miércoles, 2 de diciembre de 2009

El extraño


Un hombre caminó desde la oscuridad hacia el pequeño círculo iluminado, alrededor de nuestra fogata agonizante, y se sentó sobre una roca.
-Ustedes no son los primeros en explorar esta región- dijo gravemente.
Nadie contradijo su declaración; él mismo era la prueba de su verdad, pues no era de nuestra partida, y debió haber estado en algún lugar cercano cuando acampamos. Más aún, debía tener compañeros no lejos, no era un lugar donde uno pudiera estar viviendo o viajando solo. Por más de una semana habíamos visto, además de a nosotros mismos y a nuestros animales, sólo a tales seres vivos como víboras de cascabel y sapos cornudos. En el desierto de Arizona uno no coexistía mucho tiempo sólo, con criaturas como esas: uno debía tener animales de carga, suministros, armas: un "equipo". Y todo eso implicaba camaradas. Fue acaso la duda, de qué clase de hombres podían ser los camaradas de ese extraño inceremonioso, junto a algo en sus palabras interpretado como un desafío, que provocó que cada hombre de nuestra media docena de “caballeros aventureros” se levantara hacia una postura de sentado, y pusiera su mano sobre el arma, un acto que significaba en ese tiempo y lugar una política de expectativa. El extraño no prestó atención al asunto, y empezó a hablar otra vez en el mismo tono deliberado, inalterable y monótono, en que había proferido su primera sentencia:
-Hace treinta años Ramón Gallegos, William Shaw, George M. Kent y Berry Davis, todos de Tucson, cruzaron las montañas de Santa Catalina y viajaron hacia el oeste, tanto como la configuración de la comarca lo permitía. Estábamos buscando y nuestra intención era, si no hallábamos nada, continuar hasta el río Gila en algún punto cerca de Big Bend, donde entendíamos que había un poblado. Teníamos un buen equipo pero no un guía, sólo Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.
El hombre repitió los nombres con lentitud y distinción, como para fijarlos en las memorias de su audiencia, cada miembro de la cual lo observaba ahora atentamente, pero con una aprensión relajada respecto a sus posibles compañeros en algún lugar de la oscuridad, que parecía encerrarnos como un muro negro; en las maneras de ese historiador voluntario no había una sugerencia de propósito no amistoso. Su acto era más de un lunático inofensivo que de un enemigo. Nosotros no éramos tan nuevos en la comarca, como para no saber que la vida solitaria de muchos llaneros, tenía la tendencia a desarrollar excentricidades de conducta y carácter, que no siempre se distinguían fácilmente de la aberración mental. Un hombre era como un árbol: en una foresta con sus colegas, crecía tan derecho como su naturaleza genérica e individual se lo permitiera; solo en un campo abierto cedía a las tensiones y torsiones deformantes que lo rodeaban. Algunos de tales pensamientos estaban en mi mente, mientras yo miraba al hombre desde la sombra de mi sombrero, jalado hacia abajo para cubrirme de la luz del fuego. Un tipo insensato, sin dudas, ¿pero qué podía estar haciendo aquí, en el corazón del desierto?
Habiendo decidido contar esta historia, yo quisiera poder describir la apariencia del hombre, esa sería la cosa natural que hacer. Desafortunada, y un tanto extrañamente, me siento incapaz de hacerlo con algún grado de confianza, pues después no hubo dos de nosotros que convinieran en qué él usaba y cómo lucía; y cuando yo intenté registrar mis propias impresiones, éstas me eludieron. Cualquiera puede contar algún tipo de historia, la narración es uno de los poderes elementales de la raza. Pero el talento de la descripción es un don.
No habiendo nadie roto el silencio, el visitante empezó a decir:
-Esta comarca no era entonces lo que es ahora. No había un rancho entre el Gila y el Golfo. Había un poco de caza aquí y allá en las montañas, y cerca de los huecos de agua poco frecuentes, suficiente hierba para salvar a nuestros animales de la hambruna. Si hubiéramos tenido la fortuna de no encontrar indios, habríamos podido atravesarla. Pero en una semana, el propósito de la expedición había cambiado de descubrir riqueza, a conservar la vida. Habíamos ido demasiado lejos para volver atrás, pues lo que había adelante, no podía ser peor que lo que había atrás, así que continuamos, cabalgando de noche para evitar a los indios y el intolerable calor, y ocultándonos de día lo mejor que podíamos. A veces, habiendo agotado nuestras provisiones de carne salvaje y vaciado nuestras cantimploras, teníamos días sin comida ni agua; entonces un hueco de agua o una laguna poco profunda, al fondo de un arroyo, restauraba tanto nuestra fuerza y cordura, que éramos capaces de disparar a algunos animales salvajes que la buscaban también. A veces era un oso, a veces un antílope, un coyote, un puma, era como Dios quisiera, todo era comida.
Una mañana, mientras bordeábamos una cadena de montañas, buscando un paso practicable, fuimos atacados por una banda de apaches, que había seguido nuestro rastro por la quebrada, no está lejos de aquí. Sabiendo que nos superaban diez a uno, no tomaron ninguna de sus cobardes precauciones usuales, sino que se lanzaron sobre nosotros al galope, disparando y gritando. Pelear estaba fuera de cuestión: urgimos a nuestros animales débiles hacia la quebrada, tan lejos como había pie para un casco, después nos tiramos de nuestras monturas, y tomamos hacia el chaparral en una de las laderas, dejando al enemigo nuestro equipo entero. Pero retuvimos nuestros rifles, cada hombre: Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.
-La misma vieja pandilla- dijo el humorista de nuestra partida. Era un hombre del este, no familiarizado con las observancias decentes de la interacción social. Un gesto de desaprobación de nuestro líder lo silenció, y el extraño prosiguió su historia:
Los salvajes se apearon también, y algunos de ellos subieron corriendo por la quebrada, más allá del punto en que la habíamos dejado, cerrándonos además la retirada en esa dirección, y forzándonos hacia el costado. Desafortunadamente, el chaparral se extendía sólo una corta distancia por la ladera, y mientras llegábamos al campo abierto arriba, recibimos el fuego de una docena de rifles; pero los apaches disparan mal cuando están apurados, y Dios dispuso que ninguno de nosotros cayera. Veinte yardas arriba de la ladera, más allá del límite del matorral, había unos farallones verticales en los que, directo enfrente de nosotros, había una abertura estrecha. Por esta corrimos, y nos hallamos en una caverna tan grande, como la habitación de una casa ordinaria. Allí, por un tiempo, estábamos a salvo; un hombre solo con un rifle de repetición, podía defender la entrada contra todos los apaches de la tierra. Pero contra el hambre y la sed no teníamos defensa. Coraje seguíamos teniendo, pero la esperanza era un recuerdo.
A ninguno de esos indios lo vimos después, pero por el humo y el resplandor de sus fuegos en la quebrada, sabíamos que nos observaban día y noche, con los rifles preparados, en el límite del matorral; sabíamos que si hacíamos una salida, ningún hombre de nosotros viviría para dar tres pasos en campo abierto. Por tres días, vigilando por turno, nos mantuvimos allí hasta que nuestro sufrimiento se hizo insoportable. Entonces -era la mañana del cuarto día-, Ramón Gallegos dijo:
-Señores, yo no sé bien del buen Dios y de qué le place. Yo he vivido sin religión, y no estoy enterado de eso en ustedes. Perdón, señores, si los choqueo, pero para mí ha llegado la hora de romperle el juego a los apaches.
Se arrodilló en el suelo rocoso de la cueva, y presionó su pistola contra su sien. -Madre de Dios- dijo-, ahora va el alma de Ramón Gallegos.
-Y así nos dejó, a William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.
-Yo era el líder: me tocaba hablar.
-Fue un hombre valiente- dije-, supo cuándo morir, y cómo. Es una locura volverse loco de sed y caer bajo las balas de los apaches, o ser desollado vivo, es de mal gusto. Vamos a unirnos a Ramón Gallegos.
-Eso es cierto- dijo William Shaw.
-Eso es cierto- dijo George W. Kent.
-Yo estiré los miembros de Ramón Gallegos y puse un pañuelo sobre su cara. Entonces William Shaw dijo: -A mí me gustaría lucir así, por un rato pequeño.
Y George W. Kent dijo que sentía de ese modo también.
-Será eso- dije-, los diablos rojos esperarán una semana. William Shaw y George W. Kent, desenfunden y arrodíllense.
-Lo hicieron, y yo me paré frente a ellos.
-Dios todopoderoso, padre nuestro -dije yo.
-Dios todopoderoso, padre nuestro -dijo William Shaw.
-Dios todopoderoso, padre nuestro -dijo George W. Kent.
-Perdona nuestros pecados -dije yo.
-Perdona nuestros pecados -dijeron ellos.
-Y recibe nuestras almas.
-Y recibe nuestras almas.
-¡Amén!
-¡Amén!
-Yo los acosté junto a Ramón Gallegos y cubrí sus caras.
Hubo una rápida conmoción en el lado opuesto de la fogata: uno de nuestra partida se puso en pie de un salto, pistola en mano.
-¡Y tú! -gritó-, ¿ te atreviste a escapar?, ¿tú te atreves a estar vivo? ¡Tú, perro cobarde, yo te mandaré a que te unas a ellos, aunque me cuelguen por eso!
Pero con un salto de pantera el capitán estaba sobre él, agarrando su muñeca. -¡Aguántate, Sam Yountsey, aguántate!
Ahora todos estábamos de pie, excepto el extraño, que estaba sentado inmóvil y al parecer desatento. Alguien había aferrado el otro brazo de Yountsey.
-Capitán- dije-, aquí hay algo mal. Este tipo es un lunático o un simple mentiroso, sólo un común mentiroso de todos los días, que Yountsey no está llamado a matar. Si este hombre era de esa partida, ésta tenía cinco miembros, uno de los cuales, probablemente él mismo, él no ha nombrado.
-Sí- dijo el capitán liberando al insurgente, quien se sentó-, hay algo inusual. Hace unos años, cuatro cuerpos muertos de hombres blancos, sin cuero cabelludo y mutilados de modo vergonzoso, fueron hallados cerca de la boca de la cueva. Están enterrados ahí, yo he visto las tumbas, todos las veremos mañana.
El extraño se levantó, parándose alto a la luz del fuego moribundo, que en nuestra jadeante atención a su historia habíamos olvidado mantener vivo.
-Había cuatro- dijo-, Ramón Gallegos, William Shaw, George M. Kent y Berry Davis.
Con ese reiterado pase de lista a los muertos, caminó hacia la oscuridad y no lo vimos más.
En ese momento uno de nuestra partida, que había estado de guardia, se acercó a zancadas a nosotros rifle en mano y algo excitado.
-Capitán- dijo-, en la última media hora tres hombres han estado parados allá, en la mesa. Señaló en la dirección tomada por el extraño. -Pude verlos claramente, pues había luna, pero como no tenían armas y yo los tenía cubiertos con la mía, pensé que se iban. No han hecho nada, ¡pero los malditos!, me han tenido con los nervios de punta.
-Regresa a tu puesto, y quédate hasta que los veas de nuevo- dijo el capitán. -El resto de ustedes acuéstense de nuevo, o los voy a patear a todos hasta el fuego.
El centinela se retiró de modo obediente, jurando, y no regresó. Mientras arreglábamos nuestras mantas, el fogoso Yountsey dijo: -Disculpe, capitán, ¿pero quién diablos cree que eran?
-Ramón Gallegos, William Shaw y George W. Kent.
-¿Pero qué hay de Berry Davis? Yo debí haberle disparado.
-Ninguna necesidad, no podías haberlo matado más. Ve a dormir.

