo más espantoso. Un cuerpo pesado pareció ser arrojado contra la mesa con tal ímpetu, que la empujó contra su pecho tan vivamente como para casi tumbarlo; y al mismo instante oyó y sintió la caída de algo al suelo, con un porrazo tan violento que toda la casa se sacudió con el impacto. Se produjo un forcejeo, una confusión de sonidos imposible de describir. Murlock se había puesto de pie. El miedo excesivo le había arrebatado el control de sus facultades. Pasó sus manos por la mesa. ¡No había nada allí!
Hay un punto en que el terror se puede convertir en locura, y la locura incita a la acción. Sin ninguna intención definida, sin ningún motivo, pero con el díscolo impulso de un loco, Murlock saltó hacia la pared, agarró un poco a tientas su rifle cargado y, sin apuntar, lo descargó. Bajo el fogonazo que iluminó la habitación con una luz vívida, vio una enorme pantera que arrastraba a su mujer muerta hacia la ventana, ¡con sus colmillos clavados en su garganta! Después fue una oscuridad más negra que la anterior, y el silencio; y cuando recobró la conciencia el sol estaba alto, y el bosque se atestaba del canto de los pájaros.
El cuerpo yacía cerca de la ventana, donde la bestia lo había dejado, cuando fue espantada por el fogonazo y el estruendo del rifle. La ropa estaba desarreglada, el largo cabello en desorden, los miembros yacían de cualquier modo. De la garganta, lacerada de forma horrible, había brotado un charco de sangre que aún no se había coagulado por completo. La cinta con la que había amarrado las muñecas estaba rota, las manos estaban apretadas fuertemente. Entre los dientes había un fragmento de la oreja del animal.

Título original: The Boarded Window, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, abril de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Friend or Foe, XX.

Las visiones de la noche


Yo abrazo la creencia, de que el don del sueño es una valiosa dote literaria, de que si con algún arte no entendido ahora se pudieran captar, fijar y poner en servicio las fantasías elusivas que éste suministra, tendríamos una literatura que “excedería lo aceptable”. En cautiverio y domesticado ese don podría, sin dudas, ser mejorado de forma admirable, así como los animales educados en el servicio adquieren nuevas capacidades y poderes. Al domesticar nuestros sueños doblaríamos nuestras horas laborales, y nuestra labor más fructífera se realizaría durmiendo. Incluso, como son las cosas, la tierra de los sueños es una provincia tributaria, como lo atestigua Kubla Khan.
¿Qué es un sueño? Una disuelta e ilícita colocación de recuerdos, una dispersa sucesión de cuestiones que una vez estuvieron presentes en la conciencia despierta. Es una resurrección de los muertos -los antiguos y los modernos, los justos y los injustos-, emergiendo con atropello de sus tumbas agrietadas, cada uno “con el mismo hábito con que vivió”, apurándose en confusión para tener una audiencia con el Maestro del Placer, y agarrándose las vestiduras los unos a los otros mientras corren. ¿El Maestro? No, ése adjudicó de su autoridad y ellos tienen su voluntad, él mismo está muerto y no se levanta con los restantes. Su juicio se ha perdido también, y con éste la capacidad de ser sorprendido. Él puede ser lastimado y complacido, aterrado y encantado, pero no puede sentir la maravilla. Lo monstruoso, lo prepóstero, lo antinatural son todas cosas sencillas, directas y racionales. Lo ridículo no divierte, ni lo imposible asombra. El soñador es vuestro único poeta verdadero, es de una “imaginación compacta”.