Título original: The Stranger, publicado por primera vez en Cosmopolitan, febrero de 1909, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Return to Camp (Detail), XX.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La inmortalidad


El deseo de vida eterna, se ha afirmado comúnmente, es universal, al menos esa es la visión adoptada por los no entendidos en la fe oriental y el carácter oriental. Esos de nosotros, cuyo conocimiento es un poco más amplio, no están preparados para decir que el deseo es universal o incluso general. Si el devoto budista, por ejemplo, desea "vivir siempre", no ha sido exitoso en formular muy claramente el deseo. El tipo de cosa que a éste le place esperar no es lo que deberíamos llamar vida, y no lo que a muchos de nosotros le importaría.
Cuando un hombre dice que toda persona tiene "horror a la aniquilación," podemos estar muy seguros de que no tiene muchas oportunidades para la observación, o que no ha aprovechado todo lo que tiene. La mayoría de las personas van a dormir más bien gustosas, aunque el sueño es una aniquilación virtual mientras dura; y si éste durara para siempre, el durmiente no estaría peor después de un millón de años, que después de una hora de éste. Hay mentes lo suficiente lógicas para pensar en eso de esa forma, y para éstas la aniquilación no es una cosa desagradable de contemplar y esperar.
En este asunto de la inmortalidad, las creencias de las personas parecen ir junto con sus deseos. El tipo que está contento con la aniquilación piensa que la conseguirá, los que quieren la inmortalidad están bastante seguros de que son inmortales, y eso es una asignación de la fe muy confortable. Los pocos de nosotros que quedan desprovistos son los que no se molestan mucho con el asunto, de una forma u otra.
La cuestión de la inmortalidad humana es la más trascendental que la mente es capaz de concebir. Si es un hecho que los muertos viven, todos los demás hechos son, en comparación, triviales y sin interés. La perspectiva de obtener cierto conocimiento respecto a este asunto estupendo, no es alentadora. En todos los países, excepto en los de barbarie, los poderes de las inteligencias más profundas y penetrantes han sido dirigidos, de modo incesante, a la tarea de vislumbrar una vida más allá de esta vida, aunque hoy nadie puede decir con verdad que sabe. Todavía es tanto un asunto de fe, como lo fue siempre.
Nuestras modernas naciones cristianas sostienen la esperanza y la creencia apasionada en otro mundo, aunque el escritor más popular y hablador de su tiempo, el hombre cuyas lecturas obtuvieron la mayor audiencia, el trabajo de cuya pluma le trajo las más altas recompensas, fue el que más arduamente se esforzó por destruir el terreno de esa esperanza y perturbar los cimientos de esa creencia.
El famoso y popular francés, profesor de astronomía espectacular, Camille Flammarion, afirma la inmortalidad porque él ha hablado con almas partidas, que dijeron que eso era verdad. Sí, monsieur, pero seguramente usted conoce la regla sobre la evidencia de oídas. Nosotros, los anglosajones, somos muy particulares sobre eso. Su testimonio es de ese carácter.
M. Flammarion dice:
"Yo no repudio los argumentos presuntivos de los hombres de escuela. Yo meramente los suplanto con algo positivo. Por ejemplo, si usted asumió la existencia de Dios, ese argumento de los escolásticos es bueno. Dios ha implantado en todos los hombres el deseo de la felicidad perfecta. Ese deseo no puede ser satisfecho en nuestras vidas aquí. Si no hubiera otra vida en la que satisfacerlo, entonces Dios sería un engañador. Voilà tout. "
Hay más: el deseo de la felicidad perfecta no implica la inmortalidad, incluso si hay un Dios, pues

1) Dios puede no haberla implantado, pero meramente la sufre para existir, como sufre el pecado de existir, el deseo de riqueza, el deseo de vivir más tiempo del que vivimos en este mundo. No se sostiene que Dios implantó todos los deseos del corazón humano. Entonces, ¿por qué sostener que él implantó el de la felicidad perfecta?
2) Incluso si lo hizo -incluso si un deseo implantado divinamente conlleva su propia satisfacción-, incluso si éste no puede ser satisfecho en esta vida, eso no implica la inmortalidad. Eso implica -sólo- otra vida lo suficiente larga para su satisfacción justo una vez. Una eternidad de satisfacción no es una inferencia lógica de eso.
3) Acaso Dios es “un engañador”. ¿Quién sabe que no lo es? La asunción de la existencia de un Dios es una cosa; la asunción de la existencia de un Dios que es honorable y cándido, de acuerdo a nuestra concepción finita del honor y el candor, es otra.
4) Puede haber un Dios honorable y cándido. Él puede haber implantado en nosotros el deseo de la felicidad perfecta. Puede ser -es- imposible satisfacer ese deseo en esta vida. Aún, la otra vida no está implicada, porque Dios puede no haber intentado que nosotros obtengamos la inferencia de que Él va a satisfacerla. Si es omnisciente y omnipotente, se debe sostener Dios lo ha intentado, cualquier cosa ocurra, pero no el Dios que se asume en la ilustración de M. Flammarion, y puede ser que el conocimiento y el poder de Dios son limitados, o que uno de éstos es limitado.

M. Flammarion es un estudiado, aunque un tanto "amarillo" astrónomo. Él tiene una tremenda imaginación que, naturalmente, es más en casa de lo maravilloso y catastrófico, que en las regiones ordenadas del fenómeno familiar. Para él los cielos son una inmensa pirotecnia, y él es el maestro del espectáculo y pone en marcha los fuegos artificiales. Pero él no sabe nada de lógica, que es la ciencia del pensar recto, y sus visiones de las cosas, por lo tanto, no tienen valor, son nebulosas.
Nada es más claro que nuestra pre-existencia es un sueño, que no tiene ninguna base en absoluto en todo lo que sabemos o podemos esperar saber. De la post-existencia se ha dicho que es la evidencia, o más bien el testimonio, según aseguran los que están en el disfrute presente de ésta, si ésta es disfrutable. Si ese testimonio ha sido dado realmente -y es el único testimonio que merece una consideración momentánea-, es un punto disputable. Muchas personas al vivir esta vida han profesado que la han recibido. Pero nadie profesa, o nunca ha profesado, haber recibido algún tipo de comunicación de una, en la experiencia real de la ante-vida. "Las almas todavía no están vestidas", si éstas son tales, son mudas a la pregunta. La tierra de ultratumba ha sido si no observada, pues a menudo y de forma variada descrita: si no explorada y estudiada, pues cartografiada de modo cuidadoso. Con los muchos recuentos que tenemos de ésta, debe ser fastidioso en verdad quien no pueda estar conforme. Pero de la madre patria que se extiende antes de la cuna, el gran hasta aquí en que todos vivimos si estamos por vivir hasta allá, no tenemos un recuento. Nadie profesa un conocimiento de eso. Ningún testimonio alcanza nuestros oídos de carne en relación con su topografía u otros rasgos, nadie ha sido tan emprendedor como para arrebatarle a sus habitantes reales alguna peculiaridad de su carácter y apariencia, para refrescar nuestra memoria también. Y entre los expertos educados y los defensores profesionales de los mundos que son, hay una negación general de su existencia.
Yo soy de su forma de pensar sobre eso. El hecho de que no tenemos el recuerdo de la vida anterior, es totalmente concluyente para el asunto. El haber vivido una vida no recordada es imposible e impensable, pues no habría nada que conecte la vida nueva con la vieja -ningún hilo de continuidad-, nada que persista de una vida a la otra. El último nacimiento es el de otra persona, de un ser diferente por completo, no relacionado con el primero, un nuevo John Smith que sucede al último Tom Jones.
No nos dejemos engañar aquí por una analogía falsa. Hoy yo puedo recibir un porrazo en la cabeza, que me dará una intermedia temporada de inconsciencia entre ayer y mañana. Después de eso yo puedo vivir hasta una verde vieja edad, sin un recuerdo de nada de lo que supe, o hice, o fue antes del accidente, aunque yo seré la misma persona, pues entre la vida vieja y la nueva habrá un nexus, un hilo de continuidad, algo que abarque el océano de un estado al otro, y el mismo en ambos; a saber, mi cuerpo con sus hábitos, capacidades y poderes. Eso soy yo, eso me identifica para otros como mi yo anterior, me autentica y credencia como la persona que incurrió en la desgracia del cráneo, al desalojar la memoria.
Pero cuando la muerte ocurre, todo es desalojado si la memoria es, pues entre dos existencias meramente mental o espiritual la memoria es el único nexus concebible; la conciencia de la identidad es la única identidad. Vivir otra vez sin la memoria de haber vivido antes, es vivir otra vida. La re-existencia sin el recuerdo es un absurdo, no hay nada que re-exista.

Título original: Immortality, publicado por primera vez en ..., 18..., con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Pixdaux nature photography, XIX.

martes, 3 de noviembre de 2009

Una tumba sin fondo


Mi nombre es John Brenwalter. Mi padre, un borracho, tenía la patente de un invento para hacer granos de café con arcilla, pero era un hombre honesto, y no se hubiera implicado él mismo en la fabricación. Era, por lo tanto, sólo acaudalado con moderación, las regalías de su invento realmente valioso le brindaban apenas lo suficiente, para pagar los gastos de su litigación con un bribón culpable de infracción. Así, yo carecí de muchas ventajas que disfrutan los niños de padres inescrupulosos y deshonrosos, y de no haber sido por una madre noble y devota, que descuidó a todos mis hermanos y hermanas y supervisó personalmente mi educación, habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a estudiar en la escuela. Ser el hijo favorito de una mujer buena es mejor que el oro.
Cuando yo tenía diecinueve años de edad, mi padre tuvo el infortunio de morir. Había tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, que ocurrió en la mesa de comer sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Le habían notificado esa misma mañana, que se le había concedido la patente de un dispositivo para reventar cajas fuertes con presión hidráulica, sin ruido. El comisionado de patentes lo había calificado como la más ingeniosa, efectiva y, en general, meritoria invención que jamás se le hubiera sometido, y mi padre había visto adelante, naturalmente, una era dorada de prosperidad y honor. Su muerte súbita fue, por lo tanto, una profunda decepción para él; pero mi madre, cuyas piedad y resignación a la voluntad del cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba al parecer menos afectada. Hacia el término de la comida, cuando el pobre cuerpo de mi padre fue removido del suelo, nos llamó a todos a la habitación contigua y se dirigió a nosotros como sigue:
-Mis niños, el extraño suceso que ustedes recién han atestiguado, es uno de los incidentes más desagradables en la vida de un hombre bueno, y uno que me da poco placer, les aseguro. Les ruego que crean, que yo no he metido la mano para causarlo. Desde luego- añadió después de una pausa, durante la que sus ojos se abatieron en un pensamiento profundo-, desde luego, es mejor que esté muerto.
Ella profirió eso con tan evidente sentido de su obviedad, como una verdad tan evidente en sí misma, que ninguno de nosotros tuvo el coraje de desafiar su sorpresa, pidiendo una explicación. El aire de sorpresa de mi madre, cuando alguno de nosotros se equivocaba de algún modo, nos parecía muy terrible. Un día, cuando en un arranque de mal humor, yo me tomé la libertad de cortarle la oreja al bebé, sus sencillas palabras: "¡John, tú me sorprendes!", me parecieron una reprobación tan aguda que, después de una noche de insomnio, fui hasta ella con lágrimas y, arrojándome a sus pies, exclamé: "¡Madre, perdóname por sorprenderte!". Así ahora todos -incluso el bebé de una sola oreja- sentimos que sería un asunto más tenue aceptar sin preguntas, la declaración de que era mejor de algún modo, para nuestro querido padre, estar muerto. Mi madre continuó:
-Yo debo decirles, mis niños, que en caso de una muerte súbita y misteriosa, la ley requiere que venga el forense, y corte el cuerpo en pedazos y los someta a un número de hombres que, habiéndolo inspeccionado, lo califican como persona muerta. Por eso el forense obtiene una gran suma de dinero. Yo deseo evitar esa penosa formalidad en esta instancia, eso es algo que nunca tuvo la aprobación de... de los restos. John -aquí mi madre volvió su rostro angelical hacia mí-, tú eres un muchacho educado, y muy discreto. Tú tienes ahora la oportunidad de demostrar tu gratitud, por todos los sacrificios que tu educación nos ha acarreado al resto de nosotros. John, ve y remueve al forense.
Inefablemente deleitado con esta prueba de confianza de mi madre, y por la oportunidad de distinguirme con un acto que cuadraba a mi disposición natural, me arrodillé ante ella, llevé su mano a mis labios y la bañé con lágrimas de sensibilidad. Esa tarde, antes de las cinco, yo había removido al forense.
Fui arrestado de inmediato y arrojado a la cárcel, donde pasé una noche muy incómoda, siendo incapaz de dormir debido a la profanidad de mis colegas prisioneros, dos clérigos, cuyo entrenamiento teológico les había dado una fertilidad de ideas impías, y un dominio del lenguaje blasfemo en absoluto sin paralelo. Pero ya entrada la mañana el carcelero, que durmiendo en la habitación contigua fue disturbado igualmente, entró a la celda y, con un juramento temeroso, advirtió a los caballeros reverendos que, si oía otra grosería más, su vocación sagrada no le impediría ponerlos en la calle. Después de eso, éstos moderaron su objetable conversación y la sustituyeron con un acordeón, y yo dormí con el sueño pacífico y refrescante de la juventud y la inocencia.
A la mañana siguiente fui llevado ante el juez superior, que sesionaba como magistrado de sentencia, y expuesto a mi examen preliminar. Yo me declaré no culpable, añadiendo que el hombre a quien había asesinado era un notorio demócrata. (Mi buena madre era republicana, y desde mi temprana infancia yo fui instruido por ella de forma cuidadosa, en los principios del gobierno honesto y la necesidad de suprimir a la oposición facciosa.) El juez, elegido por una caja de balota de fondo móvil, estaba visiblemente impresionado por la contundencia de mi declaración, y me ofreció un cigarrillo.
-Con la venia, su excelencia -empezó el abogado de distrito-, yo no considero necesario someter ninguna evidencia en este caso. Por la ley de la tierra, usted se sienta aquí como magistrado de sentencia. Por lo tanto, su deber es sentenciar. Un testimonio y un argumento parecidos, implicarían la duda de que su excelencia se propone cumplir con su deber jurado. Ese es mi caso.
Mi abogado, un hermano del forense difunto, se levantó y dijo: -Con la venia de la corte; mi estudiado amigo, por otro lado, ha declarado tan bien y elocuente la ley que gobierna este caso, que sólo me resta inquirir hasta dónde ya se ha cumplido. Es verdad, su excelencia es un magistrado de sentencia, y tanto como su deber es sentenciar: ¿qué? Ese es un asunto que la ley, sabia y justamente, ha dejado a su propia discreción, y usted ha liberado ya sabiamente toda obligación que la ley imponga. Desde que yo conozco a su excelencia, usted no ha hecho otra cosa que sentenciar. Usted ha sentenciado por soborno, latrocinio, incendio, perjurio, adulterio, asesinato; cada crimen del calendario y cada exceso conocido por los sensuales y los depravados, incluyendo a mi estudiado amigo, el abogado de distrito. Usted ha cumplido con todo su deber como magistrado de sentencia, y como no hay evidencia contra este joven meritorio, mi cliente, yo pido que sea liberado.
Se produjo un silencio impresionante. El juez se levantó, se puso la capa negra y, con una voz trémula de emoción, me sentenció a la vida y a la libertad. Después, volviéndose hacia mi abogado, dijo de modo frío pero significativo:
-Lo veré luego.
A la mañana siguiente, el abogado que me había defendido de una forma tan consciente, contra el cargo de asesinar a su propio hermano -con quien tenía una pelea por unas tierras- había desaparecido, y su suerte hasta el día de hoy se desconoce.
Mientras tanto, el cuerpo de mi pobre padre había sido enterrado secretamente a medianoche, en el patio trasero de su última residencia, con sus últimas botas puestas y el último contenido de su estómago no analizado. -Él se oponía a cualquier despliegue -dijo mi querida madre, mientras terminaba de apisonar la tierra sobre él y ayudaba a los niños a esparcir paja por el lugar-; sus instintos eran todos domésticos, y amaba la vida tranquila.
La solicitud de mi madre de las cartas de administración, declaraba que ella tenía buenas razones para creer que el difunto estaba muerto, pues éste no había venido a su comida en casa por varios días; pero el juez de la corte de Crowbait -como siempre la llamó después de modo despectivo- decidió que la prueba de muerte era insuficiente, y puso la propiedad en manos de un administrador público, que era su yerno. Se descubrió que los pasivos estaban equilibrados exactamente con los activos; había quedado sólo la patente del dispositivo para reventar cajas fuertes sin ruido, con presión hidráulica, y ésta había pasado a posesión del juez testamentario y el administrador público, como mi querida madre prefería deletrearlo. Así, en unos pocos breves meses, una acaudalada y respetable familia fue reducida de la prosperidad al crimen, la necesidad nos obligó a ir a trabajar.