La imaginación es meramente un recuerdo. Intenten imaginar algo que nunca hayan observado, sentido, oído o leído. Intenten concebir, por ejemplo, un animal sin cuerpo, cabeza, miembros o cola, una casa sin paredes ni tejado. Sin embargo, cuando estamos despiertos, asistidos por la voluntad y el juicio, podemos controlar y dirigir de algún modo, podemos recoger y escoger del almacén de los recuerdos, tomando lo que sirve y excluyendo, aunque a veces con dificultad, lo que no es para el propósito; dormidos, nuestras fantasías “nos son inherentes”. Vienen tan agrupadas, tan mezcladas y compuestas unas con otras, tan fundidas con los elementos de las otras, que el conjunto parece nuevo; pero las viejas y conocidas unidades del concepto están ahí, y no a un lado. Despiertos o dormidos, no recibimos de la imaginación nada nuevo, excepto nuevos ajustes; “la materia de la que están hechos los sueños” ha sido recogida por los sentidos físicos y almacenada en la memoria, así como las ardillas guardan las nueces. Pero, por lo menos, uno de los sentidos no contribuye en nada a la fábrica de los sueños: nadie soñó nunca un olor. La vista, el oído, el tacto, posiblemente el gusto, son todos trabajadores que buscan provisiones para nuestra distracción nocturna, pero el sueño no tiene nariz. Sorprende que esos observadores perspicaces, los poetas antiguos, no describieran al Dios adormecido, y que sus sirvientes obedientes, los escultores antiguos, no lo expusieran tampoco. Acaso esos notables últimos, trabajando para la posteridad, razonaron que el tiempo y el infortunio revisarían, de forma inevitable, sus trabajos en ese sentido, conformando éstos a los hechos de la naturaleza.
¿Quién es capaz de relatar un sueño así, que éste se asemeje a uno? Ningún poeta tiene un tacto tan fino. Es como intentar escribir la música de un arpa eólica. Hay una especie familiar del género Aburrido (Penetrator intolerabilis) que, habiendo leído una historia -acaso de algún maestro del estilo-, se toma el trabajo de exponer de modo elaborado su trama, para vuestra edificación y deleite; luego piensa, el alma buena, que ahora ustedes no necesitan leerla. "Bajo condiciones y circunstancias sustancialmente semejantes" (como reza una ley comercial inter-estatal), yo no debería ser culpable de tal ofensa; pero me propongo asimismo exponer las tramas de ciertos sueños míos, "siendo las condiciones y circunstancias", como yo concibo, disímiles en que los sueños, en sí mismos, no son accesibles al lector. En mi esfuerzo por hacer un registro de sus partes más pobres, yo no abrigo la esperanza de un gran éxito. No tengo sal para poner en la cola del espíritu elusivo de los sueños.
Yo caminaba al atardecer por una gran foresta de árboles de aire no familiar. ¿Desde dónde y hacia dónde?, no lo sabía. Yo tenía la sensación de la vasta extensión del bosque, la conciencia de que era el único ser viviente en éste. Estaba poseído por algún hechizo horrible, en expiación de un crimen olvidado y cometido, según suponía con vaguedad, hacia el amanecer. Mecánicamente y sin esperanza, andaba bajo las ramas de los árboles gigantes, por un sendero estrecho, penetrando en las maléficas soledades de la foresta. Llegué por último a un arroyo, que fluía oscuro y con pereza a través de mi sendero, y vi que era sangre. Doblando a la derecha, lo seguí por una distancia considerable, y pronto llegué a un pequeño claro circular de la foresta, lleno de una luz tenue e irreal, bajo la que vi, en el centro del claro, un depósito profundo de mármol blanco. Estaba lleno de sangre, y la corriente que yo había seguido era su desagüe. Alrededor del depósito, entre éste y la foresta que lo cercaba, -un espacio de acaso unos diez pies de anchura, cubierto por enormes losas de mármol- había cuerpos de hombres muertos, una veintena; aunque no los conté, yo sabía que su número tenía alguna relación significante y portentosa con mi crimen. Posiblemente, marcaba el tiempo en siglos desde que lo había cometido. Yo sólo reconocía lo acertado del número, y lo sabía sin contarlo. Los cuerpos estaban desnudos y colocados de forma simétrica alrededor del depósito central, radiando de éste como los rayos de una rueda. Los pies estaban afuera, las cabezas colgaban al borde del depósito. Cada uno yacía tendido de espalda, con la garganta cortada, la sangre manaba de la herida con lentitud. Yo miraba todo eso inmóvil. Era el resultado natural y necesario de mi ofensa, y no me afectaba; pero allí había algo que me llenaba de aprensión y terror, una pulsación monstruosa, que latía con una recurrencia lenta e inexorable. Yo no sabía a cuál de mis sentidos se dirigía, o si hallaba su camino a mi conciencia por alguna vía ignorada por la ciencia y la experiencia. La regularidad despiadada de ese vasto ritmo era demencial. Yo era consciente de que invadía la foresta entera, y era la manifestación de cierta malevolencia gigantesca e implacable.