En la selección de las ocupaciones, éramos gobernados por una variedad de consideraciones, tales como la idoneidad personal, la inclinación y demás. Mi madre abrió una selecta escuela privada para la instrucción del arte de cambiar las manchas en las alfombras de piel de leopardo; mi hermano mayor, George Henry, que tenía una vuelta para la música, se convirtió en corneta del asilo para sordomudos del vecindario; mi hermana, Mary Maria, aceptaba pedidos de esencias de llavines para aderezar los manantiales minerales del profesor Pumpernickel, y yo me establecí como ajustador y dorador de travesaños para patíbulos. Los demás niños, demasiado jóvenes para laborar, continuaron robando los artículos pequeños expuestos al frente de las tiendas, como se les había enseñado.
En nuestros intervalos de ociosidad, atraíamos a los viajeros a nuestra casa, y enterrábamos los cuerpos en el sótano.
En una parte de ese sótano teníamos vinos, licores y provisiones. Por la rapidez con que desaparecían, adquirimos la creencia supersticiosa de que los espíritus de las personas enterradas allí, venían de la muerte por la noche y tenían un festín. Al menos era cierto que con frecuencia, por la mañana, solíamos descubrir fragmentos de carnes encurtidas, mercancías enlatadas y ciertos despojos esparcidos por el lugar, aunque éste había sido cerrado de forma segura y trancado contra la intrusión humana. Se propuso remover las provisiones y almacenarlas en otro lugar, pero nuestra querida madre, siempre generosa y hospitalaria, dijo que era mejor soportar la pérdida que arriesgarse a la exposición; si a los fantasmas les era negada esa satisfacción insignificante, podrían poner en marcha una investigación, que derribaría nuestro esquema de división del trabajo, desviando las energías de toda la familia hacia la simple industria que yo perseguía: todos nosotros podríamos decorar los travesaños de los patíbulos. Aceptamos su decisión con la filial sumisión, debida a nuestra reverencia a la sabiduría de su palabra y a la pureza de su carácter.
Una noche, mientras todos estábamos en el sótano -nadie se atrevía a entrar solo-, empeñados en ofrecer al alcalde de un pueblo contiguo los oficios solemnes del entierro cristiano, -mi madre y los niños pequeños teniendo una vela cada uno, mientras George Henry y yo laborábamos con la pala y el pico- mi hermana Mary Maria dio un aullido y se cubrió los ojos con las manos. Todos estábamos asustados y con espanto, y las exequias del alcalde fueron suspendidas al instante, mientras que, con rostros pálidos y tonos trémulos, le rogamos a ella nos dijera qué la había alarmado. Los niños más pequeños estaban tan agitados, que tenían las velas de modo inestable, y las sombras ondeantes de nuestras figuras danzaban en las paredes con movimientos toscos y grotescos, y adoptaban las actitudes más espectrales. El rostro del hombre muerto, ya brillando con palidez en la luz, ya apagándose bajo alguna sombra flotante, parecía tomar con cada emersión una expresión nueva y más repulsiva, una amenaza más maligna. Asustadas incluso más que nosotros por el grito de la niña, las ratas corrieron en multitud por el lugar, chillando de forma penetrante, o mirando con ojos inmutables la negra opacidad de alguna esquina distante; meros puntos de luz verde, haciendo juego con la tenue podredumbre fosforescente que llenaba la tumba medio excavada, y que parecía la visible manifestación de ese tenue olor a mortalidad que viciaba el aire insalubre. Los niños ahora sollozaban y se pegaban a las piernas de sus mayores, dejando caer sus velas, y nosotros estábamos cerca de ser dejados en la total oscuridad, excepto por esa luz siniestra que fluía con lentitud hacia arriba, desde la tierra disturbada, y rebasaba los bordes de la tumba como una fuente.
Mientras tanto mi hermana, agachada sobre la tierra que había sido arrojada fuera de la excavación, se había movido las manos del rostro y estaba mirando con ojos dilatados un espacio oscuro entre dos barriles de vino.
-¡Ahí está!, ¡ahí está! -chilló, señalando-. ¡Dios del cielo!, ¿no pueden verlo?
¡Y en verdad estaba allí!, una figura humana apenas discernible en la tiniebla; una figura que ondeaba de un lado al otro, como a punto de caerse, agarrándose de los barriles de vino para apoyarse, había dado un paso inestable hacia adelante, y por un momento se había revelado a la luz de los restos de nuestras velas; luego surgió con pesadez y cayó postrada en la tierra. En ese momento todos habíamos reconocido la figura, el rostro y el porte de nuestro padre -¡muerto estos diez meses y enterrado por nuestras propias manos!- ¡nuestro padre, indudablemente resucitado y terriblemente borracho!
En los incidentes de nuestro vuelo precipitado de ese lugar horrible; en la extinción de todo sentimiento humano en ese tumultuoso, loco treparse por la húmeda y mohosa escalera, resbalando, cayendo, tirando el uno del otro y gateando el uno por la espalda del otro, las luces apagadas, los bebés pisoteados por los pies de sus fuertes hermanos, y lanzados de vuelta a la muerte ¡por un brazo maternal!, en todo eso no me atrevo a pensar. Mi madre, mi hermano y mi hermana mayores y yo escapamos, los otros se quedaron abajo, para perecer de sus heridas o de su terror, algunos quizá por las llamas. Pues en una hora nosotros cuatro, juntando apurados el dinero y las joyas que teníamos, y la ropa que podíamos cargar, incendiamos la vivienda y huimos bajo sus luces hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a cobrar el seguro, y mi querida madre dijo en su lecho de muerte, años después en una tierra lejana, que ése era el único pecado de omisión que pesaba sobre su conciencia. Su confesor, un hombre santo, le aseguró que, bajo las circunstancias, el cielo le perdonaría el descuido.
Unos diez años después de nuestra movida de los escenarios de mi infancia, yo, entonces un falsificador próspero, regresé disfrazado al lugar con vistas a obtener, de ser posible, cierto tesoro que nos pertenecía, que había sido enterrado en el sótano. Puedo decir que no fui exitoso: el descubrimiento de muchos huesos humanos en las ruinas, había puesto a las autoridades a excavar por más. Habían hallado el tesoro y lo habían guardado, para su honestidad. La casa no se había reconstruido, todo el suburbio, de hecho, era una desolación. Tal cantidad de visiones y sonidos no terrenos se habían reportado en los contornos, que nadie quería vivir allí. Como no había a quien preguntar o molestar, resolví satisfacer mi piedad filial echando una mirada, una vez más, al rostro de mi amado padre, por si en verdad nuestros ojos nos habían engañado y él seguía aún en su tumba. Recordé también, que él siempre había usado un enorme anillo de diamante, y sin haberlo visto nunca, ni haber oído de éste desde su muerte, tenía una razón para pensar que podía haber sido enterrado con él. Procurando una pala, localicé pronto la tumba en lo que había sido el patio trasero, y empecé a excavar. Cuando había llegado unos cuatro pies abajo, todo el fondo de la tumba cayó y me precipité a un extenso desagüe, cayendo por un largo hueco en su arco demolido. No había ni un cuerpo, ni ningún vestigio de éste.
Incapaz de salir de la excavación, me arrastré por el desagüe y, tras remover con cierta dificultad una masa de escombros carbonizados y de mampostería ennegrecida que lo obstruía, emergí a lo que había sido aquel sótano funesto.
Todo estaba claro. Mi padre, cualquier cosa hubiera causado que le “cayera mal” la comida (y yo pienso, que mi santa madre podría haber arrojado alguna luz sobre ese asunto), había sido, indudablemente, enterrado vivo. La tumba se había excavado de modo accidental sobre el desagüe olvidado, y abajo, casi hasta la corona de su arco, y no se había usado ningún ataúd; sus esfuerzos por sobrevivir habían roto la mampostería podrida, y había caído por ésta, escapando finalmente hacia el sótano. Sintiendo que no era bienvenido en su propia casa, pero no teniendo otra, había vivido en reclusión subterránea, como un testigo de nuestra frugalidad y un pensionista de nuestra providencia. Era él quien se había comido nuestra comida, era él quien se había bebido nuestro vino, ¡no era mejor que un ladrón! En un momento de intoxicación, y sintiendo, sin dudas, esa necesidad de compañía que es el único vínculo compasivo entre un borracho y su raza, había dejado su lugar de escondite en un instante extrañamente importuno, acarreando las consecuencias más deplorables para sus más cercanos y queridos, un desatino que tuvo casi la dignidad de un crimen.

Título original: A Bottomless Grave, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, febrero de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Singer Sargent, Florentine Wine Cellar, 1882.

domingo, 25 de octubre de 2009

La isla de pinos


Por muchos años cerca del pueblo de Gallipolis, en Ohio, vivió un viejo llamado Herman Deluse. Muy poco se sabía de su historia, pues él mismo no quería hablar de ésta ni sufrir a los otros. Era una creencia común entre sus vecinos que había sido pirata, si había alguna mejor evidencia que su colección de garfios de abordaje, alfanjes y antiguas pistolas de chispa, nadie lo sabía. Vivía solo por completo en una casa pequeña de cuatro habitaciones, que se caía de podrida con rapidez y nunca fue reparada, más allá de lo requerido por el tiempo. Ésta se alzaba en una menuda elevación, en medio de un largo campo pedregoso, cubierto de zarzas y cultivado por parcelas, solamente, del modo más primitivo. Ésa era su única propiedad visible, que podía haberle brindado apenas un modo de vida, tan simple y magro como sus necesidades. Parecía tener siempre dinero al alcance, y pagaba en efectivo todas las compras con un rodeo por las tiendas del pueblo, sin comprar nunca más de dos o tres veces en el mismo lugar, hasta después de un lapso de tiempo considerable. Él no obtenía encomio, sin embargo, por esa distribución equitativa de su patrocinio, la gente se inclinaba a mirarlo como un intento ineficaz de ocultar su posesión de tanto dinero. Que él tenía grandes reservas de oro mal habido, enterradas en algún lugar de su vivienda hundida, no podía dudarlo de modo razonable ningún alma honesta, versada en los hechos de la tradición local y dotada de un sentido de lo propio de las cosas.
El 9 de noviembre de 1867 el viejo murió, al menos, su cuerpo muerto fue descubierto el 10, y los médicos testificaron que la muerte había ocurrido en las veinticuatro horas previas; cómo precisamente, fueron incapaces de decirlo, pues el examen post-mortem mostraba que todos los órganos estaban sanos en absoluto, sin indicio de desorden o violencia. Según ellos, la muerte debía haber tenido lugar hacia el mediodía, ya que el cuerpo fue hallado en la cama. El veredicto del médico forense fue que “había hallado su muerte a causa de una visita de Dios”. El cuerpo fue enterrado y el administrador público se hizo cargo del patrimonio.
Una búsqueda rigurosa no descubrió nada más, de lo que ya se sabía del hombre muerto, y la muy paciente excavación de los juiciosos y frugales vecinos, aquí y allá en la posesión, no dio recompensa. El administrador cerró la casa hasta el momento en que la propiedad, raíz y personal, fuera vendida por la ley, con vistas a sufragar parcialmente los gastos de la venta.
La noche del 20 de noviembre fue borrascosa. Un furioso temporal sacudió la comarca alrededor, azotándola con una desoladora ventisca de aguanieve. Los grandes árboles fueron arrancados de la tierra y arrojados sobre los caminos. Nunca se había sabido de una noche tan salvaje en toda la región, pero hacia la mañana la tormenta se había sofocado y quedado sin aliento, y el día amaneció claro y radiante. Hacia las ocho de esa mañana, el rev. Henry Galbraith, un conocido y muy estimado ministro luterano, llegó a pie a su casa, a milla y media del lugar de Deluse. El sr. Galbraith había estado por un mes en Cincinnati. Había subido por el río en un buque de vapor, y desembarcado en Gallipolis la tarde previa, había obtenido de inmediato una calesa y un caballo, y se había ido a casa. La violencia de la tormenta lo había rezagado por la noche, y por la mañana los árboles caídos lo habían obligado a abandonar su transporte y continuar el viaje a pie.
-¿Pero dónde pasaste la noche? -inquirió su esposa, después que él había relatado su aventura con brevedad.
-Con el viejo Deluse en la “isla de pinos” -fue su risible réplica-, y pasé un tiempo bastante sombrío en ésta. Él no hizo ninguna objeción a que me quedara, pero no le pude sacar ni una palabra.
Afortunadamente, en interés de la verdad, estaba presente en la conversación el sr. Robert Mosely Maren, abogado y littérateur de Columbus, el mismo que había escrito el delicioso Los papeles de Mellowcraft. Advirtiendo, aunque al parecer no compartiendo, el estupor causado por la respuesta del sr. Galbraith, esta persona perspicaz refrenó con un gesto las exclamaciones que naturalmente siguieron, e inquirió de modo tranquilo: -¿Cómo fue que usted entró allí?
Ésta es la versión del sr. Maren de la réplica del sr. Galbraith:
-Yo vi una luz moviéndose por la casa, y estando casi ciego por el aguanieve, y además medio helado, me dirigí a la entrada y amarré mi caballo en la vieja baranda del establo, donde está ahora. Entonces toqué la puerta, y al no recibir una invitación entré sin ninguna. La habitación estaba oscura, pero teniendo cerillos encontré una vela y la prendí. Intenté entrar a la habitación contigua, pero la puerta estaba trabada, y aunque yo oía las pesadas pisadas del viejo adentro, él no daba respuesta a mis llamadas. No había fuego en la chimenea, así que hice uno y me acosté (sic) delante de ésta, con mi sobretodo bajo mi cabeza, y me preparé para dormir. Muy pronto, la puerta que yo había probado se abrió en silencio, y el viejo entró llevando una vela. Le hablé con amabilidad, pidiéndole disculpas por mi intrusión, pero él no me advirtió. Parecía estar buscando algo, aunque sus ojos estaban inmóviles en sus cuencas. Me pregunté si andaría en su sueño. Hizo un circuito en parte del camino, alrededor de la habitación, y salió de la misma forma que había entrado. Volvió a la habitación dos veces más antes de que yo me durmiera, actuando exactamente del mismo modo, y partiendo como al principio. En los intervalos lo oía vagando por toda la casa, sus pisadas eran claramente audibles en las pausas de la tormenta. Cuando me desperté por la mañana ya se había ido. El sr. Maren intentó algunas preguntas más, pero fue incapaz de contener las lenguas de los familiares por más tiempo; la historia de la muerte de Deluse y su entierro fue revelada, para gran estupor del buen ministro.
-La explicación de su aventura es muy sencilla -dijo el sr. Maren-. Yo no creo que el viejo Deluse ande en sueños, no en este suyo actual; pero usted, evidentemente, sueña en los suyos.
Y con esa visión del asunto, el sr. Galbraith se vio obligado a convenir con reticencia.
No obstante, a una hora tardía de la noche siguiente, estos dos caballeros se hallaban, acompañados por un hijo del ministro, en el camino enfrente de la casa del viejo Deluse. Había una luz adentro, ésta aparecía ya en una ventana, ya en otra. Los tres hombres avanzaron hacia la puerta. Justo al llegar a ésta, del interior vino una confusión de sonidos aterradores: ¡un choque de armas, de acero contra acero, de agudas explosiones, como de armas de fuego, de chillidos de mujeres, de gemidos y maldiciones de hombres en combate! Los investigadores se pararon por un momento, irresolutos, asustados. Entonces el sr. Galbraith probó la puerta. Ésta estaba trabada. Pero el ministro era un hombre de coraje, un hombre, además, con una fuerza hercúlea. Se retiró uno o dos pasos y se arrojó contra la puerta, golpeándola con su hombro derecho, y arrancándola del marco con un fuerte estruendo. En un momento los tres estuvieron adentro. ¡Oscuridad y silencio! El único sonido era el latido de sus corazones.
El sr. Maren se había provisto de cerillos y de una vela. Con cierta dificultad, producida por su excitación, prendió una luz, y procedieron a explorar el lugar, pasando de habitación a habitación. Todo estaba en disposición ordenada, como había sido dejado por el sheriff, nada había sido alterado. Una leve capa de polvo yacía en todas partes. La puerta trasera estaba semi abierta, como por descuido, y su primera idea fue que los autores de la juerga horrible pudieron haber escapado. La puerta fue abierta, y la luz de la vela brilló por el suelo. El expirado esfuerzo de la tormenta de la noche previa, había sido una leve caída de nieve; no había huellas, la blanca superficie estaba inviolada. Cerraron la puerta y entraron a la última habitación, de las cuatro que tenía la casa, la más alejada del camino, en un ángulo de la vivienda. Allí la vela en la mano del sr. Maren fue apagada de súbito por una corriente de aire. Casi de inmediato siguió el sonido de una caída pesada. Cuando la vela fue prendida de modo apurado, se vio al joven sr. Galbraith postrado en el suelo, a una pequeña distancia de los otros. Estaba muerto. Con una mano el cuerpo agarraba un pesado saco de monedas, cuyo posterior examen mostró eran todas de una vieja casa española. Directo sobre el cuerpo como yacía, había una tabla que había sido arrancada de sus sostenes en la pared, y era evidente que la bolsa había sido tomada de la cavidad así descubierta.
Otra pesquisa se hizo: otro examen post-mortem fracasó en revelar la probable causa de muerte. Otro veredicto de “la visita de Dios” dejó a todos en libertad de sacar sus propias conclusiones. El sr. Maren sostuvo que el joven había muerto de excitación.

Título original: The Isle of Pines, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, agosto de 1888, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Beyond The Ridge, XX.

jueves, 22 de octubre de 2009

Un diagnóstico de muerte


-Yo no soy tan supersticioso como algunos de sus médicos; los hombres de ciencia, como les complace ser llamados -dijo Hawver, replicando a una acusación que no había sido hecha-. Algunos de ustedes, sólo unos pocos, confieso, creen en la inmortalidad del alma, y en apariciones que no tienen la honestidad de llamar fantasmas. Yo no voy más lejos de la convicción de que los vivos, a veces, son vistos donde no están pero han estado; donde han vivido mucho tiempo, quizás de un modo tan intenso, como para haber dejado su impresión en todo lo que les rodeaba. Yo sé, en verdad, que un ambiente puede ser tan afectado por una persona, como para producir, mucho tiempo después, una imagen de sí misma en los ojos de otra. Indudablemente, la persona impresa tiene que ser el tipo justo de persona, como los ojos perceptores tienen que ser el tipo justo de ojos; los míos, por ejemplo.
-Sí, el tipo justo de ojos, las sensaciones convincentes para el tipo erróneo de cerebro -dijo el dr. Frayley, sonriendo.
-Gracias, a uno le gusta tener una expectativa satisfecha; esto es sobre la réplica, que yo supuse usted tendría la cortesía de hacer.
-Perdóneme. Pero usted dice que lo sabe. Eso es fácil de decir, ¿no cree? Quizás, usted no tendrá problema para decirme cómo lo supo.
-Usted lo llamaría una alucinación- dijo Hawver-, pero eso no importa. Y contó la historia.
El último verano yo fui, como sabe, a pasar el término del tiempo caluroso al pueblo de Meridian. El pariente, en cuya casa había intentado quedarme, estaba enfermo, así que busqué otro alojamiento. Después de alguna dificultad, tuve éxito en rentar una vivienda vacante, que había estado ocupada por un doctor excéntrico de nombre Mannering, que se había ido años antes nadie sabía a dónde, ni incluso su agente. Él había construido la casa él mismo, y había vivido en ésta con un viejo sirviente, por cerca de diez años. Su práctica, nunca muy extensa, después de unos años se había agotado por entero. No sólo eso, sino que él mismo se había apartado, casi por completo, de la vida social, y se había convertido en un recluso. A mí me dijo el doctor de la villa, la única persona con quien mantuvo alguna relación, que durante su retiro se había dedicado a una única línea de estudio, cuyo resultado había expuesto en un libro, que no se comendó a la aprobación de sus hermanos de profesión, quienes, en verdad, lo consideraban a él no sano por entero. Yo no he visto el libro, y no puedo ahora recordar su título, pero me han dicho que éste exponía una teoría, más bien, de espanto. Él mantenía que era posible, en muchos casos, que una persona de buena salud pronosticara su muerte con precisión, varios meses antes del suceso. El límite, yo creo, era dieciocho meses. Hubo cuentos locales, de que él había ejercido sus poderes de pronóstico, o quizás usted diría de diagnóstico; y se dijo que en cualquier instancia la persona, a cuyos amigos había advertido, había muerto de súbito en el tiempo señalado, y sin una causa asignada. Todo esto, de algún modo, no tiene nada que ver con lo que tengo que decir, yo pensé que podría divertir a un médico.
La casa estaba amueblada, justo como cuando él había vivido en ésta. Era una vivienda más bien lúgubre, para alguien que no era ni un recluso ni un estudiante, y yo pienso que me dio algo de su carácter, quizás algo del carácter de su anterior ocupante; pues siempre sentí en ésta cierta melancolía, que no estaba en mi disposición natural, ni pienso, era debido a la soledad. Yo no tenía sirvientes que durmieran en la casa, pero siempre fui, como usted sabe, más bien aficionado a mi propia sociedad, siendo muy adicto a la lectura, aunque poco al estudio. Cualquiera fuera la causa, el efecto fue el desaliento y una sensación de mal inminente; eso era, especialmente, en el estudio del dr. Mannering, aunque esa habitación era la más luminosa y aireada de la casa. El retrato al óleo del doctor a tamaño natural, colgaba en esa habitación y parecía dominarla por completo. No había nada inusual en la pintura; el hombre era, evidentemente, bien parecido más bien, unos cincuenta años de edad, con un cabello gris metálico, un rostro bien afeitado y unos ojos serios, oscuros. Algo en la pintura siempre atraía y retenía mi atención. La apariencia del hombre se volvió familiar para mí, y más bien me hechizó.
Una noche, yo pasaba por esa habitación hacia mi dormitorio, con una lámpara, no había gas en Meridian. Me paré como de costumbre ante el retrato, que parecía tener a la luz de la lámpara una nueva expresión, no fácil de definir pero claramente extraña. Me interesó pero no me disturbó. Yo moví la lámpara de un lado a otro, y observé los efectos de la luz alterada. Mientras estaba ocupado en eso, sentí el impulso de voltearme. Y al hacerlo, ¡vi a un hombre que se movía por la habitación directo hacia mí! Tan pronto se acercó lo suficiente, para que la luz de la lámpara iluminara el rostro, vi que era el dr. Mannering en persona; ¡era como si el retrato estuviera caminando!
-Le pido disculpas -dije, algo fríamente-, pero si usted tocó, yo no lo oí.
Él me pasó a un palmo de distancia, levantó su dedo índice derecho como en advertencia y, sin una palabra, salió de la habitación, aunque yo observé su salida no más, de lo que había observado su entrada.
Por supuesto, no necesito decirle que eso fue, lo que usted llamaría una alucinación, y yo llamaría una aparición. Esa habitación tenía sólo dos puertas, una de las cuales estaba cerrada, la otra llevaba al dormitorio, de donde no había salida. Mi sensación al entender eso, no es una parte importante del incidente.
Indudablemente, esto le parecerá un “cuento de fantasmas”, un lugar muy común, algo construido sobre las líneas regulares dejadas por los viejos maestros del arte. Si fuera así, no se lo habría contado, incluso si fuera verdad. El hombre no estaba muerto, yo lo encontré hoy en la calle Unión. Me pasó por el lado entre la multitud.
Hawver había terminado su historia, y ambos hombres se quedaron en silencio. El dr. Frayley, de modo ausente, tamborileó en la mesa con sus dedos.
-¿Le dijo alguna cosa hoy?- preguntó-, ¿alguna cosa, por la que usted hubiera inferido que él no estaba muerto?
Hawver lo miró fijamente y no replicó.
-Quizás- continuó Frayley-, hizo una señal, un gesto, levantó un dedo como en advertencia. Es una treta que él tenía, un hábito cuando decía algo serio, anunciando el resultado de un diagnóstico, por ejemplo.
-Sí, lo hizo, justo al hacer su aparición. ¡Pero, buen Dios! ¿Usted lo conoció alguna vez?
Hawver, al parecer, se estaba poniendo nervioso.
-Yo lo conocía. Había leído su libro, como hará todo médico algún día. Es una de las más sorprendentes e importantes contribuciones del siglo a la ciencia médica. Sí, yo lo conocía, lo atendí en su enfermedad hace tres años. Él murió.
Hawver saltó de su silla, visiblemente disturbado. Caminó atrás y adelante por la habitación, luego se aproximó a su amigo y, con una voz no serena por completo, dijo: -Doctor, ¿usted tiene algo que decirme, como médico?
-No, Hawver, usted es el hombre más saludable que yo he conocido. Como amigo, le aconsejo que vaya a su habitación. Usted toca el violín como un ángel. Tóquelo, toque algo ligero y avivado. Saque ese maldito mal negocio de su mente.
Al día siguiente Hawver fue hallado muerto en su habitación, el violín en su cuello, el arco sobre las cuerdas, su música abierta ante él en la marcha fúnebre de Chopin.