De este sueño no tengo un posterior recuerdo. Probablemente, dominado por un terror que, sin dudas, tenía su origen en el malestar de una circulación impedida, grité y fui despertado por el sonido de mi propia voz.
El sueño, cuyo esqueleto voy a presentar ahora, se produjo en mi temprana juventud. Yo no podría tener más de dieciséis años. Ahora tengo más, considerablemente, y recuerdo los incidentes de un modo tan vívido, como cuando la visión tenía “una hora de edad”, y yo yacía encogido bajo la cobija, y temblando con el terror del recuerdo.
Yo estaba solo en una planicie ilimitada, en la noche; en mis pesadillas siempre estoy solo, y es de noche usualmente. No había árboles a la vista, en ningún lugar, ni rastros de hombre, ni riachuelos ni colinas. La tierra parecía cubierta de una vegetación corta, gruesa que estaba negra e hirsuta, como si la llanura hubiera sido barrida por el fuego. Mi camino, mientras yo iba adelante sin saber con qué propósito, estaba cortado aquí y allá por pequeñas lagunas de agua, que ocupaban hondonadas poco profundas, como si al fuego hubiera seguido la lluvia. Esas lagunas estaban en todas partes, y se desvanecían y aparecían de nuevo, mientras unas nubes oscuras, pesadas se movían por esas partes del cielo que éstas reflejaban, y al pasar descubrían de nuevo el brillo metálico de las estrellas, a cuya luz álgida las aguas brillaban con un lustre negro. Mi senda iba hacia el oeste, donde ardía una luz carmesí a lo largo del horizonte, bajo largos jirones de nubes, dando ese efecto de distancia inmensa que he aprendido a observar en las pinturas de Doré, donde en cada trazo de su mano yace un portento y una maldición. Mientras yo andaba veía, delineadas contra ese fondo tenebroso, las siluetas de unas torres y almenas que se expandían a cada milla de mi viaje, y crecían finalmente hasta unas alturas y anchuras impensables, hasta que el edificio conformó un ángulo de vista amplio, pero no pareció más cercano que antes. Desanimado y sin esperanza, avanzaba con dificultad por la maldita y abominable llanura, y la poderosa estructura seguía creciendo, hasta que no la pude abarcar con la mirada, y sus torres taparon las estrellas directo en lo alto; entonces entré por un portón abierto, entre unas columnas de mampostería ciclópea, cuyas mismas piedras eran más largas que la casa de mi padre.
Adentro todo era vaciedad, todas las cosas estaban cubiertas por el polvo de la deserción. Una luz tenue -la luz ilícita de los sueños, suficiente en sí misma- me permitía pasar de corredor en corredor, de aposento en aposento, todas las puertas cedían a mi mano. En los aposentos había una larga distancia entre pared y pared, yo nunca alcancé el final de ningún corredor. Mis pisadas emitían ese extraño sonido cóncavo, que sólo se oye en las viviendas abandonadas y las tumbas arrendadas. Vagué horas por esa soledad horrible, consciente del propósito buscado, pero no sabiendo lo que buscaba. Por último, en lo que concebí como un ángulo extremo del edificio, entré a un aposento de dimensión ordinaria, que tenía una sola ventana. Por ésta vi la misma luz carmesí, yaciente aún a lo largo del horizonte, en las distancias inmensas del oeste, como una condena visible, y la reconocí como el fuego dilatado de la eternidad. Mirando la amenaza rojiza de su fulgor lóbrego y siniestro, me llegó esa verdad espantosa que años más tarde, como una fantasía extravagante, me esforcé por expresar en un verso:

El hombre está muerto por largas eras en todas las zonas,
los ángeles se han ido todos a tumbas ignoradas;
los diablos también están lo suficiente fríos, al fin,
¡y Dios yace muerto ante el gran trono blanco!