Título original: A Diagnosis of Death, publicado por primera vez en The New York Journal, diciembre de 1901, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: John Singer Sargent, Self Portrait, 1906.

domingo, 18 de octubre de 2009

El habitante de Carcosa


Pues hay diversas clases de muerte, algunas en las que el cuerpo permanece, y en algunas se desvanece por completo con el espíritu. Eso ocurre comúnmente sólo en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y nadie viendo el final, decimos que el hombre se ha perdido, o ido en un largo viaje, lo que en efecto ha hecho; pero a veces eso ha sucedido a la vista de muchos, como el abundante testimonio ha mostrado. En un tipo de muerte el espíritu muere asimismo, y se ha sabido que eso ha sucedido aún, mientras el cuerpo estuvo en vigor por muchos años. A veces, como se ha atestiguado verazmente, éste ha muerto con el cuerpo, pero después de una estación se ha elevado de nuevo, en ese lugar donde el cuerpo se había podrido.
Ponderando estas palabras de Hali (para quien el descanso de Dios), y cuestionando su sentido completo como uno quien, teniendo una intimación, aún duda de si no habrá algo más detrás de eso que ha discernido, no advertí dónde me había extraviado hasta que un súbito viento frío, golpeando mi rostro, revivió en mí la sensación de mis contornos. Yo observé con estupor que todo parecía no familiar. A todos mis costados se expandía la yerma y desolada extensión de una llanura, cubierta por una alta maleza de hierba reseca que susurraba y zumbaba bajo el viento del otoño, con saben los cielos qué sugestión misteriosa e inquietante. Sobresaliendo con largos intervalos arriba de ésta, se paraban unas rocas de labrado extraño y colores sombríos, que parecían tener un entendimiento una con otra, e intercambiar miradas de significado incómodo, como si hubieran alzado sus cabezas para ver el emanar de algún suceso previsto. Unos pocos árboles marchitos aparecían aquí y allá, como líderes de esa malévola conspiración de expectativa silenciosa.
El día, pensé, debía estar muy avanzado, aunque el sol era invisible; y aunque era sensible que el aire era crudo y frío, mi conciencia de ese hecho era más bien mental que física, yo no tenía una sensación de incomodidad. Por encima de todo el paisaje lúgubre, una bóveda de nubes bajas, de color plomizo colgaba como una maldición visible. En todo esto había una amenaza y un portento, un indicio del mal y una intimación de condena. Ningún pájaro, bestia o insecto había allí. El viento suspiraba en las ramas peladas de los árboles muertos, y la hierba gris se encorvaba para susurrar a la tierra su secreto de espanto, pero ningún otro sonido o movimiento violaba el reposo horrendo de ese lugar lúgubre.
Yo observé en el herbaje un número de piedras gastadas por el tiempo, evidentemente, labradas con utensilios. Éstas estaban quebradas, cubiertas de musgo y medio hundidas en la tierra. Algunas yacían postradas, algunas se inclinaban en varios ángulos, ninguna estaba vertical. Eran obviamente lápidas de tumbas, aunque las tumbas en sí mismas no existían más como montículos u hondonadas, los años lo habían nivelado todo. Dispersos aquí y allá, los bloques más macizos mostraban dónde, algún sepulcro pomposo o monumento ambicioso, había lanzado alguna vez su feble desafío al olvido. Esas reliquias, esos vestigios de vanidad y memorias de afecto y piedad parecían tan viejos, tan abatidos, gastados y manchados, el lugar tan descuidado, desierto y olvidado, que no pude evitar creerme yo mismo el descubridor del camposanto de una raza prehistórica de hombres, cuyo nombre verdadero estaba extinto hacía largo tiempo.
Lleno de estas reflexiones, estuve por algún tiempo desatento a la secuencia de mis propias experiencias, pero pronto pensé: ¿Cómo llegué yo hasta aquí? Un momento de reflexión pareció hacer claro todo esto, y explicar al mismo tiempo, aunque de una manera inquietante, el carácter singular con que mi fantasía había invertido todo cuanto yo veía u oía. Yo estaba enfermo. Recuerdo ahora que había estado postrado por una fiebre súbita, y que mi familia me había contado que en mis períodos de delirio, yo había clamado por libertad y aire de modo constante, y había sido mantenido en la cama para prevenir mi escape fuera de puertas. Ahora había eludido la vigilancia de mis asistentes, y había vagado hasta aquí para ir... ¿a dónde? No lo podía conjeturar. Claramente, yo estaba a una distancia considerable de la ciudad donde residía, la antigua y famosa ciudad de Carcosa.
Ni un signo de vida humana, visible o audible, había en algún lugar; ni un humo subiente, ni un ladrido de perro guardián, ni un mugido de ganado, ni gritos de niños en juego, nada más que ese camposanto lúgubre, con su aire de misterio y espanto, debido a mi propio cerebro en desorden. ¿No me estaría yo poniendo delirante de nuevo, aquí, más allá de la ayuda humana? ¿No sería todo, en efecto, una ilusión de mi locura? Dije en voz alta los nombres de mi esposa e hijos, extendí mis manos en búsqueda de las suyas, incluso mientras caminaba entre las piedras trituradas y la hierba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo voltearme. Un animal salvaje, un lince, se aproximaba. Me vino un pensamiento: si me derrumbo aquí, en el desierto, si la fiebre retorna y me decaigo, esa bestia estará sobre mi garganta. Salté hacia ésta, gritando. Pasó trotando tranquila, a una anchura de un palmo de mí, y desapareció detrás de una roca.
Un momento más tarde la cabeza de un hombre pareció alzarse del terreno, a una corta distancia. Estaba ascendiendo por la ladera más lejana de una colina baja, cuya cresta era apenas distinguible de la planicie general. Toda su figura pronto se puso a la vista, contra el trasfondo de una nube gris. Estaba medio desnudo, medio vestido de pieles. Su cabello era desgreñado, su barba larga y andrajosa. En una mano cargaba un arco y una flecha, la otra mantenía una antorcha llameante, con un largo rastro de humo negro. Caminaba con lentitud y cautela, como si temiera caer en alguna tumba abierta, ocultada por la hierba alta. Esa extraña aparición me sorprendió, pero no me alarmó, y tomando tal curso como para interceptarlo, me encontré con él casi cara a cara, abordándolo con un saludo familiar: -Dios te guarde.
No me prestó atención, ni arrestó su paso.
-Buen extraño- continué-, yo estoy enfermo y perdido. Guíame, te lo suplico, a Carcosa.
El hombre rompió en un cántico bárbaro en una lengua desconocida, pasando por delante y de largo.
Un búho, en la rama de un árbol podrido, ululó de forma lúgubre, y fue respondido por otro en la distancia. Mirando arriba vi, a través de una súbita fisura en las nubes, ¡a Aldebarán y las Híadas! En todo esto había un indicio de la noche: el lince, el hombre con la antorcha, el búho. Aunque yo veía, veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía pero, al parecer, no era visto ni oído. ¿Bajo qué hechizo horrendo yo existía?
Me senté en la raíz de un gran árbol, para considerar seriamente qué era mejor hacer. De que yo estaba loco no podía dudar más, aunque reconocía un terreno de duda en la convicción. De fiebre no tenía rastro. Tenía, con todo, una sensación de hilaridad y vigor que me eran desconocidas por completo, un sentimiento de exaltación mental y física. Todos mis sentidos parecían en alerta, yo podía sentir el aire como una sustancia ponderosa, podía oír el silencio.
La gran raíz del árbol gigante, contra cuyo tronco yo me inclinaba al sentarme, había encerrado en su agarre una losa de piedra, una parte de la cual sobresalía en un receso formado por otra raíz. La piedra estaba así protegida parcialmente del tiempo, aunque estaba bastante descompuesta. Sus bordes estaban gastados en redondo, sus esquinas comidas del todo, su superficie surcada y escamada de modo profundo. Unas brillantes partículas de mica eran visibles en la tierra alrededor, vestigios de su descomposición. Esa piedra, al parecer, había marcado la tumba, de la que el árbol había brotado siglos antes. Las exigentes raíces del árbol se habían robado la tumba y hecho prisionera la piedra.
Un viento súbito empujó algunas hojas secas y ramitas de la cara superior de la piedra, yo vi las letras en bajorrelieve de una inscripción, y me encorvé para leerlas. ¡Dios del cielo, mi nombre completo!, ¡la fecha de mi nacimiento, la fecha de mi muerte!
Un eje de luz nivelado iluminó todo el costado del árbol, mientras yo me ponía en pie de un salto con terror. El sol estaba saliendo por el oriente rosado. Yo estaba parado entre el árbol y su ancho disco rojizo, ¡ninguna sombra oscurecía el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó el amanecer. Yo los vi sentados sobre sus ancas, solos y en grupos, en las cimas de los montículos y los túmulos irregulares que llenaban una mitad de mi perspectiva desierta, y se extendían hasta el horizonte. Y entonces supe que esas eran las ruinas de la antigua y famosa ciudad de Carcosa.
Tales son los hechos impartidos al médium Bayrolles por el espíritu de Hoseib Alar Robardin.

Título original: An Inhabitant of Carcosa, publicado por primera vez en San Francisco News Letter y California Advertiser, diciembre de 1886, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Vasiliy Polenov, Partenon, XIX.

jueves, 15 de octubre de 2009

La vid de una casa


A unas tres millas del pequeño pueblo de Norton, en Missouri, en el camino que conduce a Maysville, se levanta una casa vieja que fue ocupada, últimamente, por una familia de apellido Harding. Desde 1886 nadie ha vivido en ésta, ni nadie ha querido vivir de nuevo. El tiempo y el disfavor de las personas que habitan sus contornos, la han convertido más bien en una ruina pintoresca. Un observador no conocedor de su historia, la pondría con dificultad en la categoría de las "casas embrujadas", aunque en toda la región a la redonda tal es su mala reputación. Sus ventanas están sin cristales, sus entradas sin puertas, hay anchas roturas en el tejado de bardas, y por la falta de pintura el entablado es de un gris parduzco. Pero esos signos infalibles de lo sobrenatural están ocultados parcial, y mitigados mayormente por el follaje abundante de una larga vid, que desborda la estructura completa. Esa vid -de una especie que ningún botánico jamás ha sido capaz de nombrar- tiene un papel importante en la historia de la casa.
La familia Harding consistía de Robert Harding, su esposa Matilda, la señorita Julia Went, que era su hermana, y dos niños pequeños. Robert Harding era un hombre silencioso, de frías maneras, que no hizo amigos en el vecindario y, al parecer, no le importaba hacer ninguno. Tenía unos cuarenta años de edad, era frugal y laborioso, y se ganaba la vida en la granja pequeña, que ahora estaba cubierta de maleza y zarzas. Él y su cuñada eran más bien un tabú para sus vecinos, quienes parecían pensar que ellos eran vistos juntos con demasiada frecuencia; no era culpa suya por completo, pues en esos tiempos ellos, evidentemente, no reputaron la observación. El código moral del Missouri rural era severo y exigente.
La sra. Harding era una mujer gentil, de ojos tristes, a quien le faltaba el pie izquierdo.
En algún momento de 1884, se supo que ella había ido a visitar a su madre en Iowa. Eso fue lo que dijo su esposo en respuesta a las preguntas, y su manera de decirlo no animaba a inquirir más. Ella nunca regresó, y dos años más tarde, sin vender su granja o cualquier cosa que fuera suya, o designar a un agente que velara por sus intereses, o trasladar sus bienes domésticos, Harding, con el resto de la familia, abandonó la comarca. Nadie sabía a dónde había ido, a nadie en ese tiempo le importó. Naturalmente, todo lo del lugar que era mudable, pronto desapareció, y la casa desierta se volvió “embrujada”, a la manera de su clase.
Una tarde de verano, cuatro o cinco años después, el rev. J. Gruber, de Norton, y un abogado de Maysville, nombrado Hyatt, se juntaron montados a caballo frente al lugar de Harding. Teniendo cuestiones de negocio que discutir, amarraron a sus animales y fueron a la casa, y se sentaron en el portal a conversar. Alguna referencia humorística a la reputación sombría del lugar fue hecha, y olvidada tan pronto como expresada, y hablaron de sus asuntos de negocios hasta que se hizo casi oscuro. La noche era opresivamente calurosa, con un aire estancado.
Al rato, ambos hombres saltaron de sus asientos con sorpresa: una vid larga, que cubría la mitad del frente de la casa, y colgaba sus ramas del borde del portal, sobre ellos, se agitó de modo visible y audible, temblando con cada tallo y hoja de modo violento.
-Vamos a tener tormenta-, exclamó Hyatt.
Gruber no dijo nada, pero dirigió en silencio la atención del otro hacia el follaje de los árboles adyacentes, que no mostraban movimiento; incluso, las delicadas puntas de las siluetas de las ramas contra el cielo claro, estaban inmóviles. Bajaron apurados por los peldaños a lo que había sido un césped, y miraron hacia arriba a la vid, cuya longitud completa era ahora visible. Ésta continuó con su agitación violenta, aunque ellos no podían discernir la causa del disturbio.
-Vamos a irnos-, dijo el ministro.
Y se fueron. Olvidando que habían viajado en direcciones opuestas, se alejaron montando juntos. Fueron a Norton, donde relataron su extraña experiencia a unos cuantos amigos discretos. La tarde siguiente, sobre la misma hora, acompañados de otros dos, cuyos nombres no se recuerdan, estaban de nuevo en el portal de la casa de Harding, y el misterioso fenómeno ocurrió de nuevo: la vid se agitó de modo violento, mientras que, ni el escrutinio más cercano de la raíz a la punta, ni sus fuerzas combinadas aplicadas al tronco, sirvieron para aquietarla. Después de una hora de observación se retiraron, no menos sabios, se piensa, que cuando habían llegado.
Éstos hechos singulares no requirieron mucho tiempo, para despertar la curiosidad del vecindario completo. De día y de noche una multitud de personas se reunió en la casa de Harding, "buscando una señal." No parece que alguien la hallara, pero lo mencionado por los testigos era tan creíble, que nadie dudó de la realidad de las "manifestaciones" que ellos habían testificado.
Por alguna feliz inspiración o algún designio destructivo, un día se propuso -nadie parecía saber de quien vino la sugerencia- desenterrar la vid, y después de un buen debate, se hizo eso. No se encontró nada más que la raíz, ¡pero nada pudo haber sido más extraño!
A cinco o seis pies desde el tronco, que tenía en la superficie de la tierra un diámetro de varias pulgadas, ésta corría hacia abajo sola y directa, hacia la tierra suelta, friable; luego se dividía y subdividía en raicitas, fibras y filamentos, la mayoría curiosamente entrelazadas. Cuando fueron libradas del suelo con cuidado, éstas mostraron una formación singular. En sus ramificaciones y doblamientos sobre sí mismas hacían una red compacta, que tenía por su talla y forma un parecido asombroso a una figura humana. La cabeza, el tronco y los miembros estaban allí, incluso los dedos y los pies estaban claramente definidos, y muchos confesaron ver representados, en la distribución y disposición de las fibras de la masa globular, la cabeza y la grotesca sugerencia de un rostro. La figura estaba horizontal, las raíces más pequeñas habían empezado a unirse en el pecho.
En el punto de semejanza a la forma humana, la imagen era imperfecta. A unas diez pulgadas de una de las rodillas, el cilio que formaba la pierna se había doblado abruptamente hacia atrás y adentro, en el curso de su crecimiento. A la figura le faltaba el pie izquierdo.
No había más que una inferencia, la obvia, pero en la excitación siguiente fueron propuestos tantos cursos de acción, como consejeros incapaces había. La cuestión fue resuelta por el sheriff del condado que, como custodio legal de la propiedad abandonada, ordenó la sustitución de la raíz y el rellenado de la excavación con la tierra que había sido removida.
Más tarde la pesquisa sacó a la luz, solamente, un hecho de relevancia y significado: la sra. Harding nunca había visitado a sus parientes en Iowa, y ellos tampoco sabían que se suponía ella lo hubiera hecho.
De Robert Harding y el resto de su familia, no se sabe nada. La casa conserva su mala reputación, pero la vid replantada es un vegetal tan ordenado y de buena conducta, que una persona nerviosa podría desear sentarse bajo ésta en una noche agradable, cuando el saltamontes chirría su revelación inmemorial, y el distante chotacabras da a entender su noción de lo que debe hacerse al respecto.