La luz era impotente para disipar la oscuridad del aposento, y pasó algún tiempo antes de que yo descubriera, en el ángulo más lejano, el contorno de una cama, y me aproximé a ésta con una presencia de malestar. Yo sentía que aquí, de algún modo, el mal negocio de mi aventura iba a terminar con algún clímax horrible, pero no podía resistir al hechizo que me compelía a culminarla. Sobre la cama, vestido en parte, yacía el cuerpo muerto de un ser humano. Yacía tendido de espalda, con los brazos derechos a los costados. Al inclinarme sobre éste, lo que hice con asco pero sin miedo, pude ver que estaba descompuesto de una forma espantosa. Las costillas sobresalían en la carne curtida; a través de la piel del vientre hundido, se podían ver las protuberancias de la espina dorsal. El rostro estaba negro y arrugado, y los labios, corridos de los dientes amarillos, lo maldecían con una sonrisa horrenda. Una llenura bajo los párpados cerrados parecía indicar, que los ojos habían sobrevivido al destrozo general, y era verdad, pues mientras yo me inclinaba, éstos se abrieron con lentitud y se clavaron en los míos con un saludo sereno, estable. Imaginen mi horror como puedan, mis palabras no pueden asistirme en el concepto, ¡los ojos eran los míos! Ese fragmento del vestigio de una raza perdida, ese ser indecible que ni el tiempo ni la eternidad habían borrado por entero, ese odioso y aborrecible desecho de mortalidad, aún sensible después de la muerte de Dios y de los ángeles, ¡era yo!
Hay sueños que se repiten en sí mismos. De esa clase hay uno mío, que parece lo suficiente singular para justificar su narración, aunque yo temo en verdad que el lector va a pensar, que los reinos de los sueños no son otra cosa, que un feliz coto de caza para mi alma vagante nocturna. Eso no es verdad, un gran número de mis incursiones a la tierra de los sueños, y supongo que muchas de las demás, tuvieron los resultados más felices. Mi imaginación regresa al cuerpo como una abeja a la colmena, cargada de un botín que, asistido por la razón, se trasmuta en miel y almacena en las celdas de la memoria, para ser una alegría por siempre. Pero el sueño que estoy a punto de relatar tiene un carácter doble, es una experiencia extrañamente espantosa, pero el horror que inspira es tan ridículamente desproporcionado respecto al incidente que lo produce, que en el recuerdo su fantasía divierte.
Yo pasaba por un claro abierto en un país de bosques escasos. Entre el cordón de árboles aislados, que rodeaban el espacio irregular, había vislumbres de campos cultivados y hogares de extrañas inteligencias. Debía ser cerca del amanecer, pues una luna casi llena bajaba por el oeste, mostrando un rojo sangriento a través de una neblina que alteraba el paisaje de modo fantástico. La hierba bajo mis pies era densa por el rocío, y toda la escena era la de una mañana del verano temprano, iluminada por la luz extraña de la luna llena poniente. Junto a mi sendero había un caballo, que mascaba el herbaje de forma visible y audible. Éste levantó la cabeza cuando yo estaba a punto de pasar, me saludó sin moverse por un instante, luego caminó hacia mí. Era blanco como la leche, de aire manso y aspecto amigable. Yo me dije a mí mismo: “Este caballo es un alma gentil”, y me detuve para acariciarlo. Él mantenía sus ojos fijos en los míos, se acercó y me habló con una voz humana, con palabras humanas. Eso no me sorprendió, pero me aterró, y al instante regresé a nuestro mundo.
El caballo siempre habla mi propia lengua, pero yo nunca sé lo que dice. Supongo que me esfumo de la tierra de los sueños, antes de que él termine de expresar lo que tiene en mente, dejándolo, sin dudas, tan sumamente aterrado con mi súbita desaparición, como yo con su manera de abordarme. Yo daría mucho por saber el sentido de su mensaje.
Acaso una mañana lo entienda, y no regrese nunca más a nuestro mundo.

Título original: Visions of the night, publicado por primera vez en The Cosmopolitan, marzo de 1893, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Artyom Vlaskin, Night castle, XXI.