Título original: A Vine on a House, publicado por primera vez en The Cosmopolitan, octubre de 1905, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Martin Grelle, Brush Country Cowboys (Detail), XX.

domingo, 11 de octubre de 2009

La ventana tapiada


En 1830, a sólo unas pocas millas de lo que es ahora la gran ciudad de Cincinatti, había una foresta inmensa y casi inviolada. Toda la región estaba escasamente poblada por gente de la frontera, almas incansables, que tan pronto levantaron con intrepidez hogares habitables fuera de la espesura, y alcanzaron un grado de prosperidad que hoy llamaríamos indigencia, impelidas por algún misterioso impulso de su naturaleza, lo abandonaron todo y se encaminaron al lejano oeste para encontrar nuevos peligros y privaciones, en un esfuerzo por recobrar la magra comodidad a la que habían renunciado de forma voluntaria. Muchos de ellos ya habían dejado esa región por asentamientos remotos, pero entre los que quedaban había uno que fue de los primeros que arribaron. Éste vivía solo en una casa de troncos, rodeada en todos los costados por la gran foresta, de cuya lobreguez y silencio parecía ser parte, pues nadie lo vio jamás sonreír o decir una palabra no necesaria. Sus simples necesidades las satisfacía con la venta o el trueque de pieles de animales salvajes en el pueblo del río, pero no con cosas que hubiera cosechado en una tierra que, de ser necesario, podría haber reclamado por derecho de posesión inalterada. Hubo evidencias de “mejoría”, unos pocos acres de la tierra inmediata a la casa fueron limpiados una vez de sus árboles, cuyos tocones podridos fueron ocultados a medias por una nueva vegetación, que debió sufrir para reparar el estrago causado por el hacha. Al parecer, el fervor del hombre por la agricultura ardió con una llama lánguida, expirando en cenizas penitentes.
La pequeña casa de troncos con su chimenea de estacas, su tejado de tablitas combadas, apoyadas con pértigas atravesadas y sus sellados de barro, tenía una sola puerta y, opuesta de modo directo, una ventana. La última, no obstante, estaba tapiada, nadie podía recordar un tiempo cuando no lo estuviera. Y nadie sabía por qué estaba tan cerrada; ciertamente, no por el desagrado del ocupante hacia la luz y el aire, pues en esas raras ocasiones, en que un cazador había pasado por aquel sitio solitario, el recluso había sido visto, comúnmente, tomando sol él mismo en el umbral, si el cielo le proveía resolana para su necesidad. Yo me figuro que hay pocas personas vivientes hoy, que hayan conocido alguna vez el secreto de esa ventana, y yo soy una de ellas, como verán.
El nombre del hombre se ha dicho que era Murlock. Tenía en apariencia setenta años, pero en realidad unos cincuenta. Algo, años atrás, le había dado una mano en su envejecer. Su cabello y toda su larga barba eran blancos, sus ojos grises, sin brillo, hundidos, su rostro singular estaba suturado por unas arrugas, que parecían pertenecer a dos sistemas interceptados. De figura era alto y enjuto, con una joroba en los hombros, como si cargara algo. Yo nunca lo vi, esas señas las supe por mi abuelo, de quien obtuve también la historia del hombre, cuando yo era un chico. Él lo había conocido cuando vivía cerca de allí, en esos días lejanos.
Un día Murlock fue hallado en su cabaña, muerto. No hubo tiempo ni lugar para coronas ni periódicos, y yo supongo fue acordado que había muerto de causas naturales, o me lo habrían dicho y lo habría recordado. Yo sólo sé que, con lo que fue, probablemente, un sentido de lo propio de las cosas, el cuerpo fue enterrado cerca de la cabaña, al lado de la tumba de su esposa, quien lo había precedido hacía tantos años, que la tradición local retenía con dificultad algún indicio de su existencia. Esto cierra el capítulo final de su historia verdadera, excepto, en verdad, la circunstancia de que muchos años después, en compañía de un espíritu igualmente intrépido, yo penetré hasta el lugar y me aventuré lo suficiente cerca de la cabaña ruinosa, como para lanzar una piedra a ésta, y correr de allí para huir del fantasma, que todo chico bien informado de la localidad, sabía que rondaba el sitio. Pero hay un capítulo anterior, ese me lo ofreció mi abuelo.
Cuando Murlock construyó su cabaña, y empezó a cortar con su hacha tenazmente, para levantar la granja -el rifle, entre tanto, era su medio de sostén-, era joven, fuerte y estaba lleno de esperanza. En ese país occidental de donde venía, se había casado, como era la moda, con una mujer joven, digna en todas las formas de su honesta devoción, y que compartió los peligros y privaciones de su suerte, con un espíritu de voluntad y un corazón ardiente. No hay registro conocido de su nombre; de los encantos de su mente y persona la tradición guarda silencio, y el dudoso está en libertad de acariciar su duda, ¡pero Dios no quiera que yo la comparta! De su afecto y dicha, hay certeza suficiente en cada día adicional de la vida del hombre viudo, ¿pues qué, si no el magnetismo de su memoria sagrada, pudo haber encadenado ese espíritu venturoso a una suerte como esa?
Un día Murlock regresó de una cacería en una parte distante de la foresta, y encontró a su mujer postrada con fiebre y delirio. No había un médico en millas, ni un vecino, ella tampoco estaba en condición de ser dejada para buscar ayuda. Así que se dio a la tarea de cuidarla para devolverle la salud, pero al final del tercer día ella cayó inconsciente y falleció, al parecer, sin tener nunca un atisbo de razón.
Por lo que sabemos de una naturaleza como la suya, nos podemos aventurar a esbozar algunos detalles de la pintura de bosquejo, dibujada por mi abuelo. Cuando se convenció de que ella estaba muerta, Murlock tuvo suficiente sentido para recordar, que el muerto debía ser preparado para el entierro. En la ejecución de ese deber sagrado, se confundió una y otra vez, hizo ciertas cosas de forma incorrecta, y otras que hizo de forma correcta fueron hechas una y otra vez. Sus fallas ocasionales para culminar un acto tan simple y ordinario, lo llenaron de estupor, como el de un borracho que se pregunta ante la suspensión de las leyes familiares naturales. Se sintió sorprendido también de que no había llorado -sorprendido y un poco avergonzado-, seguro de que era descortés no llorar por el muerto. -Mañana- dijo en voz alta, -tendré que hacer el ataúd y cavar la tumba, y entonces la echaré de menos, cuando no esté más a la vista; pero ahora ella está muerta, por supuesto, pero todo está bien, debe estar bien de algún modo. Las cosas no pueden ser tan malas como parecen.
Se puso sobre el cuerpo en la luz menguante, ajustando el cabello y dando los toques finales al simple toilet, haciéndolo todo de una forma mecánica, con un cuidado desalmado. Y aún le pasaba por la conciencia, la sensación de la convicción de que todo estaba bien, de que él debía tenerla otra vez, como antes, y todo se explicaba. No había tenido experiencia del dolor, su capacidad no había aumentado con su uso. Su corazón no podía contenerlo todo, ni su imaginación concebirlo de forma correcta. No sabía que había sido golpeado tan fuertemente, ese conocimiento vendría más tarde, y nunca se iría. El dolor es un artista de poderes tan variados, como los instrumentos con los que interpreta sus endechas para los muertos, evocando en algunos las notas más agudas y estridentes, y en otros los acordes más graves y bajos, que palpitan de modo recurrente, como el lento batir de un tambor distante. Algunas naturalezas se sobresaltan, otras se quedan estupefactas. Para unas viene como el golpe de una flecha, hiriendo toda la sensibilidad de la vida más perspicaz; para otras es como el leñazo de un garrote, que aplasta a los entumecidos. Podemos concebir que Murlock fue afectado de esa manera, pues (y aquí estamos en un terreno no más seguro que el de la conjetura) tan pronto terminó su labor piadosa, sentándose en una silla a un lado de la mesa, en la que yacía el cuerpo, y advirtiendo cuán blanco se mostraba su perfil en la lobreguez profunda, apoyó sus brazos en el borde de la mesa y hundió su rostro en éstos, aún sin lágrimas y fatigado de modo indecible. En ese momento entró por la ventana abierta el extenso sonido de un gemido, ¡como el llanto de un niño perdido en las lejanías profundas del bosque más oscuro! Pero el hombre no se movió. De nuevo, y más cerca que antes, resonó ese llanto no terreno sobre su sentido lánguido. Acaso era una bestia salvaje, acaso era un sueño. Pues Murlock estaba dormido.
Algunas horas más tarde, como pareció después, el vigilante infidente se despertó y levantó su cabeza de los brazos, intentando escuchar no sabía por qué. Allí, en la negra oscuridad, al lado de la muerta, tras recordarlo todo sin sobresalto, esforzó sus ojos para ver no sabía qué. Todos sus sentidos estaban en alerta, su respiración estaba suspendida, su sangre había paralizado su circulación, como para ayudar al silencio. ¿Quién, qué lo había despertado, y dónde estaba eso?
Súbitamente, la mesa se sacudió bajo sus brazos, y al mismo tiempo oyó, o se figuró que oyó un paso leve, tenue, otro, ¡como el sonido de un pie descalzo sobre el suelo!
Estaba aterrado, más allá de poder gritar o moverse. A la fuerza esperó, esperó allí en la oscuridad por lo que parecieron siglos del mayor horror, que uno pudiera conocer y vivir para contarlo. Intentó en vano decir el nombre de su mujer muerta, extendió en vano su mano alrededor de la mesa, para saber si ella estaba allí. Su garganta estaba impotente, sus brazos y manos eran como de plomo. Entonces sucedió algo más espantoso. Un cuerpo pesado pareció ser arrojado contra la mesa con tal ímpetu, que la empujó contra su pecho tan vivamente como para casi tumbarlo; y al mismo instante oyó y sintió la caída de algo al suelo, con un porrazo tan violento que toda la casa se sacudió con el impacto. Se produjo un forcejeo, una confusión de sonidos imposible de describir. Murlock se había puesto de pie. El miedo excesivo le había arrebatado el control de sus facultades. Pasó sus manos por la mesa. ¡No había nada allí!
Hay un punto en que el terror se puede convertir en locura, y la locura incita a la acción. Sin ninguna intención definida, sin ningún motivo, pero con el díscolo impulso de un loco, Murlock saltó hacia la pared, agarró un poco a tientas su rifle cargado y, sin apuntar, lo descargó. Bajo el fogonazo que iluminó la habitación con una luz vívida, vio una enorme pantera que arrastraba a su mujer muerta hacia la ventana, ¡con sus colmillos clavados en su garganta! Después fue una oscuridad más negra que la anterior, y el silencio; y cuando recobró la conciencia el sol estaba alto, y el bosque se atestaba del canto de los pájaros.
El cuerpo yacía cerca de la ventana, donde la bestia lo había dejado, cuando fue espantada por el fogonazo y el estruendo del rifle. La ropa estaba desarreglada, el largo cabello en desorden, los miembros yacían de cualquier modo. De la garganta, lacerada de forma horrible, había brotado un charco de sangre que aún no se había coagulado por completo. La cinta con la que había amarrado las muñecas estaba rota, las manos estaban apretadas fuertemente. Entre los dientes había un fragmento de la oreja del animal.

Título original: The Boarded Window, publicado por primera vez en The San Francisco Examiner, abril de 1891, con la firma: "Ambrose Bierce".
Imagen: Paul Calle, Friend or Foe, XX.